30 noviembre, 2014

1er domingo de Adviento

Lect.: Is 63: 16-17.19; 64:2-7; 1 Cor 1: 3-9; Mc 13:33-37

  1. Nuestro sol, cuya aparición disfrutamos disfrutamos cada mañana, igual que cualquier otra estrella tiene también un ciclo de nacimiento, desarrollo, declive y muerte. Como nos lo han recordado recientemente, a propósito del cometizaje de la sonda enviada por la Agencia Espacial Europea, nuestro sistema solar nació, se formó hace unos 4800 millones de años. Y los científicos estiman que a este sol le queda combustible para unos 7500 millones de años más, hasta que se convierta en una gigante roja y, probablemente consuma en el fuego a los planetas interiores, entre los cuales iría la tierra. Por supuesto, nada de esto sabían en la época de las primeras comunidades cristianas. Podían hacerse una idea de lo que era el final de la historia judía porque habían presenciado la destrucción de Jerusalén y del Templo. Pero pensar con objetividad en el final del planeta tierra y de la historia humana sobrepasaba las capacidades de la época. ¿Qué sentido tiene entonces esta llamada a la vigilancia, a estar atentos, en vela, que en este comienzo de Adviento nos dirige el evangelio de Marcos? Sin duda que no puede entonces entenderse como estar preparados para el fin del mundo, como podían creerlo en la Palestina de Jesús y lo continúan predicando algunos grupos cristianos trasnochados.
  2. Podría pensarse en una llamada a estar atentos a otro tipo de final de nuestro planeta, no dependiente de la evolución estelar sino del comportamiento irresponsable de la economía contemporánea que maltrata y agota los recursos naturales y la vida de la Tierra. Este final sí puede evitarse en la medida en que logremos orientar éticamente a la economía. Y no sobra entonces el llamado a estar atentos a esas amenazas que pueden acabar con la vida del planeta millones de años antes de que desaparezca nuestro sistema solar por evolución natural. Es por supuesto muy importante. 
  3. Pero el llamado de Jesús a estar atentos y vigilantes tiene también otro sentido. Nos sugiere la trascendencia que tiene vivir atentos a la riqueza, a la plenitud de la vida que ya está aquí a nuestra disposición, en medio de nosotros, esperando que la descubramos. Vivir conscientes del momento presente, poner toda nuestra atención para descubrir el frescor de cada momento, las oportunidades que nos trae de toparnos con la divinidad que se manifiesta en nuestra identidad auténtica. Es a esto sobre todo a lo que nos invita esta llamada a estar atentos. A superar nuestra actitud rutinaria, a la tendencia a vivir "en piloto automático" como dice un autor de espiritualidad, la tendencia más que a vivir, a apenas sobrevivir, a vegetar.
  4. Son muchas cosas las que nos hacen perder la atención de lo importante de la vida, que nos distraen de vivir a fondo cada momento presente y nos sumergen en recuerdos de lo que ya pasó y no se puede cambiar, o nos empachan con sueños a menudo superficiales e irrealizables, como los que nos induce el bombardeo comercial de estas semanas de "viernes negros", "ciberlunes" o compras navideñas. Vamos a dedicar estos domingos de preparación de la Navidad a reflexionar sobre las pistas que nos da el evangelio para desarrollar nuestra capacidad de atención al encuentro con la Vida plena en cada momento presente

23 noviembre, 2014

34º domingo t.o.

Lect.: Ezeq 34,11-12.15-17; I Cor 15,20-26.28; Mt 25,31-46

  1. Si queremos aproximarnos mejor al sentido de esta parábola, no podemos perder de vista lo que hemos repetido en domingos anteriores: forma parte, con las otras dos del cap. 25 de Mt, de la respuesta que Jesús da a aquellos discípulos preocupados por el cuándo y el cómo se da para nosotros el encuentro definitivo con Dios en Cristo. En el relato de las doncellas se subrayaba que la sabiduría, —el aceite y la lámpara—, se requería para descubrir que es en cada momento de nuestra vida que puede darse ese encuentro. En la de los talentos, se hacía ver, además, que la preparación para el encuentro consiste en cultivar los dones recibidos de hecho por cada uno, sean las que sean nuestras cualidades, con tal de que nos enfoquemos en lo que realmente somos. Hoy Mt sugiere más en concreto cómo se da el encuentro, en qué aspecto de nuestra vida se juega  el descubrimiento de Dios. Y lo que nos dice no deja de sorprendernos por más que lo hayamos oído muchas veces, quizás porque vamos entendiéndolo cada vez de manera más profunda y detallada. Veámoslo.
  2. Ya es más que sabido que en este texto se pone el amor como criterio máximo de lo que vale la pena en la vida. De lo que define si nuestra vida, nuestra acción, nuestro conocimiento es valioso o no. No es ninguna novedad decir que esta definición es clave de las enseñanzas evangélicas. Pero en realidad el texto dice algo más. No habla del amor en general, sino que pone como prueba de la autenticidad de nuestro amor, la sensibilidad especial por los débiles, los pobres, los desfavorecidos y excluidos de eso que llaman “fortuna”. Si carecemos de esa sensibilidad hacia los pequeños y necesitados, nos viene a decir Mt, será difícil probar que de verdad es amor el sentimiento que luego pretendemos tener con aquellas otras personas, los cercanos y que están bien ubicadas en la vida. Al final de las Bienaventuranzas, el Jesús de Mateo nos había advertido que si solo amamos a los cercanos, no estaríamos entendiendo la Buena Noticia que él traía (Mt 5:46-48). De modo parecido,  en otra ocasión es Lucas el que nos lo recuerda, ( Lc 14: 1. 7 - 14) nos había dicho también que cuando diéramos una fiesta invitáramos a quienes no pudieran correspondernos. ("Cuando des un almuerzo o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos, no sea que ellos te inviten a su vez, y así tengas tu recompensa. Al contrario, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos. ¡Feliz de ti, porque ellos no tienen cómo retribuirte,”)  Son formas de advertirnos que el amor auténtico y profundo es desinteresado, es pura donación y entrega, y que por eso se muestra de manera más transparente cuando se practica con los desposeídos, con los más necesitados.  
  3. Ese amor que prioriza a los pobres, en definitiva, lo decía también el final del Sermón del Monte, es el que nos asemeja al Padre que está en los cielos.   Desde esta perspectiva podemos acercarnos más al fondo de esta última parábola de Mateo.  ¡Ojo! No se nos está pidiendo hacer obras de misericordia para ganarnos el Reino. Ni se está fomentando la práctica de la beneficencia, de las limosnas. Mateo apunta a que descubramos que en cuanto nos topamos con Dios, manifestado en el hijo del Hombre, y en cuanto más nos identifiquemos con él, más iremos generando en nosotros mismos una actitud de gratuidad, de autodonación,  de permanente disposición a compartirnos y repartirnos. Es nustra naturaleza profunda. Así lo expresa simbólicamente la Eucaristía, —y lo profesamos cuando participamos en ella,— con un pan y un vino, un cuerpo y sangre que desaparecen al ser consumidos por quienes tienen hambre y sed. Por paradójico que parezca, en esto se juega, para el evangelio, la posibilidad de vivir una vida con pleno sentido y propósito.Ω

16 noviembre, 2014

33º domingo t.o.

Lect.: Prov 31,10-13.19-20.30-31; I Tes 5,1-6; Mt 25,14-30
  1. En esta segunda de las tres parábolas  del cap. 25 de Mt,   Jesús continúa respondiendo a la pregunta de los discípulos sobre cuándo tendría lugar el encuentro definitivo con Cristo. Con la parábola anterior, de las doncellas que acompañaban a la novia, se nos había dicho que ese encuentro es algo para lo cual tenemos que estar preparados diariamente. No porque podamos morir en cualquier momento, sino más bien porque estamos vivos y la vida está permeada de la divinidad. La preparación consistía en tener la luz de la lámpara con aceite es decir,  la sabiduría para descubrir en cada momento y situación al novio que viene a nuestro encuentro.  Esta vez, con esta segunda parábola, conocida como la de “los talentos”, utiliza la imagen de un patrono que encomienda a sus empleados el cuidado de sus bienes. Y  aparte de hacer ver que el patrono puede volver en cualquier momento, el énfasis se pone en decir que la preparación consiste en cultivar los bienes recibidos de hecho por cada uno.
  2. Quizás a algunos de nosotros, a lo largo de la vida, nos de por pensar que esto del encuentro con Dios, esto de ser cristianos plenos, no es para todos, sino solo para santos o personas extraordinarias. Quizás estemos afectados por nuestra experiencia de las propias limitaciones, y pensemos que la naturaleza y las condiciones sociales no nos trataron muy bien al configurar nuestra personalidad, —sea que tengamos un temperamento muy vivo y que se nos sube rápido el mal genio, “que no aguantamos carga” por nada, que no aprendimos a ser tolerantes. O que somos muy débiles ante la menor oportunidad de tener un placer sexual. O que nos creemos “lo máximo”, y nos resbalamos fácil en ver a los demás por encima del hombro. En resumen, quizás nos frustramos pensando que “otros sí tienen más dotes de santos”, pero que los talentos para eso no nos tocaron a nosotros.
  3. La idea de “cultivarse” a uno mismo la destacaba la 1ª lectura con la figura de la mujer, ama de casa, que se cultiva siendo hacendosa, buena administradora, creativa, capaz de preocuparse por su casa y por los pobres que tocan su puerta. Es fácil de entender por qué con todas esas cualidades se la considera una mujer ejemplar, y el mismo texto bíblico la pone como una persona excepcional. Pero la parábola de los talentos va más allá que el sentido común y añade una idea importante, muy propia de la espiritualidad evangélica y de toda espiritualidad auténtica: que el cultivo de uno mismo es clave, independientemente de cuáles sean las cualidades con que uno cuente. Es decir, que el don del encuentro con Dios, no depende de las características intelectuales, de las habilidades de cada uno, que de hecho son siempre muy diversas. El don del encuentro con Dios es eso, un “don gratuito”, que nadie se gana o se merece por ser más inteligente o por tener un temperamento más adecuado para determinadas virtudes. Es un don gratuito pero al que cada uno de nosotros para recibirlo  se prepara trabajando por la plenitud del ser auténtico que cada uno es. En ese encuentro pleno con lo que uno es, es donde tiene lugar el encuentro con Dios —no intentando ser lo que es el vecino, o lo que es el personaje modelo de las historietas ejemplares—. El encuentro pleno se va a dar, para quienes  cultivan los dones recibidos, aunque uno tenga la impresión de contar con menos dotes o talentos que otros.
  4. Trabajarse a uno mismo, disponerse cada día más para recibir el don del encuentro con Dios, es un proceso acumulativo, por decirlo así. Al que tiene esa disposición, cada vez se le dará más, como dice Mateo, sea cual fuere el punto de partida. Esta aptitud para el crecimiento, como lo muestra el texto, es, en el fondo, no solo un aprecio por los dones que tenemos sino por aquel que nos regala sus dones. Cuando nos cultivamos y nos disponemos a crecer estamos reconociendo que Dios nos ha dado a cada uno todo lo que es necesario para ser plenamente sus hijos, imagen y semejanza suyas.Ω


09 noviembre, 2014

32º domingo t.o.

Lect.: Sab 6: 12 - 16;  I Tes 4,13-18; Mt 25,1-13

  1. En relación a lo que venimos reflexionando hace tiempo, en esta misa,  no decimos nada nuevo cuando afirmamos que los evangelios enseñan que el encuentro con Dios lo tenemos cada uno de nosotros a lo largo de nuestra vida, en cada momento, en cada situación. No nos resulta nuevo decir aquí que no estamos pensando en aguardar a un momento final de nuestra historia para estar en la presencia de lo divino. El encuentro con Cristo, como expresión de lo que Dios es y lo que Dios habla, es algo para lo cual tenemos que estar preparados diariamente. No porque podamos morir en cualquier momento, sino más bien porque estamos vivos y esa vida está permeada de la divinidad. Y lo que resta es ser capaces, tener la sabiduría de descubrirlo y  vivirlo en nuestra experiencia humana. Para eso puede resultar una ayuda esta alegoría de Mateo de las diez doncellas que acompañaban a la novia  esperando que llegue el novio para iniciar la fiesta de bodas. Mateo nos dice que estar preparados para ese momento es tener la lámpara cargada con aceite.  Es decir, la luz de la lámpara con aceite es  la sabiduría, ese nivel de conciencia, que nos permite  descubrir el momento y la situación en que nos vamos a topar con el novio. 
  2. Parece algo sencillo, pero los humanos nos enredamos fácilmente con las cosas sencillas. A menudo pensamos que para encontrarnos con Dios hace falta multiplicar los rituales, las liturgias, las devociones. Pero esto no nos lo dice la sabiduría. Otras veces creemos que multiplicar acciones con logros que llamamos exitosos es lo que va a darnos plenitud de vida, pero tampoco eso nos lo dice la sabiduría. Menos aún, pensar que por acumular chunches, por tener más y más cosas a lo largo de los años, vamos a construir una vida que valga la pena. El domingo pasado, conmemorando los difuntos, decíamos que los frutos de sus vidas prolongan su presencia en nosotros, que somos lo que ellos nos dieron y que nosotros podemos y debemos seguir compartiendo. Pero decíamos también que esos frutos de nuestros muertos, no eran herencias materiales, sino   algo mejor y lo máximo que podían entregarnos, el legado de su ser auténtico, de sus cualidades, de sus valores y, sobre todo, del propio desprendimiento de esas cualidades y valores, para entregarlas a los demás, para heredárnoslas a nosotros.
  3. La sabiduría del evangelio es la que nos permite, entonces, tener luz para distinguir en qué cosas, situaciones, actitudes nos encontramos con Dios y cómo nos lo encontramos. Es la sabiduría la que nos permite descubrir nuestra vida humana permeada de la divinidad. Lo que equivale a experimentar a Dios de manera mucho más profunda que cuando lo vemos  tan solo como a un ser superior y lejano, como creador del mundo. E incluso una forma más profunda que ver a Dios como alguien que simplemente nos acompaña en la vida. La sabiduría del evangelio nos permite experimentar la fuerza de lo divino hablándonos y conformándonos progresivamente con lo que Él quiso que llegáramos a ser, en una unidad estrecha entre lo divino y lo humano. Lo hemos visto y oído realizado en Jesús de Nazaret y vamos descubriendo cómo dejar que se realice en nosotros. Esa sabiduría, esa lámpara con aceite, está a nuestro alcance, no tenemos más que desearla. La primera lectura hoy nos decía que esa sabiduría la ven fácilmente los que la aman, y la encuentran los que la buscan; y que ella misma se da a conocer a los que la desean. Y que quien madruga por ella no se cansa porque la encuentra sentada a la puerta y que nos sale al paso en cada pensamiento. Esa es nuestra confianza.Ω

02 noviembre, 2014

Día de los Difuntos.

Lect. (en C.R.) Daniel,   … Lc 7: 11 - 17

1.     Sabemos que el milagro que hoy nos narra Lucas, como todos los milagros que leemos en los evangelios sus autores nos los presentan como señales o signos de que en Jesús de Nazaret se nos manifiesta la humana plena, en unidad profunda con la divinidad. Las curaciones de los ciegos, de los paralíticos, de los mudos y sordos, el levantar de su lecho de muerte al hijo de la viuda, o a la hija del centurión ... sabemos que en lenguaje e imágenes del A. T., no son relatos literales, sino formas de decirnos que el Reino de Dios, el encuentro con el Padre lo encontramos en Jesús y en quienes viven la vida de desapego, de servicio y solidaridad que vivió Jesús. Decir esto es maravilloso y aparentemente increíble. Porque equivale a decir que continuamos recibiendo vida y vida plena de alguien que fue crucificado y murió hace veintiún siglos. Increíble, pero no es sino la realización de lo que Jesús había afirmado con total confianza: si el grano de trigo que cae en tierra no muere, se quedará solo; pero si muere dará fruto abundante (Jn 12. 24).
2.     Esta mañana recibí de un querido amigo, que ahora está, una vez más, delicado de salud, un correo de saludo en esta conmemoración de hoy, de los fieles difuntos. Y no era una broma suya, a pesar de que las gasta a menudo.  Era un saludo muy serio, a pesar de ser poco usual el celebrar como fiesta el día de difuntos. Pero me hizo pensar en lo apropiado de la celebración. No se extrañen en lo que voy a decir: en cierta manera en el día de difuntos conmemoramos lo que cada uno de nosotros es. Nada de lo que yo soy o cualquiera de Uds tendría realidad si no lo hubiéramos recibido de muchos granos de trigo que cayeron en tierra y murieron y continúan dando fruto en mí, en nosotros. Nuestras mamás, papás, abuelos, amigos, formadores, quizás incluso hijos o hijas que murieron, siguen dando fruto en nuestra vida actual, un fruto, incluso, que muy probablemente ellos no previeron ni imaginaron. La plenitud de vida que recibimos de Dios, la recibimos  no en un paquete postal descendido express del cielo, sino por medio de lo que muchas personas nos entregaron de su propio ser. Siguen dando fruto en nosotros.
3.     Recordar a nuestros difuntos y difuntas en este día especial, no solo es una cariñosa nostalgia. No solo es una muestra de aprecio. Es, sobre todo, un agradecido reconocimiento de que los frutos de sus vidas prolongan su presencia en nosotros. Somos lo que ellos nos dieron y que ahora nosotros podemos y debemos seguir compartiendo. También a cada uno de nosotros el Evangelio nos advierte que el grano de trigo que es cada uno de nosotros si no queremos quedarnos solos y estériles, debemos caer en tierra y morir, primero desprendiéndonos de lo que es superficial y recubr lo que verdaderamente somos y, al final, entregándonos en la muerte como don supremo. Sabiendo que no es nuestra popularidad, nuestras posesiones, nuestros títulos, ni siquiera lo que hacemos o producimos, sino lo que somos auténticamente, lo que da fruto para que muchos otros puedan también tener vida en abundancia, aún mucho después de que hayamos concluida nuestra existencia terrenal. Ω