29 mayo, 2016

Fiesta del Corpus Christi


Lect.: Génesis 14:18-20; I Corintios 11:23-26; Lucas 9:11-17


  1. Es tan central la Eucaristía a nuestra vida cristiana, que no es fácil plantear críticas a formas como hemos acabado celebrando el sacramento en nuestro tiempo, —y ya desde hace décadas. No es fácil porque es muy posible que lo que se diga como crítica a las formas se interprete como irreverencia a la propia eucaristía. (Cuando en realidad las críticas surgen de un deseo de mayor fidelidad). En todo caso, de ahí la tentación de repetir “más de lo mismo” en las predicaciones sobre el tema y de utilizar solo frases piadosas que no escandalizan, —pero que tampoco abren camino a una renovación evangélica profunda de la vivencia de la Cena del Señor. El tema es tan delicado que para la reflexión que voy a hacer prefiero no expresar mis propias ideas. Voy a  utilizar las exposiciones muy fundamentadas de dos teólogos y predicadores de la Orden Dominicana. Uno de ellos, fray Marcos, ya lo he citado hace pocas semanas, en la fiesta de la Ascensión. El otro, fray José Luis Espinel, ya fallecido, fue mi mejor profesor de Biblia, en los años sesenta del siglo XX. Y también voy a utilizar unas citas del Papa Francisco. Confío en que compartir unos párrafos de estos tres esclarecidos autores pueda dar lugar a una reflexión a  fondo en quienes lean estas líneas, —con más fuerza que lo que yo mismo pudiera redactar.
  2. El primer texto, con el que empiezo, es de Fray Marcos   Dice así:  Es muy difícil no caer en la tentación de decir sobre la eucaristía lo políticamente correcto y dispensarnos de un verdadero análisis del sacramento más importante de nuestra fe. Son tantos los aspectos que habría que analizar, y tantas las desviaciones que hay que corregir, que solo el tener que planteármelo, me asusta. Hemos tergiversado hasta tal punto el mensaje original del evangelio, que lo hemos convertido en algo totalmente ineficaz para llevarnos a una verdadera vida espiritual. Para recuperar el sacramento debemos volver a la tradición.” (“La plenitud humana consiste en darse”, Fe adulta, 29.5.16).
  3. Y a continuación aclara algunas de las tergiversaciones a las que se refiere: “Hemos convertido la eucaristía en un rito puramente cultual. En la mayoría de los casos no es más que una pesada obligación que, si pudiéramos, nos quitaríamos de encima. Se ha convertido en una ceremonia rutinaria, que demuestra la falta absoluta de convicción y compromiso. La eucaristía era para las primeras comunidades el acto más subversivo que nos podamos imaginar. Los cristianos que la celebraban se sentían comprometidos a vivir lo que el sacramento significaba. Eran conscientes de que recordaban lo que Jesús había sido durante su vida y se comprometían a vivir como él vivió.” (Fray Marcos “la plenitud humana consiste en darse, Fe adulta, 29.5.16).
  4. Si suenan un tanto radicales estas expresiones escritas recién esta semana, abramos los oídos a esta otras del P. Espinel, de unos años atrás. Empieza diciendo, en una primera cita, que él espera que “con los elementos que componen el fondo y el ambiente espiritual de la Cena del Señor, se podría lograr unas reuniones llenas de vitalidad”, implicando, obviamente, que nuestras misas carecen de ella.  Y nos abre el panorama para encaminarnos a una renovación de la celebración eucarística diciendo: “La misa requiere una catequesis continua sobre ella misma. Hay que devolverle el clima de acción profética, la tensión por el Reino de Dios en el mundo, la alegría del banquete, la sorpresa del cántico nuevo, la fuerza interpelante, la seriedad del juicio sobre sí mismo y el desarrollo de una alianza que se hace siempre actual  (José Luis Espinel, 1976 ).
  5. No es pequeño el desafío que nos plantean estos textos. Por un lado, están las desviaciones que hay que superar y que, por lo demás, a menudo son desviaciones asumidas sin mala intención, en parte por ignorancia. Por otro lado, están los elementos centrales evangélicos y de la tradición que debemos recuperar para hacer de la misa la Cena que el Señor quiso que celebráramos “en memoria suya”, haciendo nuestra su vida y compromiso.
  6. Hay que poner por delante esta categórica directriz de Jesús que marca el sentido de la celebración eucarística: “Hagan esto en memoria mía.” Es decir, compartamos esta Cena viendo en ella una parábola, un signo profético de lo que fue la vida de Jesús hasta su entrega final. Además de este, hay otros elementos esenciales de la Eucaristía que subraya fray Espinel y, entre ellos, en la perspectiva de nuestras recientes celebraciones de la Pascua, hay uno que es, sin duda,  clave: el de la alianza nueva,uno de los más vigorosos que existen en el Nuevo Testamento” que, en la mente de Jesús, evoca otros símbolos sinónimos, “nueva creación”, “nacer de nuevo”, “hombre / mujer nuevos”. Hay que entenderlo y volverlo a colocar como eje de la celebración eucarística. Esto haría de nuestra misas un verdadero compromiso (alianza) a realizar, un éxodo, una salida de nuestro “yo interesado” y “egoísta” para encaminarnos a una plenitud humana de entrega y servicio, de partir y compartir. Una plenitud que hace de nosotros un solo cuerpo partido y repartido, alimentado con un único pan, que somos Jesús y nosotros mismos.
  7. ¿Cómo realizar este proceso de conversión de nuestras prácticas rituales para una recuperación evangélica de la eucaristía?  ¿debemos esperar que haya comisiones de liturgia que nos abran caminos? (El P. Espinel hace suya la frase de otro autor para decir que “«hay pocas cosas sobre la tierra más conservadoras que las relativas al culto»). Aquí me parece que, como muy a menudo, es el Papa Francisco quien nos da una pista de salida. El pasado 19 de marzo escribía lo siguiente: “debemos reconocer que el laico por su propia realidad, por su propia identidad, por estar inmerso en el corazón de la vida social, pública y política, por estar en medio de nuevas formas culturales que se gestan continuamente tiene exigencias de nuevas formas de organización y de celebración de la fe. ¡Los ritmos actuales son tan distintos (no digo mejor o peor) a los que se vivían 30 años atrás! Esto requiere imaginar espacios de oración y de comunión con características novedosas, más atractivas y significativas –especialmente– para los habitantes urbanos.” (Papa Francisco, Carta al Cardenal Ouellet. sobre la acción de los laicos en la vida pública).  Si entiendo bien, el Papa “ha lanzado la bola” al campo de los laicos. No se quiénes, entre nosotros, en Costa Rica, serán los primeros en recoger el pase e iniciar, este proceso de recuperación de la Eucaristía.Ω



Puede ampliarse y profundizarse el tema en estas dos obras del padre José Luis Espinel,
           
La cena del Señor, acción profética
Madrid : Propaganda Popular Cristiana, Casa de la Biblia , 1976 .
La eucaristía del Nuevo testamento, San Esteban – Edibesa, Salamanca,1997.


Y en Fray Marcos, La plenitud humana consiste en darse, http://www.feadulta.com/es/buscadoravanzado/item/7651-la-plenitud-humana-consiste-en-darse.html

22 mayo, 2016

Fiesta de la Trinidad

Lect.: Proverbios 8:22-31; Romanos 5:1-5; Juan 16:12-15

  1. Hasta hace poco tiempo, cuando proclamábamos nuestra fe en misa, después de las lecturas y la homilía, utilizando una muy antigua fórmula del Credo, redactada por dos concilios del siglo IV. repetíamos una serie de frases y conceptos que, —hay que reconocerlo– no entendíamos fácilmente: Engendrado, no creado, consustancial, de la misma naturaleza, … luz de luz, … Era un esfuerzo por expresar la fe en el Dios cristiano usando conceptos de la filosofía griega. Era otra época y otra cultura. Pero no se trata de concluir, con esto, que habría que sustituir esas expresiones con otras especulaciones filosóficas, con conceptos de corrientes de pensamiento más actuales.  Ya desde el siglo XIII un gran santo y gran teólogo, Tomás de Aquino, con todo y sus ejercicios académicos, dijo con claridad que de Dios más bien sabemos lo que no es que lo que es.
  2. Las y los cristianos no tenemos, pues, por delante un reto de carácter intelectual, sino una invitación a escuchar al Evangelio que nos recuerda que “a Dios nadie lo ha visto jamás, pero el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado” (Jn 1:18). Y lo  que ha contado, al usar símbolos y parábolas sobre el reino de Dios, nos hace ver que lo que llamamos “Dios” es una realidad trascendente, que no es posible encerrar en conceptos y teorías; y que las comparaciones apenas sugieren y apuntan a que nos liberemos de representaciones muy materialistas y que pretenden inútilmente pintar la divinidad con rasgos de funciones humanas. Más bien, nos invitan a ver cómo vivía Jesús esa experiencia de la divinidad, de esa realidad trascendente a la que llamaba “Padre” y con la que se identificaba.  
  3. Como hemos reflexionado durante el tiempo de Pascua que recién terminamos, esa experiencia de la divinidad que vivió Jesús, puede ser también nuestra propia experiencia, por cuanto compartimos la misma vida nueva de resucitados, la misma vida en el Espíritu de Dios. Una vez más repitamos: es cuestión de despertar a lo que somos, de descubrir esa presencia gratuita que nos trasciende pero nos incluye. La vamos descubriendo en la medida en que vamos descubriendo la realidad más profunda de nosotros mismos, que se manifiesta en nuestra capacidad de amar, de darnos y de recibir. Esto es lo que nos hacer a cada uno ser persona. Por eso conocernos a nosotros mismos no es  un esfuerzo individualista y solitario, sino un proceso de crecimiento en una comunión amorosa en la que nos sumerge el mismo Espíritu del amor de Dios.Ω



15 mayo, 2016

Pentecostés

Lect.: Hechos 2:1-11; I Cor 12:3-7, 12-13; Juan 20:19-23

  1.  Con este día que la liturgia llama “fiesta de pentecostés”, cerramos estas semanas de  reflexión sobre la Pascua. No lo hemos hecho por afán intelectual, sino para tratar de vivir conscientemente nuestra participación en la realidad de Cristo resucitado. Y las lecturas de hoy nos remiten, de nuevo a lo que fue la experiencia de los primeros discípulos, por la que descubrieron a Jesús viviente. Fue la experiencia de superación del miedo, del sentido de culpa y de la ruptura de la comunidad lo que les hizo caer en la cuenta que algo nuevo se había producido en Jesús y se estaba produciendo en ellos, después del “final” del calvario. A esto nuevo lo llamaron “resurrección”, “nuevo nacimiento”. Fue una transformación  profunda en su actitud, que les permitió abrirse a una plenitud humana que ya tenían pero que les pasaba inadvertida.
  2. En el texto evangélico de hoy Juan nos hace ver cómo la paz sustituye el miedo que dominaba a los discípulos, y como la culpa se desvanece ante la capacidad de perdonar y perdonarse. Y toda esta transformación se realiza en ellos gracias a la fuerza poderosa que brota del nivel más profundo que sostiene la realidad humana. El evangelista, en la línea de los profetas del A. T., llama a esa fuerza “el Espíritu de Dios”, que Jesús insufla, sopla en los discípulos para despertarlos a ese nivel profundo de la vida y de la realidad. Hablar entonces del “Espíritu Santo”, es hablar del mismo Dios que es todo en todos. Es una manera de “hablar”,  de “nombrar” a esa realidad innombrable, Dios, que sostiene toda la realidad. Innombrable, no visible materialmente, pero del cual podemos tener la experiencia en cuanto alcanzamos el nivel más profundo más íntimo de nuestra vida.
  3. Lo que llamamos entonces fiesta de pentecostés o fiesta del Espíritu Santo no es celebrar un acontecimiento específico de una fecha determinada, algo que tuvo lugar en un momento dado para los discípulos, y que va a suceder un momento dado en nuestra vida. Es un don gratuito y generoso que sucede permanentemente y del que se nos invita a cobrar conciencia.  Por decirlo de alguna manera, nuestra vida, la de cada uno está ya en ese “espacio” del Espíritu, sin dejar la realidad histórica en que nos encontramos. Como sucedió a los primeros discípulos, esa “vida en el Espíritu” se manifiesta en nosotros cuando construimos relaciones de  comunidad, en particular ayudando a generar reconciliación y perdón, sanando las heridas y brechas que nos separan. Cuando miramos a nuestro alrededor, nos puede desanimar la presencia de innumerables factores de ruptura a todo nivel: formas de violencia, de dominación de unos sobre otros, de incomunicación e incomprensión. Son innegables a nivel de la política y la economía dentro de los países y entre ellos. Pero también afectan nuestra vida social y familiar. Evocar el continuo don del Espíritu de Dios nos ayuda a superar el desánimo causado por ese entorno y el miedo a no poder combatir todas esas amenazas  al amor y a la comunidad. Evocar y celebrar el don del Espíritu de Dios nos permite trascender nuestras propias limitaciones porque, —como lo decía el gran espiritual del siglo XX, Marcel Légaut—, descubrimos que está en nosotros Alguien que es más que nosotros, pero que es también parte de nosotros mismos.Ω

09 mayo, 2016

NOTA ACLARATORIA a la reflexión sobre la fiesta de la Ascensión

Un asiduo lector y amigo me indicó que podría ser útil aclarar a quién me refería cuando, en el párrafo segundo  de la reflexión de ayer, indiqué que estaba haciendo una "explicación resumida del estudio de fray Marcos. En varias ocasiones creo haberlo citado. Es un hermano dominico, con excelente reflexión teológica y pastoral, de una comunidad en las afueras de Madrid. Publica sencillamente como "fray Marcos" en el valioso portal "Fe adulta" (www.feadulta.com ).

08 mayo, 2016

Ascensión del Señor

Lect.: Hech 1:1-11; Ef 1:17-23; Lc 24:46-53



  1. Vivimos en una época en la que nuestra visión del universo se ha ampliado. No solo las generaciones más jóvenes, ya incluso la mía y de algunos aun mayores, aun sin mucha formación científica, hemos crecido aprendiendo cosas sorprendentes sobre nuestro planeta, nuestro sistema solar, nuestra galaxia y mucho más allá. Los programas de divulgación científica en TV y en internet  nos introducen en una visión fascinante de lo que los creyentes llamamos el orden de la creación.
  2. Por contraste, en la época en que se escriben los libros del Nuevo Testamento, nada de esta realidad era ni siquiera sospechada. Para decirlo de forma simplificada, al menos en la Palestina de aquella época, y en sus vecinos más cercanos, el mundo tenía tres planos: “el superior (arriba) habitado por la divinidad. El del medio (el nuestro) era la realidad terrena en la que todos vivimos. El tercero (abismo) era el lugar del maligno y sus secuaces. Desde este esquema, la encarnación era concebida como una bajada del Verbo, desde la altura donde habita la divinidad a la tierra. Su misión era la salvación de todos. Por eso, después de su muerte tuvo que bajar a los infiernos (ínferos) para que la salvación fuera total. Una vez que Jesús cumplió su misión salvadora, lo lógico era que volviera a subir su lugar de origen” (explicación resumida del estudio de Fray Marcos).
  3. Hablar, entonces de la “ascensión de Jesús a los cielos” es utilizar una expresión con sentido en la época de Lucas. Pero, si la repetimos hoy literalmente, en la visión actual del mundo y del universo es exponerse a que los jóvenes y los no tan jóvenes pierdan todo respeto por el contenido de la palabra de Dios. Nos van a preguntar, con probable ironía, “¿que Jesús “subió”? ¿adónde? ¿a cuál cielo?” “¿Más allá del sistema solar?” Nosotros entendemos que Lucas hablara de este modo, no tenía otra forma de entender la realidad y de expresarla, pero para salvar la brecha entre su modo de representarse la realidad y la nuestra, es indispensable entender el contenido, el sentido del mensaje y no quedarse en la forma cultural en que se expresa. Ese contenido y sentido es el que hemos venido descubriendo con nuestra meditación de la Pascua.
  4. Conociendo todo lo que hizo y habló Jesús de Nazaret  estamos convencidos de que el punto de llegada de su existencia terrena no podía ser otra que la posesión plena y total de la Vida. Esa es la convicción de las primeras comunidades cristianas que nos transmiten con diferentes expresiones, propias de su ambiente: nacer de nuevo, resucitar, “ascender” al cielo.  Todas apuntan a lo mismo: el modo de vida de Jesús, Hijo del Hombre, ser humano pleno, que revela lo que cada uno de nosotros es cuando alcanza a vivir en plenitud, no puede ser otro  que participar plenamente de la misma vida de Dios. Este es el resumen del mensaje de Pascua, al que hemos venido tratando de aproximarnos durante estas siete semanas y es un resumen que Lucas —solo Lucas, tomemos nota— lo presenta como una “ascensión” o “subida” de Jesús al cielo. (Este evangelista utiliza esta expresión, porque era una forma corriente, más comprensible para sus lectores griegos, que el término “resurrección”. En los ambientes de piedad popular  greco latinos, —aunque no exclusivamente— existía la idea de que cuando alguien había sido extraordinariamente santo o sabio, antes o después de su muerte era “raptado” por Dios o por los dioses, según cada uno. De ahí viene la idea del “rapto” que todavía anuncian algunos grupos cristianos). Por esa creencia extendida, Lucas pensó, como medio pedagógico, que usar un término parecido le permitiría llegarles mejor a sus lectores griegos.
  5. Resurrección, ascensión, venida del Espíritu Santo,… todas son formas de expresar una misma realidad: que ni la muerte, ni el aparente fracaso, pueden nada contra una vida entregada en el amor y el servicio, para producir más vida. Si leemos con cuidado y comparamos las diversas versiones de los relatos pascuales nos daremos cuenta no solo de la diferencia entre el mensaje y su expresión cultural, sino también de que los evangelistas mismos relativizan lo de “40 días”, o “cincuenta” o cualquier  otro dato cronológico respecto a lo que aconteció en la Pascua. Todo es, de hecho, una única culminación del Viviente Jesús, de la que los apóstoles y nosotros mismos, veintiún siglos después, podemos tener experiencia profunda y personal, porque participamos de esa misma realidad del Viviente resucitado. Por lo menos esa es la Buena Noticia y se nos invita a que la descubramos experimentándola.Ω

05 mayo, 2016

6º domingo de Pascua

Lect.: Hechos 15:1-2, 22-29; Apocalipsis 21:10-14, 22-23; Juan 14:23-29

  1. Para que no quede la menor duda, el texto del evangelio de Juan de este domingo retoma el hilo de los anteriores: la insistencia en lo que significa participar de la resurrección de Jesús en esta vida, lo que significa renacer de nuevo aquí y ahora. El evangelista esta vez trae a su memoria las palabras de Jesús en el llamado “discurso de despedida”: “Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él.” Es otra manera de decir que resucitar es habitar en la vida de Dios: él habita en cada uno de nosotros y cada uno de nosotros habita en Él.
  2. Por sí mismo este texto ya comunica alegría y esperanza: es la buena noticia de que vivimos una vida nueva al interior de la divinidad. Y eso es verdad para todos nosotros. Pero, además de encender nuestro ánimo, ¿cómo es que  esta  manera de redescubrirnos cambia nuestra vida de relaciones, nuestras valoraciones de las personas, cosas y acontecimientos de la vida cotidiana? ¿cómo transforma esta buena noticia nuestra manera de entendernos como cristianos y la manera de entender lo que es la Iglesia? Voy a permitirme recordar unos párrafos,  de una extraordinaria Carta del papa Francisco. Aunque fue publicada ya desde el pasado 19 de Marzo, me temo que no es todavía muy conocida para la mayoría de Uds. —y quién sabe si para la mayoría de sacerdotes y obispos. La Carta se titula “Compromiso de los laicos en la vida pública”. Al recorrer los párrafos de este inspirador documento me resultaba imposible no pensar que traduce, precisamente, en términos prácticos lo que significa vivir en serio como hombres y mujeres que desde ahora participamos de la resurrección de Jesús. Aparte de recomendar la lectura íntegra de esa Carta, que es breve pero sustanciosa –apenas cuatro páginas–, voy a tomar solo un par de las afirmaciones de Francisco, con breves comentarios de mi parte, para mostrar la conexión a nivel práctico con la reflexión de estas seis semanas sobre lo que significa para nosotros la resurrección de Jesús.
  3. Una primera y provocativa afirmación de Francisco nos dice desde cuál horizonte  estamos invitados a mirar y desde donde reflexionar sobre los diversos temas de nuestra vida: es la perspectiva del Pueblo de Dios. A este  Pueblo de Dios es al que los pastores mismos “están continuamente invitados a mirar, proteger, acompañar, sostener y servir.” “Mirar al Santo Pueblo de Dios y sentirnos parte integrante del mismo posiciona a los pastores en la vida y, por lo tanto, en los temas que tratan de una manera diferente”.  Es decir, que nunca pueden anteponerse a esta perspectiva la del “éxito institucional”, la del mantenimiento de distancias jerárquicas y, menos aún, la de intereses particulares grupales o individuales.
  4. Una segunda afirmación, implicación de la anterior, nos conecta directamente con nuestra reflexión de la Pascua.  Mirar al Pueblo de Dios, —dice el Papa— es recordar que todos ingresamos a la Iglesia como laicos. El primer sacramento, el que sella para siempre nuestra identidad y del que tendríamos que estar siempre orgullosos es el del bautismo. Nuestra primera y fundamental consagración hunde sus raíces en nuestro bautismo. A nadie han bautizado cura, ni obispo. Nos han bautizados laicos y es el signo indeleble que nunca nadie podrá eliminar.   En los corazones de los hijos de este pueblo de Dios,  habita el Espíritu Santo como en un templo. El Pueblo de Dios está ungido con la gracia del Espíritu Santo, por tanto, a la hora de reflexionar, pensar, evaluar, discernir, hay que estar muy atentos a esta unción.”  Es otra manera de reafirmar que los que hemos renacido a la vida nueva con Cristo resucitado, proclamada en el bautismo, estamos dentro de la vida del Espíritu de Dios y de ahí el origen de nuestra dignidad y libertad, en la que todos nos hermanamos. En esta forma de ver la vida del Espíritu, se fundamenta una manera renovada, más evangélica, de entender lo que es la Iglesia, que está llamada a ser una auténtica comunidad y no una “empresa” u “organización” con miembros de diversa categoría e importancia.
  5. Para ilustrar este mensaje Francisco abundará en críticas a visiones deformadas, lamentablemente extendidas en sectores cristianos. Nos insiste así en que “la Iglesia no es una elite de los sacerdotes, de los consagrados, de los obispos, sino que todos formamos el Santo Pueblo fiel de Dios. Olvidarnos de esto acarrea varios riesgos y/o deformaciones en nuestra propia vivencia personal como comunitaria del ministerio que la Iglesia nos ha confiado.” Y todavía puntualiza diciendo:  una de las deformaciones más fuertes que América Latina tiene que enfrentar –y a las que les pido una especial atención– el clericalismo. Esta actitud no sólo anula la personalidad de los cristianos, sino que tiene una tendencia a disminuir y desvalorizar la gracia bautismal que el Espíritu Santo puso en el corazón de nuestra gente.” El clericalismo lleva a tratar a los laicos “como “mandaderos”, "coarta las distintas iniciativas, esfuerzos y hasta me animo a decir, osadías necesarios para poder llevar la Buena Nueva del Evangelio a todos los ámbitos del quehacer social y especialmente político”. “Muchas veces hemos caído en la tentación de pensar que el laico comprometido es aquel que trabaja en las obras de la Iglesia y/o en las cosas de la parroquia o de la diócesis y poco hemos reflexionado como acompañar a un bautizado en su vida pública y cotidiana; cómo él, en su quehacer cotidiano, con las responsabilidades que tiene se compromete como cristiano en la vida pública.”
  6. Podemos ver así, con la ayuda de la Carta del Papa, que descubrirnos participando en la vida de Cristo resucitado, no es simplemente un motivo de asombro, fervor y agradecimiento. Es descubrir nuestra dignidad humana desde la perspectiva de la fe; es asumir una manera distinta de entender lo que es la Iglesia, lo que son los Obispos y los sacerdotes. Y lo que estamos todos llamados a ser y hacer en “ todos los ámbitos del quehacer social y especialmente político”.Ω