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2º domingo de Adviento: Entre la espera activa de un mundo nuevo y la nostalgia de viejos privilegios

Lect.: Isaías 40:1-5, 9-11; Salmo 85:9-14; II Pedro 3:8-14; Marcos 1:1-8

  1. El texto de Marcos de hoy, ya en los tres primeros versículos comunica tres mensajes breves con implicaciones impactantes. El primer versículo que dice, “PRINCIPIO DE LA BUENA NOTICIA DE JESUCRISTO HIJO DE DIOS”, es, como lo comentan la mayoría de los estudiosos, el título del libro. Lo que quiere decir que todo ese libro que conocemos como el “evangelio de Marcos”, con todos sus relatos de predicación, curaciones, e incluso la pasión y muerte de Jesús, todo ello no es más que el comienzo de la Buena Noticia, cuya realización no se termina con la última página del libro, sino que ahí apenas comienza y continúa realizándose  en la vida de los discípulos, los de entonces y en nosotros los que descubrimos esa Buena Noticia veintiún siglos después.
  2. El segundo mensaje ya se adentra en el contenido de esa Noticia. Desde Juan el Bautista en adelante hay mensajeros preparando el camino del Señor. Y la expresión “el camino”, al ser referida al desierto, está evocando claramente dos cosas. Por una parte, al camino del éxodo, de salida de la prisión en Egipto, hacia la libertad. La profecía de Isaías anuncia un nuevo éxodo, una nueva salida, de otras formas de opresión y aprisionamiento que se presentan a lo largo de la historia y en las que ha caído el pueblo. Por otra parte, la imagen del desierto simboliza la actitud de desapego, la renuncia a comodidades rutinarias, el desprendimiento de intereses mezquinos individuales y de grupo, para caminar hacia una realidad nueva en la que todo el pueblo, católicos y no católicos, creyentes y no creyentes sean plenamente libres.
  3. El tercer mensaje es la invitación a preparar, y prepararse por tanto, para emprender ese camino nuevo. Se trata de una preparación que podrán realizar con lo que indica el versículo 6, la inmersión en el Espíritu Santo, —lo que llama “bautizo”— , que se la va a proporcionar aquel que es el más fuerte.
  4. Cuando, en este segundo domingo de adviento, escuchamos este anuncio del inicio de la Buena Noticia, no estamos, pues, escuchando una mera referencia al pasado. Cierto, es un acontecimiento que inició con Jesús, pero que continúa con nosotros. Es a través de nuestra manos, nuestro cerebro, nuestros trabajos de mutuo apoyo, consuelo, curaciones,… como se va haciendo realidad hoy mismo el avance en ese camino hacia una sociedad de libertad y justicia, de fraternidad y  amor para todos por igual. Pero, podemos todavía preguntarnos, ¿cuándo va a llegar esto? Cuando hablamos de que el adviento nos invita y motiva a la espera de ese mundo nuevo —“esperamos, según nos lo tiene prometido, nuevos cielos y nueva tierra, en los que habite la justicia—, dice san Pedro en la segunda lectura de la liturgia de hoy—,  debemos estar claros de que no se trata de una  espera pasiva, estática, como la del que está aburrido, sentado en una sala de espera del Seguro o de un Banco, “esperando” que le llegue el número de la ficha. La “espera” nuestra, la que alienta este período de Adviento, es una esperanza activa de quien cobra conciencia de que es a través de nosotros mismos, de nuestra acción comprometida, que continúa haciéndose real la Buena Noticia de Jesucristo, la Buena Noticia del Reino de Dios que nos exige una nueva forma de relaciones entre nosotros y con nuestro entorno natural.
  5. Sin embargo, hay que estar alerta, vigilantes porque, ante un panorama tan esperanzador pero también tan exigente, la comunidad de los discípulos de Cristo, las iglesias actuales, también en Costa Rica, estamos sometidos a fuertes tentaciones que nos empujan a no emprender ese nuevo camino hacia una sociedad nueva. La tentación peor y frecuente que nos puede acechar,  es parecida a la sintieron los judíos en el desierto: echar de menos los viejos tiempos en Egipto, cuando a pesar de ser un pueblo prisionero, gozaban de seguridades y reconocimientos, de comida y vivienda aseguradas.  Es elocuente la lamentación del pueblo peregrinando en el desierto, que reproduce el libro de los Números: ¡Cómo recordamos los pescados que comíamos gratis en Egipto, y los pepinos, los melones, los puerros, las cebollas y los ajos!”, (Números 11:5). Ante las seguridades y comodidades de décadas atrás, sobre todo en el caso costarricense a partir del hecho de ser —la católica— una Iglesia reconocida constitucionalmente como “iglesia (o religión) oficial”, los cristianos corremos el riesgo de dejarnos arrastrar  por “La turba de los advenedizos que se habían mezclado con el pueblo” (como los llama también el libro de los Números  11: 4), quienes, desde intereses más o menos oscuros, solapados, desean utilizar la autoridad moral de la Iglesia para instrumentalizarla en función de sus objetivos. Así intentan crearnos la nostalgia de privilegios políticos, de gozar de poder en el ámbito legislativo, en la educación y en los medios públicos, traicionando el llamado a escuchar y proclamar la palabra de Dios en el desierto del desapego y  de la sencillez, simbolizado en el testimonio del Bautista. Quieren, —vestidos con piel de oveja—, desviarnos así del único camino de Jesús quien no vino a ser servido sino a servir. Pero solo este camino nos permitirá colaborar en la construcción de una Costa Rica más plenamente humana.Ω

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