23 noviembre, 2014

34º domingo t.o.

Lect.: Ezeq 34,11-12.15-17; I Cor 15,20-26.28; Mt 25,31-46

  1. Si queremos aproximarnos mejor al sentido de esta parábola, no podemos perder de vista lo que hemos repetido en domingos anteriores: forma parte, con las otras dos del cap. 25 de Mt, de la respuesta que Jesús da a aquellos discípulos preocupados por el cuándo y el cómo se da para nosotros el encuentro definitivo con Dios en Cristo. En el relato de las doncellas se subrayaba que la sabiduría, —el aceite y la lámpara—, se requería para descubrir que es en cada momento de nuestra vida que puede darse ese encuentro. En la de los talentos, se hacía ver, además, que la preparación para el encuentro consiste en cultivar los dones recibidos de hecho por cada uno, sean las que sean nuestras cualidades, con tal de que nos enfoquemos en lo que realmente somos. Hoy Mt sugiere más en concreto cómo se da el encuentro, en qué aspecto de nuestra vida se juega  el descubrimiento de Dios. Y lo que nos dice no deja de sorprendernos por más que lo hayamos oído muchas veces, quizás porque vamos entendiéndolo cada vez de manera más profunda y detallada. Veámoslo.
  2. Ya es más que sabido que en este texto se pone el amor como criterio máximo de lo que vale la pena en la vida. De lo que define si nuestra vida, nuestra acción, nuestro conocimiento es valioso o no. No es ninguna novedad decir que esta definición es clave de las enseñanzas evangélicas. Pero en realidad el texto dice algo más. No habla del amor en general, sino que pone como prueba de la autenticidad de nuestro amor, la sensibilidad especial por los débiles, los pobres, los desfavorecidos y excluidos de eso que llaman “fortuna”. Si carecemos de esa sensibilidad hacia los pequeños y necesitados, nos viene a decir Mt, será difícil probar que de verdad es amor el sentimiento que luego pretendemos tener con aquellas otras personas, los cercanos y que están bien ubicadas en la vida. Al final de las Bienaventuranzas, el Jesús de Mateo nos había advertido que si solo amamos a los cercanos, no estaríamos entendiendo la Buena Noticia que él traía (Mt 5:46-48). De modo parecido,  en otra ocasión es Lucas el que nos lo recuerda, ( Lc 14: 1. 7 - 14) nos había dicho también que cuando diéramos una fiesta invitáramos a quienes no pudieran correspondernos. ("Cuando des un almuerzo o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos, no sea que ellos te inviten a su vez, y así tengas tu recompensa. Al contrario, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos. ¡Feliz de ti, porque ellos no tienen cómo retribuirte,”)  Son formas de advertirnos que el amor auténtico y profundo es desinteresado, es pura donación y entrega, y que por eso se muestra de manera más transparente cuando se practica con los desposeídos, con los más necesitados.  
  3. Ese amor que prioriza a los pobres, en definitiva, lo decía también el final del Sermón del Monte, es el que nos asemeja al Padre que está en los cielos.   Desde esta perspectiva podemos acercarnos más al fondo de esta última parábola de Mateo.  ¡Ojo! No se nos está pidiendo hacer obras de misericordia para ganarnos el Reino. Ni se está fomentando la práctica de la beneficencia, de las limosnas. Mateo apunta a que descubramos que en cuanto nos topamos con Dios, manifestado en el hijo del Hombre, y en cuanto más nos identifiquemos con él, más iremos generando en nosotros mismos una actitud de gratuidad, de autodonación,  de permanente disposición a compartirnos y repartirnos. Es nustra naturaleza profunda. Así lo expresa simbólicamente la Eucaristía, —y lo profesamos cuando participamos en ella,— con un pan y un vino, un cuerpo y sangre que desaparecen al ser consumidos por quienes tienen hambre y sed. Por paradójico que parezca, en esto se juega, para el evangelio, la posibilidad de vivir una vida con pleno sentido y propósito.Ω

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