26 febrero, 2017

8º domingo t.o.: Al servicio de la Providencia

Lect.: Isaías 49:14-15; I Corintios 4:1-5; Mateo 6:24-34

  1. Innumerables veces hemos comentado cómo nuestra maduración cristiana nos hace superar la creencia, infantil, primitiva, de que nosotros estamos “aquí abajo” y Dios “allá arriba, y de que estamos en un “valle de lágrimas” que es “inevitable”, como si fuera parte de un destino humano, y que solo con la “ayuda de Dios”, —pero siempre un “dios exterior y lejano”— podemos lograr aliviar algo nuestras penas y angustias. Afortunadamente, conforme avanzamos en nuestra formación madura en el Evangelio, vamos aceptando mejor que entre Dios y nosotros no hay ninguna brecha, que desde que fuimos creados, no se nos arrojó a un vacío inhóspito sino que no hemos salido de las manos del Creador, y estamos en ellas permanentemente. Aún más, que nuestra vida es participación en la misma vida divina y que Él actúa por medio nuestro, que somos su imagen y semejanza.
  2. Con esta visión más madura de lo que es la creación, la naturaleza, y lo que somos los seres humanos debemos acercarnos a leer ese texto de Mateo de hoy. Este texto  ha sido objeto de mucha discusión, —incluso de los exegetas, estudiosos de la Biblia,— porque no han faltado quienes lo interpreten como una invitación a la comodidad y a la alcahuetería, a una mala interpretación de la Providencia como si con esas comparaciones con las aves del cielo y las flores del campo se nos invitara a esperar que del cielo nos lluevan las soluciones a nuestros problemas, a nuestras necesidades de mantenimiento, de comida, bebida y abrigo. Pero el texto de Mateo nos dice por completo otra cosa, si lo leemos desde esa otra perspectiva que comentábamos, conscientes de que entre Dios y nosotros hay una gran unidad y que, por lo tanto, cuando se dice que Dios alimenta a las aves, y cuida de las plantas, de lo que está hablando es de la providencia divina ejercida por nuestras manos. Se está hablando de nosotros. En nuestras pequeñas manos y cerebro, y con nuestras limitadas fuerzas la fuerza creadora de Dios continúa su obra por medio de nosotros, que somos su imagen y semejanza. La necesaria labor de cuidado por plantas y animales, la preocupación y compromiso ecológico por toda la naturaleza, por la tierra entera debe ser el signo más visible de la Providencia de Dios que ama la vida que sale de él y la quiere proteger por medio nuestro. Es por eso, pensando en esta dirección que en varias iglesias cristianas se ha desarrollado la idea de que nuestra tarea en la creación, ante la naturaleza, no es una tarea de “dominar la tierra”, sino de ser sus “administradores”, sus “mayordomos.
  3. El texto de hoy de Mateo, que es  todavía parte del Sermón del Monte que hemos venido comentando durante varios domingos, —y que refleja las actitudes, los sentimientos, los valores y el modo de vida de Jesús de Nazaret— es, pues,  una invitación a que cobremos conciencia de nuestro ministerio, nuestro servicio providente que prolonga el cuidado de la creación entera pero también, el cuidado providente que los seres humanos debemos tener unos de otros, cada persona de otras personas cercanas, cada grupo humano y cada nación de las necesidades de las otras, conscientes de que en esto se traduce y aterriza nuestra fe en la presencia de Dios que es todo en todos.
  4. No es de extrañar, entonces, que las palabras de este sermón de Jesús quieran disipar nuestras angustias  y preocupaciones ante las necesidades básicas. Se comprende desde esta perspectiva que se nos diga que no nos preocupemos sobre lo que comeremos, sobre cómo resolveremos los problemas de nuestro mantenimiento cotidiano. Porque Mateo se está dirigiendo a discípulos que quieren vivir el Evangelio de Jesús.  Mateo está pensando en que quienes lo oyen quieren formar comunidades de fe y de amor que se transformen en signos de esperanza para resolver los problemas de la vida diaria de todos en todas partes, en particular los problemas de los más necesitados. Son los que integran esas comunidades los que pueden ejercer el ministerio de la providencia divina con quienes lo necesiten, y con la naturaleza. Es significativo que este texto vaya antecedido por la advertencia de que hay que decidirse si se quiere servir a Dios o al dinero. Quienes opten por vivir en función de la acumulación de riquezas de manera egoísta, no tendrán disposición de corazón para ser ministros, servidores de la providencia divina. Tal y como lo estamos viendo en nuestros días, donde países poderosos y ricos construyen muros y cierran sus puertas a miles de emigrantes pobres, cuya migración, paradójicamente, ha sido causada por políticas de dominación y explotación de esos mismos países poderosos sobre los países de procedencia de muchos de estos emigrantes. No son solo sus estrafalarios gobernantes los responsables, sino también quienes los apoyan políticamente desde la base.
  5. En la misma línea del texto evangélico de hoy el Papa Francisco escribió su extraordinaria Carta “Laudato si” sobre el cuidado de la casa común, —ojalá todos la hayamos leído, estudiado y asimilado. Aunque son enseñanzas profundas, están al alcance de todos, para que podamos comprender, para decirlo con palabras del Papa, que “Todos podemos colaborar como instrumentos de Dios para el cuidado de la creación, cada uno desde su cultura, su experiencia, sus iniciativas y sus capacidades”. Ninguno tiene excusa para no servir de canal de la gratuidad de Dios. Y en la medida en que lo hagamos, nadie tendrá por qué pasar hambre, pobreza ni ninguna forma de abandono

19 febrero, 2017

7º domingo t.o.: ¿Superar la violencia sin violencia?

Lect.: Levítico 19:1-2, 17-18; I Corintios 3:16-23; Mateo 5:38-48

  1. Continúa Mateo hoy ayudándonos a entender el camino que Jesús propuso en el Sermón del Monte, —y que no es más que un reflejo de su propio modo de vida, y no ninguna doctrina teórica, abstracta. Como en el texto del domingo pasado, en éste también sigue haciéndolo con ayuda de lo que se llaman “antítesis”. Ese estilo de hablar en el que frente al modo de pensar y enseñar que se acostumbraba, Jesús contrapone algo nuevo. “Han oído…, pero yo les digo”…  Las antítesis mencionadas el domingo pasado ya eran duras y parecían difíciles de cumplir: ir más allá de lo que entonces se enseñaba y vivía en la religión judía en el tema del adulterio; en el trato a la mujer propia —a la que se podía dejar “tirada” como una propiedad más de desecho; en el tema del juramento  el uso en vano del nombre de Dios; o en cuanto a subordinar la participación en el culto a la reconciliación con el hermano… Ya todo eso apuntaba a dejarse guiar por algo superior a la Ley existente. Pero los versículos de hoy nos mueven a un campo más exigente todavía: el de la violencia, la venganza y la manera de enfrentar a quienes se abusan de nosotros o nos hacen daño. Se trata, como sabemos, de un área de la experiencia humana muy generalizada y que pareciera tocar instintos naturales de defensa e incluso de identidad, sobre todo desde una visión machista. Pues ahora Mateo nos dice que en este campo también el camino de Jesús es diferente del comportamiento generalizado. Excluye el devolver mal con mal, —no admite siquiera aplicando la llamada “Ley del Talión” que había supuesto una venganza más “equitativa”, en su momento—; excluye el pleitear con quien se abusa de uno, o con quien te quiere llevar por dónde no has decidido, invita a no resistir al mal y, de manera que suena más extremosa, pide amar incluso a los enemigos.
  2. En cualquier momento de la historia, pero en particular en este que nos ha tocado vivir, la violencia nos rodea a todo nivel y nos parece subrealista excluir la posibilidad e incluso la necesidad de una reacción adecuada. Esa violencia, no siempre física y directa, nos afecta en lo inmediato a nivel individual y familiar, cuando somos víctimas de la inseguridad en las calles, o de acusaciones injustas, salidas de envidia o de odio… ¿cómo no alimentar la tentación del desquite o, al menos, del uso de medios legales para defenderse? Y saltando de nivel, en el plano nacional e internacional, hay otros focos que generan violencia, que salpican y afectan seriamente nuestras vidas. Estamos sumergidos en un sistema económico que, tras sus apariencias formales, se encubren  formas de opresión sobre poblaciones más débiles y marginadas. ¿Es que en nombre del Evangelio se puede volver la cara hacia otro lado ignorando el sufrimiento que genera esa injusticia? Estamos además rodeados de guerras inicuas originadas en intereses pervertidos de gobernantes o de grupos económicos poderosos. ¿Cómo no reaccionar con solidaridad  cuando vemos que esas guerras producen destrucción para mucha gente inocente, y expulsa de sus tierras a millones de emigrantes… a los que luego les cierran las puertas en países que podrían servirles de refugio?  Cuando todo esto sucede, en nuestra propia vida y a nuestro alrededor, ¿cómo poder abrazar las propuestas del Sermón del Monte que no suenan realistas? Tenemos la tentación de pensar que, con estas exigencias, no parece que el camino del evangelio de Jesús ayude a hacer de este un mundo mejor.
  3. Este tema de la actitud cristiana ante la violencia ha planteado muchas dudas y problemas a los discípulos de Jesús a lo largo de los tiempos y las diversas iglesias no han tenido respuestas unánimes en todo lugar. Tampoco las tenemos hoy día. Es indispensable seguir reflexionándolo, en referencia a las nuevas experiencias que se van viviendo nuestras sociedades y escuchando y dialogando, incluso, con otras tradiciones espirituales distintas de la cristiana. Por lo pronto, solo subrayemos un punto que puede ayudar a orientar esta reflexión.  Ya decíamos los domingos anteriores que la propuesta de Jesús no es de carácter legal, no consiste en una ley nueva, que completa y perfecciona los Diez Mandamientos de la tradición mosaica. No incluye indicaciones precisas y puntuales sobre cómo actuar en situaciones concretas. Nada de eso. El domingo pasado hablábamos de que a los y las cristianas se nos pide “ir mucho más allá de una vida moral organizada en torno a preceptos legales”. En la liturgia de hoy, San Pablo, en la segunda lectura sugiere de qué se trata cuando hablamos de “ir más allá”. Abrazar el camino del evangelio es abrirse a una sabiduría distinta de la de este mundo para pensar, ver y actuar. Coincide con el texto de Juan que citábamos el domingo pasado donde se nos hablaba del Espíritu que habita en nosotros y nos conduce en una búsqueda de la verdad que debemos realizar en la práctica. Con esa sabiduría, analizando las diversas circunstancias, cristianos y cristianas debemos ser creativos para encontrar directrices para dar solución a  los conflictos que se nos presentan.
  4. Por lo demás, el final del evangelio de hoy nos sirve de recordatorio de que somos hijos del Padre que es perfecto. Con frecuencia esta expresión pareciera desalentadora por poner el listón muy alto. Pero su sentido aquí no es el de señalarnos una marca que nos desanime, sino, por el contrario, es más el de darnos ánimo. Si nuestra fe nos dice que compartimos, participamos de la propia vida de ese Padre, se puede esperar que de nuestro interior van a ir brotando las luces e impulsos para hacer lo que debemos hacer, por difícil y superior a nuestras fuerzas que parezca, también en este campo de la violencia. Si  los textos de estas antítesis en el Sermón de la Montaña, asumen una forma tan radical de expresarse, es porque son una provocación y una protesta. Una protesta contra el modo de vida predominante en el mundo de la violencia institucionalizada de la política y la economía de hoy, (y también de otros tiempos) que causa destrucción de la vida humana y de la naturaleza y que afecta nuestro mismo modo de pensar y actuar como individuos y familias. Y es, sobre todo, una provocación a que nos atrevamos a pensar de manera distinta de la dominante, y a que encontremos creativamente formas de superación de la venganza y la violencia, en un plano distinto del de la Ley (que también encierra formas de violencia) y la fuerza. Es una provocación para que encontremos esa superación más bien en el plano del don gratuito de las capacidades que ya tenemos y debemos descubrir en cada uno de nosotros, que nos permiten actuar como hijos del Padre que es perfecto.Ω

12 febrero, 2017

6º domingo t.o, El Sermón del Monte, madurez versus infantilismo cristiano.

Lect.: Eclesiástico 15:15-20; I Corintios 2:6-10; Mateo 5:17-37


  1. Si, como creyentes, lo que queremos es “hacer la voluntad del Padre, una vez más hay que decirlo: esto no se logra apegándose a ningún reglamento, o manual con reglas minuciosas. Ni siquiera apegándose a los 10 mandamientos, aún cuando vayan acompañados por la multitud de preceptos que desarrollaron los rabinos judíos para aplicarlos. Vivir plenamente la vida cristiana, la vida humana, no depende del esfuerzo por cumplir rigurosamente una Ley externa que, supuestamente, nos daría luz para actuar correctamente en cada momento y situación. Si llegamos a creer que ya conocemos bien cuáles son las normas que debemos seguir para ser buenos cristianos, o buenos ciudadanos, tendremos que escuchar de nuevo las fuertes advertencias que en el texto de hoy Mateo pone en boca de Jesús: “Habéis oído que se os dijo…  pero yo os digo:” Expresiones fuertes, en efecto, de Jesús, porque está contraponiendo su palabra, sus enseñanzas no a cualquier reglamento o tradición, sino a la Ley misma de Dios recibida por el pueblo judío. Al hablar así nos está diciendo, de manera muy clara, que para emprender el camino abierto por el Sermón de la Montaña, para hacer vivas las Bienaventuranzas, no podemos poner nuestra confianza en ningún referente externo de autoridad. Que debemos ir mucho más allá de una vida moral organizada en torno a preceptos legales.  No solo porque la moral se diferencia del orden jurídico, sino porque, además, no es por medio de códigos éticos que se configura un comportamiento correcto. Pero, si esto es lo que se desprende de lo que dice Jesús en el texto de Mateo, no cabe duda de que resulta una afirmación desconcertante. Por una parte, porque pareciera que se enfrenta incluso a la Ley de Dios, revelada por Moisés (y que a nosotros mismos nos han enseñado como fundamental desde los primeros años de catecismo cuando aprendimos los Mandamientos). Por otra parte, porque si el referente no son los Mandamientos, ni ninguna Ley, ¿hacia adónde mirar? ¿De qué agarrarse como guía para no fallar individualmente y para ayudar a construir en lo colectivo una comunidad sobre valores de justicia y fraternidad?
  2. Hay que decir, en primer lugar, que la actitud y la enseñanza de Jesús, en este pasaje del Sermón de la Montaña, más que ser algo innovador, ajeno a la tradición profunda del Antiguo testamento, es algo que responde a una esperanza del pueblo judío que ya habían manifestado los profetas. Ante las repetidas rupturas de los compromisos por parte de Israel, Jeremías (31: 31 sgs) había llegado a anunciar en nombre del Dios Yavé: “pondré mi Ley dentro de ellos, y la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi Pueblo. Y ya no tendrán que enseñarse mutuamente, diciéndose el uno al otro: «Conozcan al Señor». Porque todos me conocerán, del más pequeño al más grande –oráculo del Señor–.” Y Ezequiel, 36: 25, también lo expresó con hermosos símbolos diciendo: “Los rociaré con agua pura, y ustedes quedarán purificados. Los purificaré de todas sus impurezas y de todos sus ídolos. Les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo: les arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne.” Jesús viene a decir que hay que terminar con todo sentimiento de frustración e impotencia. Que ya estamos viviendo en estos tiempos anunciados por los profetas y que la respuesta a nuestra duda sobre cuál puede ser el referente que guíe nuestro comportamiento cristiano, deberíamos conocerla porque es parte central del Evangelio, aunque nos pueda causar sorpresa cuando volvemos a escucharla.  El referente está en nosotros mismos. Está en nuestro interior. “Jesús pasó, de un cumplimiento externo de leyes, a un descubrimiento de las exigencias de su propio ser” (Ver fray Marcos en http://www.feadulta.com/es/buscadoravanzado/item/8436-habeis-oido-que-se-dijo-pero-yo-os-digo.html). Al conocerse a sí mismo en profundidad, Jesús descubre lo que cada uno de nosotros debe también descubrir: que en ese corazón nuevo prometido, que tenemos cada uno, Dios ha escrito su Ley. Más exactamente, dicho en lenguaje del evangelio de Juan 16: 12 - 13, no es siquiera la predicación de Jesús la que nos va a enseñar de antemano cómo actuar ante tantas y tan variadas situaciones que nos presenta la vida, y que no podríamos comprender antes de tiempo. Sino que es  el Espíritu de la Verdad, él que continuamente nos introducirá en toda la verdad, y nos ayudará a vivir en lo que irá sucediendo.
  3. Esta actitud y esta enseñanza de Jesús, además de que puede desconcertarnos, nos puede atemorizar por el grado de exigencia que supone. Pero es un mensaje maravilloso y liberador. Nos pide confiar más en nosotros mismos, en la presencia del Espíritu de Dios en nosotros, en la importancia y dignidad de cada ser humano, a cuyo servicio tienen que estar el “sábado”, las leyes, las instituciones —incluyendo las eclesiásticas—  y toda autoridad moral. Por supuesto que asumir esta perspectiva, visión y práctica, choca con décadas de una educación religiosa que fomenta el comportamiento infantil y dependiente. Con enseñanzas que han fomentado la desconfianza en las decisiones humanas según conciencia, supuestamente peligrosas de ser antagónicas de la voluntad de Dios. Choca, también, con lo que Fromm llamaba “el miedo a la libertad” que cómoda pero destructivamente nos empuja a “delegar” en padres, maestros, clérigos, ideólogos y políticos la responsabilidad de decidir por nosotros mismos. Pero vale la pena pasar por el posible “trauma” de ese choque para vivir plenamente el mensaje del Sermón de la Montaña. Ω

05 febrero, 2017

5º domingo t.o.: Ser "luz" y ser "sal" no son símbolos de interpretación arbitraria


Lect.: Isaías 58:7-10; I Corintios 2:1-5; Mateo 5:13-16

  1. En nuestra reflexión anterior afirmamos que Mateo propone el Sermón de la Montaña como un modo de vida realizable y no como algo solamente utópico, en el peor sentido,  sin posibilidad de concreción. Esta afirmación dio lugar a una interesante conversación (en Facebook, ya que, lamentablemente no se puede hacer “en vivo” en la celebración litúrgica o, al menos, a la salida de ésta). Lo que conversamos, empezó con la pregunta de una amiga que decía, “¿Que pasos prácticos implementar para vivir esa realidad? Intercambiamos ideas al respecto que pueden Uds. leer al pie de la reflexión. Es solo un comienzo de un tema que podríamos ampliar más. Pero hoy, el texto de Mateo da lugar a que nos planteemos otras preguntas: ¿Qué quiere decir “poner en práctica las Bienaventuranzas? Y, en definitiva, ¿Por qué hacerlo? Como en otras ocasiones, creo que resulta pedagógico empezar mencionando respuestas insuficientes o erróneas desde el punto de vista  del evangelista. Poner en práctica el estilo de vida impulsado por el Sermón del Monte implica que seremos capaces de concretarlo en acciones, en actividades propias de un modo de ser como el de Jesús. Pero, ¿qué queremos decir con esto? Pienso, en primer lugar, que hay que quitarse la idea de que esto lo hacemos “para lograr nuestra salvación individual”. Lo que hacemos, como lo hizo Jesús es, sobre todo, por los demás, para construir el Reino de Dios. Pero esto no quiere decir que lo que estamos llamados a hacer es a “cristianizar la sociedad”, en el sentido de imponerle a nuestras sociedades plurales leyes, por ejemplo, en educación y salud que se correspondan solo con una ética cristiana. Es una actitud relativamente frecuente hoy día, reflejada en casos como el de diputados de nuestra Asamblea Legislativa, cuando tratan de bloquear legislación en materia de educación sexual, o de salud reproductiva. o, más extremo, el caso del actual Presidente de los EE.UU. Donald Trump quien, en una de sus peligrosas ocurrencias, ha prometido reformar la Constitución de su país, para que, en adelante, los pastores, sacerdotes y ministros religiosos puedan desde los púlpitos defender las posiciones políticas que consideren correctas.
  2. Cuando Mateo dice hoy que los discípulos de Jesús debemos ser “sal de la tierra” y “luz del mundo” está diciendo claramente que vivir el impulso de las Bienaventuranzas no es algo individual, subjetivo, privado y que queda encerrado en las cuatro paredes de mi casa. Se trata de un estilo de vida que hay que proyectar y extender para beneficio de todos y cada uno de los pueblos. Este estilo de vida, si lo entendemos bien, no se reduce a algo “confesional” propio de una religión, sino que es el intento de plasmar en la vida valores profundamente humanos, tal y como los interpretó y vivió desde su perspectiva, ese Hombre pleno que fue Jesús de Nazaret. Pero, al mismo tiempo con los símbolos mismos que utiliza, —sal, luz…— Mateo está excluyendo que pensemos toda forma de imposición, de proselitismo, con el secuestro de instrumentos políticos o institucionales. Ser sal y ser luz, como ser fermento, son expresiones que se refieren a una actitud de testimonio, de demostración viviente de los valores que queremos comunicar. Las Bienaventuranzas, vividas en profundidad trasparentarán, sin duda, una vida valiosa que llamará la atención a quienes quieren vivir de manera constructiva, en medio de desorientaciones, oscuridades y conflictos. Por eso suele decirse que la predicación más fuerte y convincente de Jesús, más que sus palabras consignadas escasas, fue su compromiso con los pobres, su apoyo a los afligidos,  su servicio para incluir a los excluidos y marginados, o su preocupación por fortalecer a los de salud débil. Ese tipo de vida luminosa y que “da sabor” es la que Mateo espera que podamos realizar. Por si fuera necesario, Isaías, en la primera lectura de hoy nos aclara lo que quiere decir ser una “persona luminosa”, “ser luz en el mundo: ¿No será partir al hambriento tu pan, y a los pobres sin hogar recibir en casa? ¿Que cuando veas a un desnudo le cubras, y de tu semejante no te apartes?
 Entonces brotará tu luz como la aurora, y tu herida se curará rápidamente. Te precederá tu justicia, la gloria de Yahveh te seguirá. […] Si apartas de ti todo yugo, no apuntas con el dedo y no hablas maldad,
 repartes al hambriento tu pan, y al alma afligida dejas saciada, resplandecerá en las tinieblas tu luz, y lo oscuro de ti será como mediodía.
  3. Para terminar, recalco una aclaración hecha previamente. Cuando hablamos de “vivir el impulso, el imperativo de las Bienaventuranzas”, no podemos estar pensando en que podremos encontrar un “manual”, un “conjunto de reglas” que “traduzcan”, “aterricen” o “apliquen”. Ya lo habíamos dicho la semana pasada: las Bienaventuranzas no son “cláusulas legales”. El Sermón del Monte muestra un camino, una dirección para recorrer en cada momento y lugar de la historia. Apunta a una realidad de plenitud que trasciende nuestra visión habitual y todas nuestras realizaciones limitadas culturalmente. No existe entonces ninguna “aplicación” que agote y contenga esa plenitud. Pero, a pesar de ello, se nos invita a vivir entre las opciones a nuestro alcance, la que mejor exprese, en nuestras circunstancias concretas, la novedad de la Buena Noticia de Jesús. Para seleccionar y decidir no lo haremos solos, requerimos el apoyo de una comunidad de referencia. Ω