24 abril, 2016

5º domingo de Pascua

Lect.: Hechos 14:21-27; Apocalipsis 21:1-5;  Jn 13:31-33, 34-35

  1. Alguien comentaba, —entre varios comentarios que vi al preparar esta reflexión– que algunos de los textos más difíciles de predicar del evangelio son aquellos que nos resultan más familiares. Algunos, como el que acabamos de oír, es tan conocido que mucha gente, ya antes de oírlo, supone que ya lo sabe y lo entiende y apenas si presta atención a su lectura. Otra gente, por otra parte, puede decir que la verdad es que apenas se le puede agregar nada de explicación. El asunto está muy claro: el mandamiento “nuevo” de Jesús consiste en “amarnos mutuamente”, ¿qué más se puede decir? Ante este tipo de reacciones, la persona que hacía este comentario añadía que lo que hace falta es encontrar un nuevo ángulo para aproximarse al texto, de manera que la lectura nos resulte nueva, refrescante, una verdadera “buena noticia”. De lo contrario, seguiremos usándolo como un eslogan, fácil de repetir, o como una regla moral, difícil de cumplir.
  2. Un elemento que puede ayudar en nuestra búsqueda de un  enfoque distinto, al menos en el texto de hoy,  consiste en preguntarse por qué aparece este texto precisamente en este tiempo pascual. Llama la atención que este pasaje se coloque en este 5º domingo de Pascua, siendo así que ya había sido tema central el Jueves Santo. Pienso que esto nos indica que ahora se le quiere ver esde otra perspectiva; se quiere enfatizar que la resurrección, el nuevo nacimiento, —como decía Jesús a Nicodemo— de los que ya, en nuestra vida actual estamos participando,  se manifiesta precisamente en el ejercicio del amor. Es esta práctica la que nos identifica como resucitados, como renacidos. Entre los demás signos de resurrección que hemos descubierto los domingos anteriores, este, la práctica del amor, como lo expresó Jesús en su vida, es la característica más importante que manifiesta que estamos viviendo una vida nueva y, al mismo tiempo,  el signo que revela la presencia de Jesús en nosotros y de nosotros en Cristo.  Para apreciar un poco mejor el alcance de este mensaje, pensemos, por contraste, en lo que Jesús no dijo en esa ocasión. No dijo, por ejemplo, que nuestra nueva condición, nuestra vida nueva, se reconocería por la cantidad de prácticas religiosas que realizáramos, o por los hermosos cuadros y estampas piadosas que colocáramos en nuestras casas. Ni siquiera dijo que seríamos reconocidos por la grandeza de nuestros templos, el brillo de los ornamentos litúrgicos o los diversos rituales en los que participáramos. No dijo nada de eso. Dijo algo mucho más simple que, de tan simple, es difícil de añadirle nada más: dijo que se reconocerá que vivimos una vida nueva, su vida de resucitado, si nos hacemos sus discípulos practicando el amor aprendido de él.
  3. Por supuesto, como él lo vivió, un amor en el sentido más propio de la palabra: desinteresado, que antepone el bien del otro, el de los otros, el de todos, al “bien” solo mío, entendido de manera individualista e incluso egoísta. Es el amor donación de sí mismo, no el mero ser “buena gente”, o el amor romántico, aunque estos tengan algo de aspiración al amor verdadero. Menos aún la falsificación que supone presentar como “amor” lo que no es sino un deseo de poseer y subordinar a la otra persona —esposa, esposo, hijo, hija, novio, novia— a mis propios intereses y gustos.
  4. Hay, todavía, algo más que queremos preguntarnos: ¿por qué al amor sin fronteras lo vemos como la marca de los discípulos de Jesús? ¿Acaso no es cierto que el amor es el sentimiento humano más profundo y universal y que no está ligado a ninguna religión, ni cultura? Es más, el propio san Juan dice en su primera Carta que “A Dios nadie le ha visto nunca, [pero] Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud.” Y Juan está hablando de un amor accesible a todos los hombres y mujeres, no solo a los de una iglesia o grupo religioso. ¿Por qué entonces verlo como el mandamiento central de los cristianos, como si solo fuera nuestro, siendo así que es la vía, la práctica humana que nos da a todos los hombres y mujeres plenitud de vida humana y divina? Como iniciación a la respuesta solo quiero, en este momento,  presentar una breve consideración para que reflexionemos: Jesús se llamó a sí mismo el Hijo del Hombre. Quiso vivir intensa y plenamente la condición humana, para mostrarnos que todos podemos seguir ese camino de realización. “Fue en todo semejante a nosotros, menos en el pecado”, dice una de las oraciones eucarísticas. Si aceptamos que  el amor es parte central de esa condición humana, cuando Jesús nos recuerda que nos amemos unos a otros, no pretende que inventemos algo original, distinto y exclusivo que era desconocido en la tierra, sino que saquemos de lo profundo de la imagen de Dios que somos cada uno de los seres humanos, esa capacidad de amar generosa y desprendidamente. Como él lo hizo. Porque “Dios es Amor y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él” (I Jn 4: 16). Que lo hagamos realidad, como él, Jesús, verdadero ser humano, lo hizo.
  5. Lo que de alguna manera nos está diciendo, entonces,  es que estamos siendo discípulos suyos cuando  alcanzamos a vivir como seres humanos plenos que, por ser plenos, practican el amor de donación —hasta el final, como fue su caso. Como seres humanos plenos es que participamos de la vida nueva de resucitados anunciada por la Buena Noticia. Es, entonces, cuando estamos contribuyendo a crear ese “cielo nuevo y tierra nueva”, de la que nos habla hoy la segunda lectura, del Apocalipsis (libro de la Revelación). Una sociedad nueva, en la que no se subordine el bienestar de todos a los intereses financieros egocentrados de unos relativamente pocos. Cuando realizamos actos de amor, por sencillos y pequeños que sean —como los que muchos de Uds. sin duda, han realizado esta semana que pasó—, entonces se está cumpliendo esa profecía del libro de la Revelación de san Juan que acabamos de oír: “he aquí que hago nuevas todas las cosas”. Nuestros pequeños actos de amor serán fruto natural de nuestro nuevo ser y estarán levantando los cimientos de esa nueva sociedad en la que a la multitud de empobrecidos, de migrantes, de víctimas de violencia injusta, Dios  “ enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado (Apoc 21: 4). Somos parte de la gestación de ese mundo nuevo “resucitado”.Ω

18 abril, 2016

4º domingo de Pascua

Lect.:  Hech 13:14, 43-52; Salmo 100:1-2, 3, 5; Apoc 7:9, 14-17; Jn 10:27-30

  1. Todas las lecturas de su Evangelio,  Juan las escribió “para que  tengamos vida en abundancia”, ya, hoy mismo. Y para realizar este propósito, y para conocer cómo está teniendo lugar, los relatos nos ayudan a   identificar los signos de la presencia del resucitado en nuestra propia experiencia hoy. Esos signos no son apariciones, —sabemos que estas solo son formas simbólicas de expresar una experiencia interior. Los signos que les convencían de que estaban ya participando en la vida del Resucitado eran, y siguen siendo, la vivencia de comunidad en el amor,  el valor para anunciar públicamente la Buena Noticia y el lograr contagiar a muchos otros con el entusiasmo por esa Buena Noticia. Visión hermosa y esperanzadora.
  2. Pero seguramente que Uds., como yo, tendrán dudas respecto a este mensaje,  y la primera que yo mismo pienso es, ¿no estaré interpretando arbitrariamente estos relatos? ¿De verdad esos hechos son signos de que los apóstoles estaban viviendo una vida nueva, que participan de la resurrección ya en este mundo? (¡antes de morir!). Para levantar nuestra confianza, el texto de hoy del evangelista nos devuelve a  recuerdos que la comunidad de Juan, —que escribieron este evangelio a finales del siglo Iº,— tenía de promesas que Jesús había hecho y que en su momento los primeros discípulos no habían entendido.
  3. ¿Que les había prometido Jesús? Lo primero, que a quienes le siguen como pastor él promete darles “vida eterna”. “Pastor” no tiene aquí una carga de autoridad, sino de cariño y cuidado por sus “ovejas”. Es aquel que da su vida por ellas y que les promete darles vida. Tenemos la tendencia a pensar que “vida eterna” significa que nuestra vida biológica se prolongará sin fin, después de nuestra muerte biológica. Pero, como explican los estudiosos bíblicos, había en griego de la época, —lengua en que se escribió este evangelio—, tres palabras distintas para referirse a la “vida”, y la palabra original usada por Juan en estos textos se refiere a otra forma de vida, no a la vida biológica, sino a la existencia íntegra de la persona. A Nicodemo Jesús se lo había advertido: hay que nacer de nuevo (Jn 3:3), aquí y ahora, independientemente que uno sea joven o viejo. Nacer de nuevo, —que es otra manera de decir “resucitar”—, a un nivel de vida profundo, el más profundo y real que sostiene toda nuestra persona. Es a ese nivel de vida profundo al que han despertado los discípulos tras la resurrección. Y es el que nosotros debemos descubrir, al que debemos despertar, en cada uno.
  4. Pero hay otra afirmación de Jesús tan desconcertante como la anterior. Desconcertante pero que genera gran alegría: una vez más ellos recuerdan que Jesús les había dicho a los primeros discípulos que la vida que él les está dando en ese nivel profundo, es la misma vida de Dios, la vida del eterno, porque “Yo y el Padre somos uno”. Esta extraordinaria afirmación se emparenta con otras palabras de Jesús, colecccionadas en el discurso de la Cena y que son ahora pueden comprenderse a la luz de la Pascua: “ustedes sí me verán, porque yo vivo y también ustedes vivirán. Aquel día comprenderán que yo estoy en mi Padre, y que ustedes están en mí y yo en ustedes.” (Jn 14: 19 - 20). Quedan estrechamente unidas la vida nueva de Jesús, la de Jesús y la de Dios mismo.
  5. No hay que sorprenderse entonces de que experiencias, actividades, aparentemente sencillas y normales, se tornen en signos para los apóstoles queiluminados por el Espíritu, los ven transparentando la vida verdadera, la vida definitiva que ellos están viviendo en Jesús resucitado y que es, finalmente, la vida misma de Dios, del Eterno. Por supuesto que aquí me puede surgir otra duda a mí y a Uds., ¿cómo es esto posible si, a pesar de los signos mencionados, todavía me experimento no solo hombre viejo, como Nicodemo, sino además cargado de imperfecciones? ¿cómo puedo creer que tengo una vida nueva, definitiva, de resucitado, si me experimento ya no solo con las arrugas y canas de la vejez, acaso con problemas de salud, sino además con mis defectos y manías? La respuesta, en la perspectiva del Nuevo Testamento afirma que en la condición humana actual  hay en nosotros una dualidad: un hombre exterior y otro interior (Cfr. 2 Cor. 4, 16). Al hombre exterior pertenece todo lo que la Escritura llama  hombre viejo, hombre terrestre, hombre hostil,  hombre servil. Es la tendencia que nos empuja a centrarnos en nosotros mismos, en nuestro yo superficial y egoísta. Pero está también nuestra otra dimensión: El otro hombre, dentro de nosotros, es el hombre interior; a éste lo llama la Escritura un hombre nuevo, un hombre celestial, un hombre joven, un amigo y un hombre noble. La existencia de una dimensión no niega la otra.
  6. La coexistencia entre ambas dimensiones nos hace convertir a menudo nuestra vida en un campo de lucha. Es nuestra condición humana normal en nuestra presente etapa histórica. “El mismo Dios que dijo: «Brille la luz en medio de las tinieblas», es el que hizo brillar su luz en nuestros corazones para que resplandezca el conocimiento de la gloria de Dios, reflejada en el rostro de Cristo. Pero nosotros llevamos ese tesoro en recipientes de barro, para que se vea bien que este poder extraordinario no procede de nosotros, sino de Dios” (2 Cor 4: 6 – 7) Pero con esta visión que nos da Juan, y que es también la de san Pablo, se nos reafirma una certeza que nos alienta: no somos todo pecado, o naturaleza caída, no somos seres miserables, —como algunas desviaciones religiosas han predicado—, espiritualmente ya hemos resucitado. Por encima y por debajo de todo nuestro ser, en la dimensión más auténtica de nuestra personalidad, las semillas de resurrección ya están en nosotros, resaltan nuestra dignidad y brotan y crecen continuamente por la fuerza del Espíritu de Cristo. “Por eso, no nos desanimamos: aunque nuestro hombre exterior se vaya destruyendo, nuestro hombre interior se va renovando día a día” (2 Cor 4,16).Ω

11 abril, 2016

3er domingo de Pascua

Lect.: Hechos 5:27-32, 40-41; Salmo 30:2, 4-6, 11-13; Apoc 5:11-14; Jn 21:1-19

  1. Seguimos de la mano del evangelista Juan, descubriendo los signos en los que los primeros discípulos pudieron experimentar la presencia de Cristo viviente. Una cosa es la manera como expresaron luego sus experiencias —generalmente narrándolas como “apariciones”— y otra, muy distinta, las características de la experiencia pascual por la que atravesaron. Estas parecen sugerirse en los textos como asociadas a transformaciones profundas que experimentaron en su propia vida y que relacionaron con la presencia del Cristo Viviente. Ya, el domingo de pascua, nos mostró Juan cómo el primer signo fue la capacidad que se despertó en ellos para volver a reunirse, a constituir comunidad superando la dispersión y alejamiento en los que se habían dejado arrastrar tras el miedo que les generó la crucifixión. Incluso vimos cómo Lc, en el libro de los Hechos, añade como otro signo de la vida del resucitado, la fuerza y la valentía que se generó en los discípulos para superar el miedo y para lanzarse en público a predicar lo que significaba para ellos tener una vida nueva.
  2. El relato de hoy, cargado de simbolismos, se refiere a la experiencia de esa participación que están empezando a tener de la vida del Resucitado, cuando empiezan a ejercer la misión de anunciar la Buena Noticia. Mientras no han llegado a esa experiencia, es la “noche” para ellos. En cambio, el “amanecer”, la iluminación se da cuando Jesús viviente se manifiesta en su experiencia, en este caso en la pesca abundante, es decir, el haber llevado a muchos la Buena Noticia. Ahora saben que él está ahí, con ellos, o en ellos, aunque no lo pueden reconocer, como lo identificaban antes con sus ojos, oídos y el resto de los sentidos materiales. Han pasado de una forma física, histórica de trato con Jesús, a una experiencia interior, profunda, radicalmente nueva y distinta. Otro símbolo elocuente está en que quien primero se da cuenta de que “¡es el Señor!”, es el discípulo “al que Jesús amaba”: es vivir en el amor lo que permite la identificación de Jesús y, en definitiva, la presencia de Dios en Jesús.
  3. En el capítulo anterior al texto evangélico de hoy, Juan dice que “Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran relatados en este Libro. Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre” (Jn 20: 30 - 31). Esto es lo importante de estos relatos, si bien narran lo que fue la experiencia de resurrección de los primeros discípulos, no se nos dan para que pensemos en que ellos eran unos privilegiados y que en aquella época se dieron cosas maravillosas, sino para que aprendamos a identificar los signos de la presencia del resucitado en nuestra propia experiencia hoy. Y, sobre todo, para que descubriendo así a Jesús viviente, podamos realizar nuestra vida en plenitud. En definitiva, ese ha sido el sentido de la venida de Jesús al mundo (Jn 10: 10).Ω

07 abril, 2016

Eucaristía en el Novenario de fray Guillermo (Memo) Chaves Pochet, en Río Regado, Paraíso.

Lect.: Hechos 5:17-26; Salmo 34:2-9; Juan 3:16-21

  1. Comentaba yo con varios compañeros, lo impresionante que fue la manifestación de cariño de tantísima gente que participó en el funeral del Padre Memo. La verdad es que no recuerdo de ninguna otra despedida, en que yo haya estado, que haya reunido a tan numerosa concurrencia. Incluso bromeábamos luego diciendo que Memo nos fregó a muchos de los que quedamos porque puso el listón, la meta de asistencia al funeral tan alta, que no vamos a poder igualarla, ni de lejos, ni siquiera invitando (o “pagando”) a todas nuestras amistades de Facebook.
  2. Algunos decían que se explicaba porque Memo trabajó con Encuentros Matrimoniales y ya solo ellos eran una multitud. Es cierto, como también que trabajó en Justicia y Paz, con migrantes salvadoreños, en Liberia, en san Carlos, en Pérez Zeledón, en el colegio de Sión, … pero la explicación no creo que se encuentre en que haya trabajado en muchos lugares, sino en la forma en que lo hizo, en las huellas que dejó en la gente.
  3. En mis palabras del día del funeral, dije que a Memo se le podía aplicar el título del libro del padre Jesús Espeja, “Lo divino en la experiencia humana”. Memo fue en todo un testigo de cómo se manifiesta la presencia de la divinidad en la experiencia humana. Ese título del libro dice muy claro cómo Dios ha querido manifestarse en la experiencia humana, tal cual es, sin idealizaciones, con sus altos y sus bajos, sus fortalezas y sus debilidades. Así veo que lo divino se manifestó en la experiencia humana de Memo. Es una manifestación de vida de alguien que participa ya en la resurrección de Cristo.
  4. En las lecturas de este miércoles de la segunda semana de Pascua hay dos pensamientos que me parece que reflejan muy bien el ejercicio de la misión de Memo. En la primera lectura, san Lucas dice que tras liberar a los apóstoles que estaban en prisión, el ángel les dice: 20 "Vayan al Templo y anuncien al pueblo todo lo que se refiere a esta nueva Vida". 21 Los Apóstoles, obedeciendo la orden, entraron en el Templo en las primeras horas del día, y se pusieron enseñar.” No les manda a moralizar, ni a hacer milagros, sino a anunciar lo que se refiere a esta nueva vida. Creo que esto es lo que hizo a Memo tan querido: no era un profeta de desgracias, ni un predicador de amenazas, ni andaba diciéndole a la gente qué hacer y qué no hacer, sino que se dedicó siempre a anunciar al pueblo todo lo que se refiere a esta nueva Vida, la vida en Jesús resucitado. Un mensaje poderosamente positivo y seductor. Luego, en la segunda lectura, del evangelio Juan nos recuerda otro pensamiento clave de la fe cristiana: “16 Porque Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna.17 Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo sino para que el mundo se salve por él.”  Confirma el texto anterior: el servicio apostólico es  para que todo el que reciba el evangelio tenga la vida del eterno. A esto dedicó Memo su vida, poniendo al servicio, además, esa gran sensibilidad que lo caracterizaba.
  5. (Añado este otro párrafo de mis palabras el día del funeral de Memo: “nuestro maestro dominico Jesús Espeja, que en la carta que te envió desde Madrid, apenas supo de tu paso a la claridad de la plenitud, te describe con gran acierto en pocos párrafos. Aunque él no lo dice exactamente así, creo que tanto su carta como tu poesía te revela como el hombre plenamente humano que fue capaz de descubrir la presencia de “lo divino en la experiencia humana”, como lo expresa el título del último gran libro del propio padre Espeja. No es poco piropo, en cualquier época, pero sobre todo en una como la nuestra,  en que abundan miopes y pedantes intentos por encerrar la riqueza  y vitalidad del Evangelio en reglas canónicas, en ritualización de los sacramentos , en banalización de lo religioso. Doy gracias,— estoy seguro de que con todos los aquí presentes—, por haberte dejado entre nosotros, como un rostro de la misericordia, como lo es, sin duda, el propio papa Francisco”
  6. Además de dar gracias por todo lo que ha quedado en nosotros de la vida de Memo, vamos a hacer, en este momento, un gesto simbólico, de origen japonés, que el quiso para su funeral: “liberar las grullas”, como símbolo de paz.