27 mayo, 2012

Pentecostés


  Lect. Hechos 2,1-11, I Corintios 12,3b-7.12-13, Juan 20,19-23 
Cuando al Bautista le toca presentar a Jesús, después de haberlo bautizado, según el evangelio de Jn, dice sencillamente: «He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre él. Y yo no le conocía pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: “Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo.”» (Jn 1: 32-33). Cuando al propio Jesús le toca presentarse a sí mismo, según el texto de Jn, lo que dice es: “he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10:10). Luego se aplicará las palabras del profeta para mostrar que su servicio a los pobres, a los cautivos, a los necesitados de salud y a los oprimidos de cualquier forma, se derivan del hecho de que el Espíritu está sobre él. “Bautizar con Espíritu Santo” y “dar vida en abundancia”, en realidad no son cosas distintas, sino formas de expresar lo mismo. El Bautista, que se sabía enviado a practicar ritos de purificación, aclara que la misión de Jesús no es como la suya; es “bautizar”, sí, pero no de manera ritual, sino en otro sentido, “en el Espíritu Santo”. Bautizar, sumergir, empapar, en el Espíritu Santo, es la expresión simbólica de sumergir en la fuente de la vida, en el aliento vital, en la energía última que sustenta todo lo que existe en el universo y a nosotros en particular. Por eso es equivalente a decir que viene para que tengamos vida en abundancia.

Jesús no se presenta como un maestro, un guía moral, un reformador de la Ley, o un fundador de una religión más. No es un nuevo legislador; no vino a añadir o cambiar mandatos de la ley antigua, ni cae en trampas legalistas que le ponen los fariseos para enredarlo en ellas. Tampoco se mete en discusiones religiosas, sobre cuál sea la religión verdadera o los correctos lugares de culto Cuando la samaritana, le pregunta por el lugar, el “monte correcto” para darle culto a Dios, él no responde escogiendo uno de los que ella le menciona, ni proponiendo otro nuevo (no dirá, “más adelante veréis que será en las colinas de Roma”). Se coloca por encima de esos debates y trata de colocar a la mujer en otra perspectiva. No se trata del culto, ni de templos de una u otra religión, vieja o nueva. Dice con claridad que a Dios se le adora en espíritu y en verdad. Es la perspectiva de la vida humana plena la que le interesa.

Cuando los cristianos hablamos de participar en la muerte, resurrección y ascensión de Jesús y en recibir el Espíritu Santo que nos es dado, no estamos hablando tampoco de hechos rituales, litúrgicos, ni de cuatro acontecimientos distintos. Así lo parece a menudo porque por razones pedagógicas y simbólicas, en los siglos anteriores, en el culto, sobre todo, se quiso distinguir entre lo que, de hecho, son todas dimensiones de una misma realidad: nuestro nacimiento a una vida plena, —como le dijo Jesús a Nicodemo (Jn 3: 3 – 8)—, a compartir la vida del eterno aquí y ahora, como le dijo Jesús a Marta, la hermana de Lázaro, (Jn 11: 21 – 27), abrirnos a la plenitud de la vida humana como la vivió Jesús. Pablo pone la referencia de Cristo en quien, dice, reside toda la plenitud (Col 1: 19), toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente (Col 2: 9). Es decir, se funden en Jesús la plenitud de vida humana con la vida divina a la que expresa corporalmente. Y esta es la vida de la que participamos, “en la que somos, nos movemos y existimos.” La que captaron los grandes hombres y mujeres espirituales y nosotros estamos invitados a descubrir en nosotros mismos.

Me decía un compañero de mi comunidad que, para él, el término espíritu, —rúah, en hebreo, y en todas las tradiciones antiguas, vinculado al viento, a la respiración y a la energía— es por su sutileza la mejor metáfora bíblica para hablar de Dios, —el innombrable, el inasible—, es un hablar de El sin hablar. No vemos el aire, ni la respiración, ni el viento, ni los podemos agarrar con la mano. Y, al mismo tiempo, sabemos que se trata de algo muy real, sentimos su fuerza, lo percibimos como expresión de la fuerza vital que nos mueve y mueve la naturaleza. Hablar de Dios como Espíritu es, entonces, hablar de Él como de esa energía que nos rodea y nos penetra, nos anima, nos empuja a actuar y nos une entre nosotros mismos y nos sumerge en Dios en una unidad que nos resulta difícil de comprender.

Vivir en el Espíritu, llevando nuestra vida a plenitud se da cuando descubrimos nuestra propia identidad humana y cristiana, que estamos llamados a desarrollar; es lo que puede llenar nuestra existencia de alegría y de sentido, y nos puede marcar para vivir como Jesús, de una manera fraterna, solidaria, fecunda, creativa, independientemente de nuestras diferencias de temperamento, de personalidad, de capacidadesΩ

20 mayo, 2012

Ascensión del Señor


Lect.: Hech 1: 1 – 11; Ef 1: 17 – 23; Mc 16: 15 – 20


1.     Para quienes compartimos estas reflexiones habitualmente, ya no nos extraña ver que los esfuerzos de las primeras comunidades por expresar una vivencia espiritual profunda tenía que filtrarse en las formas culturales de la época, en la manera de entender, por ejemplo, el cosmos, el mundo, el universo. Por eso utilizan esos términos de “arriba”, “abajo”, “subir al cielo”, descender a los infiernos”, etc. No tenían otra forma de expresarse. Pero nosotros, más de dos mil años después, no podemos permanecer apegados a esa forma de hablar y, como dice un comentarista, no podemos pensar lo que llamamos encarnación como un “aterrizaje”, ni la ascensión como un “despegue”. Un esfuerzo de relectura, de comparación de los relatos de Lucas y Marcos, y con los relatos de “ascensiones” de personajes célebres que figuran en otra literatura no bíblica de la antigüedad, nos permiten aproximarnos al sencillo mensaje que los evangelistas tratan de transmitir. Nos están completando el anuncio de la Pascua. Con estos relatos tratan de transmitir de otra manera lo que ya habían comunicado al hablarnos de la resurrección: que Jesús hombre se ha hecho una sola realidad con Dios. Que la vida divina que siempre lo sostuvo lo ha asumido plenamente, despojándolo de todo lo impermanente, lo transitorio que tenemos los humanos y todas las criaturas de universo. La buena nueva es que Jesús ha alcanzado la plenitud, y que todos estamos invitados a lograrla. La creación entera gime, como dice Pablo, esperando este momento.
2.     Precisamente Pablo, en la segunda lectura de hoy, sabe que tenemos que traspasar una terminología y unas expresiones fisicistas, materialistas, de lo que son realidades de otro orden. Y por eso quiere que oremos con él para que se nos “conceda espíritu de sabiduría y de revelación para conocerle perfectamente… y se iluminen los ojos de nuestro corazón para conocer cuál es la esperanza a la que hemos sido llamados por él…”. En otros campos de la vida también hemos ido aprendiendo desde nuestra infancia a ir subiendo en niveles de conocimiento, desde el de los relatos infantiles, de las creencias populares, hasta comprensiones más maduras y, en algunas áreas, más científicas de la vida y de lo que somos. Tanto mayor es el reto de alcanzar ese otro nivel de conocimiento de mayor madurez, del que habla Pablo, para comprender lo que llamamos nuestra “realidad divina”, nuestra vida plena en Dios, que también para los cristianos es lo que nos hace plenamente humanos.
3.     De verdad que esto se tiene que ver como una “buena noticia” y las buenas noticias hay que transmitirlas. No sorprende que las primeras comunidades ligaran entonces su experiencia de esta realidad humana y divina manifestada en Jesús con la necesidad imperiosa de compartirla con todos “hasta los confines de la tierra” o, como dice Marcos, proclamarla “a toda la creación,” lo que en nuestra mentalidad actual nos hace pensar en cómo esa vida divina nos une compartiendo identidad no solo con todos los humanos, sino con todas las criaturas de la tierra y del universo.Ω

13 mayo, 2012

6º domingo de Pascua


Lect.: Hechos 10,25-26.34-35.44-48, I Juan 4,7-10, Juan 15,9-17

1.     Seguimos reflexionando sobre esa realidad que llamamos “resurrección” o “vida nueva” manifestada en Jesús. Hoy Juan pasa de utilizar comparaciones agrícolas —como la vid y los sarmientos— a entrar en directo diciéndonos cómo se entiende el ser humano en una visión evangélica. El cuadro que surge es impactante cuando tratamos de entenderlo en la perspectiva de aquella comunidad. Cierto, es una “llamada al amor” como algo clave para el evangelio. Pero quedarse ahí no tiene tanta novedad ni aclara el énfasis de Jesús. Incluso es insuficiente, aunque importante, verlo como ”, la enseñanza del  “mandamiento único”. Se trata de descubrir algo más: que ese “amor” del que está hablando es la expresión de lo que somos en profundidad. “Permanecer en Dios”, como Jesús permaneció en su Padre y nosotros permanecemos en Él, hace referencia a la comprensión del ser humano, de cada uno de nosotros, enraizado, fundamentado. Inmerso en lo que llamamos Dios, que es autodonación, creación de vida, entrega desinteresada y gratuita. En eso consiste nuestro ser más auténtico y por eso se manifiesta también en la práctica del amor, del servicio, en el fortalecimiento de la vida en todas sus formas.
2.     Debería llamarnos poderosamente la atención, y darnos pista para adentrarnos en el sentido de este texto, el hecho de que Jn no ponga a Jesús invitando a amar a Dios ni a amarle a él. Lo que nos pide es que amemos como Dios ama, así como lo hizo Jesús hasta su entrega final. Y puede invitarnos a ello, porque “amar”, entonces, en este sentido evangélico, no es más que expresar en todo lo que cada uno de nosotros es. Lo que parece una pretensión arrogante —amar como Dios ama— se comprende al ver que es Dios mismo el que ama desde cada uno de nosotros. No hay que hacer esfuerzos por imitarlo. Más bien, quitar obstáculos para que él realice en cada uno de nosotros lo que él es.
3.     Esta visión de nosotros mismos se refiere a todos los seres humanos, hombres y mujeres. Como dice Pedro en la 1ª lectura, “Está claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea." Y el apóstol reconoce que son también de diversos orígenes y culturas los  “que han recibido el Espíritu Santo igual que nosotros”. Por eso no es un privilegio en exclusividad, ni para los judíos, ni para la comunidad de los seguidores de Jesús. Pero sí queda una misión propia para estos y es lo que da sentido todavía hoy a que subsista una iglesia. Es la tarea de apoyar todo esfuerzo por defender y construir la vida, frente a la violencia y la injusticia, frente a todo intento de someter a los demás a nuestros intereses, —o somos siervos sino amigos. Esta práctica es la traducción fuerte de lo que es el amor. Esto es lo que nos hace más humanos. Y es lo que nos permite que en cada uno la alegría, la felicidad, llegue a plenitud.Ω

06 mayo, 2012

5º domingo de Pascua


Lect.: Hechos 9,26-31, I Jn 3,18-24, Jn 15,1-8

1.     Para quienes no hemos nacido, ni nos hemos criado en un país vitivinícola, —es decir, de producción de uva y vino, como era la Palestina de Jesús—, se da el riesgo de perdernos parte de la riqueza de la metáfora de hoy. Imaginar que Él es la vid y nosotros los sarmientos no nos resulta fácil a quienes quizás nunca hemos visto una “mata de uva” ni conocemos cómo se cultiva, o cómo y por qué se poda. Por esta vez tenemos que limitarnos a aceptar que la comparación tiene algo en común con otros ejemplos agrícolas.  De ahí podemos deducir que el texto nos está hablando de una forma de unidad entre nosotros, Jesús y el Padre Dios, tan estrecha como la que tiene una planta por cuyo tronco, ramas y hojas circula la misma savia vital. Esto hace que el Padre Dios, Jesús y todos nosotros no seamos, en nuestra identidad profunda, entidades separadas sino estrechamente unidas en una sola realidad. Y esa savia es la vida del Espíritu de Dios que nos alienta, como alentó todo lo que Jesús hizo, lo que habló y enseñó, lo que le alegró y sufrió.
2.     No es fácil concebir esta forma de unión, porque estamos acostumbrados a entendernos como individuos separados y a pensar a Dios “allá” o, en todo caso, “afuera” de lo que somos, y a nosotros “acá”. Y casi más difícil todavía es tratar de entender lo que el evangelista nos quiere decir con esa expresión de “permanecer” en Jesús. Aquí va más allá de la comparación con la vid y los sarmientos. Esta palabra “permanecer” está en el corazón del evangelio de Juan y la pone en diversas ocasiones en labios de Jesús. Se puede traducir también por “morar”, “habitar”, “estar presente en”…  y quiere expresar de manera muy radical esa forma de “relacionarnos con Dios” y con nosotros mismos. “Permanecer en Jesús”, “permanecer en Dios”, no tiene un sentido espacial, geográfico. No se trata de que haya que ir a ciertos lugares en donde encontremos a Dios —los templos, las actividades religiosas, los lugares de retiro…— Se trata más que de lugares específicos de una forma de vivir, estando presentes en Dios, no importa en cuál lugar o situación nos encontremos. (Nada fácil porque a menudo dispersos, no estamos ni siquiera presentes a nosotros mismos y al momento que vivimos). Según Juan eso lo logramos cuando “permanecemos”, cuando “habitamos” en las palabras de Jesús, en sus mandamientos, es decir, en “su” mandamiento, el mandamiento del amor. El amor que no puede confundirse con la tendencia a poseer a los demás, a simplemente considerarlos como objetos de nuestro disfrute, es lo que permite que la “savia” del Espíritu de Dios circule en todo mi ser y me una con el de los demás, estando presente, con todos nuestros sentidos despiertos, a lo que cada uno es, a sus cualidades y a sus necesidades.
3.     La metáfora de la vid, la invitación a “morar en”, no intentan ser más que pequeñas ayudas para que cambiemos nuestra manera de ver lo religioso y podamos caer en la cuenta de que lo religioso no se distingue de lo plenamente humano. Y que cuanto más crezcamos en la capacidad de estar presentes a nosotros mismos, en el momento en que nos encontramos, más nos abrimos para estar presentes a los demás y presentes, por tanto, en Dios, habitando en Él.