23 marzo, 2008

Jueves Santo (predicación en el Monasterio de Contemplativas - Religiosas de la Cruz)

Jueves Santo, 20 mar. 08
Lect.: Ex 12: 1 – 8. 11 – 14; 1 Cor 11: 23 – 26; Jn 13: 1 – 5.



1. ¿Para quién de nosotros cristianos, católicos, no es importante y central la Eucaristía? No solo para quienes, como las Religiosas de la Cruz, en esta comunidad, han hecho de su culto, eje clave de su vida. Todos crecimos sabiendo, —a veces de manera infantil y temerosa—, que la asistencia a la misa era casi lo principal del ser católico. Y nos lo reafirmó el Concilio Vaticano II, al hablar de la Eucaristía como el culmen de la vida de la Iglesia. Pero, entonces, si somos tan católicos y hemos sido lectores atentos de los evangelios, podríamos preguntarnos, ¿por qué un acontecimiento tan fundamental como lo es la institución de la Eucaristía, no lo narra el evangelio de San Juan? Precisamente san Juan, que dedica 4 largos capítulos a la Cena de Despedida de Jesús con sus discípulos? ¿No sería esta una omisión imperdonable e incomprensible? Sobre todo teniendo en cuenta que los otros tres evangelistas, los sinópticos, sí resumen el relato de la institución de la eucaristía, como también lo hace Pablo en su carta a los corintios. Todavía para mayor insistencia: el relato de la cena, cuyo encabezado acabamos de leer, empieza justamente con esas frases impactantes: “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amo hasta el extremo”. ¿No tenía Jn entonces que incluir este relato tan trascendental? ¿Por qué no lo hizo? ¿O será que lo hizo de otra manera?
2. Podemos sospechar esto último, especialmente de un evangelio que, como el de Jn, está tan cargado de simbolismos y reflexiones teológicas. Jn, de hecho, habla de la institución de la eucaristía de una manera distinta a como podemos esperarlo, de manera densa y profunda. Pero al hacerlo nos ayuda a entender el sentido más auténtico de lo que es el misterio de la eucaristía para la comunidad de sus discípulos. Está claro, por todos los relatos de los evangelios, que esta cena fue una cena de despedida que les ofreció a sus discípulos, consciente de la cercanía de su muerte. Para Jesús la comunidad de mesa con pecadores y marginados fue siempre un rasgo característico de su vida apostólica. Simbolizó siempre la inclusión en el banquete del reino, y se contrapuso a la mesa egoísta del ricos epulón o a la mercantilizada mesa de los cambistas y mercaderes. Pero, sobre todo, en estos últimos instantes de su vida, esta mesa de la cena de despedida quiere expresar lo más esencial de lo que fue toda su vida y que ahora lo ofrece a sus discípulos como símbolo de una vida que vale la pena, y que está cargada de esperanza, de una esperanza que pasa por encima de los límites de la muerte. Lo esencial de esta cena de despedida es la revelación que hace Jesús de que el núcleo fundamental de su mensaje, de su predicación, de la actitud que mantuvo toda su vida es el servicio de amor al ser humano, que está respaldado en la medida en que está abierto al futuro que Dios ha dispuesto para todos los seres humanos. En la cena de despedida Jesús muestra con los símbolos y gestos que él es el “hombre para los demás”, su existencia toda es, como lo dice un teólogo, no una simple existencia, sino una “proexistencia”, una existencia para los demás, y que al llevarla hasta el extremo de la muerte, es la máxima expresión de su obediencia al Padre.
3. Si esto es lo esencial de la Cena de despedida de Jesús, no nos debería sorprender que esto se exprese en dos signos aparentemente muy distintos pero que son idénticos en su contenido: la fracción del pan y la distribución de la copa de la alianza y el lavatorio de los pies de los discípulos. Ambos expresan la donación que Jesús hace de su vida. Para decirlo, entonces, de una vez, el lavatorio de los pies es la forma como Jn narra la institución de la eucaristía. La copa de comunión, y el lavarles los pies son dos maneras como el Señor deja en herencia a los suyos lo esencial de su existencia: el servicio fraterno, en entrega total hasta la muerte. Lo que empecé entonces, en esta reflexión como un aparente problema en el evangelio de Jn, se torna así, más bien en una forma enriquecedora para entender lo más esencial del misterio eucarístico. La cena del señor, la copa de comunión es un signo de que Jesús comprendió su vida y su muerte como servicio último y supremo a la causa de Dios y, por tanto, a la causa, de los hombres. Cada vez que comemos y bebemos de este sacramento hacemos nuestro el ser mismo de aquel que no vino a ser servido, sino a servir. Postrarnos delante de la Eucaristía para recibirla luego, es identificarnos con Jesús, es como postrarnos delante de nuestros hermanos para brindarles la ofrenda de nuestro servicio, es comprometernos con la vida y misión de Jesús. “Si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también Uds. deben lavarse los pies unos a otros”. Vayamos, pues, hermanos y hermanos y lo que él ha hecho con nosotros hagámoslo, también nosotros en la vida diaria.Ω

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