30 agosto, 2015

22º domingo t.o.


Lect.: Deut 4, 1-2. 6-8; Sant 1, 17-18. 21b-22.27; Mc 7, 1-8. 14-15. 21-23

1.    Como es normal, la lectura de textos que tienen milenios de antigüedad, nos hacen enfrentarnos con culturas muy diferentes de las nuestras, con costumbres que nos suenan extrañas, a veces incluso ridículas o divertidas, pero en todo caso, chocantes, fuera de lugar para nuestra época. Acordémonos, por ejemplo, de la lectura de san Pablo el domingo pasado, en la que veía las relaciones matrimoniales con un filtro machista, típico de esa época, y acababa presentando en su ideal de familia, un comportamiento de la mujer, dócil, sometida, al varón. Hoy, en el texto de Marcos, nos topamos con otra visión, que nos resulta también ajena a nuestra cultura actual, en Occidente, al menos. Es la visión judía de hace 21 siglos, y más antigua aún, en la que se mezclaban costumbres prácticas, de carácter higiénico con un respaldo religioso. Se le daba carácter sagrado a las prácticas de lavarse las manos, posiblemente para lograr que poco a poco aquel pueblo sencillo fuera aceptando acciones que no entendían todavía como de beneficio para la salud. Pero hoy día a ningún papá o mama se le ocurriría  enseñar a sus chiquitos la buena costumbre de lavarse las manos antes de comer, diciéndoles que es una forma de respetar a Dios. Se les diría directamente que es para evitar contaminarse con gérmenes que pueden ocasionarles enfermedades.
2.    Los judíos convirtieron esas y otras costumbres propias de ellos, primero, como una forma de guardar su propia identidad pero, muy pronto, como una forma de excluir a otros. De ahí que no permitían comer en la misma mesa a los que llamaban “impuros”: no solo a los que no se lavaban las manos, sino más ampliamente, a los pecadores, a los enfermos, a los paganos.  Jesús no contradice, por supuesto, que sea bueno lavarse las manos. Lo que niega, en primer lugar, es que esto tenga un carácter religioso que condicione la relación con Dios. En segundo lugar, a nivel más profundo, niega la tendencia a convertir las propias tradiciones, la propia manera de entender los valores y la propia identidad en muros de separación con otros sectores sociales, con otros pueblos. Menos aún cuando esos otros grupos y sectores son más pobres, más débiles, más necesitados que el propio. Así vimos en los cinco domingos anteriores, que la Cena del Señor Jesús la quiso como un poderoso signo de comunión de todos los seres humanos, una gran parábola de lo que fue toda la vida de Jesús, marcada por su entrega, por su disposición a compartir todo lo que era, incluso a dar la vida en el servicio a todos. 
3.    Participar en la Eucaristía es un compromiso de no aceptar y derribar los muros que nos dividen y separan a los seres humanos. A veces son muros físicos: como el que el ex presidente Bush levantó entre México y EE.UU., para evitar el ingreso de inmigrantes centroamericanos y mexicanos sin papeles; o el muro que los gobiernos españoles mantienen en sus territorios de Ceuta y Melilla para impedir el paso de emigrantes pobres de regiones africanas; o el muro que Hungría acaba de levantar para impedir el paso de emigrantes sirios y otros, que huyen del terror de la violencia en sus países. Otros son muros legales como la ausencia  de disposiciones que permitan la acogida en Europa a miles de emigrantes que mueren incluso en sus intentos de alcanzar mejores condiciones de vida que tienen los países ricos. Y, en Costa Rica,  podríamos preguntarnos, ¿acaso tenemos muros de separación?, ¿no es  cierto que vivimos bastante el espíritu eucarístico de comunión? Es el momento de revisar si hay algún tipo de "muros de separación" que esté causando el crecimiento de la desigualdad en el país y arrinconando más a los más pobres y separando a quienes gozan de más beneficios de la riqueza del país. Es el momento de revisar también si los prejuicios, unas formas tradicionales de ver el mundo, son muros que nos separan de grupos de población diversa, con una identidad sexual distinta, o con formas distintas de valorar las relaciones humanas.  Repitámoslo, participar en la Eucaristía es un compromiso de no aceptar y derribar los muros que nos dividen y separan a los seres humanos.Ω

23 agosto, 2015

21º domingo t.o.

Lect.: Gén 24, 1-2a. 15-17.18b; Efes 5, 21 - 32; Jn 6, 60-69

  1. Llegamos al final del llamado “Discurso del Pan de Vida” que hemos venido reflexionando durante cuatro domingos anteriores. Dos cosas destacan en estos párrafos de cierre. Lo primero es la reacción de un buen número de discípulos que se resisten a aceptar las enseñanzas que el evangelista ha puesto en labios de Jesús. Y lo segundo, es la forma como Jesús responde a esas reacciones negativas. 
  2. Lo que chocaba a aquellos discípulos era que Jesús, que era uno de ellos, a cuya familia conocían bien, porque era del mismo pueblo, y había crecido con ellos,  se presente ahora como alguien que les da acceso a la presencia de Dios. Más aún, que les intente convencer de que ellos también, si aceptan hacer el camino y la experiencia de Jesús, si le aceptan como pan que alimenta una forma de vivir, entonces ellos también pueden descubrir que tienen en ellos mismos la vida del Eterno. Esto les parecía demasiado, lesresultaba inaceptable. Si Jesús solo se presentara como un Maestro, o como un profeta, eso les podría resultar más creíble. Pero que, según Juan, la existencia humana misma de Jesús se presente como una forma de vivir la vida divina, de alcanzar la plenitud, eso les resultaba muy duro de aceptar, les echaba por tierra la visión religiosa que habían tenido siempre. Les echaba por tierra la manera de entender lo que es el ser humano aunque les abría una nueva perspectiva de entenderse con sus grandezas y sus carencias.
  3. Jesús les hace ver entonces que el problema que tienen para poder entenderle es que no han pasado de tener una visión carnal de las enseñanzas que escuchan. ¿qué quiere decir esto? Podemos interpretarlo de dos maneras. Por una parte, conlleva una crítica de la incapacidad que tenían para ir más allá de la letra de las enseñanzas hasta descubrir la profundidad del mensaje. Tenían el peligro de leer la Escritura, viéndola como palabras sagradas, en vez de descubrir detrás de las palabras la voz y la presencia del Espíritu. Por otra parte, de manera parecida Jesús les hace ver que si bien los seres humanos somos carne, somos tierra, somos materia, y esto es parte esencial de nuestra identidad, todas las obras de esa carne, de esa tierra y de esa materia encuentran su sentido pleno cuando son animadas por el espíritu humano, vivificado por el el Espíritu de Dios.
  4. Aquellos discípulos medio ignorantes, como también antes Nicodemo y la Samaritana, tenían una visión muy materialista del mensaje de Jesús, sin que el encuentro con él les sirviera para descubrir la riqueza de la vida en el Espíritu. Quizás en nuestra propia época sigamos cometiendo el mismo error de visión de aquellos discípulos. Quizás sigamos todavía viendo según la carne nuestras prácticas religiosas. Quizás sigamos tomando los sacramentos casi como objetos mágicos, en vez de tomarlos como signos de realidades más profundas; o quizás sigamos repitiendo plegarias, devociones o párrafos de la Escritura como si fueran instrumentos poderosos para alcanzar beneficios, sin llegar a darnos cuenta de que solamente al hacer nuestra la forma de vida de Jesús, viviendo en el Espíritu de Cristo, es que esa vida en el Espíritu surge en nosotros y nos da la plenitud a la que aspiramos.Ω

16 agosto, 2015

20º domingo t.o.


Lect.: Prov 9,1-6; Ef 5,15-20; Jn 6,51-58

  1. La repetición rutinaria de palabras y de ritos, es decir, la repetición mecánica, por costumbre, sin pensar en el significado de lo que decimos o hacemos, puede dar al traste con muchas cosas importantes en nuestra vida, tanto en la vida familiar, como en nuestras relaciones, o en nuestras prácticas religiosas. Algo así puede estarnos pasando con este extraordinario discurso del pan de vida, del cap. 6 de Juan que estamos meditando estos cinco domingos, pero que hemos leído muchas veces y automáticamente tendemos a relacionarlo con la eucaristía. A los primeros discípulos les resultó chocante y no dudaron en murmurar diciendo que Jesús usaba un lenguaje duro, que no se podía escuchar. Esta reacción de aquellos discípulos nos debería plantear un primer cuestionamiento sobre nuestra lectura de este discurso de Jesús. ¿Por qué a nosotros ya no nos escandaliza? ¿por qué ya no nos resulta duro, chocante? Quizás sea, precisamente, porque la rutina de muchos años, acaso décadas o siglos, nos ha hecho perder el sentido original y lo hayamos convertido en un conjunto de frases piadosas desprovistas de la fuerza que le puso el evangelista Juan tratando de entender el mensaje de Jesús. 
  2. Hoy hace una semana empezamos a recordar que la expresión "comer y beber”, o "participar en el banquete del Reino" era una metáfora utilizada  desde el A.T. para expresar con lenguaje simbólico, sapiencial, nuestra participación en los dones de Dios, en la liberación que nos ofrece y en definitiva, en la vida misma de Dios. Las palabras comer y beber nos dan simbólicamente la idea de hacer nuestros los nutrientes de los alimentos, de asimilarlos y de convertirlos en nuestra propia persona, en nuestra propia vida. Son innumerables los pasajes del A.T. en que invita a beber del agua y comer del pan de vida que son la sabiduría de Dios, la vida de Dios. Es un llamado continuo a asimilar la palabra de Dios, a hacerla nuestra, a dejar que sea la propia vida de Dios la que sea el centro y la fuente de nuestra propia vida.  
  3. Así se entiende lo que escandalizaba a aquellos primeros discípulos provenientes del judaísmo: que Jesús se presente como ese pan de vida, que debemos asimilar para hacerlo centro de nuestra vida, porque el Padre está en él, él en el Padre y nos invita a morar todos en él para tener también la vida divina en nosotros. A veces hemos entendido que aquellos discípulos judíos se escandalizaban porque interpretaban que se trataba materialmente de comer su carne y beber su sangre. Pero esto era impensable en la mentalidad de la época. Ellos tienen claro que cuando Jesús habla de comer su “carne y su sangre” se refiere a asimilar su persona entera —así expresaban los judíos lo que nosotros diríamos “cuerpo y alma” para entender la persona integralmente—. Asimilarlo a él era asimilar una manera nueva entender su relación con Dios. Aceptar a Jesús como pan de vida quería decir aceptar que de la misma manera como él se relacionaba con el Padre, porque él estaba en el Padre y el Padre en él, todos los que asimilaran o se identificaran con Jesús, con su manera de vivir la vida humana, también estarían con su vida morando en Dios, aunque estuvieran aún viviendo en nuestra condición terrenal. Estas palabras les resultaban duras, porque estaban acostumbrados a pensar en un Dios distante, en un nivel lejano y superior. Revolucionaba su vida religiosa.
  4. Este discurso del pan de vida no se limita, pues, a pensar en la celebración de la eucaristía, como a veces hemos pensado. Es mucho más profundo, como acabamos de decir. Es una nueva propuesta de vida espiritual, en la que se entiende que aceptar a Jesús omo pan de vida quiere decir aceptar que ya existe una unidad íntima entre la persona de cada uno de nosotros, el modo de vida de Jesús y la realidad divina. Dentro de esta perspectiva podemos celebrar la eucaristía como el momento semanal en que aceptamos esa manera nueva de vivir la vida espiritual, y proclamamos nuestra decisión libre de hacer  de nuestra propia persona “pan de vida para vida del mundo” identificándonos en esto con Jesús, que nos enraíza así con la misma divinidad.Ω

09 agosto, 2015

19º domingo t.o.

Lect.: I Reyes 19,4-8;  Ef 4,30-5,2;
 Jn 6,41-51


  1. Contrario a lo que estamos acostumbrados a pensar,  este capítulo 6 de Juan, sobre el pan de vida,  es de difícil lectura, teniendo en cuenta su denso lenguaje simbólico y el contexto en que se escribe. Sería  fácil pensar que se trata de una evocación de la Eucaristía, como se cree popularmente, pero los estudiosos bíblicos concuerdan en que esta no es la intención primera del evangelista. Más se complican las cosas cuando los liturgistas deciden introducir el capítulo para meditarlo en las celebraciones de 5 domingos seguidos, rompiendo la secuencia de lecturas del evangelio de Marcos que corresponde a este año. Para colmos, tuvimos que interrumpir su lectura el domingo pasado en Costa Rica, por celebrar nuestra patrona la Virgen de los Ángeles, cuya liturgia incluía otras lecturas muy distintas. Así las cosas, permítanme un intento para ayudar a nuestra reflexión dominical, aportando dos muy breves reflexiones introductorias, casi marginales, que no entran a toda la riqueza del mensaje. Ambas giran en torno al uso de la metáfora de la comida y del pan para hablar de nuestra relación con Jesús y con la Buena Noticia.
  2. Lo primero que atrae nuestra atención es que esa misma metáfora venía siendo utilizada desde el Antiguo Testamento. El maná del desierto era, ante toda, una figura de la Ley, de la Palabra de Dios y de la Sabiduría que eran vistas como alimento para el pueblo de Israel. Algo tan cotidiano como la comida, como los alimentos, cuando los referimos a la vida espiritual, nos ofrecen de inmediato dos rasgos bastante evidentes que nos dicen mucho de cómo se desarrolla esa vida espiritual. Lo primero, es la finalidad de todo alimento: su propósito es darnos vida. Lo segundo, es hacernos ver que para tener vida, los seres humanos tenemos una gran dependencia de todo el resto de la creación. No podríamos vivir ni un solo instante, ni podríamos haber sido concebidos, sino fuera por los dones que recibimos continuamente de los animales, las plantas, los minerales con los que formamos una sola realidad, una sola comunión. Es precisamente esta realidad una idea clave en la última Carta Encíclica “Laudato si”, del Papa Francisco: constituimos una sola cosa con la tierra, con la naturaleza, con este planeta que es nuestra Casa común, nuestra hermana y nuestra madre y de ahí el llamado del Papa a vivir de tal manera que no solo no hagamos daño a la naturaleza entera sino que seamos corresponsables de su liberación y  plenitud.
  3. Ahora, en el evangelio de Juan, es la vida y muerte de Jesús, lo que se explicita como pan, como comida y bebida, en alimento para nuestra realización personal plena, de todo el mundo, no solo del pueblo de Israel. No olvidemos que cuando la mentalidad judía en esa época habla de “carne y sangre” se refiere a la persona en su integralidad. Por eso, comer el “cuerpo y sangre" de Jesús es hacer nuestra su vida entera. Como los alimentos materiales mismos, también la forma de ser, de vivir y morir de Jesús al ofrecérsenos como alimentos, nos hacen ver también que nuestra realización plena de vida depende de lo que recibimos de fuera de nosotros mismos, de la comunidad humana, de la comunidad natural que es toda la tierra de la que somos extraídos, y de una forma de vivir, la de Jesús, que transparenta la presencia de la divinidad en lo hondo de la creación. 
  4. Pero por supuesto, para que la vida, la muerte, la palabra y  las acciones de Jesús sean alimento para cada uno de nosotros, a semejanza de los alimentos materiales, tienen que ser asimiladas, apropiadas, hechas personales por cada uno de nosotros. No se trata de nada mágico ni automático sino, como lo reflexionaremos  en los próximos dos domingos, de un proceso en el que debemos empeñar nuestra voluntad, nuestra libertad y nuestra disponibilidad para recibir lo que se nos da como don gratuito: una forma de vida que nos abre a la plenitud.Ω

02 agosto, 2015

Fiesta de Nuestra Señora de los Ángeles


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Lect.: Eclo 24:1-2, 5-7, 12-16, 26-30; Gal 4: 4-7; Jn 19: 25 - 27
  1. Las fotos de la Romería a Cartago de este año nos muestran, como siempre, los gestos de dolor, de solidaridad, de esperanza, de miles de personas que cargan sus enfermedades, sus desorientaciones, sus agradecimientos hasta el Santuario Nacional donde se halla la Imagen de la Negrita. Son expresiones de muchos siglos de devoción popular a María, en múltiples advocaciones y títulos. Pero, ¿cuáles son las raíces evangélicas de toda esta devoción? Las encontramos en muy breves líneas de los evangelistas y este domingo, en concreto, en un texto del cuarto evangelio. Ahí, al pie de la cruz, se encuentran unas pocas mujeres y el discípulo a quien Jesús amaba. Jesús ve junto a éste, a su madre y les dice aquellas palabras que se nos repiten desde entonces en nuestra memoria: "«Mujer, ahí tienes a tu hijo.» Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre.»"
  2. Cabe leer este relato de manera literal, y ver el sencillo gesto de un Jesús moribundo quien, en sus últimos momentos, se preocupa del futuro de su madre viuda y ahora sin el apoyo de su hijo. Un último gesto de responsabilidad, sin duda, en una sociedad machista donde las viudas padecían abandono frecuente. Pero el evangelista Juan nunca se queda en los hechos simples y siempre va más allá, leyendo el contenido simbólico, intenso, de cada acontecimiento y cada acción. No es un simple relator o cronista sino que es un maestro espiritual para la comunidad a la que dirige sus escritos. ¿Qué quiere Juan que descubramos en este episodio?
  3. A lo largo de todo este evangelio ha tendido un hilo conductor que empezó a desenrollar con el diálogo nocturno entre Jesús y Nicodemo. La vida cristiana es un proceso para nacer de nuevo y no importa si se es joven o viejo para alcanzarlo, sino que depende de ser capaz de escuchar la voz del Espíritu, que sopla donde quiere y que no sabes de dónde viene ni a dónde va. Es decir, que el que nace de lo alto es quien emprende una larga jornada, de toda su vida, a menudo en medio de incertidumbre, pero que llega con fidelidad en la entrega hasta el final de su vida. Precisamente en este momento, al pie de la cruz, el evangelista muestra este grupito pequeño que ha sabido llegar con Jesús hasta el final. Son unas pocas discípulas mujeres, la madre de Jesús y el discípulo a quien Jesús amó.
  4. Prácticamente todos los comentaristas de este texto destacan, entre otras cosas, un rasgo curioso: el evangelista no menciona por su nombre ni a la Madre, ni al "discípulo amado”. Recordemos brevemente que esto sucede a lo largo de todo el cuarto evangelio.Cuando habla de la madre, nunca la da su nombre de María. Y en las ocasiones en que se refiere al “discípulo a quien Jesús amó”, —aunque a lo largo del tiempo, diversas devociones e interpretaciones posteriores pensaban que se trataba de Juan o de María Magdalena—, en realidad el evangelista nunca le da un nombre, para él se  trata simplemente del "discípulo amado”.  Esto hace pensar en que el evangelista no está hablando de una figura concreta sino, sobre todo, de una figura que simboliza a todo hombre o mujer que al escuchar la Buena Nueva da el paso adelante para nacer de nuevo, empieza la larga romería de su vida y no  abandona su compromiso sino hasta cumplirlo con la entrega final de la muerte, representada en la cruz.

  5. Y allí, en el calvario, cuando la mayoría de los discípulos ya habían desertado por miedo o falta de convicción, como merecedora concreta de ese título de “discípula amada”, está la Madre, porque ella también ha sido fiel para llegar hasta el final. Y si la acompaña alguien más en la conclusión de esa romería, son unas pocas mujeres, también discípulas amadas, llenas de la fortaleza que les faltó a los discípulos masculinos. Pienso que identificarla como “Madre” en este gran final, en vez de emplear su nombre de María, es evocarle los grandes momentos de su recorrido ligados a su maternidad y, sobre todo, resaltar que quien está colgando de la cruz no es ningún ser sobrenatural, fantasmal, sino un “nacido de mujer”, como le llama Pablo, y que ese cuerpo recibido de ella,  como dice Francisco en su última Carta Encíclica, hereda y comparte la misma sensibilidad de María, la que puede llorar con el corazón traspasado la muerte de los inocentes, y compadecerse del sufrimiento de los pobres crucificados y de las criaturas de este mundo arrasadas por el poder humano. Esa misma sensibilidad le pedimos a la Negrita de Cartago, que nos ayude a desarrollarla en lo que aún nos queda de recorrido en la romería de la vida de cada uno.Ω