25 octubre, 2015

30º domingo t.o.

Lect.:   Jer 31, 7-9; Hebr 5, 1-6 ; Marcos 10, 46-52


  1. El comentario extraordinariamente valioso, que hace el papa Francisco a este texto de hoy, en la misa al concluir el Sínodo sobre la Familia, nos permite descubrir aspectos en su lectura que a menudo se nos pasan por alto. Por eso voy a compartir sus principales ideas con Uds. Primero,destacando la actitud de Jesús. “A pesar de que apenas había emprendido el camino más importante, el que va hacia Jerusalén, se detiene para responder al grito de Bartimeo. Se deja interpelar por su petición, se deja implicar en su situación. No se contenta con darle limosna, sino que quiere encontrarlo personalmente. No le da indicaciones ni respuestas, pero hace una pregunta: «¿Qué quieres que haga por ti»? (Mc 10,51). Podría parecer una petición inútil: ¿Qué puede desear un ciego si no es la vista? Sin embargo, con esta pregunta, hecha «de tú a tú», directa pero respetuosa, Jesús muestra que desea escuchar nuestras necesidades. Quiere un coloquio con cada uno de nosotros sobre la vida, las situaciones reales, que no excluya nada ante Dios.”  El Papa deja claro que la misión de servicio de los cristianos, como la suya, empieza por saber escuchar las necesidades de los demás y no por ir a darles enseñanzas y respuestas prefabricadas.
  2. En segundo lugar, Francisco hace veralgunas tentaciones para los que siguen a Jesús”. “El Evangelio de hoy destaca al menos dos. Ninguno de los discípulos se para, como hace Jesús. Siguen caminando, pasan de largo como si nada hubiera sucedido. Si Bartimeo era ciego, ellos son sordos: aquel problema no es problema suyo. Este puede ser nuestro riesgo: ante continuos apuros, es mejor seguir adelante, sin preocuparse. De esta manera, estamos con Jesús como aquellos discípulos, pero no pensamos como Jesús. Se está en su grupo, pero se pierde la apertura del corazón, se pierde la maravilla, la gratitud y el entusiasmo, y se corre el peligro de convertirse en «habituales de la gracia». Podemos hablar de él y trabajar para él, pero vivir lejos de su corazón, que está orientado a quien está herido. Esta es la tentación: una «espiritualidad del espejismo». Podemos caminar a través de los desiertos de la humanidad sin ver lo que realmente hay, sino lo que a nosotros nos gustaría ver; somos capaces de construir visiones del mundo, pero no aceptamos lo que el Señor pone delante de nuestros ojos. Una fe que no sabe radicarse en la vida de la gente permanece árida y, en lugar de oasis, crea otros desiertos.” Inevitable cuestionarnos, al escuchar estas palabras del Papa, si como cristianos individuales o como Iglesia, no estamos afectados por esa “espiritualidad del espejismo”, sin ver entre la gente que nos rodea, nada más que lo que nos interesa ver.
  3. Y el Papa continúa: “Hay una segunda tentación, la de caer en una «fe de mapa». Podemos caminar con el pueblo de Dios, pero tenemos nuestra hoja de ruta, donde entra todo: sabemos dónde ir y cuánto tiempo se tarda; todos deben respetar nuestro ritmo y cualquier inconveniente nos molesta. Corremos el riesgo de hacernos como aquellos «muchos» del Evangelio, que pierden la paciencia y reprochan a Bartimeo”. Al hablar de esta “fe de mapa”, Francisco nos advierte de ese peligro de reducir el evangelio a una doctrina, a un catecismo, en un manual de moral o teología y de sentir que todo lo que no está ahí escrito todos los que no están ahí, nos molestan y hay que excluirlos.
  4. Pero es precisamente alguien que no tiene categoría, un mendigo, que aparentemente está molestando con sus gritos, el ciego hijo de Timeo, es él quien tiene fe auténtica,  “porque se sabe necesitado de salvación y este es el mejor modo para encontrar a Jesús.”  Y el Papa Francisco añade “Es hermoso ver cómo Cristo admira la fe de Bartimeo, confiando en él. Él cree en nosotros más de lo que nosotros creemos en nosotros mismos.” Con agradecimiento por estos comentarios del Papa, no nos queda si no pedir una fe y una capacidad de volver a tener vista como el ciego Bartimeo.Ω

18 octubre, 2015

29º domingo t.o.


Lect.: Is 53, 10-11; Hebr 4, 14-16; Mc 10, 35-45

1.   En una afirmación central en el texto evangélico de hoy,  Jesús dice a sus discípulos: ”Uds. saben que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Pero Uds., nada de eso: el que quiera ser grande, sea su servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos." Son frases contundentes, sobre todo si pensamos que cuando Marcos las escribe, ya existía alguna Iglesia particular, como la de Jerusalén que, apenas pasadas tres o cuatro décadas de la muerte de Jesús, ya estaba cayendo en la tentación de seguir una línea de poder.  A esa iglesia, probablemente, está criticando el evangelista. Pero lo importante es que también estas advertencias se dirigen a los cristianos de todos os tiempos y a nosotros en el siglo XXI. Marcos nos está recordando a todos que la Iglesia de Jesús no debe ser ni debe creerse una instancia de control social, ni siquiera de control religioso y menos aún de control político. Es decir, no está llamada a ser como esos dirigentes y esos poderosos que pretenden imponerle a los pueblos cómo tienen que pensar, cómo tienen que comportarse y cómo tienen que hablar. La frase de Jesús es muy fuerte: “que no sea así entre Uds.”
2.   Me resulta inevitable pensar, teniendo este mensaje como telón de fondo, entre otras, en ciertas prácticas de algunos cristianos fundamentalistas que creen que deben ocupar cargos públicos, sobre todo como diputados, para imponer sus creencias y principios morales a todo el conjunto de la sociedad. Pero hay incluso católicos que consideran que por ser la nuestra, hoy por hoy, la religión oficial del Estado en Costa Rica, debe ser la moral católica la que determine las leyes que se aplican a todos los ciudadanos. A unos y a otros se nos repiten las palabras del Evangelio: “No sea así entre Uds.” o, como dice otra traducción, “para Uds. nada de eso”. La Iglesia, repitámoslo en el espíritu del evangelista Marcos, no es una instancia de control social ni religioso ni político.
3.   ¿Cuál es, entonces, la misión de la Iglesia? El evangelio de hoy lo vuelve a dejar claro, por si se nos hubiera olvidado. “el que quiera ser grande, sea su servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos.” Pero, hay que estar claros, ¿qué quiere decir esa misión de servicio? No podemos desvirtuar la palabra y entenderla como si se nos recomendara tan solo, por ejemplo, hacernos favores. Servir quiere decir que la iglesia, como conjunto y cada uno de nosotros, ha de ponerse al servicio de la acción liberadora de Jesús, la liberación de los pobres,  desfavorecidos, oprimidos, de los “descartables”, …
4.    Precisamente el Papa, comentando este texto evangélico en el Sínodo, decía hace un par de días: “Entre ustedes no será así: en esta expresión alcanzamos el corazón mismo del misterio de la Iglesia y recibimos la luz necesaria para comprender el servicio jerárquico”. Y luego añade varios ejemplos ilustrativos: “en esta Iglesia, dice, como en una pirámide dada vuelta, la cima se encuentra por debajo de la base. Por esto quienes ejercen la autoridad se llaman "ministros": porque, según el significado originario de la palabra, son los más pequeños de todos”. “El Papa no está, por sí mismo, por encima de la Iglesia; sino dentro de ella como Bautizado entre los Bautizados y dentro del Colegio episcopal como Obispo entre los Obispos.”  Luego Francisco agregaba que él y todos los obispos del sínodo debían pedir, sobre todo, el don de la escucha: escucha de Dios, hasta sentir junto con Él el grito del Pueblo, escucha del Pueblo, hasta respirar la voluntad a la cual Dios nos llama".   Sin duda una maravillosa trayectoria la que Francisco nos propone como forma de ser verdaderamente Iglesia.Ω

11 octubre, 2015

28º domingo t.o.

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Lect.: Sab 7, 7-11; Hebr 4, 12-13; Mc 10, 17 - 30

1.    Seria afirmación de Mc: “Difícil les es entrar en el reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero”. Pero, ¿Por qué nos interesa reflexionar sobre esta afirmación evangélica si al fin y al cabo ninguno de nosotros es millonario, pero ni de lejos? El texto del evangelista Marcos que acabamos de escuchar, habitualmente ha generado discusiones en la Iglesia, y ha llevado a algunos a considerar que son palabras inaceptables si se trata de una condena de las riquezas materiales, necesarias para satisfacer las necesidades humanas. Pero, sin duda, el tema de la pobreza y la riqueza es clave en el mensaje de Jesús y contiene varios aspectos de gran importancia para nuestra vida espiritual.
2.    Por limitaciones de tiempo solo quiero referirme a un punto: Aunque para la visión evangélica los bienes materiales  han salido de la mano de Dios y la actividad económica cumple una función positiva en la sociedad humana, a pesar de ello las prácticas económicas contemporáneas pueden convertirse en un serio peligro para todos. No solo cuando la desigual distribución de las riquezas afecta el bienestar de muchos. También nos afecta de otra manera a todos, cuando el modo de pensar y vivir de los que más tienen afecta nuestro modo de ver, pensar y valorar las cosas.  Dicho de otra forma, la economía se vuelve un peligro cuando pensamos como millonarios sin serlo y se traslada la lógica del mercado al plano de las relaciones humanas y de la construcción de la vida personal. Es decir, cuando nos vemos a nosotros mismos y a los demás con los anteojos de los intereses económicos. ¿Suena raro? Pensemos, por una parte, que a través de los medios de comunicación, sin darnos apenas cuenta, puede irse colándonos una mentalidad según la cual, una persona vale por lo que posee, por el nivel de vida que ha alcanzado, por su capacidad adquisitiva para comprar educación, salud, vivienda privadas y prácticamente todo. Con este tipo de mentalidad, se acaba viendo el éxito y logros de la propia vida como el resultado de lo que uno ha comprado, y la propia identidad, la propia seguridad y nuestro propio valor y mérito acabamos pensándolo como el resultado de las posesiones que tengamos. Por otra parte, esta misma mentalidad afecta nuestra manera de considerar a los demás, haciendo depender el valor de cada persona que nos topamos, según sus logros materiales y, peor aún, según los beneficios que puedan aportarnos. Cuando esta mentalidad se extiende y afecta la organización de la sociedad, de la política y de la convivencia, y a nuestra manera de relacionarnos con los demás, se llega a lo que Francisco llama la “cultura del descarte”: es decir, no le damos valor a nadie que no nos aporte algo, que no podamos utilizar para trepar de posición, o para ganar más. Los que no llenen estos requisitos se convierten en descartables de nuestra vida, (visión mercantilizada de la vida).
3.    Este tipo de visión no nos realiza de manera auténtica e incluso puede producirnos frustración cuando las ilusiones que fabrica el aparato publicitario en los medios no se hagan realidad. En cambio, lo contrario de una vida mercantilizada de esta manera sí nos realiza plenamente. Se da cuando descubrimos la vida como gracia, como gratuidad de Dios, donde nuestra propia existencia, las relaciones con las demás personas y, en fin, todo lo que nos rodea, no como algo que compramos, no como mercancías, al alcance de la tarjeta de crédito, sino como dones que hemos recibido de la generosidad de la vida divina en que estamos sumergidos y que compartimos con los demás, especialmente con los menos favorecidos. Esta propuesta de vida del evangelio es la que nos lleva a ser plenamente humanos y es incluso la única capaz de transformar nuestras prácticas económicas, poniéndolas en el lugar que les corresponde, el de ser instrumentos y no esclavizadores, para la vida de todos y todas en la comunidad humana.Ω

04 octubre, 2015

27º domingo t.o.

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Lect. Gén 2, 18-24; Hebr 2, 9-11; Mc 10, 2-16

  1. A veces hemos caído en la trampa de leer solo fragmentos de los evangelios, —o de las Escrituras— aprendiéndonos frases sonoras, como si se tratara de las que los calendarios antiguos ponían al pie de cada día, supuestamente para inspirarnos. A falta de estudio serio de las enseñanzas de Jesús, luego utilizábamos la frase como un mantra o como un dogma que enarbolábamos, aunque no entendiéramos por completo su sentido. Eso ha pasado, por ejemplo, con la frase de este capítulo de hoy “Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre." Suena bien y solemne, de manera que se ha usado para aplicarlo al divorcio contemporáneo, sin pensar que se trata de otra cosa, en un texto ni siquiera de la época de Jesús, sino del libro del Deuteronomio, probablemente del siglo VII a.C, una ley patriarcal, de una sociedad radicalmente distinta de la nuestra, donde existía un completo dominio machista. Sin embargo, en ese marco, fue prescrita como forma de proteger a la mujer, que era considerada como una propiedad más del varón. Notemos que la pregunta que le hacen los fariseos a Jesús es “si es lícito que el hombre se divorcie de la mujer”, dándole “un acta de repudio”, es decir, si el varón la puede expulsar o despedir, que es lo que quiere decir “divorciar”. En ningún momento pregunta si la mujer se puede divorciar. Jesús, como en otras ocasiones, se planta ante injusticias y crueldades de las leyes existentes, y contesta con un argumento anterior a la ley de Moisés, apuntando a que la voluntad de Dios en la creación, que es anterior a toda otra ley,  no ve la relación entre varón y mujer como de subordinación de esta, sino a que aspira a que ambos sean iguales, crea al ser humano “varón y hembra”, para que puedan confiar y descansar, es decir, vivir el uno en el otro, ser “una sola carne”, que ese es el ideal de la relación entre hombre y mujer. Hoy diríamos que el argumento de Jesús es que ambos son igualmente humanos y que no cabe entre ellos relación de dominación.
  2. Solo esto ya nos serviría para no abusar de textos de las Escrituras aplicándolos adonde no se debe. Pero hay algo más que es importante entender. Esta cita de Mc ha dado lugar a hablar de la indisolubilidad del matrimonio, como si fuera lo esencial de la relación de pareja y como si representara el ideal de la vida en familia. Y ha dado lugar a mantener en la pareja relaciones de injusticia, en nombre de una “cruz”, se decía, “que hay que cargar hasta el final”. Me parece normal pensar que es  deseable la permanencia en las relaciones de amor, ojalá para toda la vida. Pero lo que es esencial en la relación de pareja, más que la duración, es la capacidad de entrega mutua, la disposición a correr riesgos el uno por el otro, dejando la seguridad de la casa de sus padres, y dejando la comodidad de una vida encerrada en uno mismo, en la que solo uno decide y planea su futuro.
  3. Contra la mentalidad de su época, Jesús valora un concepto nuevo de familia, que no está circunscrito a los lazos biológicos, ni que se sustenta solo en normas jurídicas.  No olvidemos que los escribas y los familiares de Jesús querían impedir su predicación y lo consideraban loco (Mc 3: 21), porque pensaban que Jesús estaba destruyendo la estructura de Israel, al enfrentar las enseñanzas del Templo y de los sacerdotes, y al romper el concepto vigente de familia, queriendo formar familia con personas excluidas, —“descartables” diría hoy el Papa Francisco—pobres, leprosos, paralíticos, endemoniados,…— y con aquellos que hacen opción por seguir la Buena Noticia del Reino, entendido como una sociedad donde todos sean familia grande para todos, sin dominación, sin exclusión. Por eso con palabras que pueden sonar duras, cuando lo buscan su madre y sus hermanos biológicos, él responde que su madre y sus hermanos son los que oyen la palabra de Dios y la hacen realidad (cfr. Mt 12: 46 y Lc 8:21).
  4. Con esta perspectiva que nos brinda el evangelio pienso que cada pareja puede examinar la relación que tienen, después de 1, 5, 10 o 50 años de su boda para saber si se mantiene en ellos lo esencial del  matrimonio o si, por el contrario, ya están de hecho divorciados, aunque sigan viviendo bajo el mismo techo. El primer criterio de discernimiento es si mantienen su capacidad de entrega mutua y de correr riesgos el uno por el otro. Y el segundo, si su relación de pareja y su manera de relacionarse con otros han contribuido, en alguna medida,  a hacer de la sociedad  una familia grande, en la que no haya dominados, excluidos, descartables.Ω