08 mayo, 2007

4o domingo de Pascua

4º domingo de pascua, 29 abril 2007
Lect.: Hech 13: 14. 43 – 52; Apoc 7: 9. 14b – 17; Jn 10: 27 – 30

1. Celebrar cada año la pascua, como fiesta de la resurrección de Jesús pudiera interpretarse de manera muy simplista. Pudiera verse como una proclamación reiterada escrita para fortalecer nuestros ánimos. Algo así como decir: no se preocupen por todo lo que sufren, incluso tampoco por la muerte, porque al final, como Jesús, resucitarán. Esta interpretación pareciera respaldarse por esta promesa de Jesús que hoy sale en el texto evangélico, a mis ovejas les doy la vida eterna. Y antes en la 1ª lectura habla de los que rechazan y los que se interesan en la vida eterna. Si leemos así el evangelio, estaríamos planteándonos enseguida preguntas tales como: ¿hay vida después de la muerte? ¿puede vivir el ser humano para siempre? ¿cómo era el universo antes de la vida y Dios antes del universo? Este tipo de preguntas son más bien filosóficas y pueden ser válidas y corresponder a preocupaciones del ser humano. Pero no son prácticas para la vida espiritual. La Biblia, los evangelios en particular, no son ni un libro de ciencia, ni un manual de filosofía. El mensaje cristiano sobre la resurrección y sobre la vida eterna es ante todo, el planteamiento de una renovación radical aquí y ahora de nuestra existencia humana, de nuestra manera de relacionarnos unos con otros y con el resto de la creación, a partir de la experiencia de la vida de Jesús que es aceptada como la manifestación de la vida de Dios.
2. Lo que al evangelio le interesa es hacernos tomar conciencia no del aspecto cuantitativo de la vida: si puede durar mucho, poco, o para siempre. Sino del aspecto cualitativo: qué calidad puede tener nuestra vida, aquí, ahora y en el futuro. Y el gran mensaje es: que podemos participar de la misma calidad de la vida de Dios, el eterno, el que no está sujeto a las limitaciones de este mundo y del tiempo. La invitación es a abrir nuestro corazón en un gran acto de confianza en el poder de Dios —eso es lo que significa creer, tener fe— que hace posible construir nuestro modo de vivir, de relacionarnos, de pensar, de amar, de sufrir, incluso de morir. sobre la base de la gratuidad, la generosidad, el don, la comunión, que son las características de la vida del eterno. Esta vida se construye al poner toda la confianza en Dios, no en uno mismo.
3. Uno podría pensar que es imposible cambiar nuestra vida tal y como es. Que solo es posible vivir en competencia unos con otros, apropiándose en exclusividad de todo lo que nos rodea. Relacionándose solo mercantilmente unos con otros, es decir, dando o compartiendo algo solo en la medida en que me den algo a cambio. Tratando de prolongar lo más posible los años de nuestra existencia, y de burlar lo más posible a la muerte, a la que vemos como enemiga de la vida. Pero esta manera de pensar, tan habitual en nuestro mundo, es retada por la vida de Jesús que no se caracteriza por nada de eso. Es una vida marcada por la conciencia plena de la gratuidad, de que todo lo que tiene es del Padre, y que es por lo mismo capaz en cada momento, de vivir cada aspecto de lo que es como un don para los demás. Con un desprendimiento tan grande, que es capaz de hacer todo esto hasta el extremo de exponerse a la muerte. Pero ni esta muerte, someterse a la corruptibilidad como criatura, es capaz de hacerle perder la confianza en el poder de la vida del eterno que no permite que nada nos arrebate de sus manos.
4. Esta es la oferta de vida eterna de la que volvemos a tomar conciencia cada año en la Pascua. Una forma nueva de vivir y morir y existir en lo cotidiano, que hemos visto posible en Jesús de Nazaret. Equivale a nacer de nuevo, a ser creado de nuevo, pero no se trata de un milagro automático, sino de una decisión responsable de abrirse para que el Espíritu de Dios nos transforme aquí y ahora, cada día.Ω

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