13 marzo, 2016

5º domingo de cuaresma

Lect.: Isaías 43:16-21; Flp 3:8-14; Juan 8:1-11


Hace pocas semanas, por internet, se recogían firmas para pedir que se cambiara la ley en una región de Pakistán que permite lo que se llama “asesinatos por honor”, —que a nosotros nos parecerá, sin duda, “asesinatos con horror”. La campaña mencionaba el caso de Saba, una joven que, por casarse con el hombre que amaba, su propio padre le disparó en la cabeza, la metió en una bolsa, y la tiró al río. El hombre después “salió impune por culpa de un vacío en la ley paquistaní que permite a los hombres cometer los llamados ‘asesinatos por honor’. Pero, por increíble que parezca, Saba sobrevivió, ¡y ha generado un rayo de esperanza para acabar por fin con esta barbaridad!  A inicios de este siglo, en 2002, quizás lo recuerden, se realizó una campaña semejante para evitar que en Nigeria se apedreara hasta la muerte a una mujer, Amina Nawal, a quien se acusaba de haber cometido adulterio. Amnistía Internacional recogió alrededor de un millón de firmas pidiendo que se suspendiera la ejecución. Sin embargo, todavía en 2010, Nigeria, Somalia, Indonesia e Irán, continuaban practicando la lapidación, como una forma cruel de pena capital. Estaríamos tentados de pensar que si estas prácticas bárbaras subsisten, solo pasan en países lejanos, y que Costa Rica y nuestros vecinos regionales están libres de atropellos salvajes contra la vida de las mujeres. Quizás sea así en cuanto a las formas como suceden, y en cuanto a la ausencia de un respaldo formal de la ley  a semejantes salvajadas. Pero el evangelio nos pone en guardia con otras modalidades de atentado contra la vida y derechos de la mujer que a menudo pasamos por alto. Los femicidios y, en particular, los asesinatos de mujeres por sus parejas son algunos casos destacados. El que la legislación concerniente a los derechos de la mujer haya sido redactada sobre todo por varones es, al menos, motivo de reflexión.


1.    Acabamos de leer este domingo, en Juan, una parábola más de la misericordia, de un género un poco distinto de las conocidas sobre el “hijo pródigo”, o sobre los trabajadores de la viña. Esta es “Parábola”, en el sentido de que es una enseñanza en acción. El evangelista, con el relato del comportamiento de Jesús en una situación concreta, transmite un mensaje compartiendo lo que es la actitud de misericordia de Jesús ante quienes son señalados y condenados como pecadores. Es la actitud que Jesús aprende de su Padre, y la que quiere que cada uno de nosotros asimilemos y practiquemos en nuestra propia vida.
2.    En el relato vemos a una mujer que es acusada de adulterio y a la que se quiere apedrear hasta la muerte, en nombre de la Ley de Moisés que, por supuesto, en la religión judía, consideran Ley de origen divino. Si los acusadores piden la opinión a Jesús no es porque tengan dudas de lo que creían que era su obligación religiosa y moral, sino para poner una trampa a Jesús. Pero Jesús va a frustrar sus intenciones a pesar de contradecir por completo su manera de interpretar la Ley. En esa época, para la mentalidad patriarcal, la mujer era mera posesión del varón, —del esposo o del padre, por eso, en la práctica, en caso de adulterio, pueden pasar por alto lo que hayan hecho los varones, —el supuesto amante, y el esposo de la acusada—; solo la acusan a ella. Jesús, por contraste, al perdonar a la mujer, la valora como persona, le devuelve su dignidad, le da la palabra y, de paso, se enfrentará a la actitud machista de la legislación religiosa existente en esa sociedad.
3.    Pienso que a nosotros, cristianos, leyendo este texto veintiún siglos después, desde su arranque nos permite descubrir varios problemas que nos amenazan incluso en Costa Rica hoy: primero,  las enormes limitaciones que tiene la práctica de la justicia humana cuando se deja influir por creencias, prejuicios e intereses políticos y económicos de diversos grupos sociales.  El machismo, o los prejuicios raciales, entre otros, pueden encontrarse presentes distorsionando la práctica de la justicia y marcando desfavorablemente la visión popular. Segundo, los excesos a que puede llegarse cuando en la práctica de elaboración de legislación humana, se busca el recurso a argumentos religiosos, intentando sustituir la fuerza del razonamiento por el aval de una “autoridad absoluta”.
4.     Pero las enseñanzas del relato evangélico  no se quedan en el nivel de la aplicación de las leyes que rigen la vida de una sociedad, por importante que esto sea.  Sobre todo, Jesús nos enfrenta  a algo que va más allá del ámbito de la justicia civil. Nos lleva a examinar el ámbito de nuestra propia conciencia y el de los principios que dirigen las relaciones con nuestros prójimos;  a examinar lo que mueve nuestra tendencia a formular sobre ellos juicios morales intransigentes. Lo hacemos también habitualmente, no solo como individuos, sino como Iglesia con respecto a comportamientos y acciones que consideramos opuestos a nuestras convicciones, a nuestras creencias éticas y religiosas. Como dice el Papa Francisco, “También a nosotros, a veces, nos gusta castigar y condenar a los demás”. Para superar esas inclinaciones el evangelista indica la necesidad de considerar nuestra propia condición humana siempre que hacemos juicios morales sobre los demás. Nadie está libre de pecado, de fallos. Todos tenemos experiencia de nuestra propia fragilidad y cuanto más la experimentamos, más tendríamos que darnos  cuenta de que lo mejor de lo que somos es pura gratuidad y no es “nuestro”, personal, sino de todos, porque es algo recibido. No es por mérito propio, sino por el apoyo que nos viene del ambiente en que nos criamos, de la educación que nos dieron, tal vez de la relativa comodidad económica en que nacimos y crecimos y que nos libró de estrecheces que a otros condujeron a conductas inapropiadas. Todo ello, en el fondo, son signos de la gratuidad de la vida que pudimos aprovechar.
5.     El Evangelio nos pide entonces que nuestras mejores intenciones de justicia broten siempre de una actitud y una práctica de la misericordia, que se enraíza en la conciencia de compartir fragilidad humana con todos y de ser, con todos, fruto de la gratuidad divina. Esta actitud de misericordia es la que nos permite librarnos de la intolerancia y maltrato a las personas, al distinguir el pecado del pecador, —en nosotros mismos y en los otros—, y  así, pese a toda fragilidad, reconocer nuestra dignidad de personas, y nuestra capacidad de cambiar y de superar nuestros fallos.Ω

Una elocuente anécdota de Francisco: (Del libro “El nombre de Dios es misericordia”).

En la época en que era rector del colegio Massimo de los jesuitas y párroco en Argentina, recuerdo a una madre que tenía niños pequeños y había sido abandonada por su marido. No tenía un trabajo fijo y tan sólo encontraba trabajos temporales algunos meses al año. Cuando no encontraba trabajo, para dar de comer a sus hijos era prostituta. Era humilde, frecuentaba la parroquia, intentábamos ayudarla a través de Cáritas.
Recuerdo que un día -estábamos en la época de las fiestas navideñas- vino con sus hijos al colegio y preguntó por mí. Me llamaron y fui a recibirla. Había venido para darme las gracias. Yo creía que se trataba del paquete con los alimentos de Cáritas que le habíamos hecho llegar: «¿ Lo ha recibido?», le pregunté. Y ella contestó: «Sí, sí, también le agradezco eso. Pero he venido aquí para darle las gracias sobre todo porque usted no ha dejado de llamarme señora». Son experiencias de las que uno aprende lo importante que es acoger con delicadeza a quien se tiene delante, no herir su dignidad. Para ella, el hecho de que el párroco, aun intuyendo la vida que llevaba en los meses en

que no podía trabajar, la siguiese llamando «señora» era casi tan importante, o incluso más, que esa ayuda concreta que le dábamos.” 

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