11 abril, 2016

3er domingo de Pascua

Lect.: Hechos 5:27-32, 40-41; Salmo 30:2, 4-6, 11-13; Apoc 5:11-14; Jn 21:1-19

  1. Seguimos de la mano del evangelista Juan, descubriendo los signos en los que los primeros discípulos pudieron experimentar la presencia de Cristo viviente. Una cosa es la manera como expresaron luego sus experiencias —generalmente narrándolas como “apariciones”— y otra, muy distinta, las características de la experiencia pascual por la que atravesaron. Estas parecen sugerirse en los textos como asociadas a transformaciones profundas que experimentaron en su propia vida y que relacionaron con la presencia del Cristo Viviente. Ya, el domingo de pascua, nos mostró Juan cómo el primer signo fue la capacidad que se despertó en ellos para volver a reunirse, a constituir comunidad superando la dispersión y alejamiento en los que se habían dejado arrastrar tras el miedo que les generó la crucifixión. Incluso vimos cómo Lc, en el libro de los Hechos, añade como otro signo de la vida del resucitado, la fuerza y la valentía que se generó en los discípulos para superar el miedo y para lanzarse en público a predicar lo que significaba para ellos tener una vida nueva.
  2. El relato de hoy, cargado de simbolismos, se refiere a la experiencia de esa participación que están empezando a tener de la vida del Resucitado, cuando empiezan a ejercer la misión de anunciar la Buena Noticia. Mientras no han llegado a esa experiencia, es la “noche” para ellos. En cambio, el “amanecer”, la iluminación se da cuando Jesús viviente se manifiesta en su experiencia, en este caso en la pesca abundante, es decir, el haber llevado a muchos la Buena Noticia. Ahora saben que él está ahí, con ellos, o en ellos, aunque no lo pueden reconocer, como lo identificaban antes con sus ojos, oídos y el resto de los sentidos materiales. Han pasado de una forma física, histórica de trato con Jesús, a una experiencia interior, profunda, radicalmente nueva y distinta. Otro símbolo elocuente está en que quien primero se da cuenta de que “¡es el Señor!”, es el discípulo “al que Jesús amaba”: es vivir en el amor lo que permite la identificación de Jesús y, en definitiva, la presencia de Dios en Jesús.
  3. En el capítulo anterior al texto evangélico de hoy, Juan dice que “Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran relatados en este Libro. Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre” (Jn 20: 30 - 31). Esto es lo importante de estos relatos, si bien narran lo que fue la experiencia de resurrección de los primeros discípulos, no se nos dan para que pensemos en que ellos eran unos privilegiados y que en aquella época se dieron cosas maravillosas, sino para que aprendamos a identificar los signos de la presencia del resucitado en nuestra propia experiencia hoy. Y, sobre todo, para que descubriendo así a Jesús viviente, podamos realizar nuestra vida en plenitud. En definitiva, ese ha sido el sentido de la venida de Jesús al mundo (Jn 10: 10).Ω

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