25 septiembre, 2016

26º domingo t.o. Una buena noticia para los pobres, en esta vida

Lect.: Amós 6:1, 4-7; I Timoteo 6:11-16; Lucas 16:19-31

  1. Un estudioso de los escritos de san Lucas y san Mateo identifica en estos dos autores de textos, parábolas, dichos, un conjunto que él denomina el "evangelio de los marginados" del que forma parte esta parábola del rico ostentoso y el pobre mendigo Lázaro. Incluso en la forma original, probablemente pronunciada por Jesús, podemos decir que en este pasaje hay "una llamada a «una dedicación sincera y generosa a todas las víctimas de la pobreza, de la desigualdad, y de la multitud de desgracias que recaen sobre muchas personas por irresponsabilidad de otros, semejantes al rico de la parábola. Leído, como lo hace la liturgia de este domingo, poniéndolo junto a un texto vigoroso del profeta Amós, podemos ubicar la predicación de Jesús en la línea de la predicación de los profetas que se enfrentaron a quienes en Israel disfrutaban de  lujos exagerados, de acumulación de riquezas, tierras y beneficios, sin preocuparse por las desgracias que recaían sobre la vida del pueblo.
  2. Hay que estar claros en qué sentido esta parábola, junto con otros textos del Nuevo Testamento, es un evangelio, es decir, una buena noticia para los marginados, los excluidos o los descartables de la sociedad y el sistema económico. Nos equivocaríamos si interpretáramos el relato como una promesa tranquilizante que le dice a los pobres que que no importa lo que sufran aquí, mientras que los ricos la pasan súper bien, porque, como dicen algunos, habrá recompensas y castigos después de la muerte. Esa es una lectura distorsionada, construida desde la perspectiva interesada de quienes, para no perder sus posiciones privilegiadas, hacen lo posible para que las religiones, las iglesias y los medios de comunicación, condenen cualquier intento de cambio de la situación actual, manteniendo en actitud conformista a los que sufren las injusticias institucionalizadas de nuestra sociedad.
  3. Ese uso de promesas  de compensación ultraterrena, no es cosa de ahora, ni siquiera, tampoco, de la época de Jesús. Eran heredadas de algunas tradiciones culturales de épocas anteriores, y muy extendidas en pueblos diversos. Ciertamente hay importantes excepciones de esas lecturas pseudo religiosas, adormecedoras. Así lo muestran las amenazas del profeta Amós a los poderosos insensibles, en la lectura de hoy. Amós no remite a un castigo y una compensación post históricas sino, a la expectativa de una reversión que se va a dar en el presente. Es la misma línea de los valientes profetas de Israel.
  4. Pero, si no es en la “otra vida”, al “otro lado”, en donde debemos esperar liberación de males injustos, ¿cuál es el sentido profundo de la parábola? ¿Cuál es su contenido que la hace ser una “Buena Noticia? En un marco más amplio, el del conjunto de la predicación y acción de Jesús, se puede entender cómo, para Él, la persona humana solo logra su realización y liberación plenas cuando rompe las cadenas de su propia codicia y ambición y descubre su propia suerte ligada a la del pobre marginado que es parte suya y parte del propio Cristo, como lo recuerda el capítulo 25 de san Mateo. Es la apertura a la fraternidad la que le permite al opresor no impedir que el oprimido pueda alzarse del polvo. En la parábola, al rico le costó llegar al lugar de condena para descubrir que Lázaro era hijo de Abrahán y, por tanto, hermano suyo. Es preciso que los actuales responsables de la injusticia puedan descubrir esa fraternidad sin que haya que llegar a la destrucción de este planeta y de nosotros con él. No será un proceso fácil ni mucho menos automático. Requiere un esfuerzo colectivo que, para nosotros los cristianos, debe estar inspirado en las Bienaventuranzas, y que nos lleve a hacer propios los valores morales y la espiritualidad del reinado de Dios materializándolas en las relaciones humanas. La promesa de otra vida no se refiere, entonces, a otra existencia en “otro mundo”, sino a la transformación de esta sociedad, esta economía y esta política. En esa dirección nos pide hoy la Palabra, que sigamos avanzando.Ω

18 septiembre, 2016

25º domingo t.o., el propio interés conlleva tener en cuenta el interés de los otros

Lect: Amós 8:4-7; I Timoteo 2:1-8; Lucas 16:1-13


  1. De nuevo nos encontramos con una parábola que puede resultar extraña o difícil para nuestros oídos contemporáneos. ¿Cómo es eso de que Jesús pone de ejemplo a un administrador que  no cumple sus tareas con honestidad? Y que, por añadidura, su única reacción ante la llamada de atención de su patrón, pareciera ser otro fraude, alterar las cuentas. Incluso en nuestra sociedad actual, plagada de casos de corrupción y fraude, la gente medianamente informada sabe, por ejemplo, que por muy “cuello blanco” que tengan, los directivos de grandes entidades financieras que lucraron con la crisis reciente, son simplemente sinvergüenzas, y que los políticos que les premiaron refinanciando sus bancos son tan corresponsables  como ellos de los efectos negativos de la crisis sobre los ciudadanos comunes afectados. A ningún maestro de espiritualidad y ética se le ocurriría ponerlos como ejemplo de comportamiento, al menos para los cristianos.
  2. De este pasaje existen múltiples intentos de interpretación para resolver, al menos, lo que aparece como inicialmente chocante. No podemos pretender zanjar tanta discusión, pero sí, al menos, proporcionar algunos elementos informativos para que los lectores (hoy no me tocó predicar en Santa Lucía) hagan el esfuerzo por sacar sus propias conclusiones. Lo primero es hacer ver lo que debería ser obvio, si no fuera porque la lectura rutinaria no lo ve, que en ninguna parte del texto dice que el administrador estuviera, con anterioridad, incumpliendo sus tareas con un mal manejo de los bienes del terrateniente. Lo que dice es que a éste le fueron con acusaciones. Podían ser, perfectamente, acusaciones infundadas para bajarle el piso al administrador. En segundo lugar, lo de la alteración de las cuentas no solo no es la causa de que quiera despedirlo, —porque sucede después de la llamada de atención—, sino que además es, justamente, la muestra de la astucia que Jesús alaba. Un tercer elemento, que nos proporcionan los estudiosos bíblicos, es que muy probablemente  la parábola contada originalmente por el Maestro, terminaba en el versículo 8, con la alabanza del patrón. Los otros “dichos” que vienen a continuación (sobre hacerse amigos con el dinero injusto, ser fiel en lo poco, y lo de no servir a dos señores) son adiciones pegadas al texto primitivo por la comunidad de Lucas, bien fuera porque coinciden en hablar de dinero, o porque lo vieron como posibles aplicaciones de la parábola.
  3. Con estos datos, para tener en cuenta, (no son los únicos, mencionaré otros en un comentario al “posteo”) el punto que queda por aclarar es, ¿en qué consiste la astucia que alaba el evangelio? Creo que la clave está en un cierto paralelismo y, al mismo tiempo, contraposición en el actuar de “los hijos de este mundo” con la de “los hijos de la luz”. En los primeros, como se ve en el texto, el “normal” comportamiento mundano es exclusivamente guiado por el propio interés individual. Pero en este caso, el administrador entendió, —de ahí su astucia— que para salir airoso de la prueba tenía que ampliar su visión y tomar en cuenta  a otros, implicando también, por conveniencia, al beneficio de los acreedores. En el caso de los “hijos de la luz”, la astucia consistiría, entonces, me atrevo a decir, también en ampliar el interés por el beneficio propio, al beneficio del Reino de Dios, es decir, de todos los miembros de la comunidad. En lenguaje de nuestra época, se trata del reto de hacer compatible la ganancia propia, individual, con el bien común, de todas y todos, y no pensar que puedo realizar mi propio beneficio ignorando el de los demás o, peor aún, a costa del de los demás. Como dice una teóloga norteamericana, Alice McKenzie,  esta parábola quiebra nuestra manera habitual de entender lo que significa trabajar por el propio interés, a la luz de la reversión de valores que conlleva el Reino de Dios"

11 septiembre, 2016

24º domingo t.o. ¿Rozándose con "chusma"? No puede ser un Maestro…

Lect.    Éxodo 32:7-11, 13-14I Timoteo 1:12-17; Lucas 15:1-32


  1. La acusación de los fariseos a Jesús era clara: «Este acoge a los pecadores y come con ellos.» Muy clara, sin duda, pero quizás para nosotros, veintiún siglos después en una zona geográfica y cultural muy diferente, a la primera nos puede causar extrañeza. ¿Cómo podía ser considerada esa cercanía un motivo de crítica? Bueno, si lo pensamos un poco, es perfectamente comprensible. Por una parte, esos “pecadores”, —prostitutas, cobradores de impuestos para los romanos, y los pobres y campesinos en general—,  a los que acogía eran excluidos socialmente, por quienes marcaban línea política y religiosa en la Palestina de entonces. Excluidos culturalmente y de otros beneficios de la sociedad, por no estar a la altura de las élites del poder. Es ese tipo de exclusión social que, mirando con atención, se repite a través de los siglos e incluso en nuestro tiempo, en cualquier forma de sociedad que reproduzca una estructura clasista. No puedo evitar recordar lo que nos contaban hace unos meses unos amigos brasileños: que las élites de ese país no podían tragar de ninguna manera, que entre los millones de gentes que salieron de la pobreza durante los 14 años de políticas sociales del Partido del Trabajo, ahora muchos tuvieran acceso a servicios antes reservados a los “ricos y famosos”, como, por ejemplo, viajar en avión en vuelos internos. El desagrado de estas élites no era solo por supuestos temas de corrupción, no solo por sentirse afectados por políticas económicas, que también eran motivos. Era, además, porque al subir de estatus los hasta ahora excluidos, se democratizaba el acceso a muchos bienes. Esta referencia puede ayudarnos a entender las reacciones negativas de sacerdotes, escribas y fariseos de la Palestina de entonces ante el trato de Jesús con los excluidos.
  2. Pero hay otra razón que las explica también. Me hizo gracia la imagen que usa un teólogo australiano en su comentario a este pasaje, donde dice: si Jesús hubiera puesto su tarima o púlpito en el terreno propio de los pecadores para predicarles el arrepentimiento, no solo nadie lo hubiera criticado, sino que se hubiera erigido como héroe de los fariseos. Pero, ¡atención!, resulta que Jesús no se acerca a pecadores y excluidos para recobrarlos y llevarlos a que cumplan la Ley. Se implica con ellos porque los valora y los ama como personas, pasando por alto esos “pecados públicos” que les había ganado la exclusión. Y se implica a fondo. En aquellas sociedades mediterráneas, comer con alguien, aún más invitar a compartir los alimentos era un signo serio y profundo de fraternidad, sobre todo entre familia y amigos cuando este partir algo tan valioso como la comida, expresaba la intimidad y el aprecio por los compañeros de mesa.
  3. De esto se trata en estas tres parábolas de Lucas e llamadas "de la misericordia". Y, de hecho, de esto se trata en toda la predicación de la Buena Noticia, de la invitación al reino de Dios. Responder a esta invitación conlleva un cambio total, pero que no apunta a que la Ley y el Templo sean respetados, sino a que el valor de las personas sea reconocido, verdaderamente, como, el centro de toda la actividad social, incluyendo la actividad religiosa y, por supuesto de la política, la económica, la cultural. Que el hombre no se hizo para el sábado, sino el sábado para el hombre, quiere decir que la Ley, la moral, la religión y toda otra actividad material tienen sentido solo si contribuyen al bienestar y bien común del ser humano y de la naturaleza de la que forma parte.
  4. Para un ganadero, sobre todo modesto, —como el de la primera parábola—, la pérdida de una oveja era una disminución de su capital invertido. Para un ama de casa de una aldea palestina, en la segunda, perder la décima parte de sus ahorros, era semerenda pérdida. A Jesús no le preocupa recurrir a imágenes mercantiles o de dinero para explicarse. Lo que le interesa es recalcar por todo medio a su alcance el valor de cualquier persona, como persona, a pesar de ser un pecador o un excluido.
  5. En la tercera parábola,  la actitud del padre con el hijo mal portado, que malgastó la herencia anticipada, no es de mera tolerancia. Refleja tal valoración del muchacho y amor por él, que le hace perder toda su compostura de jefe de familia, todo el respeto por las reglas patriarcales de conducta pública.
  6. No puede no verse detrás de las historietas e imágenes sencillas que utiliza Jesús, el mensaje claro de que el reinado de Dios se empieza a alcanzar cuando las relaciones sociales construyen y no humillan ni excluyen a las personas. Esto se da, en la perspectiva evangélica, cuando tenemos mutuamente una actitud de misericordia. El papa Francisco lo recalca: “Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre. El misterio de la fe cristiana parece encontrar su síntesis en esta palabra.” “Misericordia es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida.” Es mucho más que un comportamiento moral. Más profundamente es el reconocimiento de que todos y todas compartimos la misma debilidad y la misma dignidad humana.Ω

04 septiembre, 2016

23º domingo t.o. ¿Renunciar a algo? Cuestión de prioridades

Lect.:   Sabiduría 9:13-18;    Filemón 9-10, 12-17;Lucas 14:25-33

  1. Si lo pensamos bien, ninguno de nosotros desea vivir esta vida para siempre. Si lo pensamos bien, imaginarse uno con ciento y pico de años, o más, con todas las facultades disminuidas o limitadas, no es un cuadro que genere mucho entusiasmo. Pero, en cambio,  si nos topamos con alguien que  nos dice, como lo hizo Jesús, que nos invita a tener vida y vida en abundancia, es decir, vivir plenamente, en cada momento, aquí y ahora, durante los años que nos toque vivir, sin duda que ahí sí, nos entusiasmamos y nos apuntamos a la invitación.
  2. Pero nuestras dificultades, vacilaciones y desánimos empiezan cuando el evangelio nos habla del camino para alcanzar esa meta, —máxime si nos lo dice en términos tan radicales como los que emplea Lucas hoy: odiar padre, madre y parientes,   renunciar a todas las posesiones, y hasta a uno mismo, es decir, relativizando nuestra manera de ver, de pensar, de vivir, de valorar…
  3. Las expresiones tan extremas que usa Lucas se explican, en parte, por el idioma arameo, que parece ser que carecía de comparativos y superlativos, y obligaba a usar estos modos de hablar que nos suenan extremistas. En el fondo, lo que se quiere decir con su uso es que lo que el evangelio llama el “Reinado de Dios” debe tener, para quien sigue a Jesús, una prioridad absoluta, con la que no debe interferir ni la familia, ni el  afán de bienes materiales, ni nada, ni tu propia seguridad.
  4. Pero podemos pensar también en otra razón para explicar por qué estas exigencias del seguimiento de Jesús se plantean de forma tan dura. Aunque estamos acostumbrados a decir que "tenemos" una familia, un modo de ser, y poseemos unas cuantas cosas, lo cierto es que, con frecuencia en la práctica, más bien, la cosa es al revés: la familia, nuestro modo de ser y pensar y los bienes materiales son los que nos poseen a nosotros, nos crean apegos muy fuertes, pueden contradecir valores profundos, se apoderan de nuestra voluntad y nos impiden descubrir nuestro ser auténtico. Es ese tipo de relaciones, del que somos víctimas, al que debemos odiar y a lo que se nos invita a renunciar.
  5. De ahí que esta renuncia es, en realidad, una liberación de obstáculos para vivir la plenitud de vida a la que Cristo nos abre el camino. Pero no hay que engañarse. Entender esto no hace más fácil el proceso. Sigue siendo un camino que tiene sus costos. Vivir en Cristo, como le gusta decir a San Pablo, es un modo de ser, de vivir y de hacer todo lo que vivimos y hacemos, de manera diferente. Diferente de cómo lo viviríamos y haríamos si, simplemente, nos guiáramos por el instinto de supervivencia y por unos principios morales que facilitan la convivencia. Ese modo de ser y de hacer que conlleva el vivir en Cristo es mucho más que una práctica moral. Es lo que suele llamarse una “espiritualidad”, una disposición interna libre y generosa para vivir en comunión, generando vida en nuestros semejantes y en la naturaleza. Y nacer, crecer y desarrollarnos en ese modo de vida nos exige  mucho en términos de tiempo,  de trabajo, de energía, de dedicación y práctica para su aprendizaje y desarrollo. Siempre pasa así en todo lo que es prioritario en nuestra vida. Es a eso a lo que a menudo llamamos "sacrificio", y Lucas llama hoy “cargar con la cruz”, pero a lo que damos equivocadamente un sentido negativo. Es la exigencia de un costo, un “precio” por el que hay que pasar para llegar a una meta que “no es barata”, aunque sea una gracia.   Hasta el mismo sentido común nos muestra que cuanto más valioso lo que queremos alcanzar, y más prioritario sea para nuestra vida, tanto más debemos despojarnos de todo lo que se opone a su logro. Ya es un tópico muy frecuente hablar de lo que tienen que pasar los atletas de alto rendimiento o los virtuosos de la música.
  6. Ser discípulo de la Buena nueva de Jesús es precisamente eso, un discipulado, un aprendizaje, una práctica. La meta de la vida abundante no va a venirnos automáticamente ni por estar "de cuerpo presente" en la misa dominical, ni tampoco por dejar de venir a misa y dedicarse a descansar los domingos. Ni por esforzarnos por cumplir unas reglas, ni por “dejar hacer, dejar pasar” los acontecimientos como ocurren. Repitámoslo, este discipulado exige mucho en términos de tiempo,  de trabajo, de energía, de dedicación y práctica. Aunque cada uno tendrá que vivir el proceso de manera muy personal y tendrá que empezar, como también aconseja Lucas hoy, por calcular los recursos que tiene para emprender este exigente camino. Como dice el Papa Francisco, el modo concreto de organizar nuestro discipulado y celebrar nuestra fe en las circunstancias actuales, tendremos que descubrirlo cada uno, personalmente, con imaginación y creatividad. Es una importante tarea que tenemos por delante.Ω