25 agosto, 2013

21º domingo t.o.


Lect.: Isaías 66, 18-21; Hebreos 12, 5-7. 11-13; Lucas 13, 22-30

  1. Cuando tomamos en la mano lecturas de la Biblia buscando inspiración, muchas veces olvidamos que estamos dialogando con textos de hace 21 siglos, de una región lejana, con una cultura muy distinta de la nuestra actual, aquí en Costa Rica. Y nos fallan entonces los anteojos para captar el sentido incluso de conceptos que nos hemos acostumbrado a usar en nuestro lenguaje diario. Tal es el caso del concepto de "salvación". Alguien, en la multitud, le pregunta a Jesús, "¿serán pocos los que se salven?"  Reflexionemos un momento lo que querría decir un judío de la época con esta pregunta. ¿En qué estaba pensando? Una de las cosas que probablemente tenía en mente es un cuadro parecido al que nos pinta la lectura de Isaías que escuchamos hace unos momentos. Está hablando de un futuro glorioso para Israel en el que se volverán a reunir los judíos que se habían dispersado por otras naciones mediterráneas y africanas a raíz de los varios destierros o de migraciones por necesidades económicas. Y esa dispersión los había alejado del Templo donde moraba la gloria de Dios. Ser contado en el número de los salvados equivalía a volver a reunirse como un solo pueblo escogido en Jerusalén.
  2. A pesar de ser judío Jesús les presenta una perspectiva diferente. Por eso ni siquiera contesta la pregunta de cuántos se salvarán. Lo que le interesa es ayudarles a cambiar de modo de entender, —aunque eso va a llevar tiempo, porque contradice la mentalidad existente—, y colocar su centro de interés en el banquete del Reino, es decir en la comunión plena con Dios Padre y con los hermanos. Se separa de una visión religiosa nacionalista, centrada en Israel, en Jerusalén y en Templo, y se empieza a abrir a un verdadero universalismo humano, en el cual salvarse es alcanzar la plenitud de vida humana que brota del amor generoso de Dios. Son los primeros pasos para ir descubriendo que la vida humana plena no está ligada a la calidad de hijos del pueblo judío, ni de ningún pueblo, sino al don de la vida recibida, como hijos del hombre, como lo fue el propio Jesús.
  3. De lo que se trata, diríamos tratando de traducir esta enseñanza de Jesús en lenguaje de hoy, es de hacer florecer nuestra vida, desplegar toda nuestra condición humana, que sabemos fue creada a imagen y semejanza de Dios, es la condición que compartimos con todos nuestros semejantes y que, por ello, no puede desarrollarse de manera individualista, de espaldas a la necesidades, angustias y también a las alegrías y esperanzas de todos los que integran con nosotros la comunidad humana. Ese florecimiento humano no significa liberarnos de las limitaciones, de la enfermedad, de la muerte,… que son parte de nuestra condición de criaturas. No podemos librarnos de esos condicionamientos, pero superando no solo la visión religiosa nacionalista, sino también el individualismo religioso, podemos enfrentar juntos todo lo que nos amenaza y obstaculiza para vivir plenamente lo que somos. Eso es lo que nos hace partícipes del banquete del reino, en cuya mesa nos podremos sentar con todos los que también tratan de desplegar su vida humana plena, sea cual sea su nacionalidad, cultura, identidad sexual y tradiciones religiosas.Ω

18 agosto, 2013

20º domingo t.o.


Lect.: Jer 38: 4 – 6. 8 – 10; Hebr 12: 1 – 4; Lc 19: 49 - 53

  1. Cuando don Pepe , hace muchos años, acuñó aquella frase que decía que "los ticos somos un pueblo domesticado", entiendo que se refería a algunas de nuestros peores rasgos: pasividad excesiva ante problemas que nos aquejan, acallar una capacidad crítica que puede ser constructiva y tendencia a agachar las orejas y a dejarse llevar por el poder político y el del dinero.
  2. Se me vino a la memoria esta frase del expresidente al interpretar que Lc en este texto de hoy con palabras de Jesús, nos advierte a todos, cristianos de a pie, ante el peligro de vivir como una "iglesia domesticada". Con las imágenes de hoy Lc se trae abajo distorsiones cómodas fabricadas a lo largo del tiempo. Así, por ejemplo, un Jesús, profeta de Nazaret, que reconoce que su mensaje provoca divisiones y enfrentamientos incluso en el seno de las relaciones familiares, es un Jesús en nada parecido al de las estampitas tiernas, el de consejitos funcionales que tratan de acallar todo impulso de rebeldía y fomentan el conformismo. Decir, con el ejemplo de su propia persona, a todos los discípulos que el Reino es un fuego que ha de arder, equivale a rechazar toda actitud pasiva en los cristianos de a pie, toda pasividad frente a jerarquías del poder no solo político sino también religioso así como él mismo se atrajo el enfrentamiento de los sumos sacerdotes del Templo y de los dirigentes políticos.
  3. En otro de los escritos cristianos primitivos (Ev. Tomás), se retoma la misma idea de los evangelios, poniendo en boca de Jesús esta aclaración, "el que está cerca de mí esta cerca del fuego. Y el que se aleja de mí, se aleja del Reino". Esto nos ayuda a aclararnos que tampoco se trata de enfrentarnos por enfrentarnos, de criticar por criticar.  Tenemos incluso casos recientes que ilustran cómo no cualquier posición de la Iglesia, que genera críticas y divide la opinión pública es, sin más, válida evangélicamente. A lo que Lc nos conduce es a entender que los enfrentamientos que debemos aceptar por coherencia con el evangelio, son los que se derivan de nuestra opción por servir al reino de justicia, por solidarizarnos con los pobres y los excluidos, por oponernos a prácticas egocéntricas y a actitudes de dominación, o no solidarias.
  4. Si no entendemos bien esto, podemos confundirnos y creer que toda crítica a la Iglesia o a sus comportamientos nos convierte en  mártires de la fe. Pero no es así. Y más bien, toda crítica que nos denuncie cuando nos dejamos llevar por la tentación del poder, de controlar al poder político o de aliarnos con él, es una crítica que nos ayuda a vivir más la vida del Espíritu y menos una religión domesticada que cae en las trampas de la comodidad y de la conformidad con tradiciones marcadas por intereses de grupos no solidarios.
  5. Para vivir la vida del Espíritu tenemos como Jesús que pasar nosotros también por ese bautismo que nos purifique de toda traza de comportamientos que aunque tengan apariencia religiosa en realidad no son según el Espíritu, sino que provienen de fallos en la manera de entender y vivir lo que es la Buena Noticia.  Como dice hoy Hebreos, hay que liberarse de todo lo que nos estorba, para correr la carrera que nos toca, fijos los ojos en ese Jesús maestro, cuyo espíritu, desde dentro de nuestro ser auténtico nos enseña el sentido verdadero de nuestra fe.Ω

11 agosto, 2013

19º domingo t.o.


Lect.: Sab 18, 6-9; Hebr  2: 1-2. 8-19; Lc 12, 32-48
  1. Con la parábola del domingo pasado, la del rico "insensato", Lc quería que nos quedara claro que la mayor riqueza que tiene cada uno de nosotros es nuestra propia vida.  Esa riqueza única  es la que debemos valorar y hacer crecer. Es el mayor don recibido que hacemos florecer, decíamos, alimentándola con nuestra actitud de hijos agradecidos por ese don, con nuestros comportamientos fraternos con todos los hermanos y hermanas, y con nuestras iniciativas de ser padres / madres, no solo biológicos sino generadores espirituales de otros semejantes para que sean también plenamente humanos.
  2. Esa realidad maravillosa es ya el mismo Reino, es decir, nuestra vida en encuentro con Dios, existencia que ya él mismo nos ha dado, como lo dice hoy el comienzo del texto evangélico, y que está ya presente en nosotros y no en el exterior, ni en un futuro lejano. De lo que se trata es de caer en la cuenta de esto que somos. Sería formidable que cada uno de nosotros viviese consciente de esta realidad. Sin duda que si así fuera nuestra existencia, de cada uno y de la sociedad serían de alto nivel, de gran calidad. El problema al que Lc apunta hoy es que no estamos despiertos a esa realidad. Por eso su llamado a estar vigilantes, a estar despabilados.
  3. El mismo evangelista nos señala las cosas que nos impiden estar despiertos y nos incapacitan para descubrir el don más grande que ya tenemos. A veces es el miedo que se produce en nosotros, ante tanto problema y amenaza que nos rodean, por la inseguridad de alcanzar a Dios, de lograr la felicidad, sin darnos cuenta que ya él nos ha dado el Reino, es decir, su presencia. Otras veces, es la ansiedad, la preocupación obsesiva por nuestra subsistencia, la que nos impide estar despiertos a nuestra realidad más profunda (Lc lo trata en los versículos anteriores Lc 12: 22 - 31).
  4. Y, con mayor frecuencia, lo que nos mantiene dormidos, incapaces de ver la riqueza de nuestra vida, son las distracciones, que jalan nuestra atención y nuestro corazón hacia lo superficial, hacia lo que brilla pero es pura fachada, hacia lo que promete pero no cumple, o que sí da pero lo que  da no dura. Tamaña tarea la de estar despiertos, vigilantes para descubrir nuestra identidad profunda, más allá del envoltorio, de la etiqueta, del logo, sin dejarse engatusar por ofertas tan fáciles como falsas, que prometen ahorrarnos el trabajo de descubrimiento personal. A este esfuerzo de vigilancia nos llama hoy Lc y es el trabajo en  el que, aunque personal, podemos ayudarnos unos a otros. Para eso es que nos reunimos aquí cada domingo y confiamos que el encuentro eucarístico nos valga de despertador.Ω

04 agosto, 2013

18º domingo t.o.


Lect.: : Ecles 1, 2; 2, 21-23; : Col 3, 1-5. 9-11;  Lc 12, 13-21

  1. Un renombrado economista norteamericano actual, escribe en su último libro lo siguiente:   "El 1 % de la población [estadounidense ] disfruta de las mejores viviendas, la mejor educación, los mejores médicos y el mejor nivel de vida, pero hay una cosa que su dinero no puede comprar: la comprensión de que su destino esta ligado a cómo vive el otro 99 %. A lo largo de la historia esto es algo que esa minoría solo ha logrado entender… cuando ya era demasiado tarde" (Stiglitz, El precio de la desigualdad, introducción). Esa trágica polarización y brecha que divide radicalmente a los EE.UU., y que uno, desde aquí, no se puede imaginar, no es todavía la situación de Costa Rica, pero la tendencia de la economía en nuestro país lleva, desgraciadamente, el mismo camino. La desigualdad, durante los últimos quince años va profundizándose, dejando aquella sociedad de "hermaniticos" democrática, más igualitaria, como un recuerdo del pasado lejano.
  2. La pobreza que genera este tipo de economía, la enorme carencia en sectores muy grandes, junto a una riqueza exagerada en pequeñas minorías, son solo algunos de los peores efectos de este modo de vivir irracional. Igualmente seria es la mentalidad desorientada que va creando de manera generalizada, con la cual se va extendiendo, en todos los estratos, ricos, medios y pobres, la ambición estúpida a la que hace referencia Lucas en el texto de hoy: la ambición a producir y a acumular solo para sí mismos. Es una mentalidad que desplaza la fraternidad, la solidaridad, la equidad y la justicia, y las sustituye por la codicia individualista, el afán de tener más, sea o no necesario, la competencia sin inspiración moral y el afán de construirse una falsa personalidad sobre lujos y gastos sofisticados y superficiales.
  3. Con la parábola del rico insensato, que muere de repente,  Lucas no está intentando asustarnos para que no caigamos en esa codicia acumuladora. Está diciéndonos que para Jesús nuestro don, nuestro bien más grande es nuestra propia vida de hijos de Dios y hermanos de nuestros hermanos y esa es la riqueza mayor que sabiamente tendríamos que hacer florecer. Es nuestro don más grande  que no crece por acumulación de objetos, sino por vivir  cada vez más lo que realmente somos, hijos del Amor y la Bondad gratuitamente compartidas. Es en esto que consiste eso de "ser ricos para Dios" a lo que invita la parábola al final. No se puede entender como un llamado a acumular "méritos" para "recompensas celestiales", porque sería otra forma de codicia egocéntrica y no una superación de nuestra personalidad desorientada y distorsionada.
  4. La Iglesia costarricense, de la que formamos parte, quizás no cuenta con instrumentos para cambiar la orientación de las políticas económicas y eso es, más bien,  tarea de los gobernantes. Pero sí tiene el reto de priorizar la formación de una mentalidad más acorde con esa invitación de ser "ricos para Dios". Esta debería ser una de sus tareas principales, en vez de ofuscarse en defender posiciones jurídicas y políticas moralizantes que más parecen reflejar esa mentalidad clerical que el Papa Francisco acaba de señalar como uno de los peores defectos de la Iglesia latinoamericana. A esto debemos colaborar todos, especialmente las familias, donde primero se siembran los valores profundos en cada uno.Ω