29 marzo, 2016

Domingo de Pascua

Domingo de Pascua
Lect.: Col 3:1-4; I Cor 5:6-8; Jn 20:1-9


  1. Podríamos pensar que lo que celebramos hoy, en esta Pascua, fiesta central de nuestra vida cristiana, es tan solo el recuerdo de algo que,  tras una terrible semana, la última de su vida que culmina en la cruz, aconteció a Jesús y que llamamos su resurrección. Evidentemente estamos conmemorando la resurrección de Jesús, como lo proclaman los cantos, como lo confiesan los textos evangélicos y, antes que ellos, los que escribió Pablo. Pero, como también nos lo anuncian los mismos escritos del NT, este acontecimiento de la resurrección es un acontecimiento nuestro, algo que sucede en nosotros. No que va a suceder, sino que ya ha sucedido. Lo proclamó hace un momento, la lectura de la Carta a los Colosenses: “si han resucitado con Cristo, busquen las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Aspiren a las cosas de arriba, no a las de la tierra. Porque han muerto, y su vida está oculta con Cristo en Dios.” Está claro: ya nosotros también hemos muerto y hemos resucitado, y nuestra vida está oculta en Dios.  Si yo repito esta afirmación aquí esta tarde, Uds. pueden mirarme con incredulidad y decir, “pero, ¿de qué está hablando el padre Jorge? ¿No es que nuestra resurrección, la de cada uno, tendrá lugar al final de los tiempos, quizás miles de años después de que hayamos muerto? ¿Cómo es que Ud. entiende ahora que la resurrección de Jesús lleva consigo nuestra propia resurrección?
  2. Para respondernos a esas dudas vamos a dedicar las próximas cinco semanas a asimilar el sentido de la Pascua de Jesús, de ese acontecimiento que llamamos la “resurrección” y lo vamos a compartir aquí durante la serie de domingos hasta la fiesta de Pentecostés. Solo quiero anticipar dos cosas. Primero, que con la resurrección de Jesús empezó también la de nosotros sus discípulos. Anoche mismo lo sugería el Papa Francisco en la Vigilia Pascual: “Pedro, después de haber escuchado a las mujeres y de no haberlas creído, «sin embargo, se levantó» (v.12). No se quedó sentado a pensar, no se encerró en casa como los demás. No se dejó atrapar por la densa atmósfera de aquellos días, ni dominar por sus dudas; no se dejó hundir por los remordimientos, el miedo y las continuas habladurías que no llevan a nada. Buscó a Jesús, no a sí mismo. Prefirió la vía del encuentro y de la confianza y, tal como estaba, se levantó y corrió hacia el sepulcro, de dónde regresó «admirándose de lo sucedido» (v.12). Este fue el comienzo de la «resurrección» de Pedro, la resurrección de su corazón.
  3. Al oír esto puede que Uds. se sientan más confundidos, ya no solo con mis palabras sino también con las del Papa Francisco. ¿Pero cómo es eso de que uno resucite antes de morir? Por eso, voy a anticipar otra pista para empezar a aclararnos. Si queremos entender el significado de lo que quiere decir que Jesús resucitó, —o que Pedro, o uno de nosotros ha resucitado—, no debemos solamente buscar en relatos de las apariciones pascuales, o en expresiones bíblicas que  hablan de “resurrección de entre los muertos”, o de que “resucitó al tercer día”, u otras parecidas. Aunque nos extrañe, la interpretación del NT sobre lo que quiere decir la resurrección, la vamos a encontrar sobre todo en los relatos sobre el mensaje que salía de boca de Jesús, en su actividad, en sus milagros, su trato con la gente, con hombres y mujeres,  con los pobres y los pecadores. Es decir,  en su forma de vivir y  de morir vamos a aproximarnos a entender qué quiere decir que Jesús resucitó y así podremos entendernos a nosotros mismos como resucitados.Ω 

27 marzo, 2016

Jueves Santo

Lect.. Éx 12:1-8, 11-14; I Cor 11:23-26; Jn 13:1-15
  1. Puede que algunos nos preguntemos si todavía tienen sentido las celebraciones de la Semana Santa, —si son algo más que folclore, o una ocasión para gozar de unos días de vacaciones. Pero sí, son algo más. El sentido de estas celebraciones lo encontramos, en síntesis, en dos acciones simbólicas realizadas por Jesús el Jueves Santo y que la Iglesia las repite para que las asimilemos, para que las hagamos nuestras, para que marquen la memoria de nuestro corazón. Esas dos acciones simbólicas son el lavatorio de pies y el partir y repartir el pan y el vino, la comida, con quienes comparte Jesús la mesa. Desde ahí se entienden el resto de los momentos de esta última semana de la vida de Jesús. Desde ahí se entiende, en particular el acontecimiento de la muerte en la cruz. Y ambas acciones las realiza Jesús con la misma intención: la de que podamos conocer y asimilar cuál es la razón de su vida y de la nuestra, cuál es el tipo de sociedad humana que él quiere construir, y en qué consiste lo esencial de lo que llamamos religión y de la vivencia del evangelio. Tanto el lavado de los pies como el partir y repartir el pan y el vino nos dicen que la razón de vida de Jesús fue gastar la vida hasta el final creando vida en abundancia y plenitud para todos con la fuerza del amor y del servicio. Ese fue el sentido, la gran pasión que animó a Jesús siempre, durante toda su existencia y hasta la muerte; fue también la gran pasión de Monseñor Romero, cuyo 36º aniversario de martirio conmemoramos hoy, y es lo que él espera que sea la gran pasión que nos mueva a quienes queremos ser sus discípulos.
  2. No es tarea fácil, sobre todo, por dos obstáculos que encontramos a diario. En primer lugar, porque vivimos en una sociedad, en la que las prácticas políticas, económicas y sociales se levantan sobre una creencia que nos rodea y bombardea por todo lado; la creencia de que el la sociedad es normal que haya señores poderosos y súbditos débiles; una minoría de ricos famosos por un lado y pobres con menos de lo necesario, en gran mayoría, por el otro; destacados maestros y mayorías ignorantes. En ese tipo de sociedad, como lo es la nuestra, con semejantes desigualdades, es difícil y casi imposible poner atención y menos aceptar las palabras de Jesús que acabamos de escuchar: “¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis "el Maestro" y "el Señor", y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros.” ¿Quién de los que se consideran señores y maestros en nuestras sociedades actuarían así, incluyendo aquellos que se dicen cristianos? ¿Cuántos líderes políticos? ¿cuántos conductores de las finanzas internacionales y nacionales? ¿cuántos empresarios e incluso padres de familia?
  3. El segundo obstáculo que nos topamos para compartir la gran pasión que animaba a Jesús es que hemos ritualizado, banalizado, rutinizado el gran gesto eucarístico que Jesús quería que hiciéramos en su memoria —y el lavatorio, su equivalente si acaso lo recordamos una vez al año. Hemos así perdido el significado original de este medio entregado por Jesús para renovar continuamente nuestra capacidad de entrega al servicio del amor. Hemos reducido el signo eucarístico al cumplimiento de una norma eclesiástica, o a la práctica de una devoción particular. Se ha transformado en un rito que se realiza, incluso varias veces al día aunque sea con escasos “asistentes”, que se incluye como parte de una inauguración o clausura de un evento,  como la "actividad" que llena “por default” un programa de aniversario, de un curso o de festejo institucional.
  4. De ahí que nos queda, en este Jueves Santo, plantearnos una doble tarea como Iglesia: recuperar la vitalidad de la Eucaristía como participación en la vida de servicio de Jesús y hacer de ella una fuente para la transformación fraterna de la sociedad de dominación en que vivimos.Ω

20 marzo, 2016

Domingo de Ramos

Lect.: Isaías 50:4-7; Flp 2:6-11; Lc 19: 28 - 40

  1. En este que ahora llamamos Domingo de Ramos, —domingo inicial de la última semana de vida de Jesús—, se da un hecho interesante del que se habla poco y que, sin embargo, es clave para interpretar lo que significan para los evangelistas, los acontecimientos de esta fecha. Ese hecho es el de la existencia no de una sino de dos procesiones de ingreso, de subida a Jerusalén. Tradicionalmente ese primer día de la semana de celebración de la Pascua judía, todos hemos oído narrada muchas veces la procesión de entrada de Jesús. Él subió esta vez como probablemente lo había hecho en otras ocasiones anteriores (al menos, así lo consignan varios de los evangelistas). Era una práctica normal de peregrinación entre los judíos piadosos: subir a Jerusalén, la Ciudad Santa de los judíos, para la celebración de la Pascua. Solo que en esta ocasión, a pocos días de su muerte, las narraciones la caracterizan con rasgos especiales, como una procesión, una marcha, acompañado de discípulos y simpatizantes. Pero además de esta de Jesús, había otra procesión, que sí era habitual con su despliegue ostentoso: se trataba del ingreso solemne a Jerusalén del gobernador romano, —Pilato, en tiempos de Jesús— montado en caballo de guerra, lujosamente enjaezado, rodeado de caballería y tropas de a pie, fuertemente armados. Los representantes de Roma, como la aristocracia política y religiosa judía, vivían habitualmente al lado del lago de Tiberíades, o mar de Galilea, en Cesarea, una de las ciudades de lujo y veraneo que los romanos habían construido a distancia del pueblo pobre campesino. Desde ahí subía a Jerusalén para las fiestas de la Pascua.
  2. Como toda la gente, Jesús sabía de esa procesión anual del representante imperial, con su despliegue de poder militar y de lujo que no subía por simpatía con la religión judía sino, además de reforzar las fuerzas del orden en Jerusalén y  evitar revueltas y levantamientos, venía a recordar a los judíos quién estaba al mando en esa tierra. Y venía a subrayar la teología romana que proclamaba al Emperador no solo como autoridad máxima del Imperio, sino como “hijo de Dios”, “señor”, “salvador” y “garante de la paz romana”, —títulos que nosotros, después, hemos aplicado a Jesús de Nazaret.
  3. A la luz de este hecho, de ese ingreso de espectáculo del Gobernador en la Ciudad Santa de los judíos, se puede adivinar que la procesión de ramos, el ingreso de Jesús, fue planeado por él como una “contra - procesión”, como una parodia, en cierto modo, de la procesión romana, ridiculizando un tanto a aquella, al subir en un burrito, débil y todavía sin entrenamiento y sin otra compañía que un puñado de campesinos pobres y desarrapados. Pero, sobre todo, esa “contra – procesión” de Jesús, la realizó de esta manera como una proclamación de una “teología” distinta, la del reinado de Dios, que Jesús proclamó toda su vida. Esa “teología”, esa manera de entender Jesús su vida y su misión, desde la perspectiva del único Dios, está contenida en la profecía de Zacarías (Zac 9: 9 – 10), que sí aparece en el relato paralelo de Mateo e, implícitamente, en el de Marcos, no así en Lucas. El profeta habla de un rey que entrará a Jerusalén, cabalgando la cría de una burra, signo de sencillez y debilidad. Lo más importante, con su aparente carencia de fuerzas, es que este rey paradójicamente será quien destruya los carros de guerra, las cabalgaduras de combate y los arcos de ataque. Será quien desafíe el poder militar, político y financiero que mantenía la ocupación romana y sus colaboradores locales en Palestina. Será quien, con la sola fuerza de su actitud y práctica pacíficas, y la de la fe y confianza del pueblo sencillo, el que realmente establezca la paz en las naciones. 
  4.    Este es el poderoso simbolismo de la entrada de Jesús en Jerusalén el día que hoy llamamos domingo de Ramos. Es un mensaje, una buena noticia de la llamada a trabajar por la eliminación de las guerras, y del control de nuestras sociedades por parte del poder militar, y del financiero y a la dedicación a la causa de la paz. Es el mensaje que inspiró toda la vida de Jesús y atraviesa, por eso, también, esta Semana Santa que estamos iniciando. Y es el mensaje que hemos heredado los discípulos de Jesús, para hacerlo nuestro, vivirlo y transmitirlo, conscientes de que ese mensaje fue el que provocó a los poderosos de su tiempo que lo llevaron a la muerte.Ω

13 marzo, 2016

5º domingo de cuaresma

Lect.: Isaías 43:16-21; Flp 3:8-14; Juan 8:1-11


Hace pocas semanas, por internet, se recogían firmas para pedir que se cambiara la ley en una región de Pakistán que permite lo que se llama “asesinatos por honor”, —que a nosotros nos parecerá, sin duda, “asesinatos con horror”. La campaña mencionaba el caso de Saba, una joven que, por casarse con el hombre que amaba, su propio padre le disparó en la cabeza, la metió en una bolsa, y la tiró al río. El hombre después “salió impune por culpa de un vacío en la ley paquistaní que permite a los hombres cometer los llamados ‘asesinatos por honor’. Pero, por increíble que parezca, Saba sobrevivió, ¡y ha generado un rayo de esperanza para acabar por fin con esta barbaridad!  A inicios de este siglo, en 2002, quizás lo recuerden, se realizó una campaña semejante para evitar que en Nigeria se apedreara hasta la muerte a una mujer, Amina Nawal, a quien se acusaba de haber cometido adulterio. Amnistía Internacional recogió alrededor de un millón de firmas pidiendo que se suspendiera la ejecución. Sin embargo, todavía en 2010, Nigeria, Somalia, Indonesia e Irán, continuaban practicando la lapidación, como una forma cruel de pena capital. Estaríamos tentados de pensar que si estas prácticas bárbaras subsisten, solo pasan en países lejanos, y que Costa Rica y nuestros vecinos regionales están libres de atropellos salvajes contra la vida de las mujeres. Quizás sea así en cuanto a las formas como suceden, y en cuanto a la ausencia de un respaldo formal de la ley  a semejantes salvajadas. Pero el evangelio nos pone en guardia con otras modalidades de atentado contra la vida y derechos de la mujer que a menudo pasamos por alto. Los femicidios y, en particular, los asesinatos de mujeres por sus parejas son algunos casos destacados. El que la legislación concerniente a los derechos de la mujer haya sido redactada sobre todo por varones es, al menos, motivo de reflexión.


1.    Acabamos de leer este domingo, en Juan, una parábola más de la misericordia, de un género un poco distinto de las conocidas sobre el “hijo pródigo”, o sobre los trabajadores de la viña. Esta es “Parábola”, en el sentido de que es una enseñanza en acción. El evangelista, con el relato del comportamiento de Jesús en una situación concreta, transmite un mensaje compartiendo lo que es la actitud de misericordia de Jesús ante quienes son señalados y condenados como pecadores. Es la actitud que Jesús aprende de su Padre, y la que quiere que cada uno de nosotros asimilemos y practiquemos en nuestra propia vida.
2.    En el relato vemos a una mujer que es acusada de adulterio y a la que se quiere apedrear hasta la muerte, en nombre de la Ley de Moisés que, por supuesto, en la religión judía, consideran Ley de origen divino. Si los acusadores piden la opinión a Jesús no es porque tengan dudas de lo que creían que era su obligación religiosa y moral, sino para poner una trampa a Jesús. Pero Jesús va a frustrar sus intenciones a pesar de contradecir por completo su manera de interpretar la Ley. En esa época, para la mentalidad patriarcal, la mujer era mera posesión del varón, —del esposo o del padre, por eso, en la práctica, en caso de adulterio, pueden pasar por alto lo que hayan hecho los varones, —el supuesto amante, y el esposo de la acusada—; solo la acusan a ella. Jesús, por contraste, al perdonar a la mujer, la valora como persona, le devuelve su dignidad, le da la palabra y, de paso, se enfrentará a la actitud machista de la legislación religiosa existente en esa sociedad.
3.    Pienso que a nosotros, cristianos, leyendo este texto veintiún siglos después, desde su arranque nos permite descubrir varios problemas que nos amenazan incluso en Costa Rica hoy: primero,  las enormes limitaciones que tiene la práctica de la justicia humana cuando se deja influir por creencias, prejuicios e intereses políticos y económicos de diversos grupos sociales.  El machismo, o los prejuicios raciales, entre otros, pueden encontrarse presentes distorsionando la práctica de la justicia y marcando desfavorablemente la visión popular. Segundo, los excesos a que puede llegarse cuando en la práctica de elaboración de legislación humana, se busca el recurso a argumentos religiosos, intentando sustituir la fuerza del razonamiento por el aval de una “autoridad absoluta”.
4.     Pero las enseñanzas del relato evangélico  no se quedan en el nivel de la aplicación de las leyes que rigen la vida de una sociedad, por importante que esto sea.  Sobre todo, Jesús nos enfrenta  a algo que va más allá del ámbito de la justicia civil. Nos lleva a examinar el ámbito de nuestra propia conciencia y el de los principios que dirigen las relaciones con nuestros prójimos;  a examinar lo que mueve nuestra tendencia a formular sobre ellos juicios morales intransigentes. Lo hacemos también habitualmente, no solo como individuos, sino como Iglesia con respecto a comportamientos y acciones que consideramos opuestos a nuestras convicciones, a nuestras creencias éticas y religiosas. Como dice el Papa Francisco, “También a nosotros, a veces, nos gusta castigar y condenar a los demás”. Para superar esas inclinaciones el evangelista indica la necesidad de considerar nuestra propia condición humana siempre que hacemos juicios morales sobre los demás. Nadie está libre de pecado, de fallos. Todos tenemos experiencia de nuestra propia fragilidad y cuanto más la experimentamos, más tendríamos que darnos  cuenta de que lo mejor de lo que somos es pura gratuidad y no es “nuestro”, personal, sino de todos, porque es algo recibido. No es por mérito propio, sino por el apoyo que nos viene del ambiente en que nos criamos, de la educación que nos dieron, tal vez de la relativa comodidad económica en que nacimos y crecimos y que nos libró de estrecheces que a otros condujeron a conductas inapropiadas. Todo ello, en el fondo, son signos de la gratuidad de la vida que pudimos aprovechar.
5.     El Evangelio nos pide entonces que nuestras mejores intenciones de justicia broten siempre de una actitud y una práctica de la misericordia, que se enraíza en la conciencia de compartir fragilidad humana con todos y de ser, con todos, fruto de la gratuidad divina. Esta actitud de misericordia es la que nos permite librarnos de la intolerancia y maltrato a las personas, al distinguir el pecado del pecador, —en nosotros mismos y en los otros—, y  así, pese a toda fragilidad, reconocer nuestra dignidad de personas, y nuestra capacidad de cambiar y de superar nuestros fallos.Ω

Una elocuente anécdota de Francisco: (Del libro “El nombre de Dios es misericordia”).

En la época en que era rector del colegio Massimo de los jesuitas y párroco en Argentina, recuerdo a una madre que tenía niños pequeños y había sido abandonada por su marido. No tenía un trabajo fijo y tan sólo encontraba trabajos temporales algunos meses al año. Cuando no encontraba trabajo, para dar de comer a sus hijos era prostituta. Era humilde, frecuentaba la parroquia, intentábamos ayudarla a través de Cáritas.
Recuerdo que un día -estábamos en la época de las fiestas navideñas- vino con sus hijos al colegio y preguntó por mí. Me llamaron y fui a recibirla. Había venido para darme las gracias. Yo creía que se trataba del paquete con los alimentos de Cáritas que le habíamos hecho llegar: «¿ Lo ha recibido?», le pregunté. Y ella contestó: «Sí, sí, también le agradezco eso. Pero he venido aquí para darle las gracias sobre todo porque usted no ha dejado de llamarme señora». Son experiencias de las que uno aprende lo importante que es acoger con delicadeza a quien se tiene delante, no herir su dignidad. Para ella, el hecho de que el párroco, aun intuyendo la vida que llevaba en los meses en

que no podía trabajar, la siguiese llamando «señora» era casi tan importante, o incluso más, que esa ayuda concreta que le dábamos.”