04 agosto, 2013

18º domingo t.o.


Lect.: : Ecles 1, 2; 2, 21-23; : Col 3, 1-5. 9-11;  Lc 12, 13-21

  1. Un renombrado economista norteamericano actual, escribe en su último libro lo siguiente:   "El 1 % de la población [estadounidense ] disfruta de las mejores viviendas, la mejor educación, los mejores médicos y el mejor nivel de vida, pero hay una cosa que su dinero no puede comprar: la comprensión de que su destino esta ligado a cómo vive el otro 99 %. A lo largo de la historia esto es algo que esa minoría solo ha logrado entender… cuando ya era demasiado tarde" (Stiglitz, El precio de la desigualdad, introducción). Esa trágica polarización y brecha que divide radicalmente a los EE.UU., y que uno, desde aquí, no se puede imaginar, no es todavía la situación de Costa Rica, pero la tendencia de la economía en nuestro país lleva, desgraciadamente, el mismo camino. La desigualdad, durante los últimos quince años va profundizándose, dejando aquella sociedad de "hermaniticos" democrática, más igualitaria, como un recuerdo del pasado lejano.
  2. La pobreza que genera este tipo de economía, la enorme carencia en sectores muy grandes, junto a una riqueza exagerada en pequeñas minorías, son solo algunos de los peores efectos de este modo de vivir irracional. Igualmente seria es la mentalidad desorientada que va creando de manera generalizada, con la cual se va extendiendo, en todos los estratos, ricos, medios y pobres, la ambición estúpida a la que hace referencia Lucas en el texto de hoy: la ambición a producir y a acumular solo para sí mismos. Es una mentalidad que desplaza la fraternidad, la solidaridad, la equidad y la justicia, y las sustituye por la codicia individualista, el afán de tener más, sea o no necesario, la competencia sin inspiración moral y el afán de construirse una falsa personalidad sobre lujos y gastos sofisticados y superficiales.
  3. Con la parábola del rico insensato, que muere de repente,  Lucas no está intentando asustarnos para que no caigamos en esa codicia acumuladora. Está diciéndonos que para Jesús nuestro don, nuestro bien más grande es nuestra propia vida de hijos de Dios y hermanos de nuestros hermanos y esa es la riqueza mayor que sabiamente tendríamos que hacer florecer. Es nuestro don más grande  que no crece por acumulación de objetos, sino por vivir  cada vez más lo que realmente somos, hijos del Amor y la Bondad gratuitamente compartidas. Es en esto que consiste eso de "ser ricos para Dios" a lo que invita la parábola al final. No se puede entender como un llamado a acumular "méritos" para "recompensas celestiales", porque sería otra forma de codicia egocéntrica y no una superación de nuestra personalidad desorientada y distorsionada.
  4. La Iglesia costarricense, de la que formamos parte, quizás no cuenta con instrumentos para cambiar la orientación de las políticas económicas y eso es, más bien,  tarea de los gobernantes. Pero sí tiene el reto de priorizar la formación de una mentalidad más acorde con esa invitación de ser "ricos para Dios". Esta debería ser una de sus tareas principales, en vez de ofuscarse en defender posiciones jurídicas y políticas moralizantes que más parecen reflejar esa mentalidad clerical que el Papa Francisco acaba de señalar como uno de los peores defectos de la Iglesia latinoamericana. A esto debemos colaborar todos, especialmente las familias, donde primero se siembran los valores profundos en cada uno.Ω

1 comentario:

  1. Da pena la declaración de los presidentes de los tres poderes, pidiendo perdon, con ocasión de la celebración de la fiesta de la Virgen de Los Angeles, muestra de lo que a muchos cristianos y a las autoridades de la Iglesia les interesa.
    El pobre, el marginado, el excluido, no importan. El pensmiento generalizado es los pobres lo son porque son vagabundo, no trabajan y por eso están como están.
    Menudo trabajo se nos presenta a todos y todas, aportar para que cambiemos de mentalidad.

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