28 marzo, 2013

Jueves Santo


Lect.: Exodo 12,1-8.11-14;  I Corintios 11,23-26;  Juan 13,1-15

  1. El gesto que realizamos ahora, el lavatorio de pies, es quizás, el punto de referencia clave para entender de qué se trata la Eucaristía, el sacerdocio cristiano y la Misión de la Iglesia. Probablemente por eso, el evangelista Juan colocó aquí, en la cena de despedida de Jesús, este extraordinario gesto y, en cambio no incluyó el relato de la institución de la Eucaristía. No hacía falta, porque el lavar los pies de sus discípulos, descifra el sentido más profundo de la fracción y distribución del pan y del vino. Muestra, de manera viva, que compartir la Eucaristía no es otra cosa que asumir sacramentalmente el compromiso de servicio a todos nuestros semejantes.
  2. Unas veces, la necesidad personal y otras, la piedad bien intencionada, nos han llevado a los cristianos a reducir la Eucaristía o bien solo como una especie de “medicina para el alma”, o bien como un objeto de adoración y de culto. Son dimensiones importantes, pero no las principales. Hacer el lavatorio de los pies nos corrige nuestras buenas intenciones y nos permite comprender que participar en la misa, comulgar, equivale a aceptar con seriedad las palabras de Jesús:  "Si yo, el Maestro y el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse  los pies unos a otros; les he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con ustedes, ustedes también lo hagan." No nos dice simplemente que seamos devotos de la Eucaristía, sino que ésta ha de ser la memoria suya, el recuerdo permanente de toda su vida de servicio, hasta el final, expresada tan gráficamente en el lavatorio de los pies.
  3. Este doble signo, partir el pan y lavar los pies, tiene ese único significado, el compromiso a servir de cada cristiano, como persona individual y de la iglesia, como comunidad. Es muy hermoso y elocuente repetir aquí una expresión traída a la memoria, de un obispo italiano, ya fallecido, don Tonino Bello. Decía él que soñaba con que la Iglesia llegara a ser "la Iglesia del delantal". Al fin y al cabo, decía, el delantal - esa prenda sencilla, signo de servicio-, fue el único ornamento sagrado que usó Jesús, y lo hizo en el momento del lavatorio de pies, en la cena de despedida. El Superior General de los hermanos Maristas subrayaba hace pocos días, a ese propósito y de la primera homilía del Papa Francisco, la necesidad de una iglesia del delantal, una iglesia de la ternura. Y hacía ver que, con la elección del nuevo Papa "miles de personas en todo el mundo han sentido, de manera intuitiva, ..., que ese es el camino." El camino que debemos retomar como Iglesia.
  4. Precisamente esta misma mañana, el Papa Francisco, en la misa crismal, nos recordaba en la misma dirección que el sacerdocio cristiano es una consagración, una unción como la del propio Jesús, para anunciar buenas noticias a los pobres, a los cautivos, a los oprimidos. No es una función, decía, sino una unción. No es un privilegio. No establece una dignidad superior, sino una mayor exigencia para el sacerdote  de la actitud de servicio que todo cristiano  —todos hemos sido ungidos en el bautismo—, debe tener primordialmente con los más necesitados.
  5. Después de celebrar el Jueves Santo, no podremos participar en la Eucaristía, ni ver a los sacerdotes, ni entender la Iglesia, sino desde la perspectiva del lavatorio de pies.Ω

24 marzo, 2013

Domingo de Ramos


Lect.: Is 50:4-9; Flp 2:5-11;  Lc 19: 28 - 40 (evangelio de la celebración de Ramos).



  1. Tradicionalmente se habla de este domingo, inaugural de la Semana Santa, como el de la "entrada triunfal de Jesús en Jerusalén".  Pero eso de "triunfal" no puede entenderse con los criterios habituales que aplicamos en el mundo del espectáculo, del deporte y menos en el de la política. Jesús entra en Jerusalén montado en un burrito, sin el despliegue de los desfiles de exhibición de poder, lujo y ostentación que caracteriza a los que se pretenden líderes de este mundo.  Y, como comentaba el papa Francisco en su homilía de esta mañana, la multitud que acoge a Jesús con entusiasmo y alegría, está compuesta por aquellos en quienes ha despertado en el corazón tantas esperanzas, sobre todo la gente humilde, simple, pobre, olvidada, esa que no cuenta a los ojos del mundo. Nada parecido a una toma de posesión de príncipes y presidentes como los conocemos.
  2. Y, sin embargo, Lc inspirándose en Zacarías 9:9-13, lo presenta como el ingreso de un rey triunfante y victorioso pero, en otros términos, paradójicos y contradictorios que, humilde, desde el lomo de un burrito derrota a carros de guerra, termina las batallas y  establece la paz a las naciones  hasta los confines de la tierra. Es, desde una perspectiva nueva y distinta una toma de posesión, una toma del poder, como hablan los políticos, pero una toma del poder por el servicio.
  3. El papa Francisco nos ha hecho soñar con esa  posibilidad, con la de convertir el poder y la autoridad en servicio, y a eso invitaba a los líderes de las naciones. Sí que sería una verdadera revolución. En su homilía de hoy  Francisco llamaba nuestra atención a las innumerables heridas  que inflige el mal a la humanidad. Guerras, violencias, conflictos económicos a nuestro alrededor y que se abaten sobre los más débiles, la sed de dinero, que nadie puede llevárselo consigo, decía. (Y añadía el ejemplo de un dicho de su abuela: la mortaja no tiene bolsillos). 
  4. La celebración de esta semana que iniciamos es llamado a tomar conciencia de esta dura realidad, producto no de la fatalidad sino de esa distorsión del poder político y económico que no se ejerce como servicio sino como ambición egoísta. Pero, al menos, un sueño más modesto para nosotros sería el de lograr esta transformación al interior de la Iglesia, que nuestras parroquias sean comunidades de servicio,  para poder colaborar a la transformación más grande en la sociedad entera.Ω

17 marzo, 2013

5o domingo de cuaresma


Lect.: Isaías 43, 16-21;  Filipenses 3, 8-14;  Juan 8, 1-11

  1. Los seres humanos no podríamos sobrevivir sin leyes, sin sistemas de seguridad, educativos, de salud... En todos los momentos intermedios de nuestra evolución, en que nos encontramos, cuando aún no hemos alcanzado como especie un nivel elevado de desarrollo humano, para poder convivir sin destruirnos y sin destruir la naturaleza de la que formamos parte, necesitamos instrumentos legales, organizativos, restricciones, premios y castigos, que nos ayuden a comportarnos debidamente. Por eso, entre otras razones, las leyes son necesarias. Pero presentan también serios problemas. El más serio se da, no cuando rompemos las leyes y normas éticas, sino cuando nos olvidamos que son medios al servicio de una sociedad más humana, y las absolutizamos, las convertimos en un fin en sí mismo, al punto de no fijarnos si están sirviendo o no al bienestar de las personas. Un ejemplo histórico de estos olvidos bárbaros, nos lo da la ley del castigo a la adúltera, del que nos habla el texto evangélico de hoy. Una verdadera atrocidad que, por desgracia, no solo se daba en tiempos de Jesús, sino en nuestros días en algunos países de África y de Oriente. (Recordemos hace un par de año la campaña internacional para salvar la vida de una mujer en Irán condenada a esa pena capital).
  2. Pero, por desgracia, esa distorsión, de anteponer en la práctica las estructuras legales e institucionales al bienestar de las personas, se ha dado también en el ámbito religioso occidental. Conocemos enseñanzas y prácticas que, a lo largo de siglos, se han impulsado en nombre del cristianismo, en nombre de los mandamientos de Dios, y que han conducido al irrespeto de los derechos humanos de grupos de personas, a la subordinación de las mujeres, a la condena de teólogos que piensan distinto a los oficiales, a la discriminación racial, al antiislamismo, o a la homofobia... Por mencionar algunos casos. No se apedrea a muerte a esos grupos de personas, ni se les lleva a la hoguera hoy, pero se les silencia, arrincona o margina de la vida social
  3. Las dos primera lecturas de hoy están cargadas de esperanza. " mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?" Dice en nombre de Dios, el profeta Isaías. Y Pablo añade:  olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta, para ganar el premio, al que Dios desde arriba llama en Cristo Jesús." En esta semana en que los católicos nos hemos alegrado de la elección de un nuevo Papa de gran sencillez, sin ninguna ostentación de poder, comprometido con los más pobres,... resuenan esos anuncios de algo nuevo. Nos sentimos movidos por Isaías y Pablo, por el Espíritu que, en cada uno de nosotros crea actitudes nuevas, para ayudar desde la base al Papa Francisco a  fortalecer comunidades cristianas en las que una actitud espiritual profunda despoje a las  leyes, instituciones y estructuras eclesiásticas de todo apego al poder y las ponga al servicio de la plenitud de la vida humana para todos sin excepción

10 marzo, 2013

4o domingo de Cuaresma,


Lect.: Josué 5, 9a. 10-12; : II Cor 5, 17-21; Lc 15, 1-3. 11-32


  1. Los seres humanos, así como tenemos enormes potencialidades para transformarnos y desarrollarnos también las tenemos para distorsionar todo lo bueno con que nos topamos. Paradójicamente, contrario a nuestro ser profundo, somos capaces de falsificar las mejores cosas de nuestra vida. Falsificamos el amor de pareja y familiar, sustituyéndolo por relaciones de dominación sobre el cónyuge y sobre los hijos. Falsificamos la vida política, cambiando su sentido de servicio público por una carrera lucrativa para obtener poder y dinero. Y, el colmo, de lo que no siempre somos conscientes, somos capaces de falsificar lo religioso, de falsificar a Dios, sustituyendo a quien es la fuente generosa de vida, amor incondicional, por un ídolo, un instrumento a nuestro servicio. De esto último nos habla la parábola que nos narra Lc hoy.
  2. El domingo pasado Jesús nos compartía su experiencia de Dios como un jardinero cuidadoso, que se volcaba para cuidar al arbolito, a la higuera, a la que faltaba buen trato y abono, para dar frutos. Hoy, va más allá de la comparación agrícola y nos comparte su experiencia clave, de Dios como padre. Y, por si nuestra experiencia humana de la paternidad nos pueda dar ideas equivocadas, el padre en la parábola de hoy, no es un papá cualquiera, es un papá fuera de serie. En el ambiente judío de la época, se presenta de forma chocante, como un padre que se olvida de la dignidad que le corresponde, y se rebaja ante un hijo que le ha irrespetado y le ha derrochado la herencia. Para nada se habla aquí de un Dios, como a menudo lo imaginamos, preocupado por el culto que le damos, y por la reparación que hacemos de nuestras ofensas. El comportamiento de Jesús, que refleja esta experiencia suya de Dios, es claro: a los pecadores, a los mal vistos, a los indeseables, les ofrece, de forma incondicional, acogida, amistad, la intimidad de compartir la mesa. Incondicional quiere decir, que no les pide cumplir con requisitos previos : ni sacrificios, ni actos de reparación, ni ritos casi esotéricos.
  3. Uno puede  preguntarse, ¿cómo es posible que hayamos distorsionado esta expresión de Dios, vivida por Jesús, y la hayamos sustituido por una figura poderosa, autoritaria, cuya obsesión es el castigo por nuestras culpas? Decíamos que los humanos somos capaces de falsificar todo. En el caso de lo religioso la falsificación se fabrica cuando hacemos de la religión una manera de lograr un supuesto prestigio, por apariencias nuestras de buen comportamiento. Incluso, con esas apariencias, se hace del ropaje religioso una manera de hacer carrera política, manipulando el nombre de Dios y del evangelio, para llegar a una curul o a un puesto municipal o a una posición social destacada. Y, peor aún, falsificamos lo religioso, al transformar a los propios dirigentes de las iglesias en figuras de poder, parecidos a las autoridades civiles y políticas, que se dedican a controlar la vida de los demás. Si nos hemos metido por ese camino, es evidente que el Dios Padre vivido por Jesús nos tiene que chocar, y entonces nos alineamos fácilmente con los fariseos y escribas que criticaban a Jesús por compartir la mesa con pecadores.
  4. Jesús descubre en lo más profundo y auténtico de sí mismo, en la raíz de su vida, de lo que lo alienta, a ese Dios que es fuente de la que brota amor desinteresado, reconciliación, alegría de vivir. De donde, en definitiva, brota cada uno de nosotros, sin etiquetas de justos o pecadores. De ahí, y no de libros o prácticas rutinarias, es de donde puede surgir también en nosotros una experiencia semejante de Dios, una experiencia que nos hace ser criaturas nuevas como dice Pablo hoy.