02 noviembre, 2014

Día de los Difuntos.

Lect. (en C.R.) Daniel,   … Lc 7: 11 - 17

1.     Sabemos que el milagro que hoy nos narra Lucas, como todos los milagros que leemos en los evangelios sus autores nos los presentan como señales o signos de que en Jesús de Nazaret se nos manifiesta la humana plena, en unidad profunda con la divinidad. Las curaciones de los ciegos, de los paralíticos, de los mudos y sordos, el levantar de su lecho de muerte al hijo de la viuda, o a la hija del centurión ... sabemos que en lenguaje e imágenes del A. T., no son relatos literales, sino formas de decirnos que el Reino de Dios, el encuentro con el Padre lo encontramos en Jesús y en quienes viven la vida de desapego, de servicio y solidaridad que vivió Jesús. Decir esto es maravilloso y aparentemente increíble. Porque equivale a decir que continuamos recibiendo vida y vida plena de alguien que fue crucificado y murió hace veintiún siglos. Increíble, pero no es sino la realización de lo que Jesús había afirmado con total confianza: si el grano de trigo que cae en tierra no muere, se quedará solo; pero si muere dará fruto abundante (Jn 12. 24).
2.     Esta mañana recibí de un querido amigo, que ahora está, una vez más, delicado de salud, un correo de saludo en esta conmemoración de hoy, de los fieles difuntos. Y no era una broma suya, a pesar de que las gasta a menudo.  Era un saludo muy serio, a pesar de ser poco usual el celebrar como fiesta el día de difuntos. Pero me hizo pensar en lo apropiado de la celebración. No se extrañen en lo que voy a decir: en cierta manera en el día de difuntos conmemoramos lo que cada uno de nosotros es. Nada de lo que yo soy o cualquiera de Uds tendría realidad si no lo hubiéramos recibido de muchos granos de trigo que cayeron en tierra y murieron y continúan dando fruto en mí, en nosotros. Nuestras mamás, papás, abuelos, amigos, formadores, quizás incluso hijos o hijas que murieron, siguen dando fruto en nuestra vida actual, un fruto, incluso, que muy probablemente ellos no previeron ni imaginaron. La plenitud de vida que recibimos de Dios, la recibimos  no en un paquete postal descendido express del cielo, sino por medio de lo que muchas personas nos entregaron de su propio ser. Siguen dando fruto en nosotros.
3.     Recordar a nuestros difuntos y difuntas en este día especial, no solo es una cariñosa nostalgia. No solo es una muestra de aprecio. Es, sobre todo, un agradecido reconocimiento de que los frutos de sus vidas prolongan su presencia en nosotros. Somos lo que ellos nos dieron y que ahora nosotros podemos y debemos seguir compartiendo. También a cada uno de nosotros el Evangelio nos advierte que el grano de trigo que es cada uno de nosotros si no queremos quedarnos solos y estériles, debemos caer en tierra y morir, primero desprendiéndonos de lo que es superficial y recubr lo que verdaderamente somos y, al final, entregándonos en la muerte como don supremo. Sabiendo que no es nuestra popularidad, nuestras posesiones, nuestros títulos, ni siquiera lo que hacemos o producimos, sino lo que somos auténticamente, lo que da fruto para que muchos otros puedan también tener vida en abundancia, aún mucho después de que hayamos concluida nuestra existencia terrenal. Ω


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