13 mayo, 2012

6º domingo de Pascua


Lect.: Hechos 10,25-26.34-35.44-48, I Juan 4,7-10, Juan 15,9-17

1.     Seguimos reflexionando sobre esa realidad que llamamos “resurrección” o “vida nueva” manifestada en Jesús. Hoy Juan pasa de utilizar comparaciones agrícolas —como la vid y los sarmientos— a entrar en directo diciéndonos cómo se entiende el ser humano en una visión evangélica. El cuadro que surge es impactante cuando tratamos de entenderlo en la perspectiva de aquella comunidad. Cierto, es una “llamada al amor” como algo clave para el evangelio. Pero quedarse ahí no tiene tanta novedad ni aclara el énfasis de Jesús. Incluso es insuficiente, aunque importante, verlo como ”, la enseñanza del  “mandamiento único”. Se trata de descubrir algo más: que ese “amor” del que está hablando es la expresión de lo que somos en profundidad. “Permanecer en Dios”, como Jesús permaneció en su Padre y nosotros permanecemos en Él, hace referencia a la comprensión del ser humano, de cada uno de nosotros, enraizado, fundamentado. Inmerso en lo que llamamos Dios, que es autodonación, creación de vida, entrega desinteresada y gratuita. En eso consiste nuestro ser más auténtico y por eso se manifiesta también en la práctica del amor, del servicio, en el fortalecimiento de la vida en todas sus formas.
2.     Debería llamarnos poderosamente la atención, y darnos pista para adentrarnos en el sentido de este texto, el hecho de que Jn no ponga a Jesús invitando a amar a Dios ni a amarle a él. Lo que nos pide es que amemos como Dios ama, así como lo hizo Jesús hasta su entrega final. Y puede invitarnos a ello, porque “amar”, entonces, en este sentido evangélico, no es más que expresar en todo lo que cada uno de nosotros es. Lo que parece una pretensión arrogante —amar como Dios ama— se comprende al ver que es Dios mismo el que ama desde cada uno de nosotros. No hay que hacer esfuerzos por imitarlo. Más bien, quitar obstáculos para que él realice en cada uno de nosotros lo que él es.
3.     Esta visión de nosotros mismos se refiere a todos los seres humanos, hombres y mujeres. Como dice Pedro en la 1ª lectura, “Está claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea." Y el apóstol reconoce que son también de diversos orígenes y culturas los  “que han recibido el Espíritu Santo igual que nosotros”. Por eso no es un privilegio en exclusividad, ni para los judíos, ni para la comunidad de los seguidores de Jesús. Pero sí queda una misión propia para estos y es lo que da sentido todavía hoy a que subsista una iglesia. Es la tarea de apoyar todo esfuerzo por defender y construir la vida, frente a la violencia y la injusticia, frente a todo intento de someter a los demás a nuestros intereses, —o somos siervos sino amigos. Esta práctica es la traducción fuerte de lo que es el amor. Esto es lo que nos hace más humanos. Y es lo que nos permite que en cada uno la alegría, la felicidad, llegue a plenitud.Ω

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