31 diciembre, 2007

Domingo post Navidad

Domingo dentro octava Navidad, 30 diciembre 2007
Lect.: Ecles 3: 3 – 7. 14 – 17 a; Col 3: 12 – 21; Mt 2: 13 – 15. 19 – 23


1. Empiezo por excusarme. No voy a hablar del tema de la familia, aunque el papa Pío XI estableció este domingo como fiesta de la Sgda. Familia. Fiesta demasiado reciente, que responde a necesidades de su época. No hay material en el evangelio para darle contenido y corremos peligro de meter, más bien, en el evangelio, ideas, prejuicios y discusiones de sociedad actual sobre la familia moderna. Sin negar que cualquier domingo puede ser oportuno para pedir por nuestras familias. Además, la fiesta de navidad es tan grande que merece que prolonguemos la reflexión sobre su significado. Aprovechemos para una explicación breve sobre los textos evangélicos utilizados durante esta época.
2. Mucha gente no sabe que todos estos textos llamados “evangelios de la infancia” no fueron los primeros escritos de los evangelistas. Esto es importante porque nos hace ver que no fueron escritos para describir los hechos de los primeros años de la vida de Jesús. Se escribieron mucho después con otro propósito: el de exponer, más bien, cómo las primeras comunidades experimentaron a Jesús, quién era Jesús para ellos, en su vida. No se trata entonces de fantásticos cuentos infantiles. Narran la realidad de una experiencia usando símbolos del A.T. Por ejemplo, la huída a Egipto, la matanza de los inocentes, los sueños de José, no son hechos históricos, sino formas simbólicas de expresar algo que los primeros cristianos experimentaron como profundamente real: Que Jesús era un nuevo Moisés, que traía a su pueblo la liberación de toda forma de opresión, de todo uso del poder que perjudique la vida humana. Que, como José, vendido por sus hermanos, luego se convierte en refugio y amparo para ellos. La estrella, símbolo de un Mesías que esperaban como guía del pueblo Los evangelios de la infancia hay que leerlos entonces con la devoción de quien lee y aprende las experiencias de los primeros creyentes. En su vida ellos experimentaron a Jesús como un poderoso libertador, como una luz en medio de las tinieblas, como un líder que construye paz sobre base de justicia. En ese sentido recordaron el nacimiento de Jesús como un poderoso símbolo de su propio nacimiento, un nuevo comienzo radical de una vida orientada con valores nuevos, al seguir los pasos de Jesús.
3. Aunque esta reflexión que hacemos tiene carácter catequético, también nos interpela. No solo para no convertir la fiesta navideña en algo demasiado infantil, dulzón y romántico. Sino para dejar, además, la invitación a pensar que, como las primeras comunidades, Jesús más que un recuerdo histórico, debe ser para nosotros una experiencia personal y comunitaria. Sobre todo la experiencia de un cambio radical en la orientación de nuestra vida, tan radical como un nuevo nacimiento. A pocos días de concluir el 2007, vale la pena hacer nuestro examen de conciencia anual, preguntándonos si tuviéramos que expresar lo que ha sido la experiencia de Jesús en nuestra vida este año, ¿con qué símbolos lo expresaríamos? ¿expresan una presencia transformadora? ¿Es la experiencia de una revolución en nuestra manera de ver las cosas y de nuestra vida? ¿o simplemente una rutinaria práctica, mal llamada religiosa?Ω

4o domingo de Adviento

4º domingo de adviento, 23 diciembre 2007
Lect.: Is 7: 10 – 14; Rom 1: 1 – 7; Mt 1: 18 – 24


1. Hoy terminamos un recorrido de 4 semanas de preparación para la Navidad. Empezamos llamando la atención sobre el síndrome de Peter Pan, a nivel espiritual, religioso —la negación a crecer, a ser adulto, a ser maduro, a quedarse estancado en una visión tradicionalista que fue buena para nuestra infancia, que no nos lleva a ser cristianos adultos, maduros. Siguió el llamado a la conversión. No como una invitación a portarse bien o mejor —llamadas que han hecho muchos maestros morales de la humanidad. La llamada a la conversión la vimos más bien como una llamada a creer lo que parece imposible, a dejar de lado esa miopía con la que vemos la vida y a prepararnos para descubrir que el Espíritu de Dios puede realizar cosas maravillosas y revelarnos dimensiones extraordinarias de nuestra simple vida humana. En fin, el domingo pasado veíamos cómo en medio de las angustias de este mundo quien se ha abierto al crecimiento espiritual, quien esta dispuesto a descubrir que la vida humana es más de lo que pensamos que es, realmente transforma tan radicalmente su vida que puede convertirse en un foco de esperanza para los demás.
2. En este último domingo de preparación a la navidad el lugar central del escenario lo ocupa una mujer, María de Nazaret. Una persona presentada en los evangelios como alguien que realmente se preparó, de la manera más cotidiana, para la primera navidad. Se preparó para engendrar dentro de ella al hijo de Dios, no porque perteneciera a una religión que enseñara lo que hoy llamamos el misterio de la encarnación, sino porque tenía esa sencillez de los que creen que el Altísimo puede realizar obras grandes en la pequeñez humana. Toda la disposición de María, toda su fe en el poder de Dios —aun sin formación teológica, sin poder manejar argumentos complicados—, la hacía aceptar con humildad que lo infinito puede nacer en el seno de lo finito. Su fe en Dios la llevaba a tener fe en el ser humano, fe en sí misma y, por eso, a aceptar que quien iba a nacer de ella era el mismo hijo de Dios.
3. María dio lugar a que la Navidad ocurriera y vivió la Navidad mucho antes de que se inventara la Navidad. Por supuesto, no solo en el sentido comercial y folclórico que se le ha dado a esta fiesta. Sino incluso en el sentido teológico, como los primeros evangelistas y luego los teólogos y maestros de las Iglesias han explicado la navidad. Aun antes de que la navidad tuviera ese nombre, y los evangelistas interpretaran el nacimiento de Jesús como la encarnación del Verbo, como la llegada del liberador de la humanidad, María simplemente da testimonio de que Dios puede nacer en el seno de una mujer. No tan solo en el sentido biológico. Sino como puede Dios transformar la vida humana. Como lo dice en el Magnificat, porque ese nacimiento transformó su vida, para que a través de ella su misericordia llegue a todos, para que la fuerza de su brazo disperse a los soberbios, colme de bienes a los hambrientos, y exalte a los humildes. Por eso mismo, María también da testimonio de que puede nacer en cada uno de los demás seres humanos. No en sentido biológico, pero tampoco metafórico. En el sentido real de que podemos en nuestra vida humana, creada, finita, alcanzar la misma plenitud de vida que llamamos la vida divina, haciendo realidad en nuestra vida los contenidos del magnificat. Podemos prepararnos para permitir que suceda esa gracia, ese don gratuito, que Dios se engendre, por decirlo así, en cada uno de nosotros. Es a esto a lo que podemos llamar “nacer de nuevo”. La navidad es la fiesta del nuestro propio nacimiento a la vida de Dios.
4. La celebración de la navidad debería ser primero una iluminación, para descubrir, como María, que esto es posible. Luego, una realización para hacer presente en nosotros la forma de vida de Jesús, hijo de Dios, como fuerza de esperanza.Ω

16 diciembre, 2007

3er domingo de Adviento

3er domingo Adviento, 16 diciembre 2007
Lect.: 35: 1 – 6 a; Sant 5: 7 – 10; Mt 11: 2 – 11

1. Nuestro mundo ha cambiado mucho desde que Isaías escribió el texto que escuchamos hoy. La imaginación no nos da para pensar lo diferente que sería la sociedad de hace 2700 años. Pero hay algo que nos suena conocido. El profeta ve a su alrededor gente con manos débiles, con rodillas vacilantes, dejándose llenar su corazón de cobardía, con temor. Un mundo lleno de problemas que produce innumerables víctimas. Siete siglos después, Juan el Bautista en la cárcel, duda si Jesús es el Mesías que ha de venir y manda a sus discípulos a preguntarle si es él o hay que esperar a otro. Jesús se identifica indicando a quiénes ha venido a traer esperanza: a los inválidos, a los enfermos, a los pobres, a los que están amenazados por la muerte y dice claramente: anuncien a Juan lo que están Uds. viendo y oyendo.
2. El mundo de Isaías, el del bautista, el nuestro, están llenos de víctimas. ¿Qué responderíamos nosotros si, de repente, entrara en nuestro templo un mensajero de todas esas víctimas y nos preguntara: ¿Es a Uds. a quienes estamos esperando? Isaías dijo a los de su tiempo que se fortalecieran porque su Dios llegaba a traerles el desquite, los iba a salvar. Jesús dijo que con su actividad se anunciaba la buena nueva a los pobres; los inválidos y los enfermos recuperaban la salud. ¿Qué podríamos responder nosotros a las víctimas de hoy para que recuperen la esperanza, y se sientan fortalecidas? Hay dos maneras equivocadas de responderles. La 1ª, típica de una teología del pasado, a veces bien intencionada pero incompleta, es decirle a las víctimas: tranquilos, ofrezcan su sufrimiento al Señor, y confíen en que Él les pagará con creces en la otra vida. Repetir hoy este mensaje, sobre todo si se hace desde una posición cómoda, es insultante para los pobres, para los excluidos, para los pisoteados de esta sociedad. La 2ª respuesta errónea es la de decirle a las víctimas:, paciencia, la técnica y la economía tienen todo el poder para resolver sus problemas y los de todos. Es cuestión de más inversiones, productividad, comercio, y luego ¡prosperidad para todos! Esto es erróneo, como lo demuestra la historia y, cuando se hace desde la silla de quienes disfrutan de comodidad y lujo, resulta cínico.
3. Hace pocos días, visito nuestro país el Nobel de la Paz Mohamad Yunus, llamado el banquero de los pobres, por el sistema de microcréditos que diseñó. Cuando la periodista le preguntó si se podía cambiar la situación actual de ricos y pobres respondió: “Sí, por supuesto: es posible replantearla. (…). El concepto actual de economía es muy restrictivo y el negocio es únicamente hacer dinero. El asunto es que se olvida de la gente. Los seres humanos no somos máquinas de hacer dinero, somos más que eso. Somos seres que compartimos y cuya naturaleza es solidaria, y esa parte no es parte de la concepción actual de la economía. Hay que promover una economía donde el negocio esté en hacerles el bien a otras personas. Hay que cambiar el negocio donde a nadie le importa qué pasa contigo, sino solamente qué pueden obtener de ti. Es necesario hacer negocio para hacerle bien a la gente. Eso no es difícil, ese sentimiento está en el corazón de los seres humanos y solo hay que dejarlo aflorar”.
4. La ciencia, la tecnología y la economía son instrumentos muy importantes. Pero si se usan para valorar las personas, así sean los pobres, los discapacitados de nuestras familias, los que son menos apreciados de nuestra sociedad. Son útiles para la sociedad si y solo si son conducidas por unos valores distintos, por una manera distinta de entender y practicar en qué consiste ser humano.. Esta visión de la vida, que ve más allá de la superficie, de lo que es aparente, es lo que construye esperanza con hechos. No se traduce en simples limosnas sino en formas distintas de vivir la vida familiar, laboral, empresarial. Como Yunus así también viven y dan esperanza todos los que han experimentado una espiritualidad profunda y han dejado que aflore y se transforme en sentimientos y éstos en acciones para hacer el bien a la gente. Este es el tipo de respuesta que esperan de nosotros las víctimas. No hay que esperar a nadie más. Aquel que supo con su vida dar buenas noticias a las víctimas, está en cada uno de nosotros. Es cuestión de quitar obstáculos para que él se manifieste.Ω

11 diciembre, 2007

2o domingo de adviento

2º domingo de Adviento, 9 diciembre 2007.
Lect.: Is 11: 1 – 10; Rom 15: 4 – 9; Mt 3: 1 –12

1. El domingo pasado hablábamos de Peter Pan. Recuerdan que era para criticar ese problema psicológico de negarse a crecer y madurar, la tentación de ser eternamente niño o adolescente. Los cuentos, sean los antiguos o los contemporáneos, tienen más enseñanzas, no solo moralejas, de las que uno a veces percibe. En conjunto, hay algo interesante de todos ellos: su capacidad de despertarnos la imaginación, de tocar y revivir esa facultad que todos tuvimos y que conservamos quizás muy escondida, de soñar, de imaginar posibilidades maravillosas para nuestra vida. Madurar, crecer, superar el síndrome de Peter Pan, no tiene que chocar necesariamente con esa capacidad de soñar y de imaginar nuevos mundos. Esta imaginación es la que nos permite luego usar nuestra inteligencia y los recursos de la ciencia de manera constructiva o destructiva. Esta imaginación debería ser la que nos plantee nuevos retos morales y espirituales. Recordemos que, en parte por esto, uno de los más grandes científicos del s. XX, Albert Einstein, decía que la imaginación es más importante que la ciencia.
2. Les invito a volver a leer luego la 1ª lectura, de Isaías. Nos ubica en un mundo maravilloso. No es mágico, como en los cuentos, pero está lleno de símbolos que expresan la confianza en que los seres humanos tenemos capacidades, potencialidades quizás aún no desarrolladas, es más, quizás opacadas o amarradas por deformaciones de la sociedad en que vivimos. Está claro que ese mundo que ve Isaías no es el mundo de la realidad tal y como existe, tal y como la percibimos hoy. Y está claro que los símbolos que utiliza no describe una situación real que podamos construir. Por ejemplo, eso de habitar el lobo con el cordero, la pantera con el cabrito echados juntos, y un chiquillo pastoreando al mismo tiempo un león y un novillo… Son símbolos muy hermosos pero, como tales, reflejan esa capacidad de vislumbrar del profeta, más aún la capacidad, iluminado con la luz del Espíritu de Dios, de descubrir que los seres humanos tenemos potencialidades para saltar a niveles de vida mucho más profundamente humanos, más plenamente vitales, que estos en los cuales nos encontramos inmersos en la sociedad en que vivimos.
3. Cuando uno escucha en la 3ª lectura de hoy, como en otros textos típicos de este tiempo de Adviento, el llamado a la conversión del Bautista, transmitido por Mt, al arrepentimiento, uno tiene la posibilidad de interpretarlo de dos maneras. Una, de forma miope, corta de vista, pensando que a lo único que nos llama es a más de lo mismo, A arrepentirnos de las inevitables faltas individuales, a someternos de forma más estricta a una disciplina moral. Es importante pero muy insuficiente. Pero la otra interpretación profunda, es otra cosa. Lo primero que hace el Bautista es anunciar el Reino de Dios, es decir, ese gran sueño, esa gran utopía de vida humana, pintado simbólicamente por los profetas. Y después a invitarnos a la conversión para entrar a ese Reino, es decir a dejar volar la imaginación para desear y buscar lo aparentemente imposible. Nos invita a abrirnos interiormente para descubrir en nosotros mismos las enormes posibilidades que tenemos de dar un salto a una forma distinta de vivir la vida humana, por la fuerza del Espíritu divino que habita en nosotros. A eso es lo que llamamos conversión. A eso es a lo que se nos llama en Adviento, en preparación de un nuevo nacimiento, de Jesús y de cada uno de nosotros.Ω

1er domingo de Adviento

1er domingo de Adviento, 2 diciembre 2007
Lect.: Am 2: 1 – 5; Rom 13: 11 – 14; Mt 24: 37 – 44


1. La mayoría de nosotros recordamos el cuento y las películas de Peter Pan. Lo que quizás no tenemos claro es que, más allá de las aventuras fantásticas, con Wendy, sus hermanos, Campanita y el capitán Garfio, Peter Pan era un chico extraño por un rasgo muy especial: no quería crecer, no quería llegar a ser adulto y por eso se va al País de Nunca Jamás —y al final se queda ahí—. Por eso, algún psicólogo contemporáneo ha llamado el síndrome de Peter Pan al que padecen algunos jóvenes adultos que jamás quieren salir de casa de los papás, que posponen o son inestables para elegir un oficio, profesión o trabajo, que tratan de manera narcisista de tener de forma indefinida una apariencia juvenil. En fin, de no crecer, de no madurar, llegando a ser lo que uno está llamado a ser. Todo lo contrario de esto es la tarea que los papás y educadores nos planteamos como meta con nuestros hijos y alumnos: ayudarlos a crecer, a madurar, a darse cuenta en qué consiste ser plenamente humano, a darse cuenta del mundo que los rodea, de lo que es la realidad de la vida, de lo que son las responsabilidades ante los efectos que causa nuestra presencia en el mundo y nuestras relaciones con otros.
2. Las frases iniciales de Pablo en el texto de hoy a los Rom nos trasladan esta reflexión al plano de la espiritualidad cristiana: dense cuenta del momento en que viven; ya es hora de espabilarse porque la salvación está más cerca de cuando empezamos a creer. Cuando éramos pequeños, y además religiosamente infantiles, creíamos que la salvación, la presencia de Dios y su acción en nosotros era algo lejano, algo que venía de afuera y que se nos daría al final de los tiempos, en premio o castigo según nos portáramos. Pienso que muchos de nosotros no hemos madurado más allá de esa visión y algunos puede que estén resistiéndose a crecer, a superar esa visión infantil, al fin y al cabo cómoda y que limita la exigencia, como en los niños, a tratar de portarse bien y a pedir perdón cuando nos portamos mal. Por eso, al empezar este período de Adviento, de preparación a la Navidad, Pablo nos dice: dejen de ser Peter Pan, espabílense, dense cuenta de quién es cada uno de Uds., qué esta llamado a ser, en qué consiste ser plenamente humano, cómo la presencia de Dios está más cerca de lo que creíamos de pequeños, y dense cuenta del momento en que viven, del significado de los hechos que suceden, aprendan a ver las cosas, a Uds. mismos y a Dios de manera madura,
3. En la medida en que emprendamos el camino de estas cuatro semanas como una preparación no solo para recordar el nacimiento de Jesús de Nazaret, sino como una preparación para nacer de nuevo a una vida de cristianos maduros, de hombres y mujeres maduros, nos iremos dando cuenta de que podemos sentir con Mt que el Hijo del hombre viene en cualquier momento y en cualquier lugar. No en el sentido de que en cualquier momento puede sobrevenirnos la muerte y encontrarnos cara a cara con Dios; ni solo en el sentido de que al final de los tiempos habrá un encuentro total y definitivo de la humanidad con Él. No. Además creciendo en conocimiento, madurando nuestra manera de percibir la realidad nos daremos cuenta de que en cualquier momento y lugar, podemos experimentar la presencia de Dios en nosotros. La eucaristía en que participamos es un llamado a esta toma de conciencia y a esta vigilancia para no estancarnos en el síndrome de Peter Pan.Ω

20 mayo, 2007

Domingo de la Ascensión

Fiesta de la Ascensión, mayo 20, 2007
Lect.: Hech 1: 1 – 11; Ef 1: 17 – 23; Lc 24: 46 – 53

1. Un hecho que se repite en los evangelios es la incapacidad de los discípulos para entender lo que Jesús dice. O, quizás peor, su inclinación a interpretar las palabras y acontecimientos según formas de pensar de la época, que no coincidían con la nueva visión que Jesús estaba tratando de compartirles. Este fallo de los discípulos se repite en las lecturas de hoy. Jesús les da pruebas de que está vivo, les habla de que van a ser revestidos de una fuerza de lo alto, y ellos se quedan en la interpretación política judía del mensaje. Solo se les ocurre preguntar si ahora va a ser restaurado el reino de Israel.
2. No es raro que eso suceda. Como todos los grandes maestros espirituales Jesús comunica un mensaje sobre la riqueza y profundidad de la vida humana y de la creación que tenemos que ir captando poco a poco, conforme a los instrumentos de conocimiento con que contamos en cada lugar y en cada época. En su momento, aquellos judíos tenían que emplear sus propias creencias y tradiciones para entender el mensaje de Jesús. De esta forma, sin duda que alcanzaban a entender algunas cosas, pero no la plenitud del mensaje. A nosotros nos puede pasar lo mismo. Al escuchar de nuevo el anuncio de la resurrección y ascensión de Jesús y al recibir su invitación a ser testigos de este acontecimiento, "para la conversión y el perdón de los pecados" puede ser que nos quedemos cortos, y tendamos a repetir fundamentalistamente los textos bíblicos, como aquellos primeros discípulos, y no nos abramos a la profundidad del mensaje.
3. Cuando los textos del NT hablan de la resurrección y la ascensión de Jesús en realidad están hablando de dos aspectos de un solo hecho. No se trata de que el cadáver de Jesús vuelva a la vida sino que, como dijimos el domingo pasado, Jesús nos manifiesta un nuevo modo de existencia. Se inaugura una vida nueva, que está por encima de los poderes negativos de este mundo y por encima, incluso, de la muerte. La ascensión a la diestra del Padre, como dice la tradición, es una forma simbólica de hablar de ese señorío, de ese poder del hombre nuevo por encima del pecado y el mal. Y es inauguración de esa vida nueva también para nosotros que se caracteriza porque el Padre y el Hijo establecen su morada en nosotros, como dice Juan. Lo sagrado se hace presente, irrumpe en nuestra realidad cotidiana. Nos cuesta entenderlo y aceptarlo, pero una fuerza que viene de lo alto, el propio espíritu de Jesús, va a revestir a los discípulos para ir experimentándolo y para ir dando testimonio de esta vida nueva no importa en qué país o en qué situación nos toque vivir —"hasta los confines de la tierra".
4. Estamos lejos de entender en todos sus alcances lo que significa compartir esta vida nueva, metida en el seno de la intimidad misma de Dios pero que, al mismo tiempo, no pierde las características de fragilidad que tiene toda la creación. Lo importante, quizás, entonces, es una triple invitación que sale de las lecturas de hoy. Primera, a no reducir las expresiones de nuestra fe a repetir literalmente las palabras sagradas; Segunda, a motivarnos más bien, con esperanza, a pensar que lo que se nos está revelando sobre nuestra vida ha de entenderse en un horizonte inmenso, tan grande que el autor de Efesios trata de expresarlo en términos de transformación cósmica. Tercera, que Jesús en estos textos nos pide que aguardemos, que tengamos paciencia si vamos entendiendo despacio, porque esa fuerza de lo alto va a revestirnos y a darnos la capacidad para experimentar por nosotros mismos esa nueva realidad, ese nivel más profundo de la vida.Ω

14 mayo, 2007

6o domingo de Pascua

6º domingo de Pascua, mayo 13, 2007
Lect.: Hech 2: 1 –2. 22 – 29; Apoc 21: 10 – 14. 22 – 23; Jn 14: 23 – 29


1. A la distancia temporal que nos encontramos de las primeras comunidades cristianas es difícil darse cuenta de la crisis que se debió haber provocado a aquella comunidad de Jerusalén cuando se ve interpelada por los primeros no judíos que vienen al seguimiento de Jesús (aquí incluir descripción de la situación de aquellos primeros cristianos, todavía judíos). Pero, en realidad, es una crisis que se repite a lo largo de la historia cuando se trata de entender y vivir las palabras del evangelio en culturas distintas, en épocas totalmente nuevas y diferentes. Es la misma crisis que vivimos nosotros, y las que tendrán incluso algunos obispos reunidos hoy en Aparecida.
2. Las tentaciones para librarse de esta crisis son varias: una, quedar atrapados en la nostalgia del recuerdo de Jesús y desear haber sido de aquellos primeros discípulos cercanos. Al ser esto imposible, repetir fundamentalistamente los textos y palabras de entonces. Otra tentación, consiste en acogerse a la creencia de que los sucesores de los apóstoles tienen respuestas válidas para siempre y que nosotros estamos liberados de pensar y buscar conocer respuestas a nuevos retos y cuestionamientos, porque el Papa y los Obispos ya tienen su depósito de respuestas.
3. Ambas tentaciones son falsas vías de escape de un hecho ineludible: tenemos que vivir el evangelio en medio de un mundo que cambia continuamente, con conocimiento que cambia continuamente. Ni los Obispos están fuera de esa dinámica de la vida y, por eso, deben de continuo pensar en la profundización y reinterpretación actualizada de la palabra evangélica. Jn en el texto de hoy nos da la pista para buscar otra salida, la que pone en boca de Jesús. La paz interior y la superación de estas crisis no vendrá a los cristianos porque Jesús no muera, porque su existencia terrestre se prolongue indefinidamente. Ni esto era posible ni necesario en la perspectiva de Dios. A los cristianos miedosos de quedarse solos, Jesús los invita a alegrarse porque él se vuelve al Padre. Una razón profunda es porque esta partida de Jesús, por decirlo en palabras modernas, permite que los discípulos maduren, crezcan como adultos, y cobren conciencia de que el mismo Espíritu de Cristo estará ahora morando en nosotros. Ante nuevas circunstancias, nuevos problemas, diferentes culturas, el mismo Espíritu de Cristo en nuestros corazones será el que nos capacite para conocer la vida, la realidad de una manera diferente. Esa presencia del espíritu de Cristo en nuestros corazones es el que nos permite hacer a Cristo contemporáneo de nosotros y releer sus palabras y sus gestos y reinterpretar lo que cada uno de ellos significa para nosotros hoy.
4. Conocer la realidad de nuestra vida de una manera distinta, darnos cuenta de que no la conocemos en profundidad, conocerla como la conocería el propio Cristo es el gran don que tenemos y que nos recuerda hoy el texto evangélico, para que no caigamos en la tentación del arqueologismo, del fundamentalismo, del inmovilismo, del infantilismo a que nos empuja el miedo al cambio. Este gran don es el de poder experimentar la realidad como Cristo mismo, por el Espíritu que hemos recibido. Una vez más la invitación es a reconocer que tenemos ese don, a caer en el cuenta de que existe y que lo podemos ejercitar. Posiblemente, esto choque con formas como hemos vivido hasta ahora nuestra dimensión religiosa, de manera más bien pasiva, por eso nos puede costar más reconocer este don que tenemos. Es algo parecido a como si después de mucho tiempo de escuchar música y disfrutarla, nos diéramos cuenta de que podemos ser compositores.Ω

08 mayo, 2007

4o domingo de Pascua

4º domingo de pascua, 29 abril 2007
Lect.: Hech 13: 14. 43 – 52; Apoc 7: 9. 14b – 17; Jn 10: 27 – 30

1. Celebrar cada año la pascua, como fiesta de la resurrección de Jesús pudiera interpretarse de manera muy simplista. Pudiera verse como una proclamación reiterada escrita para fortalecer nuestros ánimos. Algo así como decir: no se preocupen por todo lo que sufren, incluso tampoco por la muerte, porque al final, como Jesús, resucitarán. Esta interpretación pareciera respaldarse por esta promesa de Jesús que hoy sale en el texto evangélico, a mis ovejas les doy la vida eterna. Y antes en la 1ª lectura habla de los que rechazan y los que se interesan en la vida eterna. Si leemos así el evangelio, estaríamos planteándonos enseguida preguntas tales como: ¿hay vida después de la muerte? ¿puede vivir el ser humano para siempre? ¿cómo era el universo antes de la vida y Dios antes del universo? Este tipo de preguntas son más bien filosóficas y pueden ser válidas y corresponder a preocupaciones del ser humano. Pero no son prácticas para la vida espiritual. La Biblia, los evangelios en particular, no son ni un libro de ciencia, ni un manual de filosofía. El mensaje cristiano sobre la resurrección y sobre la vida eterna es ante todo, el planteamiento de una renovación radical aquí y ahora de nuestra existencia humana, de nuestra manera de relacionarnos unos con otros y con el resto de la creación, a partir de la experiencia de la vida de Jesús que es aceptada como la manifestación de la vida de Dios.
2. Lo que al evangelio le interesa es hacernos tomar conciencia no del aspecto cuantitativo de la vida: si puede durar mucho, poco, o para siempre. Sino del aspecto cualitativo: qué calidad puede tener nuestra vida, aquí, ahora y en el futuro. Y el gran mensaje es: que podemos participar de la misma calidad de la vida de Dios, el eterno, el que no está sujeto a las limitaciones de este mundo y del tiempo. La invitación es a abrir nuestro corazón en un gran acto de confianza en el poder de Dios —eso es lo que significa creer, tener fe— que hace posible construir nuestro modo de vivir, de relacionarnos, de pensar, de amar, de sufrir, incluso de morir. sobre la base de la gratuidad, la generosidad, el don, la comunión, que son las características de la vida del eterno. Esta vida se construye al poner toda la confianza en Dios, no en uno mismo.
3. Uno podría pensar que es imposible cambiar nuestra vida tal y como es. Que solo es posible vivir en competencia unos con otros, apropiándose en exclusividad de todo lo que nos rodea. Relacionándose solo mercantilmente unos con otros, es decir, dando o compartiendo algo solo en la medida en que me den algo a cambio. Tratando de prolongar lo más posible los años de nuestra existencia, y de burlar lo más posible a la muerte, a la que vemos como enemiga de la vida. Pero esta manera de pensar, tan habitual en nuestro mundo, es retada por la vida de Jesús que no se caracteriza por nada de eso. Es una vida marcada por la conciencia plena de la gratuidad, de que todo lo que tiene es del Padre, y que es por lo mismo capaz en cada momento, de vivir cada aspecto de lo que es como un don para los demás. Con un desprendimiento tan grande, que es capaz de hacer todo esto hasta el extremo de exponerse a la muerte. Pero ni esta muerte, someterse a la corruptibilidad como criatura, es capaz de hacerle perder la confianza en el poder de la vida del eterno que no permite que nada nos arrebate de sus manos.
4. Esta es la oferta de vida eterna de la que volvemos a tomar conciencia cada año en la Pascua. Una forma nueva de vivir y morir y existir en lo cotidiano, que hemos visto posible en Jesús de Nazaret. Equivale a nacer de nuevo, a ser creado de nuevo, pero no se trata de un milagro automático, sino de una decisión responsable de abrirse para que el Espíritu de Dios nos transforme aquí y ahora, cada día.Ω

5o domingo de Pascua

5º domingo de Pascua, mayo 6, 2007
Lect.: Hech 14: 20b – 26; Apoc 21: 1 – 5 a; 13: 31 – 33 a

1. Es muy normal, entre nosotros gente religiosa, enfrentarnos al sufrimiento de cada día, a las experiencias de enfermedad, o de problemas laborales, económicos y otros, viéndolas como el lado oscuro de la vida, como limitaciones inevitables de este mundo que, afortunadamente, si nos portamos bien, llegaremos a superar en la otra vida donde, además, se nos recompensará por todo lo que hayamos padecido. Con esa misma mentalidad, podríamos esperar que en estas semanas de pascua, en la liturgia se nos leyeran solo textos que, en nuestro lenguaje ordinario, pudiéramos llamar “luminosos”, optimistas. Si ya Cristo resucitó, para qué pensar en su pasión y su muerte, dejemos eso atrás, porque todo ese sufrimiento lo ha compensado el triunfo de Jesús sobre la muerte. Ya Jesús está vivo y glorioso por encima de las vicisitudes de este mundo. Sin embargo, el evangelio nos propone otra manera de ver la vida y de leer los acontecimientos.
2. El texto se ubica justo cuando Judas sale del lugar de la cena para consumar su traición. Ahí se juega, no solo la ingratitud e infidelidad de un amigo y discípulo, sino el comienzo de una serie inmediata de acontecimientos que llevan a la pasión y a la muerte de Jesús. Es decir, con ese momento de la partida de Judas empiezan esas últimas horas de la vida de Jesús, que la tradición ha llamado “horas de las tinieblas”. Sin embargo, contra lo que uno pudiera esperar, es en este preciso momento que Jn dice: Ahora es glorificado el hijo del hombre y Dios es glorificado en él. En vez de ver los hechos rodeados de oscuridad, el evangelista los ve como un momento de glorificación de Jesús y de Dios en él. ¿Cómo es posible que Jn diga esto? Para nada significa que Dios, autor de la vida, se complazca en la traición, el sufrimiento y la muerte. Jesús tampoco era un masoquista, que experimenta placer en el dolor. Tiene que haber otra razón por la cual se enfatiza tan categóricamente que la glorificación de Jesús y de Dios tienen lugar ahora mismo, en ese momento de cruz. Pareciera que lo que Jn nos está indicando es que para alguien que ha descubierto a Dios en su vida, para alguien que ha renacido a una vida nueva, todo momento de su vida puede ser vivido como un momento de participar en la gloria misma de Dios, es decir, de entrar a compartir la misma vida íntima de Dios. Tener y experimentar esa presencia de Dios nos permite entonces experimentar y vivir las diferentes situaciones de la vida humana de una manera distinta a lo ordinario. Para Jesús, por ejemplo, ese momento de la traición y de inicio de la pasión es vivido como un momento elevado de desprendimiento, de donación de sí mismo, de compartir y hacer plena la vivencia de Dios. La hora de las tinieblas, como dice un autor, es la que se lleva Judas, para Jesús en cambio es una hora de luz, en la que expresa sus sentimientos más profundos en ese encargo del amor.
3. Efectivamente, ahí parece resolverse otra paradoja: Jesús toma conciencia en ese momento de que le queda poco para estar con ellos, porque acaba de ser traicionado, de estar cercana su pasión y su muerte. Y sin embargo, el encargo a los suyos no es de tomar venganza, ni de hacerse con el poder para compensar este sufrimiento. Su encargo es el de hacer del amor la norma de su vida. Eso solo se puede hacer, cuando se está viviendo ese momento desde la experiencia profunda de un nuevo nacimiento, de una resurrección a otra forma de vida distinta de aquella en la que nos movemos con escasas miras.
4. La resurrección, como Pablo nos lo dice tantas veces, es algo que ya tenemos potencialmente, en semilla, cada uno de nosotros. Experimentar la vida, incluso los sufrimientos y la muerte, desde ella, es todo un camino para recorrer. Una vez más, esta eucaristía es un estímulo para seguir caminando.Ω

3er domingo Pascua 2007

3er domingo de Pascua, 22 abril 2007
Lect.: Hech 5: 27 b – 32. 40 b – 41; Apoc 5: 11 – 14; Jn 21: 1 –19



1. A menudo pienso que uno de los daños que se hace a los líderes de la Iglesia es idealizarlos. Y, a la larga, es un daño que nos hacemos a nosotros mismos, a nuestra perspectiva de vida como cristianos. Idealizar al Papa, a tal o cual Obispo, a tal o cual sacerdote, como si fueran seres fuera de este mundo, como si fueran santos solo por el cargo que ocupan, como si fueran o tuvieran que ser impecables, más cercanos a Dios que nadie, no solo no es real, sino que además no ayuda mucho a nuestra vida espiritual. No es realista porque Papa, obispo y sacerdotes, seguimos siendo tan humanos como cualquier otro. Intentar vivir como si esto no fuera así, construirles imagen publicitaria idealizada solo conduce a la posibilidad de escándalo, de tropiezo, cuando en cualquier momento se les descubre algún fallo humano más o menos serio. Y esto daña nuestra vida espiritual y la posibilidad de entender en qué consiste ser cristiano resucitado.
2. Un texto como el de Jn hoy, en el que una de las primeras comunidades cristianas, intentó subrayar la importancia de la autoridad de Pedro, para nada usa ese mecanismo de la idealización. Todo lo contrario, destaca cómo Pedro, antes de recibir ese encargo de cuidar el rebaño de la Iglesia, necesita ser perdonado confesando tres veces su amor por el Señor. Esa triple confesión está evocando con claridad la triple negación que todos recordamos, muy seria, porque tuvo lugar la misma noche en que Jesús fue arrestado. Este hombre que va recibir ahora esta responsabilidad en la Iglesia es un hombre como otro cualquiera, que ha experimentado fallas muy grandes. Jesús solo le pide la humildad de reconocerse humano, débil, necesitado de perdón, pero con muchas ganas de amar. Jn no da lugar a ninguna idealización de lo que somos los cristianos: a Pedro, a la pecadora, a cualquiera de nosotros, muchos se nos perdona en la medida en que mostramos mucho amor.
3. La semana pasada veíamos como un signo de la resurrección de Jesús, cuando la comunidad eclesial pasa de ser una iglesia de puertas cerradas, a una iglesia abierta en diálogo con el mundo. Para la comunidad y para cada uno, pasar del miedo y la inseguridad a la confianza y la valentía, son un primer signo de que está en nosotros el poder transformador de la resurrección. En este nuevo mensaje evangélico de hoy, se nos da otra buena noticia, que el reconocimiento de las propias fallas y de la necesidad de ser perdonados, es otro signo de que tenemos en nosotros la fuerza de una vida nueva, de resucitados. No es poca cosa. Así como tendemos a idealizar a los líderes eclesiásticos, también tendemos a idealizarnos a nosotros mismos. Jn nos hace ver que esto es un error. La fuerza de la vida nueva no está en pretendernos impecables, sino en reconocernos necesitados de perdón. Perdón que viene de Dios, de los demás y de nosotros mismos, en la medida en que reconocemos que el amor es más grande que cualquier falta que afecte nuestra conciencia.
4. Vale la pena recordar aquel texto de Pablo en 2 Cor 12: 1 – 10 en el que el Apóstol muestra su experiencia de hombre nuevo resucitado, en su capacidad de aceptar sus flaquezas consciente de que ese reconocimiento es el que permite que habite en él la fuerza de Cristo. Esta eucaristía puede ayudarnos a aceptarnos más tal y como somos cada uno, flacos, débiles, sabiendo que esa aceptación da lugar al poder de Cristo resucitado en cada uno como algo totalmente gratuito. Es ese poder y no nuestro débil yo, el que nos permite amar intensamente.Ω

18 abril, 2007

Homilía del 2o Domingo de Pascua, 15 abril 2007

2º domingo de Pascua, abril 15, 2007
Lect.: Hech 5: 12 – 16; Apoc 1: 9 – 11 a. 12 – 13. 17 – 19; Jn 20: 19 – 31


1. El cuadro del primer grupo de discípulos metidos en una casa “con las puertas cerradas” es todo un símbolo y una provocación para examinarnos nosotros mismos. Aquellos discípulos se encerraron “por miedo a los judíos”, podría ser por miedo a correr la misma suerte del Maestro o, simplemente, por temor a las burlas, a que los ridiculizaran por haber creído en un aparentemente “fracasado”, en unas promesas de un Reino que ahora parecían más lejos que nunca. Constituirse en una comunidad, una iglesia de “puertas cerradas” es más que una tentación, una permanente tendencia de nosotros cristianos, en la medida en que nos dejamos controlar por miedos e inseguridades. Ya no se trata de aquellos “miedos a los judíos”, miedo a ser martirizados como Jesús. Los motivos hoy pueden ser nuevos, muchos y muy variados: miedo a enfrentarse con una sociedad cambiante que presenta nuevos retos de parte de prácticas morales de no creyentes así como de nuevos horizontes de las ciencias; miedo a una sociedad pluralista, donde las ofertas religiosas, los planteamientos de tranquilidad espiritual y de caminos de felicidad son muchos y muy atractivos. Cuando nos enfrentamos a todo este panorama, no es extraño que como obispos, como sacerdotes y como padres de familia nos sintamos temerosos e inseguros y nos creamos que hay que correr cerrojos, cerrar puertas, prohibiendo lecturas, condenando a quienes creemos que piensan distinto de nosotros, e intentando impedir que nuestros hijos, alumnos, feligreses tengan acceso a ciertos libros, películas, programas, no sea que vayan a perder la fe.
2. Si hay algo de lo que nos libra la experiencia de la resurrección de Jesús es del miedo y de la inseguridad. La lectura de Juan de hoy, refleja con claridad cómo la presencia del resucitado en nuestras vidas quiebra todas las cerraduras, y cómo el recibir su Espíritu nos libera de todos esos y otros temores y desconfianzas, y nos abre con confianza a todos los horizontes que nos presenta la vida porque, precisamente, el anuncio de la resurrección de Jesús se nos hace, dice Jn, “para que tengamos vida en su nombre. El cuadro que nos pinta el evangelio de hoy resume en un momento lo que fue sin duda un proceso de transformación de la primera iglesia, representada en aquel grupo de primeros discípulos y, en particular, por Tomás. Se trata de una transformación de un grupo que pasa de ser una iglesia de puertas cerradas, a una comunidad abierta, en diálogo con el mundo; de un discípulo que duda, a un apóstol que proclama en voz alta su fe.
3. Para muchos de nosotros, adultos, la transformación de la sociedad en lo tecnológico, en lo científico, en el campo del conocimiento y de la información ha producido un gran socollón, sin duda, a nuestras costumbres, a nuestras maneras de relacionarnos, a nuestras creencias y valores heredados de la generaciones anteriores. Pero probablemente el cambio va a continuar y más acelerado y radical. El peor de los errores, sobre todo en el campo de la educación de nuestros hijos, sería el intento de cerrar las puertas, los ojos y los oídos a todo lo que nos rodea, aferrándonos a una sola manera de pensar y practicar. Por supuesto que la mejor herencia educativa para los niños y jóvenes es ayudarlos a pensar por sí mismos y a actuar por convicción y no por temor. Pero, además, como cristianos, enseñarles a construir caminos para experimentar la presencia del Cristo resucitado que es el viviente, el señor de la vida y que, por tanto nos ofrece la capacidad de caminar hacia la plenitud desde cualquier experiencia de vida, con la fuerza de ese Espíritu que nos ha dado.Ω

15 marzo, 2007

¡Por fin llegué!

Un primer saludo de llegada para todos. ¡Más vale tarde que nunca!.
Por ahora sólo decir "presente" porque estoy con varias cosas urgentes, pero pronto espero estar aportando algo a lo mucho valioso de ustedes.
Saludos cordiales. Axel

04 marzo, 2007

HOMILÍA DEL 2o domingo de cuaresma 07

2º domingo de Cuaresma, 4 marzo 4, 2007
Lect.: Gén 15: 5 – 12. 17 – 18; Flp 3: 17. 4: 1; Lc 9: 28b – 3


1. Hay cosas que parecen no tener sentido. Por ejemplo, si uno tiene años trabajando en una empresa, un comercio, una industria, un colegio,… si las cosas van normalmente, no parece razonable empezar a preguntarse qué es esa empresa, a qué se dedica, si vale la pena. O cuando uno está casado largo tiempo, crisis aparte, no es razonable de la noche a la mañana empezar a preguntarse, “quién es esta señora o señor”, “a qué se dedica”, “cuáles son sus rasgos”. Sin embargo, esto que parecería tan raro en esas situaciones, ¿por qué sucede en referencia a Jesús, al Cristo? Lc nos pone hoy el relato conocido como la “transfiguración”, en el contexto del cap 9 en el que Jesús había llamado a los Doce, luego multiplica el pan, y luego él mismo los provoca a preguntarse quién es él, según el parecer de la gente y según ellos. En la transfiguración Lc anuncia la respuesta a la pregunta de la identidad de Jesús, al oír la voz que dice “éste es mi hijo amado”.Tendría que sonarnos raro. Si ya lo habían seguido, y si habían presenciado algunos de sus signos, ¿cómo podrían no saber quién era? ¿A qué viene eso de aclararles ahora a quién siguen, con quién se han apuntado? Es más, hablemos de nosotros mismos: si llevamos los adultos décadas de ser cristianos, seguidores de Jesús, y lo llamamos “el Cristo”, ¿por qué la liturgia vuelve a provocarnos para que nos preguntemos quién es él y nos vuelve a dar una respuesta que parece complicada por lo simbólica con este relato?
2. Vamos a intentar dar pistas para respondernos, a partir del mismo texto de Lc que acabamos de oír. La primera pista es la manera como está formulada la respuesta. No es respuesta de catecismo, ni de una pretenciosa teología que da respuestas bien hechitas, precisas y acabadas. Es una respuesta dada con un lenguaje simbólico. Cuando la voz de la nube dice “este es mi hijo, el elegido, escúchenle” se está refiriendo a una visión extraña que podemos resumir así: un Jesús que se pone a orar y de repente su cara cambia de aspecto, sus vestiduras se tornan brillantes, y que se pone a hablar con Moisés y Elías, sobre su partida que debía cumplirse en Jerusalén. Uno esperaría otro tipo de respuesta, porque esta parece dejarnos más confundidos. Por una parte, es un Jesús humano, que tiene necesidad de orar, por otra, de repente su aspecto no es normal, por otra parece hablando con antiguos profetas pero, en fin, hablando de algo tan material y angustioso como lo era lo que le esperaba en Jerusalén. Evidentemente, se trata de un cuadro maravilloso pintado por Lc para que tratemos de captar una realidad profunda, difícil, que es la realidad de Jesús, la de Dios y la de nosotros mismos, y que no se puede explicar como quien explica una clase de geografía, o de ciencias. La intención de Lc es sornaguearnos, golpearnos y dejarnos pensando, más abiertos a seguir preguntándonos sobre lo que significa ser hijos elegidos de Dios, como una realidad que nunca terminaremos de entender y que no se puede reducir a unas explicaciones de catecismo. Apenas si nos da otras pistas para seguir pensando: con los símbolos que usa nos mezcla la realidad ordinaria con la realidad de lo divino, lo material y humano, con la existencia de lo que llama el Cristo, el nivel de la vida diaria con otro nivel más profundo de nuestra propia existencia que compara con un nivel luminoso, y la práctica de la oración como espacio y momento en el que podemos saltar a un conocimiento de la realidad de manera más profunda que la tenemos habitualmente.
3. Sí, Lc da una respuesta a la pregunta sobre la identidad de Cristo, que es sobre nuestra propia identidad. Pero más que dejarnos satisfechos como si ya el tema fuera un capítulo terminado, nos da motivos para no parar nunca en preguntarnos qué significa ser el Cristo, el hijo elegido de Dios, qué significó para Jesús, que significa para nosotros. Y nos da motivos para seguir preguntándonos, por cuáles caminos, con qué formas de conocimiento ir madurando más en las respuestas. Hasta ahí llegó Lc y hoy por hoy tampoco nosotros podemos llegar más lejos. Lo que queda, en esta misma eucaristía es abrir nuestro corazón para que al experimentar la presencia de Jesús en este momento, crezcamos en esta sabiduría.Ω

27 febrero, 2007

actualizando homilías 2007

1er domingo de cuaresma, 25 febrero 2007
Lect.: Dt 26: 4 – 10; Rom 10: 8 – 13; Lc 4: 1 – 13

1. No es nada novedoso decir que “lo bueno cuesta”. Tampoco, por tanto, decir que “en todo camino espiritual vamos a encontrar obstáculos”. Lo importante es entender un poco mejor cuáles son las dificultades que a uno lo afectan más y más le impiden seguir el camino de Jesús. Es lo que solemos llamar “tentaciones”. Pero ojo, de lo que se trata ante todo, no es de hacer una lista de cosas exteriores que me distraen y me apartan del camino. Por ejemplo, la adicción al placer sexual, o al poder, o al dinero. Eso es bastante fácil de saber. Y varía un poco en cada uno. Quizás algo importante que debemos entender antes de hacer esa lista y qué es un poco más difícil de ver es en qué consiste lo erróneo de cualquiera de esas u otras tentaciones que podemos padecer. Por qué cualquier tentación puede hacernos perder el camino. Y debemos estar claros en que el problema no está en que nos atraigan cosas malas. Ni el sexo, ni el poder, ni los recursos económicos, por poner ejemplos comunes, son malos por sí mismos. ¿Qué es entonces, por así decirlo, lo peligroso de las tentaciones?

2. La lectura de Lc de hoy tiene muchos elementos que vale la pena seguir meditando durante la semana. Pero aquí vamos solo a fijarnos en uno, para tratar de responder a esa pregunta sobre lo que es peligroso en las tentaciones. En la dramatización que Lc construye, —que más que un hecho histórico concreto, representa un factor que pesó sobre toda la vida de Jesús—, Satán utiliza una estrategia constante: pintarle a Jesús una realidad fantástica, inexistente, falsa, pero sumamente atractiva: tirarse desde lo alto de un monte, y ser atajado en el aire maravillosamente por un grupo de ángeles; tener hambre, y convertir mágicamente piedras en pan; … Lo peligroso de la tentación es que te coloca en una realidad inexistente y te distrae, te lleva a escapar de lo que realmente sos, del camino real que estás llamado a seguir, de la realidad tal y como realmente es. Es lo que nos pasa a todos con nuestras tentaciones de fondo. Nos llenan de fantasías la cabeza y el corazón. Por ejemplo, en el marido o la esposa, con problemas normales en su hogar, que empiezan a soñar o a buscar otro hombre o mujer ideal; o en el trabajador o el empresario a quien se le hace duro e insuficiente su empleo, y empieza a imaginar “movidas” menos lícitas para enriquecerse más fácilmente; o en cualquier persona que sufre y cree que la droga, el licor o falsas religiones fáciles lo van a aliviar.

3. Hay un comentarista bíblico que dice que el camino de la cuaresma es un camino que significativamente empieza con el miércoles de ceniza y termina con la pascua. Es decir, que va desde las cenizas hasta el fuego de la pascua. La pascua es la alegría, la liberación, la resurrección. Pero avanzamos hacia ella no desde la negación de nuestra realidad, desde nuestras fantasías, sino desde las cenizas de nuestra propia realidad, desde nuestra humanidad tal y como es, con todas sus limitaciones y oscuridades, con los rasgos menos bonitos que tenemos. Desde dentro de lo que somos, aunque no lo comprendamos bien, podemos avanzar con más certeza hacia la realidad más real, la que ilumina el Cristo resucitado. No es fácil aceptarnos, aceptar las limitaciones de la vida humana, la propia y la ajena. Y es muy difícil aceptar que desde dentro de esa realidad de criaturas podemos entrar en comunión con lo divino que habita en nosotros. Por eso tendemos a fabricarnos mundos irreales y nos dejamos tentar por lo que nos hace fabricar fantasías. El camino de esta cuaresma puede servirnos de ayuda para reconciliarnos con nuestra realidad y desde ella descubrir la realidad más profunda que llamamos “resurrección”.Ω

26 febrero, 2007

segunda etapa

Compas:
estoy reavivando el viejo blog, a ver si dos años después nos animamos. Manuel y Cris son quienes han hablado más de prolongar nuestra reflexión de último viernes (y las homilías dominicales) por este medio. Veamos a ver si arrancamos.