11 octubre, 2015

28º domingo t.o.

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Lect.: Sab 7, 7-11; Hebr 4, 12-13; Mc 10, 17 - 30

1.    Seria afirmación de Mc: “Difícil les es entrar en el reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero”. Pero, ¿Por qué nos interesa reflexionar sobre esta afirmación evangélica si al fin y al cabo ninguno de nosotros es millonario, pero ni de lejos? El texto del evangelista Marcos que acabamos de escuchar, habitualmente ha generado discusiones en la Iglesia, y ha llevado a algunos a considerar que son palabras inaceptables si se trata de una condena de las riquezas materiales, necesarias para satisfacer las necesidades humanas. Pero, sin duda, el tema de la pobreza y la riqueza es clave en el mensaje de Jesús y contiene varios aspectos de gran importancia para nuestra vida espiritual.
2.    Por limitaciones de tiempo solo quiero referirme a un punto: Aunque para la visión evangélica los bienes materiales  han salido de la mano de Dios y la actividad económica cumple una función positiva en la sociedad humana, a pesar de ello las prácticas económicas contemporáneas pueden convertirse en un serio peligro para todos. No solo cuando la desigual distribución de las riquezas afecta el bienestar de muchos. También nos afecta de otra manera a todos, cuando el modo de pensar y vivir de los que más tienen afecta nuestro modo de ver, pensar y valorar las cosas.  Dicho de otra forma, la economía se vuelve un peligro cuando pensamos como millonarios sin serlo y se traslada la lógica del mercado al plano de las relaciones humanas y de la construcción de la vida personal. Es decir, cuando nos vemos a nosotros mismos y a los demás con los anteojos de los intereses económicos. ¿Suena raro? Pensemos, por una parte, que a través de los medios de comunicación, sin darnos apenas cuenta, puede irse colándonos una mentalidad según la cual, una persona vale por lo que posee, por el nivel de vida que ha alcanzado, por su capacidad adquisitiva para comprar educación, salud, vivienda privadas y prácticamente todo. Con este tipo de mentalidad, se acaba viendo el éxito y logros de la propia vida como el resultado de lo que uno ha comprado, y la propia identidad, la propia seguridad y nuestro propio valor y mérito acabamos pensándolo como el resultado de las posesiones que tengamos. Por otra parte, esta misma mentalidad afecta nuestra manera de considerar a los demás, haciendo depender el valor de cada persona que nos topamos, según sus logros materiales y, peor aún, según los beneficios que puedan aportarnos. Cuando esta mentalidad se extiende y afecta la organización de la sociedad, de la política y de la convivencia, y a nuestra manera de relacionarnos con los demás, se llega a lo que Francisco llama la “cultura del descarte”: es decir, no le damos valor a nadie que no nos aporte algo, que no podamos utilizar para trepar de posición, o para ganar más. Los que no llenen estos requisitos se convierten en descartables de nuestra vida, (visión mercantilizada de la vida).
3.    Este tipo de visión no nos realiza de manera auténtica e incluso puede producirnos frustración cuando las ilusiones que fabrica el aparato publicitario en los medios no se hagan realidad. En cambio, lo contrario de una vida mercantilizada de esta manera sí nos realiza plenamente. Se da cuando descubrimos la vida como gracia, como gratuidad de Dios, donde nuestra propia existencia, las relaciones con las demás personas y, en fin, todo lo que nos rodea, no como algo que compramos, no como mercancías, al alcance de la tarjeta de crédito, sino como dones que hemos recibido de la generosidad de la vida divina en que estamos sumergidos y que compartimos con los demás, especialmente con los menos favorecidos. Esta propuesta de vida del evangelio es la que nos lleva a ser plenamente humanos y es incluso la única capaz de transformar nuestras prácticas económicas, poniéndolas en el lugar que les corresponde, el de ser instrumentos y no esclavizadores, para la vida de todos y todas en la comunidad humana.Ω

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