25 enero, 2009

3er domingo tiempo ordinario

3er domingo t.o., 25 ene. 09
Lect. Jon 3: 1 – 5. 10; 1 Cor 7: 29 – 31; Mc 1: 14 – 20


1. Apenas estamos dando los primeros pasos, 4ª semana de este 2009. Cada vez que el calendario nos marca un nuevo año a todos nos da ocasión de pensar en el sentido de nuestra vida. Lo normal es que los jóvenes vean más cerca y deseen con más intensidad el momento de realización de sus sueños profesionales, laborales, matrimoniales. A pesar de las muchas dificultades que nos presentan estos momentos de crisis económica que nos afecta a todos los países, miran hacia delante y confían en poder superarlas en el futuro. Por otra parte los que somos ya mayores, sabemos que ese mismo calendario nos reserva normalmente mucho menos hojas que a los jóvenes. Esto nos hace quizás pensar menos en el futuro. Algunos puede que tengamos la tentación entonces de mirar solo hacia el pasado, a los recuerdos, a la nostalgia de momentos satisfactorios de nuestra vida. Otros quizás pongamos más énfasis en lo que podemos lograr a corto plazo. Pero a jóvenes y a viejos, sin excepción, el evangelio de hoy nos da una sacudida. La Buena Noticia, nos dice Mc, y también lo confirma Pablo, no tiene tanto que ver con el futuro, con lo estupendo que podrá venir después, ni tampoco con el pasado, con las maravillas que Dios pudo haber realizado en nuestra vida pasada, en la época de Jesús, en los relatos del A.T. La Buena Noticia es que el Reino está cerca, que el momento de Dios es este que estamos viviendo. Lo maravilloso puede sucedernos, está aconteciendo en el presente. La sacudida nos la da este mensaje porque con demasiada frecuencia se nos va la vida soñando en cómo podrá ser nuestro encuentro con Dios y nuestra felicidad el día de mañana, o recordando con nostalgia las experiencias hermosas del tiempo pasado. Pero lo que el Evangelio quiere es que descubramos todo lo que hay en el momento presente.
2. De hecho eso es lo que viene Jesús a revelar. Mc lo dice escuetamente al inicio de su evangelio como síntesis del mensaje de Jesús: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca”. No aparece Jesús para anunciar otra realidad, otro mundo, sino para descubrirnos toda la densidad, toda la riqueza que hay en esta realidad que estamos viviendo. Y para hacernos saber que vivir conforme a esa realidad nos hace ser plenamente humanos y nos permite sumergirnos por completo en la realidad de Dios en el presente. Decir que “el tiempo se ha cumplido” es como decir que no hagamos tanta distinción entre pasado, presente y futuro, en lo que concierne a nuestros logros personales. En otras traducciones equivale a decir “el tiempo ha sido planificado”, en cualquier momento podemos vivir al máximo lo que Dios nos da en la vida. Esto es lo que llamamos el Reino de Dios y no caemos en la cuenta que cada día, cuando rezamos el Padrenuestro estamos pidiendo que ese Reino que está aquí ahora “venga a nosotros”, es decir, que nos abramos personalmente a descubrirlo.
3. Claro que aceptar esta Buena Noticia supone un cambio de visión muy radical. Aun para los más optimistas, la vida tal como la percibimos está llena de luces y sombras. Las crisis económicas, el desempleo, las injusticias, los fenómenos naturales como el terremoto, la muerte de seres queridos, parecen negar este mensaje. Por eso es que Jesús llama a la conversión, y Pablo al desapego de todo lo que tenemos, es decir, a cambiar de mentalidad para vivir y experimentar todas las cosas de manera diferente. Cambiar incluso la manera que tenemos de ver a Dios. Inconcientemente soñamos con un Dios asociado solo con el éxito, el placer, las buenas “vibras” como dicen ahora. La conversión auténtica nos permitirá empezar a entender por qué la manifestación plena de la gloria de Dios se da en el crucificado, y por qué, entonces, puede darse también en el momento presente de nuestra vida actual, con todas las limitaciones que percibimos. Conocer y experimentar eso es vivir de verdad.Ω

11 enero, 2009

BAUTISMO DE JESÚS

Bautismo de Jesús, 11 ene. 09
Lect.: Is 42: 1 – 4. 6 – 7; Hech 10: 34 – 38; Mc 1: 6 b – 11


1. En torno al drama y la angustia del terremoto, que no ha terminado, hay unos hechos que merecen resaltarse. En primer lugar, la entrega infatigable de centenares de costarricenses que directa o indirectamente se han volcado a ayudar a las víctimas, a trasladar a los afectados, a rescatar a los aislados, a buscar a los desaparecidos, a desenterrar a los cadáveres atrapados. Cruzrojistas, socorristas, personal de salud, vecinos, voluntarios de diversa índole y lugar han dedicado y continúan dedicando días y recursos en acciones solidarias con los afectados. Son incontables, desde el empresario de cuadraciclos que puso todos sus vehículos para buscar y transportar a los aislados, hasta quienes se exponen a ser ellos mismos sepultados, por excavar bajo los terraplenes para localizar los cuerpos de personas a las que desconocían, quienes envían alimentos y abrigo. Lamentablemente también hay otros comportamientos incompatibles con una tragedia de esta magnitud. La prensa ha informado sobre una empresa privada de helicópteros que cobraba entre $800 y $ 1700 para transportar a personas atrapadas hasta el aeropuerto de San José. Independientemente de que se tratara de turistas o lugareños, eran seres humanos afectados y es obsceno que el afán de lucro quiera beneficiarse del dolor ajeno. Es un comportamiento inaceptable, aunque el responsable de esa empresa se justificara diciendo que también habían dado alguna ayuda de caridad.
2. El telón de esta tragedia nacional y los diversos comportamientos ante ella nos permiten entender con mayor claridad lo que significa esta conmemoración del bautismo de Jesús que hoy nos presenta la liturgia. No se nos está hablando de meros rituales. Si se tratara de enseñarnos la importancia de realizar un sacramento, hacer un rito más con efectos fuertes, el evangelio estaría lleno de casos en los que Jesús hubiera bautizado. Pero no es así. Nunca hablan de que Jesús bautizara. Pablo mismo dice que, con escasísimas excepciones él nunca bautizó. Queda claro entonces que el bautismo es la acción simbólica de la conversión, la transformación de la vida propia, la organización de todo lo que uno es y uno tiene en torno a los valores fundamentales del Reino de Dios: la solidaridad, la justicia, la equidad, la libertad, como expresiones concretas, tangibles, aterrizadas del amor a Dios y al prójimo. Es a bautizar en ese sentido que Jesús envía al final a su comunidad.
3. Hay un par de detalles muy inspiradores en esta narración del bautismo de Jesús. Dice el texto de Mc que el cielo “se rasgó”. La expresión concuerda con la otra que dice Mc también al momento de la muerte de Jesús: “el velo del templo se rasgó”. En ambos casos quiere decir que la separación entre lo divino y lo humano, entre lo sagrado y lo profano se rasgó, desapareció. Todo lo que hay en nuestra vida humana ahora es portadora de la vida del Espíritu. Todo lo que hacemos aquí y ahora, en los momentos de alegría y en los de tragedia, es lugar del encuentro con Dios. Lo que llamamos “más allá” se funde con el “más acá”. Jesús en su bautismo cobra conciencia de esta nueva forma de ver la realidad y consagra toda su vida entonces a hacer realidad esos valores del Reino de Dios, de la nueva comunidad humana fraterna. Aunque en cada nueva situación tendrá que retomar su decisión y volver a discernir qué hacer conforme a esas prioridades.
4. Dentro de esta perspectiva, de esta manera de ver las cosas, no hay entonces en nuestra vida algunos ámbitos propios de valores religiosos y otros que se rijan por el afán de lucro, de enriquecimiento personal, de la acumulación de prestigio o poder sobre los demás. Estar “bautizados” es solo la forma simbólica de hablar que expresa nuestra decisión de colocar toda nuestra vida, incluyendo nuestro trabajo y actividad económica y política, al servicio de la comunidad fraterna, el reino de Dios. En este momento de sufrimiento para CR tenemos la ocasión de renovar este compromiso, con la fuerza del Espíritu que nos ha sido dado.Ω

04 enero, 2009

Fiesta de Epifanía

Fiesta de la Epifanía, 4 ene. 09
Lect.: Is 60: 1 – 6; Ef 3: 2 – 3 a. 5 – 6; Mt 2: 1 – 2

1. Los relatos de este tiempo de Navidad no pretenden en ningún momento ser una narración histórica. Son, más bien, como un gran tapiz, hermosas obras de arte, pinturas con las que las comunidades de Mt y Lc han querido expresar aspectos inexpresables de lo que significó el nacimiento de Jesús. Los conceptos y la narración histórica resultan insuficientes. Es preciso recurrir a metáforas, imágenes, símbolos, pequeñas historietas de inspiración bíblica para atraer y despertar nuestra mente a la contemplación de significados del mensaje evangélico que van más allá de lo que uno puede ver con los ojos. De este tipo de relatos es también este que llamamos de los “reyes magos”. Sería absurdo verlos como si se tratara de una narración fotográfica de hechos. Preguntarnos cómo era posible que una estrella se moviera para guiarlos, cómo se les pierde por un rato y cómo luego se detiene justo encima de la casa de María y José. No tendría sentido preguntarse si eran tres, o doce o veinte y pico. Ni para qué le podían servir al Niño o a su madre el incienso y la mirra. Como en una obra de arte simbólica, la llegada de estos astrólogos orientales y la manera de presentarlos solo quiere mostrarnos un gran cuadro que representa el encuentro de Oriente y Occidente, el encuentro de todas las culturas y pueblos que se descubren mutuamente como hermanos a la luz de la venida del Mesías. Por eso es que la tradición ha llamado a esta fiesta de la “epifanía” que quiere decir, iluminación, manifestación. Es una forma de decir que el nacimiento y la vida de Jesús debe ser luz para todo el mundo y no solo para un pueblo, para una cultura, para una sola Iglesia. Es luz que ayude al descubrimiento de lo que significa ser profunda y verdaderamente humano. Luz que ayude a que las culturas y pueblos se encuentren en pie de igualdad y fraternidad.
2. Lamentablemente en el momento en que nosotros tranquilamente celebramos en este templo esta fiesta de unidad la misma tierra que llamamos santa porque ahí nació Jesús, está desgarrada y cubierta de sangre, de centenares de víctimas civiles en un conflicto violento y desproporcionado entre israelíes y palestinos. Por desgracia es un episodio más de un enfrentamiento de culturas y de tradiciones religiosas atizado por las guerras de Irak, de Afganistán, del Líbano y de Israel, que han herido en lo más hondo a la humanidad todavía más en los últimos veinte años. Por supuesto, no podemos dedicar una homilía en el templo a un análisis político de un enfrentamiento militar como el que está produciendo la masacre en Palestina. Pero tampoco podemos celebrar la fiesta de la epifanía, como si nada pasara en el resto del mundo. Como si a Costa Rica no la afectara el juego político de las grandes potencias. Y, sobre todo, lo que no podemos a la luz de esta fiesta de hoy es olvidar el papel de la Iglesia, como comunidad de seguidores de Jesús. Una Iglesia universal no es la que pretende construirse al estilo de esos grandes imperios intentando subyugar a los pueblos y someterlos a una única forma de vivir la fe y la religión. El papel universal de la Iglesia es el de ser luz, como Jesús, para que las diferentes culturas, pueblos, mentalidades, las diferentes tradiciones religiosas se encuentren, se descubran en su valor humano más original y se vean como complementarias como para construir una humanidad plural, una rica sinfonía de diversidades, que apenas alcanza a reflejar la inmensidad de Dios. El papel de la Iglesia siempre ha de ser de conciliadora y constructora de diálogo. Solo así puede ser luz para todos. Cierto que esto es un llamado especial al papel que le corresponde desempeñar al Papa, por su función a nivel mundial. Pero es también una tarea que se nos impone a nosotros cristianos al pequeño nivel de nuestro país, construir el diálogo entre los diferentes, entre diferentes prácticas religiosas y éticas, diversas mentalidades y diversos intereses. Esa puede ser nuestra modesta contribución a la paz, incluso para que Occidente pueda llegar a ser más humano y civilizado en su encuentro con Oriente y el resto del mundo.Ω