01 noviembre, 2015

Todos los santos

Lect. Apoc 7,2-4.9-14; I Juan 3,1-3; Mateo 5,1-12a


  1. 1.   En la época y en la zona mediterránea en que vivió Jesús de Nazaret, no se entendía la pobreza  solamente como padecer una limitación económica, de ingresos y posesión de bienes. Además de eso era, sobre todo, un problema cultural y social. Era una carencia de posición, de estima, de reputación. No solo carecer de recursos, sino de educación, salud, vestido elegante, buena vivienda. Pobre era, por tanto, un “don nadie”, que no había nacido en buena cuna, en una familia de alcurnia, de gente notable que sabía comportarse. Era, por eso, alguien que no podía codearse con la gente destacada, con los fariseos o los sacerdotes quienes, además de tener muchas posesiones, se presentaban como irreprochables, como supuestos santos, cumplidores de la ley, mientras los pobres ni siquiera tenían las capacidades para leer y estudiar la Ley, las Escrituras. Creo que en nuestra época ya hemos empezado a entender que esto es también en nuestro tiempo el drama de la pobreza, de la exclusión, de los descartables contemporáneos.
  2. 2.   Entendemos entonces que, cuando Jesús muestra cariño y preferencia por los pobres, cuando se acerca a ellos,  está expresando su preocupación por quienes por diversas razones son verdaderamente excluidos del bienestar y del aprecio de la sociedad. Y Jesús no acepta, rechaza ese tipo de sociedad donde, con la complicidad de la religión, la política y los económicamente poderosos, se mantienen esos mecanismos de exclusión. Sabemos que esta misma opción lo condujo a él al enfrentamiento con esos poderes que lo llevaron, primero a su propia exclusión de las reglas de convivencia social existentes y, al final, a la muerte.
  3. 3.   Cuando, en el texto de hoy, Jesús sube el monte con sus discípulos elegidos, quiere simbólicamente comenzar con ellos una nueva forma de convivencia. Al escoger a los Doce, está recordando las doce tribus con que Moisés empezó el pueblo de Israel y está expresando que empieza un nuevo Israel, una comunidad nueva mesiánica y estos Doce son convocados como testigos de que empieza un nuevo pueblo. Y con el símbolo de la subida a la montaña, en el texto de Mateo,  está expresando la separación que asume de todo lo que representaban los sacerdotes, la ley, el Templo, los escribas y levitas del modelo tradicional de aquella sociedad clasista. La nueva comunidad será proclamada por quienes son llamados a ser con Jesús, a vivir como él, con su misma opción pero que  también, por eso mismo, van a ser excluidos como Jesús y a poner en riesgo su vida como él. Esos son los que celebramos como “santos” en una fiesta como la del día de hoy, y no imágenes idealizadas de seres sobrehumanos.
  4.     El Sermón del Monte, las Bienaventuranzas, reflejan este espíritu, esta actitud permanente de consuelo, de misericordia, de disfrute de la tierra y de sus bienes para todos, que constituye el objetivo de la nueva comunidad de Jesús. Pero no hay que olvidar que también cuatro de las bienaventuranzas van a reflejar la suerte que correrán los discípulos que se identifiquen con él: van a ser pobres, van a perder bienes materiales, posición social y reputación, van a ser calumniados y perseguidos por seguir la causa del Reino, por querer construir una nueva sociedad fraterna, distinta de la que existe. Tengámoslo entonces bien claro: Aceptar el Evangelio significa aceptar el reto de construir esa nueva comunidad y, al mismo tiempo, por pretenderlo, el costo de ser rechazados por quienes  todavía hoy lucran de la injusticia y de la desigualdad y la pobreza. Solo el espíritu de Jesús puede darnos la fortaleza para aceptar este doble reto

1 comentario:

  1. Excelente explicación. Pone en evidencia lo que predican algunas iglesias sobre la "opulencia" del cristiano. También, sin proponérselo, la explicación nos deja ver entre líneas el concepto de "liderazgo", en este caso, espiritual. Gracias. L. Ch.

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