25 julio, 2016

17º domingo t.o.: el "padrenuestro", un carné de identidad cristiana

Lect.: Gén 18:20-32; Col  2:12-14; Lc 11:1-13


  1. En el texto evangélico de hoy lo que los discípulos piden a Jesús, según Lucas, no es simplemente que les enseñe a orar. Raro sería que judíos religiosos, aunque gente sencilla, practicantes acostumbrados a ir regularmente a la sinagoga, a esas alturas no supieran orar. Más bien, lo más probable es que incluso supieran de memoria muchos o la mayor parte de los salmos de David. Entonces lo que le están pidiendo a Jesús es otra cosa: que les enseñe, dicen, “como Juan el Bautista había enseñado a orar a sus discípulos”. ¿A qué se refieren? Parece ser que era costumbre entre los maestros judíos entregarles a sus discípulos una oración breve que sirviera como una especie de placa de identificación de los discípulos entre sí y con su Maestro.
  2. Y eso es lo que Jesús les entrega, una breve oración en la que se refleja una “marca”, una expresión de un modo de ser, de ver al mundo, a Dios y a los demás y que, en adelante, va a identificarlos entre ellos y va a expresar lo que les une con Jesús. Si ponemos atención nos daremos cuenta de que los contenidos son, en otra forma y estilo, los mismos del  “programa del “sermón del Monte”, o de la llanura, como lo relata Lucas.  Por eso, si nos damos cuenta, él no les entrega una plegaria privada, para rezar a nivel individual, sino una oración comunitaria, que habla en la primera persona del plural: Padre “nuestro”, venga a  “nosotros”… daNOS hoy el pan, perdona “nuestras” ofensas o deudas, así como “nosotros” perdonamos, “no NOS dejes caer”, “líbraNOS” del mal.
  3. Y podemos darnos cuenta de que esa oración que les va  a servir de identidad, no tiene que ver con el uso que muchas veces a lo largo de décadas y de siglos, hemos hecho de ella los cristianos. Pienso que la hemos colocado como una más en la lista de oraciones que nos hicieron aprender desde pequeños. Sin duda, se nos decía que era importante porque la había enseñado el propio Jesús, pero en la práctica tenía, más bien, un carácter devocional. Y, ¡ojo!, hasta podía servir de castigo, cuando se la ponía de penitencia, repetida un número de veces, tanto mayor cuanto más grave el pecado confesado.
  4. Ha sido una distorsión, —si se quiere, bienintencionada— por supuesto, que le hace perder su sentido original. Repitámoslo, Jesús se la da como oración comunitaria, que va a identificar a los discípulos. Y en cuanto al contenido, —sea el del padrenuestro, sea el del Sermón de las Bienaventuranzas, ¿qué cosa puede servirnos a las cristianas y a los cristianos de marca, de carné de identificación? No puede ser más que unas palabras, una plegaria que exprese la interioridad de Jesús, sus sentimientos, sus actitudes, y lo que fue la pasión de su vida. Por eso es que, en tan breve plegaria, se respira como trasfondo, esa actitud realista, tan propia de Jesús, de confianza, de alegría y esperanza en la vida tal como es, donde nuestra existencia está rodeada de ofensas, de deudas mutuas, pero en la que, a pesar de ello y en medio de ello, predomina la certeza de que el nombre de Dios es santificado, de que permaneciendo en comunión no nos faltará lo necesario para la subsistencia y que nuestra experiencia  de perdón va ligada a nuestra capacidad de perdonar. Y, por encima de todo, caracterizan esa marca de identidad dos imágenes fuertes que unen armoniosamente toda esta oración: la experiencia de cercanía con la divinidad como lo evoca la palabra "Padre" conforme a la experiencia de Jesús, con el “abba”, “papi”, y no como la expresaba la figura patriarcal autoritaria. Y la otra imagen fuerte la del horizonte del Reino, que es la gran pasión de Jesús, como meta de convivencia fraterna en este mundo, marcada por la presencia cercana del propio Padre amoroso.
  5. Es algo para que recordemos siempre que decimos el "padre nuestro": que no estamos rezando una oración devota más, sino que estamos con ella confesando el modo de ser más íntimo de Jesús, que hacemos nuestro compromiso. Es el modo de vida por el que optamos y que queremos que sea nuestra tarjeta de identificación.Ω

17 julio, 2016

16º domingo t.o. Escucha y servicio: dos mujeres imagen de estos rasgos de Dios

Lect,: Gén 18:1-10; Col 1:24-28; Lucas 10:38-42


  1. Tal vez Uds. ya escucharon esta noticia: el lunes pasado el vuelo 909 de American, programado para despegar de Miami a las 20 hrs,  hacia el aeropuerto de Ezeiza, en Buenos Aires, salió con hora y media de retraso. Lo curioso del hecho fue la causa del retraso.  No fue un desperfecto técnico. No fue la amenaza de un ataque terrorista. Fue algo más inusual e inesperado: cuando siete pasajeros que ya habían abordado se dieron cuenta de que tanto la comandante piloto como la subcomandante copiloto eran mujeres, exigieron que les dejaran bajar de inmediato del avión. Hubo que sacar sus valijas y eso demoró una hora y media la salida del vuelo. Supongo que a todos nosotros este tipo de reacciones en pleno siglo XXI nos deja sin palabras e incrédulos de hasta qué extremos pueden llegar hoy los prejuicios machistas. Pero si nos sorprenden esos comportamientos anacrónicos que aún sobreviven, tratemos de imaginar cómo sería en la época y pueblo de Jesús.  En el Libro judío de oraciones, el Jiddur, aparecía la siguiente plegaria para ser recitada por todo varón israelita al levantarse por la mañana:  Bendito seas Dios, rey del universo, que no me has hecho pagano, ni esclavo ni mujer”. Y como si fuera poco, la versión palestina del Talmud incluye la siguiente afirmación:  “Es mejor quemar la Torah que dejar que sea estudiada por una mujer”. Estas referencias nos pueden dar un telón de fondo apropiado para releer el relato evangélico de Lucas este domingo y apreciar el significado de que Jesús aceptara la invitación como huésped de una mujer, Marta, y que su hermana, María, se colocara a sus pies para escuchar la enseñanza de su Palabra.
  2. De primera entrada podemos imaginar el escándalo causado por el comportamiento de Jesús en el suceso original. Con su trato a las mujeres rompía radicalmente todas las normas religiosas y sociales de la época relativas a las relaciones entre hombres y mujeres. Este relato de Lucas es tan solo uno de los muchos casos que podemos rápidamente recordar: desde situaciones de extremo enfrentamiento, como la defensa de la mujer adúltera que iba  a ser apedreada a muerte, o la famosa declaración de protección de la mujer en el matrimonio, en un texto de Mateo que, no por casualidad, ha sido curiosamente leído como una prohibición del divorcio (Mt. 19:3-9), hasta encuentros y conversaciones más cotidianos, como el de la mujer a la que pide agua en el pozo,  pasando por acciones de sanación como a la suegra de Pedro; a la mujer encorvada; a la mujer enferma de hemorragias, entre otras. Al mismo tiempo que reta la estructura de relaciones sociales vigente, la conducta de Jesús ponía en evidencia la vaciedad de unas tradiciones religiosas que se habían desconectado de la revelación original de la creación del hombre y la mujer como imagen de Dios. No es solamente por comer con pecadores, o por permitir la cercanía de prostitutas que se hace objeto de críticas. Bastó su apertura a las mujeres entre las discípulas y su respeto hacia ellas para marcar una clara y provocadora diferencia entre la Buena Noticia y la religión del templo.
  3. Pero, además, al ser retomado el relato de hoy por el evangelista y puesto como modelo de comportamiento a la comunidad lucana, deja claro como la primeras comunidades cristianas asumieron el puesto de la mujer en la iglesia, para ser discípula en igualdad de condiciones con el varón, y al hacerlo también marcaron conscientemente su distancia de las enseñanzas y prácticas de la religión y cultura judías.
  4. Pero, aparte de ese impacto socio cultural reflejado en el relato de la visita a Marta y María, si nos detenemos con más atención en detalles del mismo se nos abre, en la descripción de las dos mujeres y en el trato de Jesús con ellas, el descubrimiento de dimensiones profundas de la vida humana, tal como las ve el evangelio. En sí mismo, ya es elocuente el tomar el ejemplo de dos mujeres para hablarnos de dimensiones importantes, decisivas de la vida humana. Y así lo hace el evangelista. En primer lugar, se nos está diciendo que para ser completos, como cristianos y como seres humanos debemos realizar, al mismo tiempo, las dimensiones simbolizadas en María y Marta, de escucha y servicio, de oyentes y servidores, tanto del prójimo como de la palabra de Dios. La semana pasada, en el samaritano aprendíamos que “la mera prestación de un servicio o ayuda no basta para franquear la brecha con el prójimo. Hace falta ir más allá, dar reconocimiento a la realidad del otro y permitir que, a su vez, nos reconozca a nosotros.  No basta que Marta prepare platos para su huésped, debe aprender a poner atención a la persona del invitado, como el aspecto más importante en la hospitalidad.  En ese sentido la escucha de María, a los pies de Jesús, no es una negación del servicio, sino la primera exigencia de la hospitalidad.
  5. La otra dimensión de la vida humana, es a la que se apunta cuando el texto dice que Marta estaba atareada en muchos quehaceres, y que Jesús le comenta que “te preocupas y te agitas por muchas cosas” cuando son pocas las importantes. No se trata de una crítica o subvaloración del servicio, cuando al final de la parábola del buen samaritano la recomendación era clara, “Anda y haz tú lo mismo”. El problema estaba en la forma como Marta realizó el servicio.  No solo Marta olvida, paradójicamente, la prioridad de la persona del invitado, sino que, además, se olvida de sí misma, se pierde en distracciones que la arrastran en diversas direcciones. Resulta inevitable evocar en nuestra propia época, en nuestro propio estilo contemporáneo de vida, marcado por el productivismo y el utilitarismo, en el que al estar fragmentados en múltiples actividades, tanto de ocio como de  trabajo, con múltiples ruidos de fondo, no solo se nos genera estrés, sino que nos afecta la posibilidad de escuchar a fondo a cada uno de los miembros de nuestra familia, de nuestras amistades o de cualquiera que nos necesite. El estar “agitado por muchas cosas” —de lo que la simultaneidad del uso del celular con la participación con otros en la mesa puede ser uno entre otros signos— nos impide el “trato personalizado” y nos distrae la atención del descubrimiento de la riqueza de lo que cada uno de nuestros próximos es como imagen de Dios. Nos distrae, en fin, de nuestro propio autodescubrimiento. Si lográramos celebrar la Eucaristía como momento de silencio y escucha, esto podría ayudar a recuperar su valor espiritual y no meramente ritual religioso, que con su rutina no ayuda a recuperarnos de la pérdida de nosotros mismos a la que nos arrastra el actual ritmo de vida.Ω

11 julio, 2016

La capacidad de ser "prójimos"


Lect.: Deut 30:10-14; Col 1:15-20; Lc 10:25-37

  1. A nivel de las palabras que decimos, a nivel del discurso de curas, catequistas y padres de familia, cada vez más se ha ido extendiendo la convicción de que lo que cuenta en la práctica religiosa es el amor al prójimo. Incluso de que ahí está la prueba de nuestro amor a Dios. Ya esto no se discute. Pero, como no podemos escaparnos de esa exigencia evangélica, nuestra falta de transparencia ha encontrado otro truco para seguir con una vida en la que nadie nos moleste. Consiste en decirnos: “sí, es cierto, hay que amar al prójimo, pero, ¡ojo!, hay que entender qué quiere decir “prójimo”. Porque si “prójimo” equivale a “próximo”, ese inmigrante, con otro acento, quizás otra lengua y otro color de piel, no me resulta muy “próximo”. E incluso esa otra persona, aunque es de por acá, me parece que quiere manipular mis sentimientos con las supuestas historias que me cuenta, o como se presenta. Más que prójimo, parece ser un vividor o, quién sabe, hasta puede que sea un delincuente.
  2. Este tipo de excusas, pero aún más sofisticadas, las tienen hoy día en grado extremo países como los de la Unión Europea ante la enorme demanda de inmigrantes de países en guerra o en crítica situación económica. A pesar de su tradición de defensa de los derechos humanos, y a pesar de las responsabilidades que muchos de esos países tienen en los conflictos actuales de Asia y África, crece entre los europeos el racismo acompañado de manifestaciones violentas, al toparse con el rostro del inmigrante. No se trata ya tan solo de un distanciamiento de tradiciones cristianas que predican el amor al prójimo, sino de desconocimiento de las exigencias básicas de la condición humana.
  3. Pero reconozcamos que en nuestra situación cotidiana, el encuentro con extraños conlleva riesgos. ¿Cómo distinguir a un verdadero prójimo o “prójima” de un farsante?  Bueno, aquí, “sin querer queriendo” ya nos pusimos en la posición del jurista que interpela a Jesús. Parece que quiere, con sinceridad, alcanzar la vida eterna; además, conoce bien la jerarquía suprema del mandamiento del amor al prójimo. Pero le pasa las nuestras: no acaba de aclararse, o para justificarse, aparenta que no entiende quién es, en concreto, ese señor o señora, —el “prójimo”—, y tiene que pedirle a Jesús que se lo explique claramente.
  4. Entonces vienen dos respuestas de Jesús que nos pueden —nos deben— sorprender. La primera, consiste en que el Maestro, en vez de responder con una definición, con una lección teológica, le pone una especie de parábola, le da un ejemplo, de un hombre asaltado en el camino y de las diferentes reacciones que tuvieron tres individuos que pasaron cerca. Lo hace así porque está convencido de que no son las doctrinas las que más mueven, sino la referencia a la realidad viva. Lo hace así porque quiere apelar a una motivación profunda que escapa a la “racionalidad” habitual. La historieta es muy hermosa y elocuente por el contraste que establece  entre el comportamiento de los dos funcionarios religiosos frente al del samaritano, considerado como una especie de hereje por lo judíos. Los dos primeros tienen una posición privilegiada en Israel, se suponía que por su dedicación al servicio del Templo, aunque también por su estatus socioeconómico. “El sentimiento de lástima y las atenciones que presta un cismático samaritano a un pobre hombre, víctima de salteadores de caminos, contrasta vivamente con la insensibilidad y la absoluta despreocupación, tal vez inspirada por la propia ley, de dos representantes cualificados del culto judío; precisamente aquellos que, por su función y por su pertenencia a una determinada tribu, tenían por oficio «purificar» a los afectados por alguna contaminación de orden físico” (Fitzmyer). Es audaz, atrevido, ese contraste establecido por Lucas y quizás originalmente por Jesús, impensable en un ambiente judío.
  5. Pero la otra forma de respuesta de Jesús puede ser todavía más  extraña. El jurista le había preguntado quién era su prójimo. Y Jesús, no solo no le responde directamente, sino que le cambia su pregunta preguntándole, a su vez “¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?”, es decir, ¿quién de los tres se comportó como prójimo? El giro que realiza, hace ver que lo importante para el evangelio no es que contemos con una clasificación de los demás como cercanos o lejanos, como nacionales o extranjeros, como infieles o creyentes, para ubicarlos como más o menos merecedores de nuestro amor. Lo que importa es que cada uno de nosotros desarrolle la  capacidad de ser prójimo, de tener la actitud de  “próximo” con los problemas y necesidades profundas de todos los demás, sin excepción. Es un reflejo de la actuación de Dios, que hace llover sus bienes sobre buenos y malos sin distinción. Un Dios visto por Jesús no como alguien que nos ama porque somos buenos sino que somos buenos porque nos ama.
  6. Un extraordinario hombre espiritual del siglo XX, Marcel Légaut, nos hace ver cómo no basta la proximidad física para concluir que estamos al lado de alguien y, más bien, en nuestros días, la estrecha cercanía física puede hacer más evidente la enorme distancia que quizás nos separa, lo ajenos que somos unos a otros. Un fenómeno que, lamentablemente se puede dar incluso al interior de parejas,  familias y de iglesias. Y Légaut también nos hace ver cómo la mera prestación de un servicio o ayuda no basta para franquear esa brecha. Hace falta ir más allá, dar reconocimiento a la realidad del otro y permitir que, a su vez, nos reconozca a nosotros. Llegar a ser uno mismo el prójimo del otro conduce a hacer de él mi prójimo, sea quien sea.
  7. Esta que llamamos “parábola del buen samaritano”, no es por tanto un alegato para aprender a clasificar a la gente y así descubrir quiénes cumplen con los requisitos para ser verdaderamente necesitados de ayuda y quiénes no. En este evangelio se nos hace ver cómo todo ser humano, cada uno de nosotros, como hijos del mismo Padre, imágenes del Dios invisible, somos próximos, estamos interconectados, formamos una unidad y estamos llamados a darnos y a compartir lo que somos y tenemos como personas. Llamados a comportarnos como “prójimos” siempre supone un proceso, no es algo automático. Del contexto del mismo Lucas podemos reflexionar, preguntarnos y descubrir cuál es el camino para desarrollar esa capacidad de ser prójimo y cómo ponerla en práctica. Es el mismo camino que recorrió Jesús: un camino de desapego de sí mismo, de liberación de los propios intereses, al tiempo que llegaba a conocer y se identificaba con quienes más necesitaban de reconocimiento como personas en aquella sociedad. 
  8. Concluyamos con otro pensamiento de Légaut referente a nuestro crecimiento como prójimos. “Los pasos interiores que conducen al progresivo descubrimiento del prójimo (…) no obedecen a una falta de vitalidad o de equilibrio personal que busca su remedio en una ayuda exterior”. Por el contrario, parece que esos pasos  nacen “más bien de la autonomía de una vida personal por fin conquistada, desprovista de todo egocentrismo y capaz por su intensidad de sobrellevar con facilidad y amor su atención y reflexión sobre el otro”.  Dicho en más sencillo: nuestra capacidad de entrega es fruto, en buena parte, de nuestra madurez y libertad personales. Aquí, de manera inesperada, al menos para mí, en el relato del Buen Samaritano se nos descubre la forma propia, no digo que exclusiva, de lo que significa en el evangelio el proceso de “negación de sí mismo”, de “vaciamiento de mi yo”. En la Buena Nueva de Jesús no es una autodestrucción, ni una desaparición de lo que soy, sino más bien un desplazamiento del “ego superficial”, gracias a que su espacio lo ocupan ahora “los otros” y el Otro, que son los que me permiten ser lo que realmente soy, dentro de esa Unidad. Avanzar en ese proceso es lo principal que ponemos en oración en esta Eucaristía.Ω

03 julio, 2016

14º domingo t.o.: EVANGELIZAR: NI DOMINACIÓN, NI PROSELITISMO

Lect.: Isaías 66:10-14; Gál 6:14-18; Lc 10:1-12, 17-20

  1. A pesar de que el mensaje de Jesús es claro, es frecuente que lo distorsionemos. A veces por conveniencias personales, por intereses económicos o por manipulación política. Pero creo que, más a menudo, por ignorancia. De ahí que sigamos reduciéndolo, como decíamos el domingo pasado, a un conjunto de doctrinas, —de verdades o dogmas— y o como una serie de leyes o normas que hay que cumplir.  Por eso es importante insistir en que la Buena Noticia de Jesús, lo que nos comparte, más bien,  es un camino de espiritualidad y realización humana, el camino que Jesús vivió y que ofreció a quienes querían seguirlo. En el texto de hoy nos queda aún más clara esta insistencia. Lucas nos habla de un segundo envío, ya no de los Doce, sino de 70 o 72 discípulos, —número también simbólico para expresar la universalidad de los pueblos. Jesús los envía adelante en el camino y para anunciar el reino, el encuentro con Dios. Pero ¿cómo lo hace? ¿en qué consiste ese anuncio?  La instrucción de no llevar bolsa, ni alforja, ni sandalias, es la manera de decir en la época, dos cosas: una, que lo que más anuncia la Buena Nueva y la hace creíble no son los discursos, las palabras, los argumentos, sino el modo de vida. Y dos, que ese modo de vida transparenta una enorme confianza en la fuerza del mensaje, y no en el dinero, el poder, el prestigio, o el mercadeo. Lo que cuenta es que la propia vida y acción de los mensajeros transmitan la voluntad de construir la paz, y la confianza en lo que puede el amor.
  2. Debemos ser sinceros y autocríticos. No sería la primera vez que en las iglesias se ha entendido mal el envío, la misión que hace Jesús de sus discípulos. A veces como una forma de imponer un mensaje religioso sobre todos los demás. Como una manera de decir, “aquí venimos nosotros, los únicos que tenemos la verdad y “salados” los que no nos acepten”. (De hecho, en el mismo texto de Lucas se puede ver cómo ya en las mismas primeras comunidades algunos pensaban que los que no nos aceptaran deberían recibir castigo divino. E incluso entre los mismos apóstoles hemos visto que Santiago y Juan querían mandar fuego del cielo sobre una aldea samaritana que no quiso recibir a Jesús. Por supuesto que esas lluvias de fuego, así como las hogueras de la Inquisición, afortunadamente, ya han “pasado de moda” en los ámbitos religiosos cristianos. Pero en Costa Rica, en pleno siglo XXI, seguimos viendo a aquel grupo de diputados y a sus adeptos y aliados que, cubriéndose con el nombre de cristianos o evangélicos, pretenden imponer mediante leyes de la República su limitada visión moral sobre toda la ciudadanía. Es, sin duda, una distorsión de lo que debe ser la misión evangelizadora.
  3. La otra distorsión frecuente es la del proselitismo. Es decir, pensar que Jesús envía a los Doce o a los Setenta para conquistar cuanta más gente posible mejor. En el fondo es la tentación de fortalecer la institución eclesiástica, para equipararla a otros poderes civiles y políticos. Es el engaño de creer que estamos evangelizando, que estamos extendiendo el Reino de Dios, porque contamos con edificios ostentosos, influencias en el Gobierno, o porque aumentamos el número de bautizados, el número de confesiones o de matrícula en colegios católicos y así construimos una institución poderosa que, a la larga, se la ve más importante que las personas. Si Jesús envía a su mensajeros como mensajeros de paz, y de esperanza es para que realicen el servicio de crear paz y esperanza en la gente, que destierren la violencia y la falta de horizontes. Al fin y al cabo, el objetivo de la misión es, como lo dice Pablo en la 2ª lectura de hoy, construir una creación nueva en la que todos estemos sometidos  a una única regla, la de la paz y la misericordia en nuestras relaciones sociales y con la naturaleza.Ω