30 abril, 2017

3er domingo de Pascua: experimentando una vida nueva "en el camino".

Lect.: Hechos 2:14, 22-33; I Pedro 1:17-21; Lucas 24:13-35

  1. Como hemos dicho alguna vez, Lucas es de origen sirio, —de ese pueblo tan sufrido en la actualidad— y está escribiendo, por tanto, para destinatarios de esa zona probablemente de origen pagano, es decir, no judío. Así, con sus catequesis trata de  introducirlos en la experiencia que pueden tener de una vida nueva a partir de la Buena Noticia. No era tarea fácil. Es probable que para los paganos de Siria que recibían la predicación de Lucas podía resultar una oferta más entre tantas que habían recibido de diversas culturas que habían ocupado su territorio por siglos. Pensemos que su origen se remonta al tercer milenio antes de Cristo y que ya en el siguiente milenio fue tierra de paso para los intereses de imperios que la invadieron (como que la historia tiende a repetirse hoy). Egipcios, sumerios, asirios, babilonios, hititas y persas les pasaron por encima. Y cuando Lucas establece su comunidad y escriben el relato evangélico y el libro de los Hechos, son ya provincia romana.  Es comprensible que cada uno de los ocupantes dejara fuertes huellas de sus respectivas tradiciones religiosas. Parecido a lo que le pasó a Pablo en Atenas, enfrentando una diversidad de creencias, nos podemos preguntar si Lucas se plantearía que el mejor recurso para anunciar al Resucitado sería el testimonio de discípulos que estaban “en el camino”, más que disertar teológicamente sobre el significado de la resurrección.
  2. El domingo pasado aclarábamos, —en ese momento reflexionando desde el evangelio de Juan—, que la experiencia del Viviente, de la vida nueva del resucitado los primeros discípulos la tienen, no por apariciones físicas, sino al redescubrir  que la resurrección es, en primer lugar, un evento de transformación de su propia vida y, por eso, el Viviente cuya resurrección no es un hecho físico, histórico en ese sentido, puede hacerse ahora presente en la vida cotidiana, y en la vida de otros, a través de la vida de los discípulos que la experimentaron. Estos pueden así ser sus testigos. En el tan conocido texto de hoy, de los discípulos del  camino de Emaús, es ahora Lucas quien a modo de un relato parabólico, dramatizado, complementa el mensaje del domingo pasado.
  3. Tal como lo repetirán los dos discípulos a los apóstoles reunidos, ellos experimentaron al Jesús viviente, “en el camino”. La frase no es accidental, no es meramente geográfica. Lucas describe toda la actividad de Jesús, como el recorrido de un camino. Su misión de salvación, de liberación para el pueblo es un camino, y ese camino es el que recorremos también quienes queremos ser  sus discípulos para identificarnos con él y en ese camino transformamos nuestra propia vida y lo experimentamos como el Resucitado Viviente en nosotros. Ese recurso de hablar del Cristo caminando en medio o junto a la gente, lo usó también el Antiguo Testamento para mostrar, con ayuda de símbolos, a Yavé, Dios,  caminando, por ejemplo, junto a Abrahán (ver los capítulos 16 y 18 del libro del Génesis). Y, curiosamente, es una imagen utilizada también en escritos griegos y chinos. Pero la imagen del camino, en Lucas resalta la idea de que ese Caminante les permite reconocer su presencia en ellos mismos como caminantes.
  4. Hay que subrayar, eso sí, que Lucas, aunque afirma esta presencia con gran fuerza, no idealiza las condiciones de este discipulado. Aún estando en el camino, los dos discípulos de Emaús al principio pueden incluso estar ciegos, incapaces de reconocer a Jesús con quien caminan, entre otras cosas porque él tiene un aspecto distinto del que se imaginan; no es la apariencia del Jesús histórico. Aún estando en el camino los discípulos pueden sentirse tristes y fracasados de sus propios esfuerzos, llegando a la duda de si realmente lo del Calvario no fue también un fracaso, un final de todas sus esperanzas. Con todo y todo, es en el camino, no hay otro, en este sentido simbólico de recorrer la misión de Jesús en cualquier parte y en toda actividad, que los discípulos lo experimentarán como Viviente. En el camino se encuentran con ese Alguien que a su vez vivió un camino en el cual cada momento fue un momento de plenitud.  Fue tan importante esta convicción para las primeras comunidades, y de tal manera expresiva de su vida, que inicialmente se les conoció y se les llamó “los seguidores del camino”. La lectura de las Escrituras y la fracción del pan, con todo y ser importantes, no serán sino medios de fortalecimiento para vencer dificultades y seguir “en el camino.”
  5. Hoy día, en nuestro siglo XXI, podríamos interpretar el mensaje diciendo que es el aspecto de la acción práctica de los cristianos, el que debemos priorizar como compromiso evangélico. El culto sacramental, en especial la participación eucarística, y el estudio y la formación en la Palabra de la Escritura son muy importantes, pero no son la máxima prioridad, ni lo que debe llenar toda nuestra vida religiosa y espiritual. Son importantes pero como elementos de recordatorio de lo que es el camino, y de fortalecimiento para continuar recorriéndolo. En la práctica de la Buena Nueva nos unimos con todos los que, aún con visiones diferentes, realizan una práctica semejante. La situación nacional e internacional sobre todo, hoy día es fuente de mucho desaliento.  Pareciera imposible luchar contra los grandes poderes que no solo establecen entre países conflictos que destruyen la paz y la justicia por lograr sus intereses bastardos. También esas rivalidades influyen y marcan nuestras vidas en espacios locales más pequeños. Pero del evangelio de Lucas, escrito precisamente en Siria, nos viene el ánimo: no es saliéndonos del camino como podremos contribuir al cambio, es manteniéndonos en esa práctica de una vida transformada como podremos experimentar la fuerza  transformadora del Viviente, aunque sea en pequeña escala,  de esta sociedad y de este mundo que se nos ha entregado para que lo administremos para el bien de todos.Ω




23 abril, 2017

2º domingo de Pascua: Experimentando al Viviente


Lect.: Hechos 2:42-47; I Pedro 1:3-9; Juan 20:19-31

  1. No solo los cristianos “de a pie”, también teólogos estudiosos bíblicos se han preguntado como nosotros ¿qué es lo que ha ocurrido entre la muerte de Jesús y el nacimiento de la comunidad cristiana, de seguidores activos y convencidos del Crucificado? Lo empezamos a sugerir el domingo de pascua: no se trataba de apariciones, sino de que, con éstas se quieren expresar experiencias espirituales fuertes de los discípulos. Son experiencias de transformación personal de cada uno de ellos, que los enlaza entrañablemente entre sí y con el Crucificado a quien ahora experimentan como el Viviente. De alguna manera lo redescubren a él al redescubrirse a sí mismos, al experimentar que las promesas de la Cena de despedida se hacen realidad,  participando de la vida del Eterno, del Espíritu que les da su capacidad de perdón y misericordia, que  acorta las distancias y sana las heridas que se habían producido en ellos tras los acontecimientos de la pasión y muerte, …
  2. Redescubren  que la resurrección es, en primer lugar, un evento de transformación de su propia vida y, por eso, el Viviente puede hacerse ahora presente en la vida cotidiana, y en la vida de otros. El acontecimiento mismo de la resurrección de Jesús, como entrada en otro nivel de existencia no es algo físico, sometido a las variables de espacio y tiempo y, en ese sentido, no es materia de conocimiento histórico. Pero son los discípulos transformados los que en su vida “lo introducen en la historia”, irradiando su paz, su alegría de vivir e incluso, un poco después, como lo narra de manera idealizada Lucas, en la primera lectura de hoy, integrando comunidades de verdad, de mutuo apoyo, marcando un estilo de vida de contraste con el dominante, incluso con la organización religiosa judía previa.
  3. Es esta apropiación de la vida de Jesús, no por creencia, sino por convicción la que va a hacer que la fe de la pascua enlace definitivamente a esas nuevas comunidades, luego llamadas “iglesia”, en una única realidad con el Viviente. Relatos como el de este domingo lo que hacen es empezar a narrar cómo van entendiendo lo que significa su ingreso en la vida plena y definitiva. No es sobre la base de una adscripción  a una institución, sino sobre la participación en una experiencia en el Espíritu, que pueden ahora, “de primera mano”, ir a proclamar como Buena Nueva que vale la pena experimentar.Ω

16 abril, 2017

Domingo de Pascua: dónde encontrar al Resucitado

Lect:  Hechos 10:34, 37-43:  Colosenses 3:1-4; Juan 20:1-9


  1. En cantos y en textos, proclamamos cada año en la Pascua, que Jesús resucitó. Hermoso y esperanzador, pero, ¿qué significado tienen para nosotros los relatos de la resurrección? En el espíritu de la lectura de Pablo que acabamos de escuchar, tenemos que estar claros que este acontecimiento de la resurrección no hace referencia solamente a algo que sucedió a Jesús, hace 21 siglos, y sobre el cual debemos reflexionar. Lo esencial es caer en la cuenta de que hay algo que nos dice de cada uno de nosotros mismos. Si la resurrección de Jesús es la resurrección del hijo del hombre, del ser humano pleno, es, por tanto, nuestra propia resurrección. Es un acontecimiento nuestro, algo que sucede en nosotros. En la perspectiva de Pablo no es algo que nos va a suceder, sino que ya ha sucedido o, al menos, que ya se ha iniciado. Lo proclamó hace un momento, la lectura de la Carta a los Colosenses: “si han resucitado con Cristo, busquen las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Aspiren a las cosas de arriba, no a las de la tierra. Porque han muerto, y su vida está oculta con Cristo en Dios.” Está clara la afirmación de Pablo: ya nosotros también hemos muerto y hemos resucitado, y nuestra vida está oculta en Dios. Pero, ¿qué significa esto? No deja de sonar raro decir que “ya hemos muerto” y “hemos resucitado”.
  2. Parte de la confusión nos viene por el fuerte peso de una tradición o mejor dicho, de una pre-comprensión que hemos heredado, quizás con intención piadosa, pero sin mucho análisis ni fundamento. Ciertamente, sin mucha preparación ni entrenamiento en la adecuada lectura bíblica. Uno de los rasgos de esa perspectiva es el de tomar la lectura de estos relatos  de una manera literalista, como si la intención de los autores fuera la de consignar una serie de hechos históricos, una especie de crónica objetiva de acontecimientos, —a falta de instrumentos de grabación de video y audio como los que disponemos hoy—. De esa manera se olvida que lo importante no son los relatos por sí solos sino su significación. Como lo dicen algunos estudiosos,  se pierde de vista que el énfasis principal es transmitir un mensaje y, por tanto, se cae en un error parecido al que cometeríamos si leyéramos las parábolas de Jesús discutiendo si los personajes de los relatos son reales, en vez de penetrar en el significado de la enseñanza. En esa manera de entender, no es extraño que, cuando se habla en varios de los evangelios del sepulcro vacío o de apariciones de Cristo resucitado, la primera impresión es de que se trata de manifestaciones físicas para confirmar la resurrección. No se piensa que, más bien, puede tratarse de experiencias espirituales personales de los apóstoles que, siendo tan trascendentes, les resulta difícil comunicarlas y ellos apenas aciertan a expresarlas con el lenguaje metafórico de una aparición.
  3. Por ese mismo error, quedándose en la mera lectura “física”, “materialista” de las afirmaciones, no se puede entender lo que dice Pablo en cuanto a que ya hemos muerto y resucitado, como tampoco se entiende los relatos en que se dice que “vieron” a Jesús o “lo tocaron”. En los seis o siete domingos próximos nos detendremos un poco más en los diversos episodios pascuales para tratar de ir hilando un mensaje de conjunto. Por lo pronto, y a manera de guía introductoria, es importante llamar la atención sobre una pista distinta que nos dan los relatos evangélicos, más importante y concreta, más comunitaria y menos subjetiva que las apariciones y que, sin embargo, casi siempre pasamos por alto. En el pasaje paralelo de Marcos (16: 6 -7) a la lectura de este domingo de Juan, leemos “Ustedes buscan a Jesús de Nazaret, el Crucificado. Ha resucitado, no está aquí. Miren el lugar donde lo habían puesto. Vayan ahora a decir a sus discípulos y a Pedro que él irá antes que ustedes a Galilea; allí lo verán, como él se lo había dicho.” Como un detalle sin importancia, el autor de este evangelio más antiguo, nos dice algo que nos permite adentrarnos en el misterio de la resurrección “dígales que vayan a Galilea, que ahí me verán”. ¿Qué quiere decir este encargo? Galilea fue la región donde Jesús empezó y desarrolló su actividad, como lo recuerda hoy Pedro en la lectura de Hechos . “Ir a Galilea” significa entonces, en un segundo nivel de interpretación, que vamos a encontrar al resucitado más bien en lo que fue el ambiente propio de la vida de Jesús en medio de aquellos pueblitos y aldeas, pobres, campesinas y de pescadores. Encontraremos al Resucitado en su trato con la gente sencilla, con los hombres y mujeres,  con los pobres y los excluidos, con los “descartables” que habitaban esa región. Es decir, va a ser identificándonos con su forma de vivir y  de morir, con su forma de relacionarse, como vamos a experimentar a Jesús resucitado. En la medida en que nosotros hagamos nuestro ese modo de vida, ese modo de relacionarnos con los demás, de enfrentar los problemas de hoy día, es ahí donde vamos a tener la experiencia de que Jesús vive.  Cada vez que como él nos preocupemos por los débiles y necesitados, cada vez que rechacemos la violencia que parece dominar este mundo y le opongamos un espíritu de fraternidad y de paz, cada vez que nos unamos a la nueva alianza por compartir y distribuir los bienes de este mundo que son de todos, —de la que hablábamos el Jueves Santo—,  cada vez que abramos nuestro corazón para identificarnos con hermanos que sufren, así sea en tierras distantes, en cada una de esas vivencias, estaremos teniendo experiencia del Resucitado, de que Jesús vive, porque estaremos dejando que sea el Espíritu que lo resucitó quien actúe por medio de nuestras manos, nuestra voz, nuestro esfuerzo. Así habremos muerto a una forma de vida egocentrada y estará nuestra vida oculta con Cristo en Dios. Toda nuestra vida de compromiso dará testimonio de que estamos participando de la vida nueva de resucitados.
  4. No echemos de menos las apariciones de que hablan algunos de los relatos, no pensemos que son las pruebas de la resurrección. Ese no es el sentido de la Buena Nueva Pascual. Démonos cuenta de que Jesús lo que prometió fue que lo encontrarían al volver a la región de Galilea, al retomar su modo de vida. Nuestra “Galilea” es nuestra vida de compromiso con los pobres y excluidos en el mundo de hoy. En ese compromiso es en donde experimentaremos que la vida nueva de Jesús es más fuerte que la muerte y que participando de ella habremos resucitado “antes de morir” físicamente.Ω

14 abril, 2017

Jueves Santo, Una nueva alianza para redistribuir los bienes que son para todos

Lect: Éxodo 12:1-8, 11-14; I Corintios 11:23-26; Juan 13:1-15

  1. Probablemente a Uds. les pasará como a mí, que cada año que reflexiono en torno a la celebración del Jueves Santo, encuentro un aspecto que me impacta de una manera nueva. Leemos los mismos textos pero, probablemente, las vivencias por las que atravesamos en el momento, nos hacen fijarnos más en énfasis que otras veces hemos dejado pasar. Eso sucede, sin duda,  por la riqueza de múltiples significados que tiene la última Cena del Señor y por la sensibilidad más viva que cada uno de nosotros tiene en su situación particular a acontecimientos que nos rodean. Así, por ejemplo, hace dos años, recién estrenando el pontificado de Francisco, pusimos nuestra atención en el lavatorio de pies y el símbolo del delantal evocando el llamado al servicio a los hermanos y hermanas. Luego, el año pasado, nos fijamos en la Eucaristía como rechazo a relaciones humanas regidas por los poderosos sobre los más débiles.
  2. Este año, me llama la atención el gesto más básico de la Cena del Señor, el gesto de repartir el pan y el vino. Repartir y compartir el alimento es un gesto que se repite a lo largo de la actividad y la vida cotidiana de Jesús. Aparece tantas veces que es imposible relegarlo como si fuera un elemento más, algo secundario. Son varias las ocasiones en que los evangelistas presentan a Jesús compartiendo y enseñando en comidas, hasta el punto de que para sus críticos era reprochable que comiera con pecadores y con recaudadores de impuestos, es decir, con indeseables, marginados por las prácticas sociales de la época, y se le llegara a acusar como un bebedor y un comelón, en contraste con el Bautista. Son también varias las parábolas que toman el tema de los banquetes como símbolo del Reino de Dios.  Es imposible, entonces, ignorar que el alimento compartido es uno de los rasgos más característicos de la actividad pública de Jesús.
  3. Como lo han señalado estudiosos del Nuevo Testamento, estas comidas con participación plural tenían, en aquella sociedad tan marcada por divisiones y discriminación, un gran significado y un gran impacto. En el nombre del reinado de Dios proclamaban una nueva manera inclusiva de convivencia en la que a nadie faltaría el alimento, la base material para existir, no solo para sobrevivir sino para vivir con dignidad. Lo que había incluido como una petición en la oración del Padrenuestro, el pan cotidiano, lo expresaba también simbólicamente cada vez que se sentaba a la mesa con unos y con otros.
  4. Esta significación de la cena del Señor, que se supone retomamos cada vez que celebramos la Eucaristía es una manera de proclamar la necesidad de justicia de Dios para construir un mundo que todos podamos disfrutar. Hay muchas cosas que han cambiado en la sociedad, desde aquella en la Palestina que vivió Jesús. Pero, lamentablemente una de las peores cosas que perduran es la falta de equidad, la injusta distribución de los bienes de una tierra que fue creada para que todos la disfrutáramos como invitados del Padre, y no como propietarios ambiciosos y excluyentes. Billonarios sin sensibilidad humana al frente de gobiernos poderosos, el dinero estableciendo barreras al interior de la carrera política, la ceguera de grandes empresas obsesionados por la ganancia, a costa de explotación irracional de personas y de recursos naturales, produciendo guerras mortíferas y grandes olas migratorias, son fatales rasgos de la sociedad en que vivimos, a nivel internacional y local. Y lo más paradójico, esa dinámica de la sociedad en vez de producir esfuerzos generalizados de transformación, promueven prácticas de consumo, de rivalidad y de competencia también irracionales en los ciudadanos de a pie, como nosotros.
  5. Cuatro palabras en el texto evangélico de hoy y en la carta de Pablo: tomó el pan, lo bendijo, lo partió y lo dio nos dicen por qué no debería ser posible participar en la Eucaristía sin comprometerse en una nueva alianza por una nueva forma de convivencia a todo nivel. Nos recuerdan aquella ocasión en que Jesús alimenta a multitud de gente, por medio de la acción de sus discípulos: tomando los panes y los peces, el alimento de que disponían, bendiciéndolo, partiéndolo y dándolo a todos. No es un milagro de multiplicación, sino de distribución. Si hay ahí algún milagro es el de la transformación de los corazones de los discípulos, de liberación de la codicia y el egocentrismo para no permitir más que los pobres y los excluidos se la sigan jugando solos cuando deberían contar, al menos, con los brazos y cerebros, con el trabajo y el ánimo, de quienes participamos en la Eucaristía porque queremos aprender a ser discípulos de Cristo.Ω


09 abril, 2017

Domingo de Ramos: una pasión por la cual vivir

Lect.: Isaías 50:4-7; Filipenses 2:6-11; Mateo 21: 1 - 11
  1. Toda la procesión o marcha de “subida” de Jesús a Jerusalén, al menos como la narra Mateo, es un poderoso conjunto de símbolos para expresar lo que Jesús quiere proclamar como síntesis de toda su vida, lo que constituyó la gran pasión de toda su actividad y de toda su predicación: el Reino de Dios. Es interesante pensar que cuando hablamos de la “pasión” de Jesús, aunque el término hace referencia habitual a las torturas previas a su crucifixión, sus sufrimientos, también nos evoca el otro sentido de la palabra “pasión”, menos reduccionista, de contenido más positivo y quizás, más frecuente en el lenguaje cotidiano, es el que alude a ese sentimiento e interés que consume a una persona, un entusiasmo dedicado hacia alguien o algo. Es lo que hace  decir que una persona está apasionada por una causa o una relación. La gran pasión que encendió la llama de la vida de Jesús fue su pasión por la justicia de Dios que daría inspiración a realizar una comunidad humana auténtica. “Esta primera pasión de Jesús por la justicia distributiva es la que lo conducirá inevitablemente a la segunda pasión, punitiva, en manos de Pilato.” “focalizarse en aquello por lo que Jesús estuvo apasionado toda su viva, es un camino para entender por qué su vida terminó en los acontecimientos del Viernes Santo” (Así lo hacen ver, los estudiosos Borg y Crossan, en su libro “La última semana”).
  2. Esta pasión es lo que constituye, por tanto, el tema central de esta que llamamos la Semana Santa y a la que hace referencia el simbolismo de su subida final al Templo. Sube a Jerusalén y se dirige al Templo, montado en un burrito y rodeado de un puñado de campesinos de las aldeas de Galilea. Los evangelistas se inspiran, para interpretar el hecho, en una profecía de Zacarías que utiliza esas figuras literarias. El profeta (Zacarías 9: 9 - 10)  habla de un mesías, un nuevo líder para el pueblo de Dios, que entrará a Jerusalén, cabalgando la cría de una burra, signo de sencillez y debilidad. Lo más importante, con su aparente carencia de fuerzas, es que este líder paradójicamente será quien destruya los carros de guerra, las cabalgaduras de combate y los arcos de ataque. Será quien desafíe el poder militar, político y financiero que mantenía la ocupación romana y sus colaboradores locales en Palestina. Será quien, con la sola fuerza de su actitud y práctica pacíficas, y la de la fe y confianza del pueblo sencillo, realmente establezca la paz en las naciones, sobre la base de una nueva forma de convivencia humana. 
  3.  Hace un año, en esta misma celebración, hablé de cómo, al mismo tiempo que Jesús llegaba a Jerusalén desde Galilea, tenía lugar un hecho que no lo mencionan los evangelistas: por el otro lado, en otra marcha o desfile, subía a la ciudad el Gobernador Pilato rodeado de tropas y despliegue militar, más que a celebrar las fiestas, a asegurarse de que se guardaría el orden y que nadie se iba a soliviantar. [Para no repetir la reflexión, los remito a volver a leerla, en mi blog de homilías o en mi muro de Facebook]. Hoy solo recojo aquí una observación: notar el contraste entre ambas procesiones resalta provocativamente esa manera de entender Jesús su vida y su misión, desde lo que él entendía como la perspectiva del único Dios, su Padre, frente a la visión de los grupos dominantes de la Palestina de entonces.
  4. Tener presente esa proclamación que hace Jesús el Domingo de Ramos es de gran riqueza espiritual, para orientarnos en nuestras meditaciones de estos próximos días. Frente al despliegue de poderío romano, y frente al Templo de Jerusalén que representa el sistema de dominación existente, político, económico y religioso, Jesús se atreve a presentar su alternativa como ideal de vida, para su época, para las primeras comunidades cristianas, y para las generaciones posteriores como la nuestra. Evidentemente, el atrevimiento de presentar esta alternativa, que cuestionaba de raíz lo que enseñaban e imponían las élites judías en colaboración con Roma, no podía terminar de otra forma de como terminó, con el juicio y condena a muerte de Jesús.  Proclamar esta manera de entender el Reino de Dios, en el propio umbral del Templo, como quien dice en la mera “cueva del león”, era la gota que desbordaba el vaso, ya bastante lleno por los testimonios de Jesús, con una vida de servicio a los pobres y a los marginados por el sistema dominador.
  5. Al inaugurar esta semana se nos presenta de manera sintética lo que fueron la  prioridades de vida de Jesús de Nazaret, y su vigencia para quienes queramos compartir su pasión de vida, el entusiasmo por realizarnos en la vida nueva del Reino de Dios. Sin olvidarnos de que esta opción conlleva, de una u otra forma, consecuencias similares para los discípulos, a las que tuvo el Maestro, si  somos coherentes, sinceros y constantes en nuestro compromiso. Por lo pronto, en lo inmediato, este mensaje que nos da el evangelio debería cuestionarnos sobre la manera tradicional de celebrar la Semana Santa, muchas veces reducida a formas externas que pueden ser culturalmente muy válidas (como las procesiones),  y a unas prácticas de  piedad meramente emotiva, a veces incluso un tanto masoquista o sádica, cada vez menos comprensibles en nuestra cultura contemporánea (como esas expresiones teológicas que hablan de un Dios que entrega a su hijo a la muerte). Ni una ni otras son suficientes, por sí mismas, para lograr nuestra identificación con la pasión por la que vivió Jesús, a lo largo de toda su existencia. .Ω