03 abril, 2016

2º domingo de Pascua o de la Divina Misericordia

Lect.: Hechos 5:12-16; Salmo 118:2-4, 13-15, 22-24; Apoc 1:9-13, 17-19; Jn 20:19-31

  1. Aunque somos hombres y mujeres del siglo XXI, viviendo en una sociedad muy moderna y racional tecnológica, Uds. y yo tenemos la fe, la convicción en Cristo resucitado. Claro que, al mismo tiempo, siendo de la época que somos hay muchos factores que nos generan dudas  en torno a nuestra propia fe en Cristo resucitado. En realidad, deberíamos decir, “dudas más fuertes”, porque los propios relatos del N.T. nos presentan no solo a Tomás, sino a Pedro, y a otros muchos discípulos expresando sus dudas sobre la resurrección de Jesús. Baste recordar la acogida que le dio Pedro a las noticias traías por las mujeres que fueron al sepulcro; e incluso, al final, en el momento que llamamos de la “Ascensión”, todavía se constata que había quienes dudaban de la experiencia de la resurrección.
  2. Pienso que, probablemente, para nuestra mentalidad contemporánea, lo que más nos genera dudas son los relatos de las apariciones. En nuestra sociedad eso de que los muertos se pueden aparecer de repente, atravesar paredes y cosas semejantes forma parte, más bien, de relatos de ficción, desde  películas de terror o de zombis hasta cuentos viejos de nuestras “crédulas” tatarabuelas. Pero pienso también que es muy saludable y muy normal que tengamos este tipo de dudas. Por algo los evangelios nos cuentan episodios como el de Tomás. Lo ven como muy saludable, porque eso nos ayuda a purificar nuestra fe y a leer con más atención los textos en los que se nos transmite el mensaje sobre Jesús resucitado, para descubrir lo que realmente quieren decirnos.
  3. Quizás alguno de los presentes o de los que luego lean esta reflexión esté pensando: “ya va Jorge, de nuevo, a sembrar dudas sobre las apariciones del Resucitado”. Y, como alguien me dijo hace unos años con ocasión de otra predicación pascual mía, puede quedarse con la impresión de que dudar de las apariciones equivale a dudar de la realidad de la resurrección. Pero no es así, para nada. Las apariciones son la forma que tienen los evangelistas de contarnos algo mucho más profundo, de carácter espiritual que, como todo lo que es de ese orden, no es fácil de expresar con lenguaje ordinario. De hecho, por eso, los textos del NT utilizan diversas maneras de mostrar lo que fue la experiencia de la Pascua por parte de los discípulos. Cierto que usan los relatos de apariciones, que contienen enseñanzas valiosas, pero nos presentan otras referencias más fuertes que las apariciones, como manifestación de la resurrección a las que, lamentablemente, no hemos puestos suficiente atención, —quizás porque siempre nos atrae más lo espectacular.
  4. Veamos, en primer lugar, que el mismo relato del evangelio de hoy, menciona algo extraordinario que, muy probablemente, se nos había pasado antes por alto. Resulta que, como quien no quiere la cosa, Juan dice que el primer día de la semana estaban los discípulos reunidos, cuando Jesús se presenta en medio de ellos. ¿No nos sorprende esta afirmación? Pues debería sorprendernos. ¿Cómo es eso de que los discípulos estaban reunidos? ¿no era que cuando pasó el juicio y la crucifixión de Jesús, todos se habían dispersado, e incluso Pedro antes lo había negado, y había negado hasta su acento galileo para que no lo relacionaran con sus antiguos compañeros? Entonces, ¿qué es lo que ha pasado para que vuelvan a reunirse como comunidad? ¿Cómo se ha dado tan extraordinario cambio de comportamiento? Ciertamente, todavía están a puertas cerradas y con miedo, pero, en todo caso, ya están de nuevo identificándose como un grupo unido. Esto es sorprendente. Algo especial tiene que haber pasado que les produjera ese cambio. Luego, en lo que nos cuenta la primera lectura de hoy, del libro de los Hechos, ahí Lucas va más allá. Los discípulos no solo se han reunido de nuevo, sino que han vencido el miedo, se presentan en público, y realizan las acciones propias de la misión de Jesús, curan los enfermos, liberan de los malos espíritus.  ¿Qué es lo que les ha pasado para transformarse tan radicalmente de esa manera? Podemos resumirlo, usando la misma frase que usó el Papa Francisco hablando de Pedro: lo que había sucedido es que cada uno de ellos personalmente y como grupo luego, habían tenido una experiencia fuerte de su propia resurrección a una vida nueva y en esa experiencia se enraíza la convicción de que su propia resurrección era el fruto de la resurrección de Jesús.  Si ellos han sido transformados, y empiezan a comportarse de una manera nueva y distinta, eso es fruto de algo o de alguien que en ellos y desde ellos, pero con más fuerza de la que ellos solos tenían, actúa por su medio. Es la experiencia de que comparten realidad nueva a la que llaman resurrección. Su experiencia, más que ninguna visión o aparición, les asegura que han dado un paso a una nueva forma de vida, oculta en Dios.
  5. Cuando se experimenta una transformación personal de ese nivel, y se experimenta no como resultado de un esfuerzo personal, sino del don gratuito del poder de la misericordia de Dios manifestado en Cristo, no hacen falta visiones o apariciones para creer. Ni hace falta la autoridad de nadie para convencerte. Esta transformación, que incluye una experiencia de perdón, —de haber sido perdonados por haberle fallado al Maestro—, y que conlleva también una reconciliación mutua y les da una valentía recobrada para dar la cara por el evangelio es, para ellos la experiencia indiscutible de la resurrección, de que viven una vida nueva en Cristo que no está muerte sino que vive.  Por eso es que el domingo pasado, recogiendo el mensaje de san Pablo, decíamos que celebrar la resurrección de Jesús es celebrar nuestra propia resurrección. Como los primeros discípulos, en aquellas comunidades originarias, en las nuestras también de repente somos sorprendidos por algo que nos va cambiando desde el interior y nos va haciendo caminar, ver y actuar  como el propio Jesús. En ese proceso de transformación no solo vamos resucitando a una vida nueva, sino que vamos descubriendo ese proceso como el don gratuito del Viviente, que nos da su Espíritu por el amor misericordioso del Padre. Acogemos con alegría esta noticia.Ω

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