12 febrero, 2017

6º domingo t.o, El Sermón del Monte, madurez versus infantilismo cristiano.

Lect.: Eclesiástico 15:15-20; I Corintios 2:6-10; Mateo 5:17-37


  1. Si, como creyentes, lo que queremos es “hacer la voluntad del Padre, una vez más hay que decirlo: esto no se logra apegándose a ningún reglamento, o manual con reglas minuciosas. Ni siquiera apegándose a los 10 mandamientos, aún cuando vayan acompañados por la multitud de preceptos que desarrollaron los rabinos judíos para aplicarlos. Vivir plenamente la vida cristiana, la vida humana, no depende del esfuerzo por cumplir rigurosamente una Ley externa que, supuestamente, nos daría luz para actuar correctamente en cada momento y situación. Si llegamos a creer que ya conocemos bien cuáles son las normas que debemos seguir para ser buenos cristianos, o buenos ciudadanos, tendremos que escuchar de nuevo las fuertes advertencias que en el texto de hoy Mateo pone en boca de Jesús: “Habéis oído que se os dijo…  pero yo os digo:” Expresiones fuertes, en efecto, de Jesús, porque está contraponiendo su palabra, sus enseñanzas no a cualquier reglamento o tradición, sino a la Ley misma de Dios recibida por el pueblo judío. Al hablar así nos está diciendo, de manera muy clara, que para emprender el camino abierto por el Sermón de la Montaña, para hacer vivas las Bienaventuranzas, no podemos poner nuestra confianza en ningún referente externo de autoridad. Que debemos ir mucho más allá de una vida moral organizada en torno a preceptos legales.  No solo porque la moral se diferencia del orden jurídico, sino porque, además, no es por medio de códigos éticos que se configura un comportamiento correcto. Pero, si esto es lo que se desprende de lo que dice Jesús en el texto de Mateo, no cabe duda de que resulta una afirmación desconcertante. Por una parte, porque pareciera que se enfrenta incluso a la Ley de Dios, revelada por Moisés (y que a nosotros mismos nos han enseñado como fundamental desde los primeros años de catecismo cuando aprendimos los Mandamientos). Por otra parte, porque si el referente no son los Mandamientos, ni ninguna Ley, ¿hacia adónde mirar? ¿De qué agarrarse como guía para no fallar individualmente y para ayudar a construir en lo colectivo una comunidad sobre valores de justicia y fraternidad?
  2. Hay que decir, en primer lugar, que la actitud y la enseñanza de Jesús, en este pasaje del Sermón de la Montaña, más que ser algo innovador, ajeno a la tradición profunda del Antiguo testamento, es algo que responde a una esperanza del pueblo judío que ya habían manifestado los profetas. Ante las repetidas rupturas de los compromisos por parte de Israel, Jeremías (31: 31 sgs) había llegado a anunciar en nombre del Dios Yavé: “pondré mi Ley dentro de ellos, y la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi Pueblo. Y ya no tendrán que enseñarse mutuamente, diciéndose el uno al otro: «Conozcan al Señor». Porque todos me conocerán, del más pequeño al más grande –oráculo del Señor–.” Y Ezequiel, 36: 25, también lo expresó con hermosos símbolos diciendo: “Los rociaré con agua pura, y ustedes quedarán purificados. Los purificaré de todas sus impurezas y de todos sus ídolos. Les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo: les arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne.” Jesús viene a decir que hay que terminar con todo sentimiento de frustración e impotencia. Que ya estamos viviendo en estos tiempos anunciados por los profetas y que la respuesta a nuestra duda sobre cuál puede ser el referente que guíe nuestro comportamiento cristiano, deberíamos conocerla porque es parte central del Evangelio, aunque nos pueda causar sorpresa cuando volvemos a escucharla.  El referente está en nosotros mismos. Está en nuestro interior. “Jesús pasó, de un cumplimiento externo de leyes, a un descubrimiento de las exigencias de su propio ser” (Ver fray Marcos en http://www.feadulta.com/es/buscadoravanzado/item/8436-habeis-oido-que-se-dijo-pero-yo-os-digo.html). Al conocerse a sí mismo en profundidad, Jesús descubre lo que cada uno de nosotros debe también descubrir: que en ese corazón nuevo prometido, que tenemos cada uno, Dios ha escrito su Ley. Más exactamente, dicho en lenguaje del evangelio de Juan 16: 12 - 13, no es siquiera la predicación de Jesús la que nos va a enseñar de antemano cómo actuar ante tantas y tan variadas situaciones que nos presenta la vida, y que no podríamos comprender antes de tiempo. Sino que es  el Espíritu de la Verdad, él que continuamente nos introducirá en toda la verdad, y nos ayudará a vivir en lo que irá sucediendo.
  3. Esta actitud y esta enseñanza de Jesús, además de que puede desconcertarnos, nos puede atemorizar por el grado de exigencia que supone. Pero es un mensaje maravilloso y liberador. Nos pide confiar más en nosotros mismos, en la presencia del Espíritu de Dios en nosotros, en la importancia y dignidad de cada ser humano, a cuyo servicio tienen que estar el “sábado”, las leyes, las instituciones —incluyendo las eclesiásticas—  y toda autoridad moral. Por supuesto que asumir esta perspectiva, visión y práctica, choca con décadas de una educación religiosa que fomenta el comportamiento infantil y dependiente. Con enseñanzas que han fomentado la desconfianza en las decisiones humanas según conciencia, supuestamente peligrosas de ser antagónicas de la voluntad de Dios. Choca, también, con lo que Fromm llamaba “el miedo a la libertad” que cómoda pero destructivamente nos empuja a “delegar” en padres, maestros, clérigos, ideólogos y políticos la responsabilidad de decidir por nosotros mismos. Pero vale la pena pasar por el posible “trauma” de ese choque para vivir plenamente el mensaje del Sermón de la Montaña. Ω

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