29 noviembre, 2015

1er domingo de adviento

Lect.: Jer 33, 14-16; I Tes 3, 12-4, 2; Lc 21, 25-28. 34-36

  1. El clima, el espíritu festivo, las ganas de salir a vacaciones, de comer tamales,… todo nos habla del final de un ciclo y del comienzo de otro. El calendario civil nos anuncia que queda un mes para iniciar el 2016, mientras que el calendario de la iglesia nos hace un adelanto diciéndonos que hoy empieza un nuevo año en la liturgia, con un período de casi cuatro semanas de preparación de la Navidad. La tradición lo llama “tiempo de adviento”, es decir de la “venida”,  haciendo referencia a la venida de Jesús que conmemoramos el 25 de diciembre. Pero más allá de esa fecha particular, es preparación a la permanente venida del Dios hecho hombre en la historia de nuestro mundo.
  2. Una hermosa tradición nos lleva a los cristianos a poner en una corona con ramas de plantas y árboles, 4 velas que vamos encendiendo, progresivamente, una cada domingo antes de navidad, como símbolo de que estamos dispuestos a dejar que la luz del Hijo del Hombre nos invada cada vez más al reconocer su presencia en medio de nosotros. Esa luz es la que nos libera de todo miedo, de toda cobardía, y que nos permite vivir con esperanza aun en medio de los mayores problemas y sufrimientos. Esa luz nos permite descubrir que el nacimiento del hijo del hombre no elimina estos problemas y males, sino que nos capacita para renacer nosotros mismos y construir una vida nueva no importa en medio de cuales circunstancias nos encontremos.
  3. Por eso, el texto del evangelio de Lucas nos habla de un momento especialmente dramático en la historia del pueblo de Israel. Lo que podríamos llamar el “fin del mundo judío”. Hacia el año 70 de nuestra era, el ejército romano destruyó la ciudad de Jerusalén, incluyendo el Templo, símbolo de la presencia de Yavé - Dios, en medio del pueblo. Para los judíos de esa época, eso equivalía al final de su mundo. A partir de entonces y hasta 1948, Israel desaparecería de la geografía y de la historia como país. Semejante acontecimiento tenía que impactar también a las primeras comunidades cristianas, en gran parte de origen judío, y por eso no solo Lucas, sino los cuatro evangelistas, que escriben sus textos varios años después de esos hechos, ven la necesidad de transmitir a los discípulos de Jesús un mensaje de esperanza, ayudarles a descubrir que aun en situaciones extremas, de guerra y destrucción es posible siempre ver la presencia del Hijo del Hombre con gran poder y majestad. Esa presencia liberadora es la que permite a todos los que aceptamos escuchar la Buena Nueva, mantenernos erguidos, derechos y con la cabeza levantada, expresión de nuestra esperanza.
  4. También en nuestra época nos hace mucha falta a todos reavivar esa actitud de esperanza. El terrorismo y la guerra parecen dibujar un panorama muy desalentador a nivel mundial, al punto de temer un final de la sociedad contemporánea si la humanidad no rectifica el rumbo. Uno podría pensar que en Costa Rica no tenemos que preocuparnos, porque estamos muy lejos de conflictos armados como los que afectan a Siria, o a Palestina, o de golpes del terrorismo como en Francia, en Mali o en Túnez. Sin embargo las raíces de la violencia están ligadas a la desigualdad y a la pobreza y estas sí son problemas nuestros. Mantener la cabeza levantada, alimentar la esperanza en la presencia del Hijo del Hombre, no es creer que él nos va liberar milagrosamente de la violencia, sino que es confiar en que él  nos da la fuerza para enfrentar con valor y eliminar las amenazas a una convivencia fraterna y justa.Ω

22 noviembre, 2015

34º y último domingo t.o.: Cristo Rey

Lect. Daniel 7, 13-14; Apoc 1, 5-8; Jn 18, 33b-37 
  1. En una semana, entre el 13 y el 20 de este mes de noviembre, hemos conocido, a nivel internacional, dos ataques terroristas terribles, con cifras elevadas de muertos civiles inocentes. El primero, el que ha tenido más divulgación en los medios periodísticos, en París, con más de 120 muertos, y el segundo, apenas anteayer, —del que se ha informado poco relativamente, quizás por ser un país africano— en Bamako, capital de Mali, cobrando alrededor de 40 víctimas mortales. Siendo ambos ataques obra de extremistas islámicos, no es extraño que se diga que los atacantes los cometieron al grito de “¡Allah akbar!” “Dios es grande!” (en árabe), aunque ninguno de los dos grupos de terroristas sean auténticamente religiosos, pero sí saben manipular la religión. Una verdadera blasfemia, como dijo el Papa Francisco. Una blasfemia, sin embargo, que ha sido cometida también en otras culturas, en otras religiones, incluyendo el cristianismo, cada vez que se ha asesinado, torturado o atacado con violencia, abusando del nombre de Dios. Entre los cristianos no hace falta que remontarse a los tiempos de la Inquisición para reconocer hechos terribles similares. En la época moderna, por ejemplo, en la dictadura franquista, en España, aparte ya de la guerra que le dio origen, los llamados “Guerrilleros de Cristo Rey” cometían acciones violentas, incluyendo asesinatos, al grito de “¡Viva Cristo Rey!” Una verdadera blasfemia, conforme a los criterios del Papa Francisco.
  2. Es por eso que hay tener mucho cuidado al aplicar a Jesús de Nazaret el título de Cristo Rey, porque se ha prestado para interpretaciones políticas y militares, totalmente contrarias a las enseñanzas del evangelio. El diálogo que nos transmite hoy el texto del evangelista Juan no debería dejar a dudas: mientras que Pilato está pensando en términos de poder político, que eran los que él entendía, Jesús está pensando y actuando en términos de la creación de un ser humano nuevo, de una nueva manera de relacionarnos hombres y mujeres, en base al amor, la solidaridad, la fraternidad y la justicia. Por eso, cuando Pilato le pregunta a Jesús si es “rey” él se autodefine como “testigo de la verdad”. Con sus acciones y gestos, da testimonio de la verdad, de la autenticidad del ser humano, al vivir como hermano que tiene a Dios amor, como padre común, expresando misericordia y solidaridad con los excluidos.
  3. Jesús nunca se llamó a sí mismo “rey”, y cuando pretendieron proclamarlo como tal algunos fanáticos seguidores, salió huyendo de ellos. Jesús siempre de refirió a sí mismo como “hijo del Hombre”, que podemos interpretar hoy como ser humano pleno. Tampoco las primeras generaciones lo llamaron nunca rey, quizás por la confusión a que puede dar lugar ese título tan ligado al poder. No fue si no hasta 1925 cuando el Papa Pío XI le aplicó esa expresión a Jesús. Pero de lo que Jesús había hablado era del reino de Dios, esa forma nueva de convivir los seres humanos, regidos por la buena nueva de saberse hermanos e hijos de Dios.
  4. Ciertamente, cuando contemplamos con horror hechos de tanta violencia como los que hemos mencionado, o muchos más cometidos por la humanidad, tanto en Occidente como en Oriente, en el Norte como en el Sur, nos vemos interpelados seriamente. ¿Podremos derrotar esa violencia, ese terror de las guerras y la dominación, solo a base de la práctica del amor, de la amistad de relaciones justas? ¿Podemos, siquiera, empezar a nivel de nuestra vida familiar, de nuestras relaciones sociales, laborales y políticas erradicar la violencia a base del amor, la comprensión, la aceptación de la diversidad? Sabemos cuál fue la opción de Jesús de Nazaret. Y sabemos que terminó víctima de la violencia a la que se enfrentaba.  Ese es nuestro punto de referencia indiscutible. Confiamos en que el mismo Espíritu de Cristo nos de el valor y la coherencia para asumir la decisión correcta, como personas individuales y como Iglesia.Ω

15 noviembre, 2015

33º domingo t.o.

Lect.:   Dan 12, 1-3; Hebr 10, 11-14. 18; Mc 13, 24-32

  1. No se si la mayor parte de los que comparten esta reflexión dan seguimiento a las noticias internacionales. Quienes lo hacen estarán, sin duda, impactados y conmovidos por los ataques terroristas que golpearon la capital francesa este pasado viernes y que causaron más de 120 muertos, civiles, que se encontraban iniciando su diversión de fin de semana, en salas de fiestas o en bares, al margen de todo conflicto. Fueron víctimas inocentes de siete ataques terroristas que los asesinaron a sangre fría, sin que mediara ninguna razón personal, sino, probablemente, razones de venganza por las implicaciones del gobierno francés en la guerra en Siria contra extremistas islámicos.
  2.    Nos hemos horrorizado quizás porque esta tragedia en París nos suena más cercana que otras tragedias bélicas también con víctimas civiles, pero que vemos más distantes: Bagdad, Beirut, Afganistán, Nigeria, Palestina… Sin embargo, si seguimos las noticias internacionales (aunque hay que reconocer que los medios de prensa costarricenses son escasos en estas informaciones) nos daremos cuenta de que en  este momento, el planeta está inundado de sangre y destrucción de vidas humanas en, al menos, 13 países en los que tienen lugares guerras en gran escala, que superan cada una los 10.000 muertos al año, y más de otros veinte países afectados por los llamados “guerras o conflictos de menor escala”, porque contabilizan cifras menores. Y, sin duda, nos sorprenderá saber que vecinos más cercanos, como Colombia, en los años que lleva de conflicto alcanza más de 220.000 víctimas y México, sobrepasa las 350.000 en la llamada guerra del narcotráfico. En este último país, los desaparecidos suman cifras increíbles, entre los que todavía recordamos a los 43 estudiantes normalistas  que perdieron la vida hace más de un año, sin poder esclarecerse aun las circunstancias. Esta situación es la que el Papa Francisco llama “3ª guerra mundial por etapas”. París nos ayuda a cobrar conciencia de esta situación mundial.
  3. ¿Qué pensaría el evangelista Marcos si pudiera presenciar todo esto? En todo el capítulo 13 de su libro, del que acabamos de leer solo unos versículos, nos habla de guerras y de rumores de guerras, y de grandes angustias. Utiliza incluso símbolos de destrucción cósmica, como que “el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, y los astros se tambalearán.” Quiere hacernos pensar en situaciones críticas para la humanidad, sin duda, pero en el pequeño escenario en que le tocaba vivir, el fin del mundo estaba representado, en parte, apenas por la destrucción del Templo y de Jerusalén a manos de los romanos. Para los judíos entonces, eso equivalía al final de todas las cosas, pero ni comparación con lo que vivimos hoy día.
  4. Lo importante del mensaje no está en darnos una visión pesimista, de destrucción y de muerte. Más bien, detrás de todo ello está el deseo de alimentar nuestra esperanza, de hacernos ver que el Hijo del Hombre está presente incluso junto a los sufrimientos de los seres humanos, y que esta presencia de Jesús debe ser continua fuente de fortaleza para enfrentar y superar la cultura de muerte que brota en todas partes.
  5. La llamada de Mc, a estar alertas, tiene un doble sentido. A países como el nuestro, por una parte, es una llamada a estar vigilantes para eliminar los brotes de violencia, a todo nivel, (no solo en la inseguridad callejera, sino en las relaciones familiares y laborales…) en los que pueden incubarse conflictos mayores. Y estar alertas, vigilantes, al mismo tiempo, con los ojos de la fe abiertos para descubrir en qué comportamientos y situaciones la presencia del Hijo del Hombre hace crecer hoy el reino de Dios entre nosotros. Son estos comportamientos y situaciones los que estamos llamados a cultivar.Ω

08 noviembre, 2015

32º domingo t.o.

Lect.: I Reyes 17, 10-16; Hebreos 9, 24-28; Mc 12, 38-44

  1.    Este texto del evangelio de hoy es quizás el más elocuente de Mc para expresar a su comunidad y a nosotros cómo entiende él lo que es Jesús. Y lo hermoso y extraordinario es que para transmitirnos el retrato sintético que dibuja del Maestro utiliza lo inesperado: no la imagen de ningún líder o profeta del A.T., ni la comparación con ningún varón fuerte, sino la figura de una mujer, de una viuda pobre y generosa, capaz de entregar, desinteresadamente, todo lo que tiene para vivir; es decir, capaz de entregar su propia vida. Como lo han destacado algunos estudiosos del N.T. aquella mujercita sin importancia, “ninguneada” por quienes ni alzaban a verla, puede ser entendida como una “viuda mesiánica”, una “parábola viviente” de la vida y la muerte de Jesús, al destacar el rasgo de ser capaz de dar por otros no un diezmo, ni una porción de lo sobrante, sino la totalidad de su propia vida. Este es el gesto, para el evangelio, más profundamente religioso, más espiritual que se puede tener.
  2.    El mensaje de esta “parábola viviente” se hace más significativo aún, cuando vemos el contraste, establecido por el mismo Jesús, con los comportamientos de lo que llama “escribas” pero que, en el evangelio de Marcos, se refiere a quienes dentro de la naciente Iglesia.  ya han caído en la vieja tentación de buscar el poder sagrado para prestigio personal y dominio sobre el resto de la gente“Les encanta pasearse con amplio ropaje, —dice Marcos—, y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas, con pretexto de largos rezos”. Son quienes caen en la tentación de hacerse profesionales, funcionarios del culto, de las Escrituras, de la religión. El Papa Francisco, en su homilía de este domingo, los llama “trepadores”, “apegados al dinero”.  “En la Iglesia, dice el Papa, hay quienes, en lugar de servir, de pensar en los demás, se sirven de la Iglesia: Y cuántos sacerdotes, obispos hemos visto así. Es triste decirlo ¿no?” Por contraste, señala Francisco, la imagen de la viuda pobre, es signo de la “radicalidad del Evangelio, de la llamada de Jesucristo: a servir, a estar al servicio de, a no detenerse, ir más allá, olvidándose de sí mismos”. 
  3.     El Papa y el evangelista Marcos cuestionan fuertemente no solo a esos eclesiásticos de la Curia Romana, del Vaticano, que se resisten a las reformas emprendidas por el Papa, sino a todos los que desempeñamos alguna función litúrgica, de predicación u organizativa en la Iglesia. Pero es un cuestionamiento que, en realidad, debemos hacernos todos en todas partes, clérigos y laicos, porque todos estamos expuestos a esa tentación de hacer del comportamiento religioso solo una apariencia, una mentira, por lo tanto. 
  4.   Pero Francisco, en su misma homilía de hoy, nos da esperanza, nos habla de cristianas y cristianos que llevan décadas de una vida de servicio, algunos en un hospital de una zona pobre en África, otros, acompañando a un pueblo medio marginado en la Amazonia. Ellos son, como la viuda pobre, testimonio y signos de que también es posible para nosotros, ahí donde nos ha tocado desempeñarnos, irnos identificando con la vida de entrega de Jesús, dando cada uno las dos o tres moneditas que tenemos, y  que simbolizan lo que está a nuestro alcance hacer por una sociedad más comunitaria y justa.Ω

01 noviembre, 2015

Todos los santos

Lect. Apoc 7,2-4.9-14; I Juan 3,1-3; Mateo 5,1-12a


  1. 1.   En la época y en la zona mediterránea en que vivió Jesús de Nazaret, no se entendía la pobreza  solamente como padecer una limitación económica, de ingresos y posesión de bienes. Además de eso era, sobre todo, un problema cultural y social. Era una carencia de posición, de estima, de reputación. No solo carecer de recursos, sino de educación, salud, vestido elegante, buena vivienda. Pobre era, por tanto, un “don nadie”, que no había nacido en buena cuna, en una familia de alcurnia, de gente notable que sabía comportarse. Era, por eso, alguien que no podía codearse con la gente destacada, con los fariseos o los sacerdotes quienes, además de tener muchas posesiones, se presentaban como irreprochables, como supuestos santos, cumplidores de la ley, mientras los pobres ni siquiera tenían las capacidades para leer y estudiar la Ley, las Escrituras. Creo que en nuestra época ya hemos empezado a entender que esto es también en nuestro tiempo el drama de la pobreza, de la exclusión, de los descartables contemporáneos.
  2. 2.   Entendemos entonces que, cuando Jesús muestra cariño y preferencia por los pobres, cuando se acerca a ellos,  está expresando su preocupación por quienes por diversas razones son verdaderamente excluidos del bienestar y del aprecio de la sociedad. Y Jesús no acepta, rechaza ese tipo de sociedad donde, con la complicidad de la religión, la política y los económicamente poderosos, se mantienen esos mecanismos de exclusión. Sabemos que esta misma opción lo condujo a él al enfrentamiento con esos poderes que lo llevaron, primero a su propia exclusión de las reglas de convivencia social existentes y, al final, a la muerte.
  3. 3.   Cuando, en el texto de hoy, Jesús sube el monte con sus discípulos elegidos, quiere simbólicamente comenzar con ellos una nueva forma de convivencia. Al escoger a los Doce, está recordando las doce tribus con que Moisés empezó el pueblo de Israel y está expresando que empieza un nuevo Israel, una comunidad nueva mesiánica y estos Doce son convocados como testigos de que empieza un nuevo pueblo. Y con el símbolo de la subida a la montaña, en el texto de Mateo,  está expresando la separación que asume de todo lo que representaban los sacerdotes, la ley, el Templo, los escribas y levitas del modelo tradicional de aquella sociedad clasista. La nueva comunidad será proclamada por quienes son llamados a ser con Jesús, a vivir como él, con su misma opción pero que  también, por eso mismo, van a ser excluidos como Jesús y a poner en riesgo su vida como él. Esos son los que celebramos como “santos” en una fiesta como la del día de hoy, y no imágenes idealizadas de seres sobrehumanos.
  4.     El Sermón del Monte, las Bienaventuranzas, reflejan este espíritu, esta actitud permanente de consuelo, de misericordia, de disfrute de la tierra y de sus bienes para todos, que constituye el objetivo de la nueva comunidad de Jesús. Pero no hay que olvidar que también cuatro de las bienaventuranzas van a reflejar la suerte que correrán los discípulos que se identifiquen con él: van a ser pobres, van a perder bienes materiales, posición social y reputación, van a ser calumniados y perseguidos por seguir la causa del Reino, por querer construir una nueva sociedad fraterna, distinta de la que existe. Tengámoslo entonces bien claro: Aceptar el Evangelio significa aceptar el reto de construir esa nueva comunidad y, al mismo tiempo, por pretenderlo, el costo de ser rechazados por quienes  todavía hoy lucran de la injusticia y de la desigualdad y la pobreza. Solo el espíritu de Jesús puede darnos la fortaleza para aceptar este doble reto