27 abril, 2014

2º domingo de Pascua.

Lect.:  Hech 2: 42 - 47; I Pedr 3 - 9; Jn 20: 19 - 31

  1. Mi predicación del domingo pasado, fiesta de la Pascua, dio lugar a reacciones fuertes. Si no muchas, alguna sí bastante fuerte. Y me guío por los comentarios a mi blog de homilías escritas tan solo porque, lamentablemente, no tenemos oportunidad de escuchar las reacciones de los que vienen aquí al templo y escuchan directamente la predicación. Pero esto me ha hecho pensar, una vez más, no solo en cuál puede ser la reacción de cada uno de quienes vienen a la eucaristía ante las reflexiones que me escuchan sino, más profundamente, cuál es su reacción ante estos relatos de la resurrección. ¿Cómo los toman? ¿Cómo los interpretan? Y, sobre todo, ¿qué les dice para su vida personal hoy día? Esto último es lo más importante, sin duda, según lo dice el último párrafo del texto de Juan: "Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre." 
  2. Apliquémoslo al relato de hoy. Si lo que se narra fuera, simplemente, un hecho que aconteció a un grupo de discípulos hace 21 siglos, ¿cómo me sirve a mí, a cada uno de nosotros, para tener vida en el nombre de Jesús? Si se trata de una extraña aparición de  un Jesús que, como si fuera un fantasma, aparentemente atraviesa paredes para darles al grupito la paz y el don del Espíritu Santo, ¿es que tengo que esperar a tener una aparición parecida para recibir vida, paz y el don del Espíritu? Y algo más, si se trata de una aparición así material, ¿por qué Juan la llama un signo? Pero si debo ver el relato como un signo, y no quedarme en la materialidad de la narración, ¿se trata de un signo de qué? Es decir, ¿cuál es el significado que Juan quiere transmitirnos con las imágenes y palabras que usa?
  3. Pienso que estos domingos de Pascua voy a plantear más preguntas que respuestas, porque lo importante para crecer espiritualmente no es aceptar lo que el predicador diga por la autoridad que tiene, sino leer el evangelio con una actitud reflexiva, con un esfuerzo de interpretación para traspasar las barreras del lenguaje y disponiéndose a captar el sentido profundo de cada relato, sin quedarse en la pura apariencia, como quien lee, por ejemplo, una noticia del periódico.
  4. Por lo pronto, para empujarnos a reflexionar, quiero repetir algo que dije aquí en una predicación pascual hace tres años.  “Hay cosas en los evangelios que deberían llamar nuestra atención y ponernos a pensar. Por ejemplo, cuando Jesús habló de que quien cree en él vive para siempre; si estaba anunciando que lo esencial de su mensaje era literalmente “volver” a la vida, y que nuestros cuerpos muertos invirtieran su proceso de corrupción, ¿por qué no usó ese elemento como parte de su “marketing” —y perdónenme la irreverencia del término—? Semejante anuncio hubiera sido de gran impacto en aquel ambiente, como en el nuestro de hoy todavía. Hubiera ganado tantos o más seguidores que los que le buscaron por la multiplicación de los panes. Pero no encontramos que su predicación contenga ese reclamo continuo." Con estas palabras, entonces y ahora, trato de invitarles a descubrir en qué consiste una lectura del evangelio que no se quede en la pura letra de los escritos sino que capte más allá de “la letra que mata, el espíritu que da vida” (2 Cor 3 – 6).Ω

20 abril, 2014

Domingo de Pascua

Lect.: Hech 10: 34-43; Col 3: 1-4; Jn 20: 1-9

  1. Cuando decimos que para los cristianos la fiesta de la Pascua es el acontecimiento central de nuestra vida, afirmamos que estamos hablando de algo de lo que no es fácil hablar. Nos referimos al momento culminante de la vida de Jesús, de la vida de sus primeros testigos y de nuestra propia vida. ¿Cómo poder expresar ese momento culminante de manera fácil? ¿Cómo encerrar en palabras humanas unas realidades, vivencias que tocan lo más íntimo de nuestro ser y del ser de Jesús? Durante muchos años hemos leído y meditado los relatos evangélicos de la resurrección y probablemente nos hemos quedado pegados en los detalles con que sus autores intentaron comunicar lo incomunicable. La resurrección de Jesús no es la vuelta a la vida en este mundo de un cadáver. Y, sin embargo, por las limitaciones del lenguaje, si los leemos literalmente, los relatos sobre la tumba vacía, sobre las apariciones a María Magdalena, a los Doce o a los discípulos de Emmaús, el texto de hoy de Hechos,… pueden confundirnos, pueden darnos la impresión de que Jesús resucitado era Jesús volviendo a contar con su cuerpo en pleno funcionamiento material, como antes pero, si pensamos así, nos equivocamos, caemos en lectura literalista y perdemos el sentido profundo del mensaje evangélico.
  2. Las primeras comunidades, Pablo y los evangelistas lo que intentan es compartirnos lo que fue su experiencia de la resurrección, cómo experimentaron ellos, a partir de lo que llamamos la Pascua, la presencia de Jesús en ellos, y la presencia de Dios en Jesús, como se lo había afirmado el propio Jesús y lo escribió el evangelio de Juan.  A partir de ese momento de la Pascua, los discípulos testigos experimentan vivo a Jesús, de una manera distinta a como lo habían conocido en su vida histórica, y se experimentan a sí mismos de manera distinta, descubriendo en Jesús y en cada uno de ellos, los horizontes de la vida humana más anchos que jamás podrían haberse imaginado. Unos horizontes en que se experimentan a sí mismos y a Jesús inmersos en la realidad de la vida divina, de lo santo, del amor total, de la plenitud del ser humano. De una realidad que no muere jamás. Pienso que, de alguna manera podemos decir que con esta experiencia de vida y visión, los discípulos que creyeron en él, también resucitan en y con Jesús.
  3. Nos quedamos cortos en palabras y en imaginación, repito, para poder referirnos a lo que es la culminación de la vida de Jesús como hijo de Dios, como dice Pablo. Pero estos relatos se nos dan no como doctrina, sino para invitarnos a compartir la misma experiencia de resurrección que esas comunidades tuvieron. Por eso, en los próximos domingos intentaremos, sin grandes pretensiones, irnos acercando a lo que puede ser un camino para adentrarnos y vivir aquí y ahora la experiencia de la resurrección

18 abril, 2014

Jueves Santo, la Cena del Señor.

Lect.:   Ex 12,1-8.11-14;   I Cor 11,23-26;    Jn 13,1-15
  1. La tendencia a creernos en posesión de la única verdad, a ser los únicos que tienen razón, a sentirnos más capacitados que los demás para entender cómo hay que pensar y vivir, parece ser una de las más extendidas debilidades de la humanidad, una debilidad que genera conflictos, rivalidades y peleas abiertas y, peor aún, da lugar a la subestima e incluso al desprecio de los que no piensan o viven  como nosotros. Es una debilidad que encontramos en las relaciones entre países, y dentro de los países, entre partidos políticos, entre organizaciones entre clases sociales, entre aficiones de diversos equipos deportivos y hasta entre vecinos y dentro de las mismas familias. Pero el colmo de los colmos es que esta tendencia se encuentre también en los grupos religiosos, en las iglesias y, contradictoriamente, en iglesias que se dicen cristianas.
  2. La celebración de hoy, Jueves Santo, es el momento de cobrar conciencia clara de cómo esa pretensión de superioridad doctrinal o ideológica, esas inclinaciones a la discriminación de otros, por motivos religiosos, sexuales, raciales o de cualquier tipo, contradicen de manera frontal lo que Jesús enseñó y practicó. En el momento culminante de su vida y de la conciencia de su misión, en la cena de despedida de sus discípulos, Jesús les deja como herencia lo que era más esencial, lo que resumía aquello que había caracterizado todas sus relaciones, todas sus prácticas y que era su convicción más profunda. No es suficiente decir que nos referimos al mandamiento del amor, no es suficiente porque nos arriesgamos a empequeñecer, a reducir lo que en la vida de Jesús significó esa actitud humana del amor.
  3. Los dos gestos simbólicos que nos transmiten hoy las lecturas de Juan y Pablo nos permiten profundizarla y entenderla mejor. Por un lado, el lavatorio de los pies de sus discípulos resalta lo que hace un año llamábamos la "espiritualidad del delantal", el servicio y el cuidado de los demás como marca de la vida cotidiana cuando pretende ser cristiana. Y, por otro,  la fracción del pan y el compartir el vino, como expresión de lo que para Jesús fue siempre el sentido de la vida humana, partirse y repartirse para dar a todos y a todas vida en abundancia.
  4. Pero, por si acaso estos dos gestos simbólicos no fueran suficientemente claros, otros textos han recogido la manera como las primeras comunidades los interpretaron y los tradujeron en sus expresiones de fe y vida.  Es suficiente con recordar la 1a carta de Juan, donde el autor nos dice que sólo de alguien que ama puede decirse verdaderamente que «ha nacido de Dios»; que uno no puede conocer a Dios si no conoce el amor.  Es decir, que la presencia del amor es la manifestación fundamental de Dios. Que si amamos, lo hacemos con el amor que Dios nos ha dado y que procede de su propio ser. Es decir, que no debemos caer en el error de dividir lo humano de lo divino, porque es en el flujo del amor humano donde el amor de Dios da vida a toda la creación. Podemos descubrir así, con la ayuda de esos símbolos y esos textos, que toda la vida de Jesús nos. mostró que el reino de Dios, el encuentro con Dios tiene lugar cuando cada uno nosotros, cualquier ser humano en el amor se trasciende a sí mismo, a las propias restricciones de sus necesidades de supervivencia, para convertirse en fuente de vida para los demás. Este modo de vida elimina todo complejo de superioridad, o tendencia de discriminación, porque no es propiedad de ninguna iglesia, o institución, sino el don mayor que da el Espíritu de Dios a cada ser humano.Ω

13 abril, 2014

Domingo de Ramos

Lect.:  Is 50: 4 - 7; Flp 2, 6-11; Mt. 21: 1 - 9

  1. Durante varios años, principalmente en tierras de Galilea Jesús anunció un " mundo al revés", para lo que se pensaba y creía entonces, y vivió y practicó conforme a lo nuevo que anunciaba. "Al revés" para lo que oficialmente enseñaban y predicaban los sacerdotes del Templo. Desde las sinagogas y el Templo tenían perfectamente definida y controlada la enseñanza de la palabra de Dios. Tenían bien establecido quién era un judío justo y puro y quien no lo era; tenían bien definido en que consistía cumplir la voluntad de Dios y cómo había que considerar impuros a quienes no la cumplían. Desde una posición de control religioso, político y económico, eran capaces los dirigentes religiosos de decidir sobre la salvación y no salvación del pueblo. Capaces de juzgarles por la paja que tenían en el ojo, pasando por alto la viga que tenían en el propio. Durante varios años Jesús, en cambio, se mezcló, acompañó y llevó consuelo y esperanza a los excluidos, a los considerados pecadores, a los enfermos y a los pobres, y les dijo que era de ellos y no de lo dirigentes religiosos el Reino de Dios.
  2. Tiempo antes, Jesús había cruzado simbólicamente el Jordán, dejando atrás a Juan el Bautista, para llevar ese mensaje de esperanza a toda la gente sencilla, humilde y excluida de Galilea pero, finalmente, por las razones que fueran, en el episodio que conmemoramos en este Domingo de Ramos, Jesús se siente impulsado por Dios para subir al mero centro religioso, a Jerusalén, a proclamar que este reino de Dios, y no el del poder político y religioso, es el que desde siempre de verdad expresaba la voluntad liberadora de Dios. Un reino que habían de heredar los pobres, los mansos, los humildes. Yasí,  mezclado entre los peregrinos que suben a la Ciudad Santa, se atreve a subir con un grupo de sus discípulos para proclamar que desde el trono de David este es el reino, de verdad, de justicia, de amor y de paz, el que debe instaurarse. Y esto, por supuesto, es un atrevimiento, porque al enfrentarlo con la estructura religiosa existente, pone en riesgo su vida. 
  3. Jesús directamente no se enfrenta con Roma ni es directamente Roma la que lo mata. Es la religión existente la que lo mata, al sentirse amenazada por la proclamación que él hace con su vida y su predicación, de la auténtica y original forma de escuchar, recibir y vivir la palabra de Dios. En este domingo de Ramos, entonces, nos queda claro que la muerte de Jesús no tiene nada de destino trágico ni, menos aún, de una decisión de un dios cruel que manda a su hijo a la muerte como sacrificio para pagar por las ofensas que le han hecho. La condena a muerte de Jesús, viene de la reacción de los dirigentes religiosos que vieron amenazado su poder con este anuncio del Reino, y es asumida por él, con toda libertad,  como su compromiso final con aquellos a quienes había venido a servir, los pecadores, los pobres, los enfermos, todos los excluidos de la estructura oficial. Cuando años después, al escribir los evangelios, las primeras comunidades cristianas empiezan a vivir conflictos en su entorno, comprenderán que los discípulos no pueden ser más que el Maestro y que un seguimiento auténtico de Jesús  pondrá siempre en contradicción su forma de vida con todas las prácticas deshumanizadoras impulsadas por grupos poderosos deseosos de mantener sus privilegios. Ante estas, ante los intentos de construir la sociedad en torno al poder del dinero y el egoísmo, los cristianos seguimos llamados, como Jesús a construir un “mundo al revés” de las caricaturas de humanidad que nos quieren vender hoy.

06 abril, 2014

5º domingo de cuaresma

Lect.: Ezequiel 37,12-14; Romanos 8,8-11; Juan 11,1-45

  1. Con el texto de hoy, la resurrección de Lázaro, concluimos lo que para las primeras comunidades cristianas eran tres grandes catequesis preparatorias de la conmemoración de la Pasión y muerte y la celebración de la Pascua. Tres grandes relatos que, cargados de simbolismo, vienen a anticiparnos a los cristianos el sentido de la vida plena que Jesús proclama. Primero fue la catequesis de la mujer en el pozo. Con la imagen del agua viva, Jesús intentaba que la samaritana diera un salto de comprensión. Que pasara del nivel de las meras necesidades materiales, también importantes, al de la capacidad profunda que podemos realizar los seres humanos para hacer que surja en nosotros mismos un manantial de vida eterna, de vida de Dios. Luego, el relato de la curación del ciego de nacimiento sirve al evangelista para narrar la propia vivencia de las comunidades que, al hacer suya la Buena Nueva de Jesús, experimentaron el paso de las tinieblas a la luz, como si empezaran a ver por primera vez. 
  2. Hoy, para cerrar estas reflexiones, la gran figura simbólica de Lázaro, de manera más radical, nos muestra, en hechos y gestos, cómo la fe en esa Buena Noticia quiebra nuestras limitaciones de conocimiento y nos permite redescubrir  la  vida humana de cada uno que se expande a nuevos y más amplios horizontes. Es un descubrimiento que equivale a pasar, aquí y ahora, de la muerte a la vida. Es una resurrección realizada aquí y ahora. Marta, como antes la samaritana, se queda corta en la comprensión de esta revelación. Piensa que Jesús está hablando de una resurrección al final de los  tiempos, pero el Maestro enseguida le aclara que no está hablando de algo que ocurre al final, sino que sucede ahora mismo. El que está vivo y cree en él, ya ha resucitado. Y el que resucita en esta vida es quien vive para siempre.
  3. La figura de Lázaro nos representa a cada uno de nosotros, a cada discípulo y discípula. Su salida de entre los muertos representa el proceso que cada uno debemos recorrer, de traspasar los límites de una vida de muerte, egocentrada,  para empezar a vivir desde ya, en lo cotidiano, la vida del eterno, la vida misma de Dios, que se abre a la comunidad con todos los humanos, con todos los vivientes y en definitiva con todo el planeta. Esta y las otras dos catequesis anteriores nos preparan así para comprender el sentido que tiene nuestra participación presente en la pasión, en la muerte y en la pascua de Jesús. Pero para abrirnos a este descubrimiento estos relatos del evangelio de Juan nos exigen superar una lectura literalista de estos textos. Y esa exigencia no deja de ser un poco de muerte también; muerte de rutinas de lectura y de prácticas religiosas interesadas en milagros espectaculares, que desafían las leyes de la naturaleza, en vez de valorar más el milagro de la plenitud de vida que el Espíritu de Dios nos ofrece en la pequeñez de lo cotidiano