23 agosto, 2015

21º domingo t.o.

Lect.: Gén 24, 1-2a. 15-17.18b; Efes 5, 21 - 32; Jn 6, 60-69

  1. Llegamos al final del llamado “Discurso del Pan de Vida” que hemos venido reflexionando durante cuatro domingos anteriores. Dos cosas destacan en estos párrafos de cierre. Lo primero es la reacción de un buen número de discípulos que se resisten a aceptar las enseñanzas que el evangelista ha puesto en labios de Jesús. Y lo segundo, es la forma como Jesús responde a esas reacciones negativas. 
  2. Lo que chocaba a aquellos discípulos era que Jesús, que era uno de ellos, a cuya familia conocían bien, porque era del mismo pueblo, y había crecido con ellos,  se presente ahora como alguien que les da acceso a la presencia de Dios. Más aún, que les intente convencer de que ellos también, si aceptan hacer el camino y la experiencia de Jesús, si le aceptan como pan que alimenta una forma de vivir, entonces ellos también pueden descubrir que tienen en ellos mismos la vida del Eterno. Esto les parecía demasiado, lesresultaba inaceptable. Si Jesús solo se presentara como un Maestro, o como un profeta, eso les podría resultar más creíble. Pero que, según Juan, la existencia humana misma de Jesús se presente como una forma de vivir la vida divina, de alcanzar la plenitud, eso les resultaba muy duro de aceptar, les echaba por tierra la visión religiosa que habían tenido siempre. Les echaba por tierra la manera de entender lo que es el ser humano aunque les abría una nueva perspectiva de entenderse con sus grandezas y sus carencias.
  3. Jesús les hace ver entonces que el problema que tienen para poder entenderle es que no han pasado de tener una visión carnal de las enseñanzas que escuchan. ¿qué quiere decir esto? Podemos interpretarlo de dos maneras. Por una parte, conlleva una crítica de la incapacidad que tenían para ir más allá de la letra de las enseñanzas hasta descubrir la profundidad del mensaje. Tenían el peligro de leer la Escritura, viéndola como palabras sagradas, en vez de descubrir detrás de las palabras la voz y la presencia del Espíritu. Por otra parte, de manera parecida Jesús les hace ver que si bien los seres humanos somos carne, somos tierra, somos materia, y esto es parte esencial de nuestra identidad, todas las obras de esa carne, de esa tierra y de esa materia encuentran su sentido pleno cuando son animadas por el espíritu humano, vivificado por el el Espíritu de Dios.
  4. Aquellos discípulos medio ignorantes, como también antes Nicodemo y la Samaritana, tenían una visión muy materialista del mensaje de Jesús, sin que el encuentro con él les sirviera para descubrir la riqueza de la vida en el Espíritu. Quizás en nuestra propia época sigamos cometiendo el mismo error de visión de aquellos discípulos. Quizás sigamos todavía viendo según la carne nuestras prácticas religiosas. Quizás sigamos tomando los sacramentos casi como objetos mágicos, en vez de tomarlos como signos de realidades más profundas; o quizás sigamos repitiendo plegarias, devociones o párrafos de la Escritura como si fueran instrumentos poderosos para alcanzar beneficios, sin llegar a darnos cuenta de que solamente al hacer nuestra la forma de vida de Jesús, viviendo en el Espíritu de Cristo, es que esa vida en el Espíritu surge en nosotros y nos da la plenitud a la que aspiramos.Ω

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