23 marzo, 2008

Vigilia Pascual (Monasterio de Contemplativas - Religiosas de la Cruz)

Vigilia Pascual, 22 mar. 08
Lect.: (7 lecturas del AT), Rom 6: 3 – 11; Mt 28: 1 – 10


1. Cuando leo este texto de Mt, y otros paralelos, me quedo impactado, maravillado y superado por completo por el contenido del relato. Un temblor de tierra, un ángel que baja del cielo, que se acerca y corre la pesada piedra del sepulcro, para sentarse luego encima. Su aspecto como de relámpago, su vestido blanco como la nieve. Los guardias tiemblan de miedo y quedan como muertos. ¡Todo un espectáculo extraordinario! La pregunta que me viene entonces a la cabeza y al corazón es: ¿cómo sería para las discípulas y los apóstoles la experiencia personal que tuvieron convenciéndoles que Jesús estaba vivo, después de la crucifixión? ¿de qué magnitud e impacto sería en sus corazones esa experiencia para tener que recurrir a todos esos símbolos grandiosos y espectaculares? Si tomáramos literalmente las narraciones, nos arriesgaríamos a pensar que los discípulos, sobre todo las mujeres, estaban fantaseando, teniendo visiones, quizás afectadas por el terrible dolor del Calvario. Pero con todo el respeto por aquellos primeros cristianos, nos damos cuenta de que el recurso a todas estas expresiones tan llamativas, tan aparatosas, tan vistosas, es la forma con que cuentan los evangelistas —según la mentalidad de la época— para decirnos que ahí, en la Pascua, sucedió un hecho que escapa a toda descripción. Que supera a toda otra experiencia. Una vivencia que es la más profunda que se puede tener y que se refiere a Jesús de Nazaret y a ellos mismos, —y también a nosotros mismos. Es la experiencia de la plenitud de vida que tras su martirio, alcanzó Jesús al lado del Padre. Y es la experiencia de que ahora a Jesús no le conocen ya en la carne, no comparten con él de manera terrenal, sino en el nivel más pleno de la realidad, en el mismo nivel de la vida divina. Esto es lo que los evangelios llamaron la resurrección de Jesús.
2. Pablo es quien en la 2ª lectura se encarga, además, de decirnos, que ese hecho tan formidable, esta pascua es también nuestra fiesta personal, porque ya hemos empezado a participar de ella al incorporarnos a Cristo por el bautismo. La comparación que usa el apóstol es impactante: “así como Cristo fue despertado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros debemos andar en una vida nueva”. La fiesta de la pascua es, entonces, la fiesta también de nuestra propia resurrección, de nuestra participación en una nueva condición humana o, quizás, deberíamos decir, en nuestra auténtica condición humana, dejando atrás y destruido nuestro yo cerrado, egoísta, atado con innumerables restricciones. Es más bien ahora que estamos vivos para Dios en Cristo Jesús. Por eso hermanos, para nosotros esta es la noche en que somos restituidos a la gracia, en que se rompen nuestras cadenas, en que se esclarecen nuestras tinieblas. Es la noche en que realmente descubrimos que se une el cielo con la tierra, lo humano y lo divino.
3. En estos tres días hemos recordado un misterio que es simultáneamente de muerte y vida. Hemos acompañado a Jesús en la noche en que lo traicionaron, hemos contemplado su libre autodonación hasta la muerte y con esto hemos experimentado en Él el paso de la muerte a la vida plena. Esta es la marca de nuestra vida espiritual que deberemos seguir recorriendo en los días que nos queden por delante: muerte – vida. Pero haremos el recorrido iluminados por la llama de ese cirio que nos ha esclarecido esta noche, y que nos dará la serenidad de seguir viviendo llenos de esperanza.Ω

Viernes Santo (Monasterio de Contemplativas - Religiosas de la Cruz)

Viernes Santo, 21 mar. 08
Lect.: Is 52: 13 ; 53: 12; Hebr 4: 14 – 16. 5 : 7 – 9; Jn 18: 1 – 19. 42

(NOTA: esta predicación retoma lo predicado en la parroquia el domingo de Ramos. Apenas hay algunos cambios).

1. La muerte de Jesús no puede verse como una terrible tragedia. Ni siquiera si la interpretamos como una especie de designio divino del sacrificio del hijo, necesario para lavar nuestros pecados. Aunque esta haya sido quizás la tendencia predominante entre nosotros, por el tipo de evangelización que se dio en nuestros países, es necesario saber interpretarla bien. Esta visión tiene aspectos importantes y válidos pero, al mismo tiempo, ha habido peligros reales de distorsionar el mensaje evangélico al leerlo de esta manera. Por ejemplo, el peligro de entender la muerte de Jesús como si fuera una predestinación divina, de un Dios que extrañamente necesitaba la sangre de su hijo para perdonarnos. Esta concepción choca con toda la revelación del Dios Padre de Jesús.
2. Sin embargo hay otra manera de entender el evangelio más amarrada en la historia que ayuda, incluso, a rectificar esa visión del sacrificio de Cristo. Se trata de ver la pasión y muerte de Jesús como la culminación de su vida. Jesús, a lo largo de sus años de vida pública, es mostrado por los evangelistas como envuelto en un clima de persecución. Toda su predicación y su práctica generó “anticuerpos”, reacciones en quienes tenían el poder religioso, político y económico de la Palestina de la época. Son innumerables las veces en que los evangelios hablan de cómo los representantes de esos poderes discutían, insultaban y amenazaban a Jesús, cómo lo acechaban y cómo buscaban la ocasión de matarlo. En más de una ocasión, Jesús tuvo que salir huyendo. Está claro que la vida de Jesús conllevaba una crítica radical, y una transformación de la manera de entender la religión que tenían en su pueblo judío en ese momento. Y, por lo mismo, significaba un enfrentamiento con quienes habían construido sobre esa religión un aparato de poder y de explotación del pueblo. Visto de esta manera histórica, la pasión y muerte de Jesús culmina la persecución de la que Jesús fue objeto. Jesús no es una víctima semejante a las que se ofrecía a los dioses paganos, para aplacar su ira, pasiva, arrastrada al matadero. Es víctima consciente, más bien, del odio que despertó su vida de servicio a los pobres, su entrega a los valores de justicia y de amor, su rechazo de la manipulación de lo religioso al servicio de intereses de poder. Ese tipo de vida y misión, lo llevó a la condena a muerte. Esta puede verse, entonces, como el acto final de servicio, de autodonación, por parte de quien no había venido a ser servido sino a servir. Su muerte es martirio, es decir, testimonio, de lo que es una vida auténtica de entrega amorosa, que es la única que vale la pena.
3. Esta perspectiva nos ayuda a entender el sentido de aquellos textos bíblicos que nos hablan de “la necesidad” que tenía Cristo de padecer, o de que todo esto sucedía “para cumplir las escrituras”, o hacer la voluntad del Padre; o los que hablan de que Jesús entregó su vida sin resistencia. En la culminación de su muerte Jesús completa su realización como plenamente humano. Se completan aquí los alcances de la Encarnación, porque la muerte es parte de la vida humana, y la muerte por persecución es parte de la vida de un profeta de la justicia, en medio de una sociedad injusta. Era la voluntad de Dios que el Hijo se encarnara y viviera ese compromiso. Es, en ese sentido, que se dice que la voluntad del padre era la muerte de su hijo, y que Jesús aceptara libremente su muerte.
4. Esta manera de leer las SSEE nos da una pista no solo para pensar en el sentido de la muerte de Jesús, sino en el sentido de nuestra propia muerte. A la luz del evangelio, la muerte que culmina una vida de servicio —es decir, de entrega, de lucha por la justicia y el amor, de esfuerzo por construir una sociedad más conforme al reino de Dios—, es el ideal que Cristo nos plantea a cada uno de nosotros. No se nos presenta a Jesús crucificado para venir a llorar como en una película triste, sino para impactar la manera como construimos nuestra vida y nos preparamos para la muerte. Ω

Jueves Santo (predicación en el Monasterio de Contemplativas - Religiosas de la Cruz)

Jueves Santo, 20 mar. 08
Lect.: Ex 12: 1 – 8. 11 – 14; 1 Cor 11: 23 – 26; Jn 13: 1 – 5.



1. ¿Para quién de nosotros cristianos, católicos, no es importante y central la Eucaristía? No solo para quienes, como las Religiosas de la Cruz, en esta comunidad, han hecho de su culto, eje clave de su vida. Todos crecimos sabiendo, —a veces de manera infantil y temerosa—, que la asistencia a la misa era casi lo principal del ser católico. Y nos lo reafirmó el Concilio Vaticano II, al hablar de la Eucaristía como el culmen de la vida de la Iglesia. Pero, entonces, si somos tan católicos y hemos sido lectores atentos de los evangelios, podríamos preguntarnos, ¿por qué un acontecimiento tan fundamental como lo es la institución de la Eucaristía, no lo narra el evangelio de San Juan? Precisamente san Juan, que dedica 4 largos capítulos a la Cena de Despedida de Jesús con sus discípulos? ¿No sería esta una omisión imperdonable e incomprensible? Sobre todo teniendo en cuenta que los otros tres evangelistas, los sinópticos, sí resumen el relato de la institución de la eucaristía, como también lo hace Pablo en su carta a los corintios. Todavía para mayor insistencia: el relato de la cena, cuyo encabezado acabamos de leer, empieza justamente con esas frases impactantes: “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amo hasta el extremo”. ¿No tenía Jn entonces que incluir este relato tan trascendental? ¿Por qué no lo hizo? ¿O será que lo hizo de otra manera?
2. Podemos sospechar esto último, especialmente de un evangelio que, como el de Jn, está tan cargado de simbolismos y reflexiones teológicas. Jn, de hecho, habla de la institución de la eucaristía de una manera distinta a como podemos esperarlo, de manera densa y profunda. Pero al hacerlo nos ayuda a entender el sentido más auténtico de lo que es el misterio de la eucaristía para la comunidad de sus discípulos. Está claro, por todos los relatos de los evangelios, que esta cena fue una cena de despedida que les ofreció a sus discípulos, consciente de la cercanía de su muerte. Para Jesús la comunidad de mesa con pecadores y marginados fue siempre un rasgo característico de su vida apostólica. Simbolizó siempre la inclusión en el banquete del reino, y se contrapuso a la mesa egoísta del ricos epulón o a la mercantilizada mesa de los cambistas y mercaderes. Pero, sobre todo, en estos últimos instantes de su vida, esta mesa de la cena de despedida quiere expresar lo más esencial de lo que fue toda su vida y que ahora lo ofrece a sus discípulos como símbolo de una vida que vale la pena, y que está cargada de esperanza, de una esperanza que pasa por encima de los límites de la muerte. Lo esencial de esta cena de despedida es la revelación que hace Jesús de que el núcleo fundamental de su mensaje, de su predicación, de la actitud que mantuvo toda su vida es el servicio de amor al ser humano, que está respaldado en la medida en que está abierto al futuro que Dios ha dispuesto para todos los seres humanos. En la cena de despedida Jesús muestra con los símbolos y gestos que él es el “hombre para los demás”, su existencia toda es, como lo dice un teólogo, no una simple existencia, sino una “proexistencia”, una existencia para los demás, y que al llevarla hasta el extremo de la muerte, es la máxima expresión de su obediencia al Padre.
3. Si esto es lo esencial de la Cena de despedida de Jesús, no nos debería sorprender que esto se exprese en dos signos aparentemente muy distintos pero que son idénticos en su contenido: la fracción del pan y la distribución de la copa de la alianza y el lavatorio de los pies de los discípulos. Ambos expresan la donación que Jesús hace de su vida. Para decirlo, entonces, de una vez, el lavatorio de los pies es la forma como Jn narra la institución de la eucaristía. La copa de comunión, y el lavarles los pies son dos maneras como el Señor deja en herencia a los suyos lo esencial de su existencia: el servicio fraterno, en entrega total hasta la muerte. Lo que empecé entonces, en esta reflexión como un aparente problema en el evangelio de Jn, se torna así, más bien en una forma enriquecedora para entender lo más esencial del misterio eucarístico. La cena del señor, la copa de comunión es un signo de que Jesús comprendió su vida y su muerte como servicio último y supremo a la causa de Dios y, por tanto, a la causa, de los hombres. Cada vez que comemos y bebemos de este sacramento hacemos nuestro el ser mismo de aquel que no vino a ser servido, sino a servir. Postrarnos delante de la Eucaristía para recibirla luego, es identificarnos con Jesús, es como postrarnos delante de nuestros hermanos para brindarles la ofrenda de nuestro servicio, es comprometernos con la vida y misión de Jesús. “Si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también Uds. deben lavarse los pies unos a otros”. Vayamos, pues, hermanos y hermanos y lo que él ha hecho con nosotros hagámoslo, también nosotros en la vida diaria.Ω

17 marzo, 2008

Domingo de Ramos

Domingo de Ramos, 16 mar. 08
Lect.: Is 50: 4 – 7; Flp 2: 6 – 11; Mt 26: 14 – 27: 66 (o 27: 11 – 54)


1. De nuevo iniciamos la Semana Santa. Uno puede disponerse a celebrar y a la meditar la Pasión y Muerte de Jesús de diferente manera, dependiendo cómo se haya aprendido a interpretar este acontecimiento. Si aprendimos a verlo como una especie de designio divino del sacrificio de su hijo, necesario para lavar nuestros pecados, entonces estos días se tornan en una mera conmemoración piadosa y agradecida de hecho de nuestra redención. Acompañada de hechos religiosos externos (procesiones, ritos…). Quizás esta ha sido la tendencia que ha predominado entre nosotros, por el tipo de evangelización que se dio en nuestros países. Por supuesto que hay aspectos importantes y válidos en esa visión, pero, al mismo tiempo, ha habido peligros reales de distorsionar el mensaje evangélico al leerlo de esta manera. Por ejemplo, está el peligro de entender la muerte de Jesús como si fuera una predestinación divina, de un Dios que extrañamente necesitaba la sangre de su hijo para perdonarnos. Esta concepción choca con toda la revelación del Dios Padre de Jesús.
2. Sin embargo hay otra manera de entender el evangelio más amarrada en la historia que ayuda, incluso, a rectificar esa visión del sacrificio de Cristo. Se trata de ver la pasión y muerte de Jesús como la culminación de su vida. Jesús, a lo largo de sus años de vida pública, es mostrado por los evangelistas como envuelto en un clima de persecución. Toda su predicación y su práctica generó “anticuerpos”, reacciones en quienes tenían el poder religioso, político y económico de la Palestina de la época. Son innumerables las veces en que los evangelios hablan de cómo los representantes de esos poderes discutían, insultaban y amenazaban a Jesús, cómo lo acechaban y cómo buscaban la ocasión de matarlo. En más de una ocasión, Jesús tuvo que salir huyendo. Está claro que la vida de Jesús conllevaba una crítica radical, y una transformación de la manera de entender la religión que tenían en su pueblo judío en ese momento. Y, por lo mismo, significaba un enfrentamiento con quienes habían construido sobre esa religión un aparato de poder y de explotación del pueblo. Visto de esta manera histórica, la pasión y muerte de Jesús que vamos a meditar esta semana, culmina la persecución de la que Jesús fue objeto. Jesús no es una víctima semejante a las que se ofrecía a los dioses paganos, para aplacar su ira. Es víctima, más bien, del odio que despertó su vida de servicio a los pobres, su entrega a los valores de justicia y de amor, su rechazo de la manipulación de lo religioso al servicio de intereses de poder. Por extraño que parezca, ese tipo de vida y misión, en vez de generar la aceptación general, lo llevó a la condena a muerte.
3. Esta perspectiva histórica nos ayuda a entender el sentido de aquellos textos bíblicos que nos hablan de “la necesidad” que tenía Cristo de padecer, o de que todo esto sucedía “para cumplir las escrituras”, o hacer la voluntad del Padre; o los que hablan de que Jesús entregó su vida sin resistencia. En la culminación de su muerte Jesús completa su realización como plenamente humano. Se completan aquí los alcances de la Encarnación, porque la muerte es parte de la vida humana, y la muerte por persecución es parte de la vida de un profeta de la justicia, en medio de una sociedad injusta. Era la voluntad de Dios que el Hijo se encarnara y viviera ese compromiso. Es, en ese sentido, que se dice que la voluntad del padre era la muerte de su hijo, y que Jesús aceptara libremente su muerte.
4. Esta manera de leer las Escrituras es una pista que nos abre una ventana para meditaciones enriquecedoras esta semana. Pero no solo sobre el sentido de la muerte de Jesús, sino sobre el sentido de nuestra propia muerte. Inevitable parte de la vida humana, a la luz del evangelio, la muerte que culmina una vida de entrega, de sacrificio, de lucha por la justicia y el amor, es el ideal que Cristo nos plantea a cada uno de nosotros. Ω

09 marzo, 2008

5o domingo de Cuaresma

5º domingo de Cuaresma, 9 mar. 08
Lect.: Ez 37: 12 – 14; Rom 8: 8 – 11; Jn 11: 1 – 45.


1. Quizás a algunos de Uds. les confunda la lectura del evangelio de Jn. Como no es una narración de hechos históricos, en el sentido que lo son los sinópticos, sino de reflexiones teológicas, puede hacerse difícil entenderlo. Dos cosas pueden ayudarnos a penetrar su comprensión. Una, darnos cuenta de que detrás de cada relato hay un significado más profundo. La otra, que las reflexiones de Jn no siempre quieren dejarnos las cosas claras, sino provocar con aparentes contradicciones a que sigamos pensando, buscando. Siempre hay como dos niveles de lectura, por ej. en encuentro con Nicodemo (nacer de nuevo): con la samaritana (agua viva, manantial); con ciego de nacimiento (nueva visión de la creación como tarea actual). En todos estos casos, siempre hay un hecho llamativo en el que participa Jesús, que sirve para revelar algo más profundo. Se nos invita a descubrirlo, a continuar buscando su significado.
2. Algo parecido sucede con el episodio de Lázaro. Si se tratara de mostrar con un milagro que Jesús tiene poder para volver a alguien a la vida, se nos plantearían un montón de problemas. Uno podría preguntarse, ¿por qué solo lo hizo con Lázaro? ¿por qué no lo hace con otros, con tal o cual ser querido nuestro cuando se lo pedimos? ¿por qué no le dejó ese poder a sus discípulos? ¿Por qué no ha eliminado la muerte del mundo? Pero el propio Jn explica y repite varias veces que este suceso de Lázaro tiene otra finalidad: ayudar a que los discípulos y otra gente que lo rodeaba, pudieran creer. Pero, ¿creer qué? Lo responde de dos maneras: que el Padre lo ha enviado, dice al final. Y, sobre todo, en el párrafo central, creer que él es la resurrección y la vida, de todos, de los que están vivos, aunque mueran algún día. ¿De qué está hablando? Dice un comentarista bíblico que este texto central se ha hecho difícil de entender, entre otras cosas, por dos razones. Una porque lo leemos recortado, quitándole los vv. siguientes sobre la decisión del Consejo del Templo de matarlo. Y la otra, porque nos hemos acostumbrado a leer este texto solo en funerales. Todo el mundo tiende entonces a pensar que el texto solo encierra la promesa de que volveremos a la vida al final de los tiempos. Pero de lo que está hablando es de otra cosa que voy a expresar de una manera que suena rara: está hablando de la resurrección de los vivos. Eso sí que es un reto duro para creer. Marta da la respuesta “fácil”: “creo que habrá una resurrección en el último día”. Y Jesús la corrige: el que cree en mí, ya, ahora resucita, tiene la vida que yo le doy.
3. Esta es una de esas enseñanzas que nos dejan un poco desconcertados y que, por eso, apunta a dejarnos inquietos, no con una respuesta clarita de catecismo o de un manual, sino con una ventana abierta a algo tan profundo y novedoso que debemos ir comprendiendo poco a poco. Jesús habla de una resurrección de los vivos, que para alcanzarla hay que creer —tener fe—, porque creer es conocer a Dios, a Jesucristo y a nosotros en él. Creer da vida a los que estamos física, biológicamente vivos, porque nos permite descubrir la dimensión más profunda de nuestro ser. Creer de esta manera nos permite descubrir que hay una forma de vivir que supera los niveles ordinarios de la vida, que permite vivir la vida y la muerte, la salud y la enfermedad, los motivos de alegría y de tristeza, de manera completamente distinta a como los vivimos habitualmente. Es la que sugiere Pablo en la 2ª lect.: si el Espíritu del que resucitó a Jesús habita en Uds. estará vivificando también sus cuerpos mortales. Es decir, por decirlo de alguna manera, estaremos en nuestra existencia actual dando un salto de nivel; estaremos en vida resucitando a una calidad de ser humano que va a aproximándose más y más a ser plenamente la imagen y semejanza del Dios cuyo Espíritu habita en nosotros. Descubrir esto es como descubrir en nosotros mismos el manantial que salta a la vida eterna, es una nueva creación, un nuevo nacimiento.Ω

4o domingo cuaresma

4º domingo de Cuaresma, 2 mar. 08
Lect.: 1 Sam 16: 1b. 6 – 7. 10 – 13 a; Ef 5: 8 – 14; Jn 9: 1 – 41


1. Para el crecimiento de las personas de fe, como nosotros, siempre fueron necesarias las creencias, como intentos de entender la presencia de lo divino en nosotros o, mejor, de nuestra existencia en el seno de Dios. Esas creencias, sencillas o muy armadas teológicamente, nos han ayudado a lo largo de nuestra vida espiritual, pero también, sin darnos cuenta, nos limitan si no profundizamos su significado.
2. Por ej., el relato de la creación. Por más que hayamos crecido en edad y en estudios seguimos imaginándonos la obra de la creación como una serie de episodios que pasaron en 7 días, allá en el origen de los tiempos. Al llegar al 6º día todo estaba concluido, “los cielos y la tierra y todo su aparato”, y en el 7º día Dios declara oficialmente concluida la creación y, dice el Gén, “cesó de toda la labor que hiciera”. No dice que “descansara”, como se interpretó posteriormente. Juan hoy nos invita a entender la creación de otra manera.
3. En esta maravillosa pieza teatral del relato de la curación del ciego de nacimiento, hay dos puntos. El 1º, lo sacan los discípulos al preguntar: ¿quién pecó, éste o sus papás para que naciera ciego? El 2º punto lo provocan los fariseos cuando niegan que Jesús pueda venir de Dios, porque no guarda el sábado. Ambos temas nos muestran una manera muy estrecha y peligrosa de entender lo que la SE quiere expresar con la idea de la creación. Si imaginamos la creación como un hecho pasado al comienzo de los tiempos y que Dios declaró concluido, nos damos de bruces con un problema serio: la existencia de imperfecciones en este mundo. Entonces caemos en la trampa en que caían los discípulos: las imperfecciones solo pueden explicarse por el pecado de alguien (víctima o victimario), porque lo contrario sería suponer que se deberían a fallas del creador (un “dios aprendiz”). Así tendemos a ver, por ej., la pobreza como resultado de incapacidad para el trabajo, el sida como castigo del mal comportamiento sexual; etc.…En esta visión tan negativa de la realidad humana, aparece la otra trampa de los fariseos, denunciada hoy por Jn: si la vida real es mala, o muy llena de imperfecciones, es porque no se guarda la religión del templo. Es una afirmación que se vuelve acusación: Jesús no guarda el sábado, por tanto no viene de Dios. ¿Cómo salirse de estas dos trampas? Saliéndose de esa manera de ver la creación. Esto hace Jesús.
4. Ni la ceguera, ni otras muchas limitaciones, son fruto del pecado. Son más bien una muestra de que la creación no fue algo que sucedió al principio de los tiempos, sino de que estamos todavía en ese 6º día. Con Dios, para el cual no existe el espacio ni el tiempo, nos encontramos inmersos en su acción creadora que, para nosotros, todavía no ha concluido, sino que Él prolonga desde nuestro corazón lleno de su Espíritu, con nuestro cerebro y nuestras manos. Jesús, insiste en que él está haciendo las obras del que lo ha enviado — continuando la creación—, y que esas imperfecciones solo manifiestan que esa creación no ha terminado. De manera más contundente había dicho a los mismos fariseos en Jn 5:17, “mi Padre trabaja hasta ahora y yo también trabajo”. Alusión tan clara a que estamos en el único momento de la creación que los fariseos a partir de ese momento, buscaban matarlo “porque se hacía igual a Dios”.
5. Una visión más espiritual de lo que significa la creación nos permite entender que estamos en el momento único de la creación aún no concluida. Estamos con Dios realizándola, desterrando el caos, la confusión y la oscuridad de nuestro mundo. El 7º día no ha llegado aún: será la plenitud del Reino de Dios. En la práctica esto hace de la obra de construir este mundo una tarea sagrada. Curar al ciego, como hacía Jesús, es decir, luchar contra la injusticia, contra la pobreza y la desigualdad, construir relaciones más fraternas, dar vida plena, es más sagrado que leyes establecidas por los hombres, para encasillar la voluntad de Dios. Volvemos al mensaje de domingos anteriores: el verdadero culto a Dios, es el que se da en espíritu y en verdad, viviendo nuestra vida como una realización de la experiencia del Dios, Padre amoroso, que se traduce en una vivencia de las relaciones con los demás como hermanos, y con la naturaleza, como partícipe de esa misma vida de Dios. Terminamos como hoy hace ocho: Lo principal es priorizar la vida plena. “Todo lo demás, la doctrina, los rituales, las jerarquías de las iglesias, tienen un valor instrumental, de medios valiosos en la medida en que ayuden al descubrimiento de ese manantial interior, a la experiencia de eso sagrado que nos habita y nos transfigura”.Ω