11 agosto, 2013

19º domingo t.o.


Lect.: Sab 18, 6-9; Hebr  2: 1-2. 8-19; Lc 12, 32-48
  1. Con la parábola del domingo pasado, la del rico "insensato", Lc quería que nos quedara claro que la mayor riqueza que tiene cada uno de nosotros es nuestra propia vida.  Esa riqueza única  es la que debemos valorar y hacer crecer. Es el mayor don recibido que hacemos florecer, decíamos, alimentándola con nuestra actitud de hijos agradecidos por ese don, con nuestros comportamientos fraternos con todos los hermanos y hermanas, y con nuestras iniciativas de ser padres / madres, no solo biológicos sino generadores espirituales de otros semejantes para que sean también plenamente humanos.
  2. Esa realidad maravillosa es ya el mismo Reino, es decir, nuestra vida en encuentro con Dios, existencia que ya él mismo nos ha dado, como lo dice hoy el comienzo del texto evangélico, y que está ya presente en nosotros y no en el exterior, ni en un futuro lejano. De lo que se trata es de caer en la cuenta de esto que somos. Sería formidable que cada uno de nosotros viviese consciente de esta realidad. Sin duda que si así fuera nuestra existencia, de cada uno y de la sociedad serían de alto nivel, de gran calidad. El problema al que Lc apunta hoy es que no estamos despiertos a esa realidad. Por eso su llamado a estar vigilantes, a estar despabilados.
  3. El mismo evangelista nos señala las cosas que nos impiden estar despiertos y nos incapacitan para descubrir el don más grande que ya tenemos. A veces es el miedo que se produce en nosotros, ante tanto problema y amenaza que nos rodean, por la inseguridad de alcanzar a Dios, de lograr la felicidad, sin darnos cuenta que ya él nos ha dado el Reino, es decir, su presencia. Otras veces, es la ansiedad, la preocupación obsesiva por nuestra subsistencia, la que nos impide estar despiertos a nuestra realidad más profunda (Lc lo trata en los versículos anteriores Lc 12: 22 - 31).
  4. Y, con mayor frecuencia, lo que nos mantiene dormidos, incapaces de ver la riqueza de nuestra vida, son las distracciones, que jalan nuestra atención y nuestro corazón hacia lo superficial, hacia lo que brilla pero es pura fachada, hacia lo que promete pero no cumple, o que sí da pero lo que  da no dura. Tamaña tarea la de estar despiertos, vigilantes para descubrir nuestra identidad profunda, más allá del envoltorio, de la etiqueta, del logo, sin dejarse engatusar por ofertas tan fáciles como falsas, que prometen ahorrarnos el trabajo de descubrimiento personal. A este esfuerzo de vigilancia nos llama hoy Lc y es el trabajo en  el que, aunque personal, podemos ayudarnos unos a otros. Para eso es que nos reunimos aquí cada domingo y confiamos que el encuentro eucarístico nos valga de despertador.Ω

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