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5o domingo de Pascua

5º domingo de Pascua, mayo 6, 2007
Lect.: Hech 14: 20b – 26; Apoc 21: 1 – 5 a; 13: 31 – 33 a

1. Es muy normal, entre nosotros gente religiosa, enfrentarnos al sufrimiento de cada día, a las experiencias de enfermedad, o de problemas laborales, económicos y otros, viéndolas como el lado oscuro de la vida, como limitaciones inevitables de este mundo que, afortunadamente, si nos portamos bien, llegaremos a superar en la otra vida donde, además, se nos recompensará por todo lo que hayamos padecido. Con esa misma mentalidad, podríamos esperar que en estas semanas de pascua, en la liturgia se nos leyeran solo textos que, en nuestro lenguaje ordinario, pudiéramos llamar “luminosos”, optimistas. Si ya Cristo resucitó, para qué pensar en su pasión y su muerte, dejemos eso atrás, porque todo ese sufrimiento lo ha compensado el triunfo de Jesús sobre la muerte. Ya Jesús está vivo y glorioso por encima de las vicisitudes de este mundo. Sin embargo, el evangelio nos propone otra manera de ver la vida y de leer los acontecimientos.
2. El texto se ubica justo cuando Judas sale del lugar de la cena para consumar su traición. Ahí se juega, no solo la ingratitud e infidelidad de un amigo y discípulo, sino el comienzo de una serie inmediata de acontecimientos que llevan a la pasión y a la muerte de Jesús. Es decir, con ese momento de la partida de Judas empiezan esas últimas horas de la vida de Jesús, que la tradición ha llamado “horas de las tinieblas”. Sin embargo, contra lo que uno pudiera esperar, es en este preciso momento que Jn dice: Ahora es glorificado el hijo del hombre y Dios es glorificado en él. En vez de ver los hechos rodeados de oscuridad, el evangelista los ve como un momento de glorificación de Jesús y de Dios en él. ¿Cómo es posible que Jn diga esto? Para nada significa que Dios, autor de la vida, se complazca en la traición, el sufrimiento y la muerte. Jesús tampoco era un masoquista, que experimenta placer en el dolor. Tiene que haber otra razón por la cual se enfatiza tan categóricamente que la glorificación de Jesús y de Dios tienen lugar ahora mismo, en ese momento de cruz. Pareciera que lo que Jn nos está indicando es que para alguien que ha descubierto a Dios en su vida, para alguien que ha renacido a una vida nueva, todo momento de su vida puede ser vivido como un momento de participar en la gloria misma de Dios, es decir, de entrar a compartir la misma vida íntima de Dios. Tener y experimentar esa presencia de Dios nos permite entonces experimentar y vivir las diferentes situaciones de la vida humana de una manera distinta a lo ordinario. Para Jesús, por ejemplo, ese momento de la traición y de inicio de la pasión es vivido como un momento elevado de desprendimiento, de donación de sí mismo, de compartir y hacer plena la vivencia de Dios. La hora de las tinieblas, como dice un autor, es la que se lleva Judas, para Jesús en cambio es una hora de luz, en la que expresa sus sentimientos más profundos en ese encargo del amor.
3. Efectivamente, ahí parece resolverse otra paradoja: Jesús toma conciencia en ese momento de que le queda poco para estar con ellos, porque acaba de ser traicionado, de estar cercana su pasión y su muerte. Y sin embargo, el encargo a los suyos no es de tomar venganza, ni de hacerse con el poder para compensar este sufrimiento. Su encargo es el de hacer del amor la norma de su vida. Eso solo se puede hacer, cuando se está viviendo ese momento desde la experiencia profunda de un nuevo nacimiento, de una resurrección a otra forma de vida distinta de aquella en la que nos movemos con escasas miras.
4. La resurrección, como Pablo nos lo dice tantas veces, es algo que ya tenemos potencialmente, en semilla, cada uno de nosotros. Experimentar la vida, incluso los sufrimientos y la muerte, desde ella, es todo un camino para recorrer. Una vez más, esta eucaristía es un estímulo para seguir caminando.Ω

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