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Mostrando las entradas con la etiqueta relaciones sociales

3er domingo de Adviento: ¡el desierto florece!

Lect.: Isaías 35:1-6, 10; Santiago 5:7-10 ; Mt 11:2-11 Sigue el profeta hablándonos de sus sueños de futuro,   de   su utopía, y también Jesús se hace eco de los mismos. Nos hablan ahora   del desierto y el sequedal que se llenan de torrentes y de flores; y ante esta transformación, el cojo salta como ciervo, y la lengua del mudo lanza gritos de júbilo.   Este fenómeno, en los tiempos actuales, se da literalmente en el desierto de Atacama, el más árido de toda la región, al norte de Chile, que cada cierto número de años, recibe unas lluvias y se cubre de flores de maravillosos colores. Isaías, por supuesto, no lo conocía y en la imagen simbólica, tan imposible, de un desierto que florece y de donde brota agua vio una expresión del poder transformador de la gloria de Dios cuando se manifiesta en la vida humana. En nuestro comentario del domingo pasado decíamos que Isaías, como todos los auténticos profetas, es capaz de penetrar con su visión lo más profundo de ...

2º domingo de Adviento, 9 diciembre 2012

Lect.: Baruc  5: 1 – 9; Flp 1: 4 – 6. 8-11; Lc 3: 1 – 6 A veces rutinizamos de tal manera nuestro cristianismo que más que hacerlo vida y seguimiento de una persona histórica, lo fabricamos en torno a ideas o doctrinas sobre Dios, creencias varias y sobre el propio Jesús. Olvidamos , entre otras cosas, que en nuestra confesión de fe se afirma con rotundidad que Jesús es un ser humano pleno . No es un extraterrestre que cae del cielo en paracaídas. Y como todo ser humano es fruto de un contexto, de su mundo, de sus relaciones. Es el contexto el que reta a Jesús y en el que se implica. Y al responder a esos retos cotidianos él va “creciendo en estatura, gracia y sabiduría delante de Dios y de los hombres”, como dice san Lucas (2:52). De ese contexto aprende muchas cosas y muchas otras cosas y personas lo influyen, entre ellas, también el Bautista y su grupo, al que sigue y con quienes se incorpora durante un tiempo. Luego lo supera y cambia incluso el énfasis...

34º domingo t.o., Cristo Rey

Lect.: Dan 7: 13 -  14; Apoc 1: 5 – 8, jn 18. 33 - 37 Una de las tentaciones más profundas que nos obstaculizan nuestro crecimiento espiritual es la tentación  de dominar y oprimir a los demás. Tan profunda que casi nunca caemos en la cuenta de que tenemos esa tentación y de que nos dejamos vencer por ella.  Por eso ni siquiera aparece en nuestros exámenes de conciencia y en nuestras confesiones. Es una tentación que se nos aparece disfrazada. Se disfraza de deseos legítimos:  Cuando somos padres de familia, o profesores, o funcionarios públicos, se disfraza del deseo de colaborar con el orden y la disciplina. Cuando somos ministros religiosos se disfraza del afán de ayudar a que se cumpla la voluntad de Dios. Y, seamos lo que seamos, suele disfrazarse del legítimo deseo de crecer, de llegar a descubrir y a ocupar el puesto que nos corresponde en la vida. Todos esos deseos legítimos se ven distorsionados por la tentación de dominar y oprimir...