11 diciembre, 2012

2º domingo de Adviento, 9 diciembre 2012


Lect.: Baruc  5: 1 – 9; Flp 1: 4 – 6. 8-11; Lc 3: 1 – 6

  1. A veces rutinizamos de tal manera nuestro cristianismo que más que hacerlo vida y seguimiento de una persona histórica, lo fabricamos en torno a ideas o doctrinas sobre Dios, creencias varias y sobre el propio Jesús. Olvidamos , entre otras cosas, que en nuestra confesión de fe se afirma con rotundidad que Jesús es un ser humano pleno. No es un extraterrestre que cae del cielo en paracaídas. Y como todo ser humano es fruto de un contexto, de su mundo, de sus relaciones. Es el contexto el que reta a Jesús y en el que se implica. Y al responder a esos retos cotidianos él va “creciendo en estatura, gracia y sabiduría delante de Dios y de los hombres”, como dice san Lucas (2:52). De ese contexto aprende muchas cosas y muchas otras cosas y personas lo influyen, entre ellas, también el Bautista y su grupo, al que sigue y con quienes se incorpora durante un tiempo. Luego lo supera y cambia incluso el énfasis del Bautista, en un proceso muy personal
  2. No hay nada mágico en lo que Jesús llega a ser. Su misión, su palabra, el mensaje de la Buena Noticia, se van construyendo, van creciendo con él, en su mundo de relaciones. Así es para nosotros también nuestra vida y, específicamente, nuestra vida cristiana. para nosotros. Nuestro cristianismo, es auténtico no cuando uno simplemente lo hereda, ni cuando tan solo uno estudia y aprende doctrinas, sino cuando uno lo construye, en una interrelación con los demás respondiendo los retos que la vida nos plantea. Dando y recibiendo de muchas personas. También, en particular,  de nuestros papás y maestros, como Jesús recibió del mismo Juan el Bautista el inicio de su misión  Así nos hacemos cristianos, cambiando muchas veces y  reinterpretando lo recibido, para hacerlo más personal, parte de uno mismo. Uno aprende a vivir así, desde dentro, los valores del evangelio en estrecha interrelación con los que topamos en el camino.
  3. Este tiempo de adviento no es sino un símbolo de ese proceso que cada uno tiene que seguir hasta renacer a la vida de Dios en nosotros, ese nuevo nacimiento de cada uno de nosotros a la vida plena. Esto es lo que evoca la navidad y, previo, el tiempo de adviento. No es un mero liturgismo, ni una rutina  más. Como a Jesús en su momento, también nos toca vivir en un mundo pluralista, incluso con una oferta variada religiosa. Este recuerdo lo hacemos vida real en el proceso que seguimos cada día alentados por el Espíritu que nos mueve desde dentro.Ω

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