31 diciembre, 2017

Fiesta de la Sagrada Familia: valores evangélicos en instituciones que cambian

domingo siguiente a navidad
Eclesiástico 3:2-7, 12-14; Colosenses 3:12-21; Lucas 2:22-40

  1. Nos encontramos hoy, de nuevo, —como en el caso de la fiesta de Cristo Rey— con una fiesta devocional, que no surge como parte  del mensaje evangélico, sino que se origina por iniciativa de la jerarquía eclesiástica para responder a problemas de una época específica. En este caso, aparece a finales del siglo XIX y se extiende, sobre todo, en Canadá, ante el temor de los obispos de que la secularización amenazara la vida cristiana de la familia de la época.
  2. El tema de lo que podría llamarse  “familia cristiana”, en sentido positivo y directo, no forma parte de la predicación de Jesús ni de las primeras comunidades, ni puede fundamentarse en hechos narrados en los evangelios. Más bien, se cuestiona la institución familiar cuando se pretende anteponerla al trabajo por el Reino de Dios. A pesar de ello,  esta devoción nos ofrece la oportunidad de profundizar una dimensión clave del mensaje navideño. En domingos anteriores y, sobre todo, en la fiesta de Navidad hace una semana, hablamos de Jesús, con su humanidad plena, como fuente de la luz y la vida. Se rompía así la tradición anterior de pensar en la Ley de Moisés como fuente de iluminación. El evangelio nos enseña que la luz de Dios brilla no en libros y doctrinas, sino en la vida de la persona humana, en especial en la de Jesús y en la de quienes viven el mismo compromiso de vida de Jesús. Y esa luz es vida que viene a nosotros para que la tengamos en abundancia. Con esta fiesta de la Familia de Nazaret ese mensaje adquiere mayor concreción, se aterriza más. Nos recuerda algo evidente: no basta decir que el hijo de Dios se hizo hombre, que en la humanidad se da la plena manifestación de la vida divina Al poner a ese hijo de Dios, hijo del hombre en una época y en un lugar concretos, en un hogar, en un medio cultural y religioso determinados, nos damos cuenta de que la luz de Dios se puede  transparentar en un hijo de carpintero, en un muchacho de barrio, marcado como estaba con las costumbres de la Palestina de entonces y que crece en un entorno familiar, en un tipo de familia muy distinto del nuestro.
  3. Sabemos que en aquella época no se vivía en familias nucleares —pareja de papá, mamá y chiquitos—, sino que se vivía en un clan, en un conjunto de familias, de la misma “cepa”, por decirlo así. Tías, abuelos, primos y más parientes vinculados. Cuando José desposa a María y se la lleva “a su casa”, no está hablando de que le había construido ya un “ranchito” o una vivienda cómoda. Por “casa” se debe entender el conjunto de la gente de su clan. María pasa a integrarse en el clan, en la familia grande de José. A lo largo del tiempo, el arte cristiano piadoso nos ha hecho imaginarnos una imagen idealizada de la sagrada familia de Nazaret, con José, María y el niño, en un espacio cerrado cargado de virtudes. La realidad es que Jesús crece al lado de sus padres, ciertamente, pero insertos en las múltiples relaciones de la gran familia que era el clan. Por eso, en los relatos del evangelio de la infancia o del nacimiento no podemos decir que se nos proponga un modelo de familia, sería rarísimo que se nos propusiera vivir, de nuevo, en un clan, —y hace muchos siglos que no vivimos en clanes en la mayoría de los pueblos. Es más, después de aquella época de Jesús los cristianos se adaptaron al modelo familiar romano y, posteriormente a otros modelos a lo largo de la historia, según la región y la cultura donde se encontraran.  Pero lo que sí se transparenta en los relatos evangélicos es el convencimiento de lo importante que es para la persona humana la dimensión social, el nacer y crecer en comunidad, en familia, en clan, en diversas formas de convivencia. La devoción de la fiesta nos permite reconocer que el hijo del hombre, Jesús, es fruto de múltiples relaciones sociales, como lo somos todos los seres humanos. Y que se nos invita a vivir esa dimensión social conforme a los valores cristianos, encarnándolos de muchas maneras, aún en diversas formas de vida familiar y comunitaria. Esto es lo importante, no la idealización de creer que para la tradición cristiana solo hay un modelo de familia y de convivencia. Esto lo desmiente la historia.
  4. A esta reflexión que nos da esta fiesta de hoy, se añade otra dimensión muy importante En el texto de Lucas de hoy al bendecir el anciano Simeón a María, le anuncia que el niño será signo de contradicción, para caída y elevación de muchos y para María una espada le atravesará el alma. Años después, Jesús ya un hombre joven, hará realidad ese doble anuncio, cuando llega el momento de abandonar su clan y a sus padres para llevar a cabo su misión.  Esa decisión de Jesús fue tan transgresora de las costumbres de la época que sus parientes llegaron a considerarlo loco, “fuera de sí” (Mc 3: 21). Era impensable y constituía un tremendo irrespeto que alguien abandonara su clan, el cual representaba los valores y tradiciones de sus ancestros y determinaba la identidad de cada miembro. Si Jesús relativizaba esa familia ampliada, solo era posible, creían los parientes, porque había perdido la razón. Esto probablemente hizo      que María se sintieratraspasada en su corazón. Más aún cuando le oyó decir que “su madre y sus hermanos eran todos los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica”.
  5. Por eso prolongar nuestra reflexión navideña con esta devoción de la sagrada familia nos abre horizontes pero, al mismo tiempo, nos presenta retos. En un país como Costa Rica, durante los últimos 30 años, los tipos de familia se han diversificado disminuyendo sensiblemente el llamado “modelo tradicional”: mamá, papá e hijos. Esa “familia nuclear” pasó de estar presente en un 51,2 por ciento de los hogares nacionales, en 1984, a estarlo en un 41,8 por ciento en el 2011 (datos del INEC). Entre las composiciones familiares que aumentaron sobresalen aquellos formadas por un padre o madre sin pareja pero con hijos. Las familias monoparentales pasaron de un 8,6 por ciento, en 1984, a un 13,8 por ciento en el 2011. De esos hogares monoparentales en Costa Rica, el 89 por ciento (151.569 del total) son jefeados por una mujer.
  6. Todo esto nos hace pensar en que, como Jesús, debemos vivir los valores del Reino de manera encarnada, culturalmente, en nuestro tiempo y lugar. Y, al mismo tiempo, esta “encarnación” de la vida divina en cada uno de nosotros nos exige el desprendimiento suficiente para adaptarnos a la evolución de los tiempos y para descubrir formas de vivir el los valores del evangelio en nuevas situaciones históricas, en nuevas formas familiares, en nuevos tipos de sociedad. 

26 diciembre, 2017

Navidad 2017

Lect.: Isaías 9:1-6; Tito 2:11-14; Lucas 2:1-14


  1. En gran parte del mundo, y vamos ahí incluidos quienes habitamos Costa Rica, esta fecha que conmemora el nacimiento de Jesús de Nazaret, se ha arraigado como un día de celebración muy emotiva, entrelazada con reuniones familiares, felicidad en especial para chicos y chicas que en nuestras casas sueñan con algún regalo, y nostalgia por quienes ya se fueron. La música de los villancicos, los tradicionales portales y las fiestas de fin de año, contribuyen a reforzar ese ambiente de buenos sentimientos y muestras de cariño.
  2. Pero ha alcanzado tal arraigo esta forma de celebrar el tiempo navideño, que el origen y significado religioso cristiano de la fiesta puede diluirse bastante. Sobre todo, por el aire festivo y de descanso, como que no hay tiempo o talante para detenerse a reflexionar los mensajes que nos transmiten las lecturas de las eucaristías dominicales y del propio 25 de diciembre. Algunas de las ideas centrales que conviene no perder, las hemos incluido en estos pasados domingos de Adviento. Hoy parece de gran importancia fijarnos, sobre todo, en el texto evangélico de la misa del Día y vamos a subrayar esquemáticamente algunas de las líneas fundamentales que nos transmite ese llamado “Prólogo” del Evangelio de Juan que, en realidad, más que eso, viene a ser una síntesis de todo ese libro de la comunidad joanina y clave para entender todos los relatos que este incluye sobre la vida y predicación de Jesús.
  3. Así como en el cuarto domingo de adviento se subrayó el gran símbolo de la luz ligado a la persona de Jesús, hoy podemos  entender mejor que esa luz es el don de la plenitud de vida. La luz proviene de la vida vivida a rebosar, y no al revés, como si la vida requiriera ser iluminada desde fuera (de la Ley, por ejemplo, como dijimos que creían los rabinos del Antiguo Testamento). Cuando dice el Prólogo que en la Palabra, (el Verbo, o el Logos) estaba la vida y vida que era luz, nos está marcando un enfoque para la vida cristiana.  Está afirmando que lo que, desde nuestra perspectiva de fe, es el gran “Proyecto” de Dios (el término griego logos, tiene el doble significado de palabra y proyecto), no es, ni más ni menos, el que todos los humanos y humanas alcancemos la condición humano - divina. Ese es el término final que completa la obra creadora. Por eso, ya para las primeras comunidades cristianas el Dios, padre de Jesucristo, en quien confiaban no era un Dios legislador, castigador y dador de premios, sino el Dios que quiere que tengamos vida y en tal abundancia que sea, verdaderamente, una participación en la vida divina.  Un dios legislador estaría todo el tiempo celoso de su ordenamiento jurídico, vigilando el cumplimiento de su voluntad impuesta. El Dios creador y dador de vida, en cambio, apoya e impulsa para que el ser humano muestre su vitalidad iluminadora, con su capacidad creativa, que supone el ejercicio de la plena libertad. No hay que esforzarse mucho para darnos cuenta de que aquí se escinden dos formas prácticamente antagónicas de entender el mensaje evangélico.
  4. Con esta perspectiva que se nos presenta, no por casualidad, en la fiesta del nacimiento de Jesús, podremos leer a lo largo del año, todos los relatos de predicaciones, milagros, curaciones, la búsqueda de justicia  para los pobres y los excluidos… como muestra constante de su ejercicio del proyecto de Dios de dar esa vida plena humano divina (qué conveniente sería que quienes hoy día se auto proponen como “defensores pro vida”, releyeran todo el evangelio desde esta óptica de Juan donde la vida plena no queda reducida a la de los no nacidos).
  5. También de esta manera de presentar Juan la Buena Noticia se deriva el reconocimiento de que lo sublime de Jesús, de su misión y ejemplo, no es la calidad extraordinaria de sus enseñanzas, sino la de sus acciones. Las obras que él realiza, y no la ortodoxia doctrinal, son las que atestiguan que es el Padre el que lo ha enviado (Jn 5: 36). No hay el menor resquicio para un reduccionismo intelectualista del Evangelio.
  6. Permítaseme concluir esta breve reflexión (breve en comparación con la riqueza de este prólogo de Juan), con una cita de destacados estudiosos bíblicos: “Toda la obra de Jesús en el evangelio consistirá en capacitar al hombre, por el don de la vida-amor, para que pueda realizar en sí mismo el proyecto de Dios, la semejanza con el Padre.” Precisamente porque esta es la finalidad de la vida cristiana, no debe sorprender que Jesús les dijera a los discípulos: “El que cree en mí hará también las obras que yo hago, y aún mayores” (Jn 14:12). Nada más alejado de prácticas religiosas, pseudocristianas, que fomentan un sentimiento de inferioridad y de infantil dependencia, sobre todo, en el laicado.Ω
  7. 25 de Diciembre: mantengamos las tradiciones sencillas y alegres, enzarzadas con las necesidades cotidianas de fiesta y descanso, con que se celebra el nacimiento de Jesús, pero vamos más allá a recuperar para esta fecha la celebración de nuestro propio nacimiento a esa vida nueva que nos revela la Buena Noticia del evangelio de Juan.Ω

24 diciembre, 2017

4º domingo de adviento: Quiénes son la madre y hermanos de Jesús

Lect.: I Samuel 7:1-5, 8-12, 14, 16; Romanos 16:25-27; Lucas 1:26-38



  1. Si el protagonista del texto evangélico el domingo pasado era el Bautista, hoy lo es María, la madre de Jesús. Y probablemente el rasgo que más la define está expresado en su frase, “he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según su palabra”. Pero quedemos claros, al presentarse como “esclava del Señor” evoca no una actitud servil y de subestima sino la de la absoluta entrega a la vida de Dios que la habita y la realiza plenamente. Por eso Lucas, en este texto de hoy no se queda en el hecho biológico de la maternidad de María sino que, a partir de esta, se fija en el simbolismo espiritual profundo de esa maternidad, tal como lo pone en labios del propio Jesús, unos capítulos más adelante, cuando dice: “Mi madre y mis hermanos son aquellos que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica” (Lc 8, 19-21). Es por esta total disponibilidad de María para realizar en su vida el plan de Dios que Lucas la llama “la llena de gracia”, la que ha la que ha recibido todo el favor de Dios, y por lo que podemos verla, comola presenta el mismo evangelio, como un modelo al que ha de ajustarse la  condición del verdadero discípulo de Cristo”. (Lc 8,19-21; 11,27-28; Hech 1: 14). Esto queda expresado también en el pasaje en el que en una ocasión en la que Jesús enseñaba a las gentes, una mujer sencilla de pueblo, le grita un piropo diciendo, “—¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron!” Pero él repuso: ¡Dichosos, más bien, los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica!” no es el hecho biológico de la maternidad, sino vivir su simbolismo espiritual lo que hace de María y de cada uno de nosotros “llenos de gracia”.
  2. Si el domingo pasado el Bautista presentaba a Jesús como la luz, desconcertando a aquel auditorio judío, por considerar Juan que la luz de Dios brilla no en dogmas y doctrinas, sino en la vida de la persona humana, en especial en la de Jesús y en la de quienes viven el mismo compromiso de vida de Jesús, detrás de la figura de María en el pasaje de hoy y en los otros referidos a él que hemos citado, Lucas nos desconcierta también a nosotros, al definir nuestra identidad humana plena considerándonos a cada uno de nosotros como madre y hermanos de Jesús, en la medida en que en nuestra propia vida concebimos, damos a luz, la palabra de Dios y la ponemos en práctica.  Suena raro, pero puede decirse con el evangelio, que somos madre y hermanos del Verbo, de la Palabra de Dios, en la medida en que el Padre lo engendra en nuestra vida, cuando somos coherentes con la dinámica de su generosidad y misericordia. El Verbo se hace carne en nosotros, con nuestra disponibilidad como la de María, para hacer real en cada uno de nosotros, el objetivo divino de salvación, de liberación, de realización plenamente humana.
  3. Esta disponibilidad es la que puede cambiar nuestra sociedad, nuestro mundo. Es la luz que brillando en nuestra vida puede derrotar a las tinieblas de las ideologías políticas y económicas que, a menudo solapadas tras un lenguaje pseudo religioso, coartan la libertad humanaΩ.


18 diciembre, 2017

3er domingo de Adviento: Testigos de la luz

Lect.: Isaías 61:1-2, 10-11; Lucas 1:46-50, 53-54; I Tesal 5:16-24; Juan 1:6-8, 19-28

  1. Ayer se realizó, una vez más, en nuestra capital el “festival de la luz” que, como otros años, atrajo a miles de personas, especialmente a niños y niñas. Es muy apropiado que este evento tenga lugar cada año en las vísperas de la Navidad. Forma parte ya de la tradicional costumbre de llenar con luces esta fiesta cristiana del nacimiento de Jesús de Nazaret. Empezamos con las velas de la corona de adviento que vamos encendiendo progresivamente semana a semana. Luces en el gran árbol frente al hospital de niños, en los más pequeños árboles de nuestras casas, en  nuestros portales, en las calles, en fin en todas partes, el brillo de la luz lo asociamos casi inconscientemente con la época navideña. Es un  gran símbolo que nos presenta también hoy el relato evangélico. El protagonista  de este pasaje es Juan el Bautista y, por eso, es muy significativo escuchar cómo lo presenta el evangelista. Simplemente dice dos cosas: que fue “un hombre enviado por Dios” y que vino “para dar testimonio de la luz”. Es esta segunda afirmación, “dar testimonio de la luz”,  la que nos va a abrir todo un extenso panorama en el que podemos redescubrir y profundizar la manera cristiana de ver la realidad. Pero para entender todo el alcance de esta frase hay que irse unos versículos atrás, en el prólogo de este evangelio. Ahí el autor empieza a sorprendernos. Nos dice que en la Palabra creadora de Dios estaba la vida y que la vida era la luz de los hombres. No dice que la luz de la verdad lleve a la vida, sino que para los humanos la única luz - verdad es el resplandor de la vida.
  2. Para el Antiguo Testamento y en el ambiente judío, el término «luz» era uno de los modos ordinarios de designar la Ley de Moisés. La Ley como luz era la norma que guiaba la conducta del ser humano. Los salmos y los libros sapienciales hablan de la Ley como de una lámpara, de los mandamientos como de una iluminación para el pueblo. Pero, de repente el evangelista Juan da un giro a esa interpretación desde el comienzo de su evangelio, —que leeremos el día de Navidad—, al hablar, primero, de la vida como fuente de luz y, luego al presentar al Bautista como “testimonio de la luz”.  ¿en qué consiste este giro, este cambio de interpretación de lo que simboliza la luz? Parece un cambio de palabras insignificante pero no lo es. En boca del Bautista, la luz, —de la que él viene a dar testimonio— no es una ley, no son mandamientos, no es una doctrina, la luz primero es la vida, y enseguida, la vida plena de una persona. Es alguien que viene detrás de él, a quien no conocen las autoridades religiosas judías, a quien no es digno de atarle los cordones de las sandalias. Se refiere, obviamente, en el contexto del evangelio, a Jesús de Nazaret.  Todo el evangelio de Juan mostrará después la vida de Jesús, todas sus acciones y palabras, como la luz que puede iluminar, sanar y dar vida a todos. Es una vida que, según la lectura de Isaías hoy, es guiada por el Espíritu que lo ha ha ungido para anunciar la buena nueva a los pobres y le ha enviado a vendar los corazones rotos; a pregonar a los cautivos la liberación, y a los reclusos la libertad;
  3. a pregonar año de gracia de Yahveh.” Este tipo de vida es lo que podemos considerar vida humana plena, capaz de iluminar.  Si asimilamos este cambio de visión y de énfasis, podremos cambiar muchas de las actitudes que, a menudo, están distorsionando nuestra práctica cristiana.  [Por ejemplo, con demasiada frecuencia escuchamos a personas que buscando orientación para su vida le preguntan al sacerdote: ¿se puede hacer esto o lo otro? ¿qué es lo que está permitido en la Iglesia en vida familiar, en relaciones sexuales o en relaciones de negocios? ¿qué han mandado los obispos sobre las guías de formación sexual que se utilizan en nuestros programas educativos?   ¿está permitido ver tal tipo de películas o leer libros de tales autores?  Preguntas como éstas  eran mucho más comunes en tiempos en los que yo me criaba, pero pienso que todavía marcan la vida de muchas personas.] Sin darse cuenta, queriendo vivir bien su vida cristiana, con un enfoque legalista, centrado en mandamientos y prohibiciones, nos apartamos del camino del evangelio.  Porque la luz de Dios, según lo entendieron ya las primeras comunidades joaninas no proviene de la Ley, de reglas, de prohibiciones o de mandamientos externos. La iluminación nos viene en general, de la vida misma; en particular, de la persona y de la vida de Jesús de Nazaret y se nos sigue transmitiendo a través del modo de vida de quienes han hecho suyo el modo de vida del Jesús del evangelio. Es una luz que se transparenta en nuestras vidas porque se encuentra necesariamente en nuestro interior, por el anhelo de plenitud que nos mueve a todos desde que nos configuró así el proyecto divino, según el cual hemos sido creados.
  4. Lo ilustra el caso de María la madre de Jesús, tal y como se refleja en su canto, el “Magnificat”, que recitamos en el salmo responsorial de hoy, donde ella alaba la misericordia de  Dios porque “a los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada”. Lo ilustra también la luz que encontramos en el comportamiento de quienes, al igual que Jesús, practican el servicio a hermanos y hermanas, la solidaridad con los necesitados y la lucha contra la injusticia por defender a los que sufren las consecuencias de la pobreza y la desigualdad. La luz brilla, en fin,  en aquellos que construyen puentes y no muros, lazos y no condenas.
  5. Pero el texto evangélico (Jn 1: 4 - 5) deja claro que no es una tarea que carezca de costos. La luz debe brillar en las tinieblas pero éstas no perciben la luz ni la reciben. El relato mismo de cómo fariseos, sacerdotes y clérigos, investigan y tratan de acorralar a Juan el Bautista, muestra cómo las tinieblas reaccionan con violencia cuando se encuentran ante la luz verdadera que los ciega. Cuando se encuentren más tarde frente a Jesús llegarán al punto de condenarle y asesinarle, a propuesta del Sumo Sacerdote. Como lo califican estudiosos bíblicos, la tiniebla es una manera simbólica de designar en realidad la ideología de todo sistema de poder, político, económico o religioso,  que se opone a que hombres y mujeres realicemos en nosotros mismos el proyecto creador, de alcanzar libremente la plenitud de vida. Bajo el ropaje de supuestos defensores de la verdad, defienden doctrinas y leyes, pero no la luz que proviene de la vida plena. El caso de las autoridades judías contra el Bautista y contra Jesús, solo es un caso particular que había absolutizado la Ley de Moisés, instrumentalizado el culto para explotar a las clases populares y utilizado un Templo que, como el mismo Jesús había dicho, habían profanado convirtiéndolo en cueva de ladrones.
  6. Pero las tinieblas no pueden extinguir la luz. Carecen de consistencia. El Papa Francisco, que está cumpliendo hoy 81 años, es un buen ejemplo esperanzador de lo que significa que una persona, y no una ley o una doctrina, sea fuente de luz. Pese a todas las oposiciones y críticas desde dentro de la misma jerarquía católica, Francisco nos ha hecho sentirnos cercanos a la Buena Noticia de Jesús. De él podemos decir, como del Bautista, que ha venido para ser testimonio de la luz. Por eso nosotros también podemos confiadamente reafirmar nuestro compromiso en esta eucaristía para ser “testigos de la luz” que ayuden a disipar las tinieblas de las ideologías de quienes ostentan un mal utilizado poder religioso político.Ω 


10 diciembre, 2017

2º domingo de Adviento: Entre la espera activa de un mundo nuevo y la nostalgia de viejos privilegios

Lect.: Isaías 40:1-5, 9-11; Salmo 85:9-14; II Pedro 3:8-14; Marcos 1:1-8

  1. El texto de Marcos de hoy, ya en los tres primeros versículos comunica tres mensajes breves con implicaciones impactantes. El primer versículo que dice, “PRINCIPIO DE LA BUENA NOTICIA DE JESUCRISTO HIJO DE DIOS”, es, como lo comentan la mayoría de los estudiosos, el título del libro. Lo que quiere decir que todo ese libro que conocemos como el “evangelio de Marcos”, con todos sus relatos de predicación, curaciones, e incluso la pasión y muerte de Jesús, todo ello no es más que el comienzo de la Buena Noticia, cuya realización no se termina con la última página del libro, sino que ahí apenas comienza y continúa realizándose  en la vida de los discípulos, los de entonces y en nosotros los que descubrimos esa Buena Noticia veintiún siglos después.
  2. El segundo mensaje ya se adentra en el contenido de esa Noticia. Desde Juan el Bautista en adelante hay mensajeros preparando el camino del Señor. Y la expresión “el camino”, al ser referida al desierto, está evocando claramente dos cosas. Por una parte, al camino del éxodo, de salida de la prisión en Egipto, hacia la libertad. La profecía de Isaías anuncia un nuevo éxodo, una nueva salida, de otras formas de opresión y aprisionamiento que se presentan a lo largo de la historia y en las que ha caído el pueblo. Por otra parte, la imagen del desierto simboliza la actitud de desapego, la renuncia a comodidades rutinarias, el desprendimiento de intereses mezquinos individuales y de grupo, para caminar hacia una realidad nueva en la que todo el pueblo, católicos y no católicos, creyentes y no creyentes sean plenamente libres.
  3. El tercer mensaje es la invitación a preparar, y prepararse por tanto, para emprender ese camino nuevo. Se trata de una preparación que podrán realizar con lo que indica el versículo 6, la inmersión en el Espíritu Santo, —lo que llama “bautizo”— , que se la va a proporcionar aquel que es el más fuerte.
  4. Cuando, en este segundo domingo de adviento, escuchamos este anuncio del inicio de la Buena Noticia, no estamos, pues, escuchando una mera referencia al pasado. Cierto, es un acontecimiento que inició con Jesús, pero que continúa con nosotros. Es a través de nuestra manos, nuestro cerebro, nuestros trabajos de mutuo apoyo, consuelo, curaciones,… como se va haciendo realidad hoy mismo el avance en ese camino hacia una sociedad de libertad y justicia, de fraternidad y  amor para todos por igual. Pero, podemos todavía preguntarnos, ¿cuándo va a llegar esto? Cuando hablamos de que el adviento nos invita y motiva a la espera de ese mundo nuevo —“esperamos, según nos lo tiene prometido, nuevos cielos y nueva tierra, en los que habite la justicia—, dice san Pedro en la segunda lectura de la liturgia de hoy—,  debemos estar claros de que no se trata de una  espera pasiva, estática, como la del que está aburrido, sentado en una sala de espera del Seguro o de un Banco, “esperando” que le llegue el número de la ficha. La “espera” nuestra, la que alienta este período de Adviento, es una esperanza activa de quien cobra conciencia de que es a través de nosotros mismos, de nuestra acción comprometida, que continúa haciéndose real la Buena Noticia de Jesucristo, la Buena Noticia del Reino de Dios que nos exige una nueva forma de relaciones entre nosotros y con nuestro entorno natural.
  5. Sin embargo, hay que estar alerta, vigilantes porque, ante un panorama tan esperanzador pero también tan exigente, la comunidad de los discípulos de Cristo, las iglesias actuales, también en Costa Rica, estamos sometidos a fuertes tentaciones que nos empujan a no emprender ese nuevo camino hacia una sociedad nueva. La tentación peor y frecuente que nos puede acechar,  es parecida a la sintieron los judíos en el desierto: echar de menos los viejos tiempos en Egipto, cuando a pesar de ser un pueblo prisionero, gozaban de seguridades y reconocimientos, de comida y vivienda aseguradas.  Es elocuente la lamentación del pueblo peregrinando en el desierto, que reproduce el libro de los Números: ¡Cómo recordamos los pescados que comíamos gratis en Egipto, y los pepinos, los melones, los puerros, las cebollas y los ajos!”, (Números 11:5). Ante las seguridades y comodidades de décadas atrás, sobre todo en el caso costarricense a partir del hecho de ser —la católica— una Iglesia reconocida constitucionalmente como “iglesia (o religión) oficial”, los cristianos corremos el riesgo de dejarnos arrastrar  por “La turba de los advenedizos que se habían mezclado con el pueblo” (como los llama también el libro de los Números  11: 4), quienes, desde intereses más o menos oscuros, solapados, desean utilizar la autoridad moral de la Iglesia para instrumentalizarla en función de sus objetivos. Así intentan crearnos la nostalgia de privilegios políticos, de gozar de poder en el ámbito legislativo, en la educación y en los medios públicos, traicionando el llamado a escuchar y proclamar la palabra de Dios en el desierto del desapego y  de la sencillez, simbolizado en el testimonio del Bautista. Quieren, —vestidos con piel de oveja—, desviarnos así del único camino de Jesús quien no vino a ser servido sino a servir. Pero solo este camino nos permitirá colaborar en la construcción de una Costa Rica más plenamente humana.Ω

03 diciembre, 2017

1er domingo de Adviento: para vivir con esperanza

1er domingo de adviento
Lect.:  Isaías 63:16-17, 19; 64:2-7 ; I Corintios 1:3-9; Marcos 13:33-37


  1. El texto del evangelio de Marcos que leemos hoy en la liturgia, está escrito para unas comunidades cristianas que se veían interpeladas por situaciones muy duras. No solo los conflictos con sectores judíos. Aunque las comunidades propiamente ligadas al evangelio de Marcos, se encontraban en Roma, también mantenían relación con las de Palestina y por el origen de muchos de ellos, los afectaban las noticias sobre las amenazas de guerra y de invasión de los romanos a Jerusalén. Podían caer en la tentación de creer que esas catástrofes eran anuncio del fin del mundo. Para superar esa tentación y esos miedos el evangelista escribe este capítulo 13, del que es  parte el pasaje de hoy.  Este capítulo es llamado hoy día “el pequeño apocalipsis de Marcos”, porque “Apocalipsis” significa “revelación, descubrimiento” y en estos párrafos el autor, utilizando ese estilo literario “apocalíptico” ayuda a descubrir e interpretar el sentido del tiempo presente que estaban viviendo.  Marcos mira los acontecimientos que estaban afectando a su comunidad, y los  interpreta a la luz de lo que él sí considera el final de los tiempos: el nacimiento, vida, muerte y resurrección de Cristo. Está convencido de que con la venida de Dios en Jesús de Nazaret, con su nacimiento en Belén, con la cruz y la resurrección, no hay nada que temer, porque se había inaugurado un tiempo nuevo que cambia el sentido de los acontecimientos. Por eso para el evangelista, esas guerras y catástrofes no representan un final trágico de la historia. Hay una nueva dirección posible para la historia que empieza con Jesús. Ya no hay que pensar en un final de destrucción, sino en otro tipo de final que, desde su fe,  ya tuvo lugar, no un final del mundo material sino del tiempo, de la dirección que llevaba la historia humana. Ahora, la Buena Noticia del Reino, anuncia el final de interpretaciones pesimistas del destino de la humanidad, y es comienzo de una vida nueva, plena, en el Dios manifestado en Cristo. La etapa que se inaugura, además, es la de la misión de los cristianos y cristianas anunciando esa Buena Noticia a todos los pueblos. Solamente con esto, se puede ver, en la perspectiva de Marcos, el sinsentido de los profetas de desgracias, los “falsos profetas” que se empeñan en presentar, con un ropaje religioso, un futuro amenazador por parte de un Dios que pareciera arrepentido de su creación. El horizonte de Marcos es un horizonte luminoso.
  2. Esta mañana, el Papa Francisco, en su reflexión acostumbrada a la hora del Angelus, aclaraba lo que significa el Adviento, período litúrgico que empezamos hoy, explicando que “es el tiempo que se nos da para acoger al Señor que viene a nuestro encuentro, también para verificar nuestro deseo de Dios, para mirar hacia adelante y prepararnos para el regreso de Cristo.”  También es esta una visión que configura un horizonte luminoso, donde el énfasis se pone en las continuas oportunidades de encontrarnos con Dios en nuestra vida ordinaria.
  3. Ya estamos, pues, según la revelación de Marcos, viviendo en los últimos tiempos nuevos de la humanidad, en los que el reino de Dios se ha manifestado como una experiencia  de relaciones transformadas con los hermanos y con el Padre, tal y como las vivió Jesús de Nazaret.  Por eso tiene mucho sentido el llamado de Francisco a tomar este período del año, anterior a Navidad, para prepararnos a acoger al Señor que sale a nuestro encuentro en los acontecimientos que nos toca vivir y en las personas que nos rodean.  En esta fecha Marcos y Francisco nos llaman a estar atentos, vigilantes, capaces de descubrir esos espacios y momentos de encuentro con Dios. Hace un par de domingos, hablamos desde aquí mismo indicando que un tema clave para la espiritualidad evangélica, es el tema de la vigilancia. “En los evangelios y en las cartas de Pablo, —decíamos— a veces se usa el término vigilar y, a veces, estar en vela, o estar despierto. Sea cual sea la palabra de entonces, se refiere a un tema central, básico para vivir la vida cristiana, que hoy podríamos enunciar como: “la actitud de vivir con plena conciencia cada momento de nuestra vida, no vivir superficialmente, dejando que los acontecimientos nos caigan encima o nos pasen por delante.” Es la actitud básica que nos permite descubrir nuestra vida ordinaria, por decirlo así “preñada” de la presencia de Dios, en la medida en que descubrimos nuestra propia identidad, porque “en ese encuentro en el que nos encontramos con Dios, fuente de nuestro ser, llegamos también a conocer nuestra verdadera identidad y misión en este mundo, lo que somos realmente a los ojos de Dios”.  Esta perspectiva cristiana coincide, por cierto, con otras grandes tradiciones espirituales. En los próximos domingos los textos litúrgicos nos ayudarán a prepararnos para realizar ese descubrimiento o para fortalecerlo, si es que ya lo hemos alcanzado.Ω