13 diciembre, 2009

3er domingo de Adviento

3er domingo de Adviento, 13 dic. 09
Lect.: Sof 3: 14 – 18 a; Flp 4: 4 – 7; Lc 3: 10 – 18


1. Casi todos los adolescentes pasan —y hemos pasado también nosotros por ahí— por una etapa de rechazo de imposición de normas, de reglamentos, de autoridades que nos indiquen qué hacer. Pasan por una crisis y causan una crisis a los papás y maestros. Es la etapa, decimos, de la rebeldía. Se junta, con frecuencia, a las tendencias a vestir y presentarse de maneras distintas: pelo largo, aretes, tatuajes, probar drogas… que también causan tanto disgusto a los adultos. Quisiera destacar dos cosas muy positivas detrás de esa reacción adolescente. Una, es la necesidad de ser ellos mismos, de tener identidad propia. La otra, lograr esa realización personal de manera creativa, sin copiar al papá, o a los que están supuestamente encargados de su formación. Este sería un tema para todo un cursillo, pero no es de lo que se trata aquí. Lo que quiero destacar es lo significativo que resulta para todos el recuerdo de esa etapa de la vida en la que quisimos ser nosotros mismos y no simplemente un clon de nadie más, un producto industrial en serie. La sociedad, la economía actual y las distorsiones del sistema educativo luego casi siempre castraron esas aspiraciones a ser uno mismo y nos amoldaron a acabar copiando a los “ídolos” promovidos por el comercio y aceptados por la mayoría conformista. Pero en el corazón de cada uno de nosotros permanece la semilla de ese deseo de libertad profunda, de ser creadores de un ser humano salido de la mano de Dios sin duplicados.
2. En el texto evangélico de hoy la gente, después de oír la tremenda predicación del Bautista, reacciona y le preguntan: “¿Entonces, qué hacemos?” Esa misma pregunta seguro que nos la hacemos nosotros cada año, en el adviento, antes de conmemorar una vez más la Navidad, y prepararnos para renovar nuestra vida en un año nuevo. Los dos domingos anteriores hablamos de las amenazas que atentan contra la vida de la humanidad y del planeta y de la necesidad de recibir la palabra de Dios en el desierto, es decir, liberándonos de obstáculos para que germine en nuestro corazón y nos permita cambiar nuestro estilo de vida. Pero este domingo, la pregunta obligada es “Entonces, ¿qué hacemos para que este cambio suceda?
3. La respuesta puede darse a diferentes niveles. Algunos se sentirían tentados de responder que de lo que se trata es de cumplir mejor las leyes civiles y los mandamientos. Es un primer nivel, mínimo que no es el que enfatiza Jesús, aunque sí el pueblo judío al que perteneció. Otro nivel que supera el nivel legal es el moral, el ético. Si nos quedamos en la comprensión literal de Lc hoy nos encontraríamos en ese segundo nivel: compartir el vestido, el alimento, cobrar el precio correcto, no chantajear, todo eso que menciona Juan se refiere a la práctica de la justicia, de la solidaridad, de la equidad y de otros valores sociales. Es un nivel de práctica muy importante, que nos permite ir viviendo con calidad y excelencia. Ojalá diéramos pasos en esa dirección. Ya sería un adelanto extraordinario para nuestras sociedades. Equivale a ser bautizados con agua, dice Jn. Pero el evangelio apunta a un tercer nivel más profundo, el nivel de la espiritualidad, de la interioridad. El nivel de ser bautizados en Espíritu Santo y fuego, al que sin saberlo aspirábamos cuando pasamos por el momento de la adolescencia: es el nivel de llegar a ser uno mismo, ancanzando lo más auténtico y único que hay en mí mismo. No solo acoplarnos a leyes establecidas desde fuera, ni siquiera solo de criterios valorados como excelentes por la sociedad. Es sacar desde dentro un modelo único, de ser humano que tenemos que crear a imagen y semejanza de Dios.
4. “Entonces, ¿qué hacemos?” Por lo pronto tomar conciencia de que el ideal es alcanzar ese nivel de espiritualidad, —como lo hizo Jesús—, solo en el cual podremos ser de verdad libres para ser nosotros mismos. No podemos de un solo, eliminar las amenazas a la vida en el planeta y cambiar el estilo mercantilista de esta sociedad. Pero en medio de lo que existe, aquí y ahora, podemos ir creando esa nueva forma de ser humanos que será el fermento de transformación de la economía, de la política y la sociedad que existen.Ω

06 diciembre, 2009

2o domingo de Adviento

2o domingo de Adviento, 6 dic. 09
Lect.: Bar 5: 1 – 9; Flp 1: 4-6. 8 – 11; Lc 3: 1 – 6


1. ¿Por qué empieza Lc este capítulo hablándonos de ese emperador, esos virreyes y esos sumos sacerdotes? ¿Nos dice algo a nosotros? ¿No les parece raro? ¿Qué es lo importante de este párrafo? Sencillamente que Lc está ubicando en un momento concreto de la historia el mensaje religioso que va a transmitir. Es una manera de decir: Dios habla el lenguaje de una época, para la gente y los problemas de un momento determinado. Por eso repetir de manera fundamentalista un texto bíblico, sin ningún esfuerzo por reinterpretarlo en nuestro tiempo, es la mejor manera de mutilarlo, de perder su sentido para nosotros. No se rían, pero si Lc hubiera escrito hoy, hubiera empezado este capítulo más o menos así: en el año 2 del presidente más poderoso de la tierra, B. Obama, siendo presidente de CR en su último año O. Arias, a casi 200 días del golpe de estado en Honduras, y siendo Sumo Pontífice José Ratzinger, con el nombre de Benedicto XVI, fue dirigida la palabra de Dios a su pueblo… Si nos choca meter en el evangelio estos nombres y sucesos políticos, preguntémonos por qué no nos chocan en este adviento los nombres de Tiberio, Poncio Pilato, Herodes, etc. Quizás nos demos cuenta de que hemos hecho del evangelio no un mensaje vivo y actual, sino un objeto de museo.
2. Hace 8 días sugeríamos que la comunidad de Lc hablaba del fin del mundo con un lenguaje apocalíptico de la época, al haber tenido que pasar por la destrucción de Jerusalén el año 70, por el ejército romano. Pero que hoy, la vida en el planeta está amenazada por otros poderes de ambición, codicia y egoísmo estúpido, que causan la crisis financiera y económica, la crisis alimentaria, la crisis energética y el cambio climático. Esas son las verdaderas e inminentes amenazas que pesan sobre nosotros y nuestro planeta. Y ponerse a pensar en una destrucción cósmica, por un choque con un meteorito o a resultas de tormentas solares es una forma de escapismo ilusorio de la vida real, y una distorsión de la fe de Jesús en un Dios amoroso y providente.
3. El texto de Lc hoy nos plantea además entre otros, dos temas que exigen también ser ubicados en nuestro contexto actual. El primero dice que ante los peligros que amenazan al pueblo la palabra de Dios fue dirigida a Juan en el desierto. En la tradición bíblica el “desierto” es el símbolo de preparación personal y comunitaria, de despojo de todo lo que estorba, para el encuentro con Dios. En nuestro caso es prácticamente imposible experimentar la presencia de Dios, si estamos embotados, atontados, por un estilo de vida impulsado por prácticas mercantiles que solo se obsesiona con tener más, aunque eso no nos haga ser más profundamente humanos. Ir al desierto significa liberarse de todos esos estorbos. De lo contrario escuchar aquí cada domingo la palabra, no pasa de ser una simple y superficial rutina y nunca nos permitirá experimentar a Dios.
4. Pero para despojarse de ese estilo de vida que emborracha y ciega, se necesita, según el evangelio, pasar por un “bautismo de conversión”. Este es el 2º tema. Recordemos que “conversión” significa, en el NT, un cambio radical de mentalidad. Hoy diríamos, de prioridades, de visión de las cosas, de saber poner en su lugar cada cosa, para cambiar no solo individualmente, sino para ayudar a cambiar la sociedad en que vivimos. “Bautizarse” es entonces otro símbolo de la disposición, la docilidad y el aprendizaje para dar ese paso radical de cambio.
5. Solo así se cumplirá esa frase final en la que Lc cita a Isaías: “todos verán la salvación de Dios”. La presencia salvadora de Dios generará y se nos hará transparente en ese nuevo estilo de vida, ese nuevo modo de construir las relaciones humanas y con la naturaleza, en nuestras prácticas solidarias, de autodonación, de justicia. De lo contrario, lo que llamamos nuestra fe en Dios no pasará de ser una ideología, una doctrina, o una cómoda superstición.Ω

29 noviembre, 2009

1er domingo de Adviento

1er domingo de Adviento, 29 nov. 09
Lect.: Jer 33: 14 – 16; 1 Tes 3: 12 – 4: 2; Lc 21: 25 – 28

1. El clima socio – religioso que refleja el texto evangélico de Lc en cierta forma no tiene nada que ver con el nuestro. Es un mundo muy diverso. Desde los primeros capítulos de su evangelio ya pintaba un pueblo que había vivido los horrores de la guerra y destrucción de Jerusalén del año 70, horrores que se añadían a décadas y siglos de ocupación de sus tierras por imperios extranjeros. Convencidos de ser el pueblo elegido por Dios, miran al futuro convencidos de que aparecerá un líder (cfr. 1ª lectura Jer) que les conducirá a la liberación total de la opresión y a un final de la historia donde el Monte Sión será el centro del mundo. Los primeros cristianos, marcados por ese contexto, solo añaden a esa visión su expectativa de que ese líder será Jesús quien vendrá por 2ª vez triunfante a esa nueva Jerusalén. Judíos y cristianos de la época mezclan la expectativa de un mundo nuevo, al final de la historia, con la del triunfo del pueblo de Israel. Como decíamos, así leídos estos textos, nada que ver con nosotros hoy: ni somos judíos, ni hay un solo pueblo escogido, ni pensamos que en la religión existe una fórmula de lucha revolucionaria para acabar con las opresores de los pueblos. Entonces, podemos preguntarnos, si no se trata de meros textos de museo, de otra época muy distinta, ¿cuál es la enseñanza religiosa, espiritual de textos como éstos de hoy y que marcarán nuestra meditación de este Adviento?
2. Hay algo, creo, que tratan de enseñar, a pesar de las diferencias de época. Tratan de decirnos cuál ha de ser la actitud de los creyentes ante situaciones de desastre, de guerras, de crisis, en las que campean grupos poderosos que conducen la sociedad, la política y la economía según sus propios intereses y no según los de todo el pueblo. Este tipo de situaciones extremadamente difíciles la sufrían con rasgos muy propios aquellas comunidades cristianas de la época de Lc. A lo largo de la historia se han repetido una y otra vez situaciones de dominación, destrucción e injusticia con otras características. Y en nuestra época experimentamos otras formas de dominación, de opresión, de destrucción de lo humano en grandes mayorías, que parecen apagar nuestra esperanza. Sea cual sea la situación que nos toque sufrir como sociedad, ¿cuál es el mensaje de Lc? Puede decirse que consiste en perfilar la actitud de espiritualidad profunda que nos hace vivir con esperanza dentro de situaciones que parecen desesperadas, frente a otras actitudes que solo nos conducirán a mayor frustración.
3. No se nos invita ya a soñar en que aparecerá un Mesías nuevo (un “Obama 2) que será capaz de enfrentarse a todos los poderes destructivos y podrá construir una sociedad justa y humana. En el otro extremo, tampoco se nos invita a la resignación y al conformismo, a decir, “nada puede hacer uno por cambiar las cosas”, “mejor que cada palo aguante su vela y yo me dedico con mi familia a ver cómo salir del naufragio”. Menos aún a sumergirse en una actitud de escape en el licor o en otras formas de drogas, en la búsqueda desenfrenada del dinero y de cómo pasarlo bien, mientras el barco se hunde. Nada de esto. La actitud cristiana que se dibuja no solo en este texto, sino desde los primeros capítulos de Lc, nos invitan a estar despiertos, a levantarnos, a alzar la cabeza, a pedir fuerzas y a descubrir la venida del Hijo del Hombre. Pero podemos añadir una advertencia que Lc no deja ver con claridad. Esa venida del Hijo del Hombre no será sobre las nubes del cielo. Entre los primeros capítulos y éste texto, ya nos ha quedado claro, con la práctica de Jesús, que la venida del Hijo del Hombre, el inicio del reinado de Dios, surge de en medio de nosotros, brota, se manifiesta de lo más profundo de nosotros mismos, desde lo más humano y divino que hay en cada uno de nosotros. Y nos lleva, en este descubrimiento, a unir nuestras manos a partir de esa experiencia de Dios, construyendo así una forma de existencia nueva en medio de un mundo que parece negar toda nuestra fe y esperanza. Es sobre esta invitación de Lc que seguiremos meditando en este Adviento previo a la conmemoración de la Navidad.Ω

22 noviembre, 2009

Fiesta de Cristo Rey

Fiesta de Cristo Rey, 22 nov. 09
Lect.: Dan 7: 13 – 14; Apoc 1: 5 – 8; Jn 18: 33 – 37


1. Hay teólogos que dicen que quizás la palabra “rey” sea la menos apropiada para aplicar a Jesús. No solo porque Jesús nunca se la aplicó a sí mismo, ni se presentó como tal, ni habló nunca de un reinado suyo. Sino, más importante aún, porque la palabra “rey” todavía en nuestros días e incluso en nuestro ambiente republicano y democrático, evoca la idea de poder, de dominio, de relación vertical, de arriba para abajo. En contradicción por completo con la práctica y ministerio de Jesús cercano, servidor de todos pero especialmente de los pobres y más necesitados, y lejano de toda posición de poder hasta el extremo de la indefensión y debilidad mostrada en la crucifixión. Cierto que Jesús sí habla del reinado de Dios. Es su “obsesión”, el centro de toda su predicación y su práctica, pero ese “reinado” no tiene nada que ver con el dominio político, con situaciones de privilegio en esta sociedad. Se refiere a una realidad misteriosa, la presencia de Dios entre nosotros que nos va transformando personal y colectivamente hasta que logremos alcanzar la plenitud de nuestro ser humano. Es una presencia tan distinta a lo que conocemos e imaginamos que Jesús mismo nunca la define y en sus parábolas solo usa comparaciones “el reino de Dios es como…”, “se parece a…”, solo motivando nuestra apertura interior para que esa presencia se manifieste en nosotros como se manifestó en el propio Jesús.
2. Por supuesto que en todas las épocas y lugares los seres humanos, superados por la grandeza y profundidad del misterio de Dios, tenemos que valernos de nuestros pobres conceptos e imaginación para referirnos a aspectos de la vida de Dios. Y por eso algunos, en algún momento de la historia, agobiados con sus problemas propios, aplicaron este concepto de Rey a Jesús. Así pasa con otras expresiones que utilizamos los cristianos y que tenemos que ir superando. Pero mientras tanto, al haber heredado esta manera de hablar, lo que tenemos que hacer es utilizarla a lo sumo de manera cariñosa —un poco como en la vida de pareja—, y siempre subordinada a las advertencias y prácticas de Jesús (“los reyes gobiernan… no sea así entre Uds.”; y el lavatorio de pies). Sobre todo, tenemos que tener este cuidado cuando pensemos en la Iglesia, a la cual debemos ayudar a purificarse de toda tentación de poder, de dominio, de espíritu de cruzada, de competencia con el poder político y con otras religiones e iglesias. Incluso purificarla en los signos externos, en las imágenes, en las formas de hablar. Esta tarea de purificación de la Iglesia no es fácil, pero es ineludible si queremos ser, como lo recuerda el evangelio hoy, “testigos de la verdad”.Ω

NOTA.- PARA ENTENDER MEJOR EL CONDICIONAMIENTO HISTÓRICO POLÍTICO DE ESTA FIESTA DE CRISTO REY, BASTE LEER LA ENCÍCLICA DE PÍO XI EN LA QUE EXPLICA EL SENTIDO QUE LE DA A ESA CELEBRACIÓN. DICE ASÍ UNA DE LAS CITAS:
“Juzgamos peste de nuestros tiempos al llamado laicismo con sus errores y abominables intentos; y vosotros sabéis, que tal impiedad no maduró en un solo día, sino que se incubaba desde mucho antes en las entrañas de la sociedad.

Se comenzó por negar el imperio de Cristo sobre todas las gentes; se negó a la Iglesia el derecho, fundado en el derecho del mismo Cristo, de enseñar al género humano, esto es, de dar leyes y de dirigir los pueblos para conducirlos a la eterna felicidad.

Después, poco a poco, la religión cristiana fue igualada con las demás religiones falsas y rebajada indecorosamente al nivel de éstas. Se la sometió luego al poder civil y a la arbitraria permisión de los gobernantes y magistrados”.
Enc. "Quas primas", 11 diciembre 1925.


Esto no es crítica sino datos históricos. Era el modo de pensar la jerarquía de la Iglesia de aquella época.

15 noviembre, 2009

33o domingo tiempo ordinario

33º domingo t.o., 15 nov. 09
Lect.: Dan 12: 1 – 3; Hebr 10: 11 – 14. 18; Mc 13: 24 – 32


1. Uds. saben que cada año se dedica estos domingos últimos del año eclesiástico, antes de empezar la preparación de la navidad, a hablar del final de los tiempos y del juicio final. Pienso que en parte estos énfasis son una salida cómoda a un problema serio que nos presentan estos textos del evangelio porque son de los textos más complicados del NT. Lo son porque mezclan muchos temas, cosas dichas por Jesús con comentarios de las primeras comunidades. Y porque utilizan lenguajes, estilos y preocupaciones muy de aquella época. Así presentan entremezclados textos referentes a la destrucción de Jerusalén por los romanos, a la restauración del reino de Israel, al final de los tiempos, a la resurrección de los muertos, al juicio final, y a la predicción de grandes catástrofes naturales e históricas por las que los discípulos tendrán que atravesar. En vez de meterlo todo en “el mismo saco” habría que reexaminar por separado cada uno de estos temas. Y siempre haciendo el esfuerzo de “limpiarlo” del lenguaje y visión de la época (p. ej. lo de la caída de estrellas…).
2. Debemos preguntarnos, ¿qué era lo esencial para Jesús detrás de todas estas formas de expresión. ? Primero, empezando por lo que no es esencial: no es hablar de un solo acontecimiento espectacular (juicio, destrucción final, resurrección de muertos). Eso no era un tema dominante a lo largo de la predicación de Jesús. Además aquí se encarga de recordarle a los discípulos que no piensen en un acontecimiento, de los que tienen fecha y hora. ¿De qué se trata entonces lo esencial? Creo que podemos afirmar que lo central es hablar de lo que los evangelistas llaman la venida del hijo del hombre y la transformación de toda la realidad que se debe producir con esa venida. Se trata de acontecimiento permanente, que tiene dos dimensiones, una de construcción y otra de destrucción, y ante la cual el evangelio nos pide vigilancia, discernimiento. Este tema sigue siendo mensaje válido para todas las generaciones y también para nosotros, si lo vemos desde las inquietudes fundamentales de nuestro tiempo, no de la época de la ocupación de Israel por los romanos. En aquel momento a aquellas comunidades les preocupaba la destrucción de su país, o el castigo que vendría con el final cósmico de todos los tiempos. Hoy en cambio, para nuestra mentalidad moderna, nuestras preocupaciones van por los finales y destrucciones que está causando la irresponsabilidad de los seres humanos. Nuestra primera preocupación así, es por los signos negativos que están planteando grandes amenazas a nuestra vida y la del planeta: el cambio climático, la crisis del hambre, la crisis energética y la financiera. Todas estas crisis aparecen ligadas a una economía irracional cegada por la tendencia a la acumulación egoísta que utiliza los medios de un comercio injusto entre los países, del uso irracional de formas de energía y que pasa incluso por las formas primitivas de ganar poder y posesión: las guerras y la ruptura de los procesos democráticos. Resuena entonces el llamado evangélico a la vigilancia, a leer los signos de lo que está pasando. Pero los signos no son solo negativos. También la higuera muestra ramas tiernas en las que aparecen nuevos brotes. Son los signos de esa venida, esa presencia del hijo del hombre como realización plena de nuestra vida, como transformación personal y como forma de reorganizar esta sociedad y esta economía.
3. El llamado a pensar en el final de los tiempos hoy no se debe ver entonces en términos de una destrucción cósmica que llegará a nuestro sol y al sistema planetario en millones de años, ni como gran final de película, de un mundo nuevo que cae del cielo, al final de los tiempos. Más bien como un final que nos reta cada día a cada uno de nosotros, a enfrentar en cada acontecimiento lo signos de destrucción, haciendo real a nivel personal y comunitario la venida del Hijo del Hombre, del ser humano pleno. A abrirnos para que se realice en nosotros nuestra dimensión más humana —que es la más divina— esos signos positivos de la presencia del Hijo del Hombre, cada vez que enfrentamos los otros signos negativos que urge cambiar en esta sociedad en que vivimos.Ω

08 noviembre, 2009

32o domingo tiempo ordinario

32º domingo t.o., 8 nov. 09
Lect.: 1 Reg 17: 10 – 16; Hebr 9: 24 – 28; Mc 12: 38 – 44


1. ¿Con qué propósito educamos a nuestros hijos? Cuando yo era pequeño, muchos papás y mamás, viniendo de orígenes humildes, expresaban este propósito diciendo que aspiraban para sus hijos la posibilidad de “llegar a ser alguien”. Pero claro, esto puede entenderse de diversas maneras. En aquellos tiempos, y para gente sencilla urbana, “llegar a ser alguien” equivalía a tener un oficio o profesión que le permitiera a cada hijo varón ganar bien, tener casita propia y ahorros para las necesidades de salud, educación y diversiones de la familia. (En aquella época machista, lo que se aspiraba para la hija mujer era “que pudiera casarse bien” y ya entendemos lo que eso quería decir). Lo que se aspiraba en zona rural está bien expresado por la canción “Caña dulce pa’ moler”. Ahí no aparecía tan clara la necesidad de estudiar o tener carrera.
2. Pero la sociedad nuestra ha cambiado para bien y para mal. Desde que la economía internacional y la nuestra con ella se ha ido transformando, “llegar a ser alguien” se ha complicado bastante. Por una parte, los jóvenes son bombardeados por todo lado con imágenes que presentan un ideal de vida basado en lo que cada persona tiene, más allá de la casita, del carro y de la cuenta bancaria: tener dinero, otras propiedades, más y más cosas para comprar, prestigio, poder, autoridad... El que posee todo esto, —se les dice— está en el grupo de los “ganadores”, sale adelante y triunfa en la vida. El que no lo logra, es un “perdedor”, queda descalificado de lo que vale la pena en esta sociedad. Por otra parte, no solo ha cambiado el supuesto “ideal” de vida, sino también el modo de alcanzarlo. Porque esta nueva sociedad, donde todos corren como locos por tener más, fuerza a ser altamente competitivo y no importa por cuales medios: codeando, empujando y en extremos hasta pasando por encima de los demás para poder estar en el grupo de los “ganadores”.
3. La figurita de la viuda del evangelio de hoy es, desde el punto de vista de la sociedad y la economía actuales, desconcertante, estrafalaria y ridícula. ¿Cómo puede Jesús alabar a alguien que da de limosna “todo lo que tenía para vivir”? Es más, ¿cómo puede tener sentido dar limosna a una institución religiosa corrupta, rica y explotadora, como era el Templo de Jerusalén en ese momento? Pero Jesús no está simplemente alabando el dar limosna, ni siquiera tan solo el ser generoso. Esas son acciones morales que todos estamos en condiciones de hacer en alguna medida. Son acciones buenas, pero para motivarlas la figura de la viuda no es necesaria, les queda demasiado grande, es mucho más radical que cualquier actitud ética. La actitud de la viuda, en la que Jesús se fija, expresa algo más profundo que cualquier moral, apunta a una forma de vida interior que ha descubierto qué es lo importante para “llegar a ser alguien”. Sin negar nuestras diarias necesidades materiales, entiende ante todo que “ser alguien”, es ser Dios mismo, es destapar lo divino que hay en nosotros y con ello, activar esas cualidades divinas de auto-donación, de amor incondicional, de creación gratuita de un mundo nuevo, de una nueva forma de convivir y de ser humanos, libre de esos miedos e inseguridades que nos llevan a apegarnos a lo que sea. La viuda es así el símbolo del Jesús entregado hasta la muerte, y también del don que cada uno de nosotros debe pedir en la oración como actitud fundamental de vida para nosotros y para que nuestros hijos lleguen a “ser realmente alguien” que valga la pena como ser humano. Esto es lo que pedimos de regalo en esta eucaristía de hoy.Ω

01 noviembre, 2009

Fiesta de Todos los Santos

Fiesta de Todos los Santos, 1 nov. 09
Lect.: Apoc 7: 2 – 4. 9 – 14; 1 Jn 3: 1 – 3; Mt: 5: 1 – 12 a


1. Cuando se lee de nuevo este texto de las Bienaventuranzas, y se oye a teólogos y predicadores decir que esta es la Carta Magna de la predicación de Jesús, la reacción natural primaria es de admiración, de alabanza, ante un documento tan sublime. Pero la reacción segunda suele ser de una mezcla de distanciamiento y conformidad: se trata —podemos pensar— de un planteamiento tan maravilloso que es irrealizable (ser desapegados, mansos, misericordiosos…), no está al alcance de la mayoría de nosotros humanos que ya tenemos suficiente problema con intentar cumplir mandamientos y reglas más pegados al suelo. ¿Qué decir, entonces, de las bienaventuranzas? ¿Es que, acaso, Jesús no las pronunció para que realmente se convirtieran en orientación fundamental de nuestra existencia humana? Si no fuera así, sería francamente raro, porque Jesús no era un filósofo abstracto que teorizara sobre el ser humano. ¿Cómo entender y acercarnos entonces a las Bienaventuranzas para que marquen nuestra vida?
2. Lo primero que tenemos que aclarar es que no debemos leerlas pensando que ahí —como en el resto del evangelio— Jesús nos esté dando un manual de buen comportamiento. Para eso no era necesario Jesús. Por una parte, porque eso del “buen comportamiento” se entiende a veces de la manera más superficial, entendido como buenos modales, como formas de hablar, de vestir, de comer, que no resulten chocantes, —sobre todo para las clases sociales mejor posicionadas— o, al menos, que no rompan ninguna ley o reglamento. Eso no es del interés de Jesús, sin negar por eso que algunos modales sean importantes para la convivencia social. Por otra parte, entonces, ¿es que Jesús nos viene a enseñar una moral más perfecta? Tampoco sería necesario Jesús para ese propósito. Cada pueblo tiene su moral, su conjunto de tradiciones y costumbres que selecciona como mejores para su vida y supervivencia. Y en muchos pueblos han surgido a lo largo de los tiempos maestros de ética que han servido para que sus seguidores impulsen y ayuden a esas poblaciones a vivir con pautas de excelencia. No podemos reducir a Jesús pensando que es uno más de esos maestros. Por supuesto que vivir moralmente es importante para nuestra propia realización y para la convivencia, —todos nosotros batallamos diariamente para ajustar nuestra conducta familiar, laboral, sexual, etc., a normas morales. Pero no es ni dentro del marco de la moral, ni de los buenos modales que debemos colocar las bienaventuranzas. Van mucho más allá. La manera de vivir las necesidades, de llevar el sufrimiento, de ser compasivos y misericordiosos; el poseer un corazón libre de apegos, limpio para solo ver lo bueno y valioso en los demás, el preferir la paz a la violencia, y no dar importancia a los desprecios y hostigamientos que nos genere esta forma de vida, nada de esto viene en ningún manual de buenos modales y, aún más, nada de esto lo desarrolla ninguna moral por sí misma. Todas esas actitudes fundamentales de la existencia humana, si las observamos con cuidado, no resultan exitosas para posicionarse o ser aceptado socialmente, ni son útiles en lo práctico para que un pueblo alcance niveles valiosos de vida. Más bien parecen generar lo contrario y de ahí que nos parezcan tan irrealizables. Son las actitudes fundamentales que nos identifican con nuestro perfil de hijos de Dios, hechos a su imagen y semejanza, y por eso no pueden reducirse a prácticas legales o morales.
3. Para entender las bienaventuranzas, como actitudes profundas y fundamentales del ser humano, de cada uno de nosotros, necesitamos cambiar de onda. Debemos pensar que no son el resultado humano de esfuerzos morales, sino el don, el regalo que nos viene con nuestra aceptación del Reino, es decir, de la presencia de lo divino en cada uno de nosotros. Son el resultado de la transformación que opera en nosotros el Espíritu que solo pide de parte nuestra la confianza total, nuestra disposición completa a ser instrumentos de la justicia de la misericordia providente. Por supuesto que este “cambio de onda” lleva tiempo. Solo iremos entendiéndolo poco a poco, gracias a la experiencia misma progresiva de Dios en nosotros.Ω

18 octubre, 2009

29 domingo tiempo ordinario

29º domingo t.o., 18 oct. 09
Lect.: Is 53: 10 – 11; Hebr 4: 14 – 16; Mc 10: 35 – 45

1. Este texto evangélico parece redactado para una etapa pre – electoral, ¿no creen? Aquí tenemos a unos de los discípulos cercanos pidiendo a Jesús quedar bien ubicados en el Reino de Dios. Imaginémonos, sin hacer mucho esfuerzo, en cuántos compatriotas estarán en estos meses previos a febrero del 2010 metidos en campaña por el partido de sus preferencias, pero no por la contribución que se pueda hacer para mejorar Costa Rica, no para hacer que se parezca más a una sociedad más equitativa, más justa, sin pobreza, sin abusos sobre los débiles. No, nada de eso. En el fondo, trabajando políticamente para ver si algo le va a tocar después de las elecciones: un ministerio, una asesoría en la Asamblea Legislativa, una dirección de colegio, o una plaza en propiedad, una calle pavimentada hasta su casa o finca, algún privilegio para su empresa o, al menos, una placa de taxi. Las necesidades con imaginación crean muchas motivaciones para el trabajo partidario. “¿Qué quieren que haga por Uds.”, les pregunta Jesús a Santiago y a Juan. Después de que se ha pasado todos estos meses motivándolos a abrirse al reino de Dios, es decir, a dejar que el Dios – amor – gracia - generosidad irrumpa en sus vidas, uno podría pensar que Jesús tendría la ilusión de que los discípulos respondieran a su pregunta pidiéndoles capacitarse mejor para construir ese Reino, para llenarse mejor de su Espíritu. Pero qué desilusión, si es que Jesús pensaba así. Lo que Santiago y Juan querían pedirle a su maestro y su líder era parecido a lo que está motivando a muchos ticos para andar trabajando por Ottón, o por Laura, o Araya o por el candidato de su preferencia: “Señor, ¿me podrías dar un puestecillo, una chambita?” Esta semana me contaba una amiga, que en una de sus giras a pueblitos bien alejados, tratando de fortalecer a la gente para que participe con conciencia en las elecciones, le preguntó alguien de su propio partido, “Mirá, ¿y vos detrás de qué andás?” Es decir, ¿qué vas a sacar para vos misma de todos estos esfuerzos?” Al hombre no se le ocurría que fuera posible trabajar desinteresadamente en política, solo para ayudar a construir una CR mejor.
2. No sabemos si Jesús se desilusionó un poquito, o si se entristeció por ver una vez más lo lerdos de entendederas que eran los discípulos. Pero en todo caso, tuvo la paciencia para aclararles una vez más, lo que está bien claro en los evangelios: que entusiasmarse por dejar que Dios entre en nuestras vidas no es compatible con andar buscando poder sobre los demás, con andar viendo como acumular más y más chunches, o prestigio, o posición económica y social. Vean, les dice Jesús, “en la sociedad en que vivimos los jefes tiranizan y los grandes oprimen, pero no sea así entre Uds.” Es decir, tratando de explicarlo nosotros en nuestros propios términos, el evangelio nos dice que hay dos formas de ser y vivir diferentes ligadas a dos tipos de aspiraciones en la vida. Si lo que a mí me interesa es un tipo de sociedad en que lo importante sea trepar y trepar, en la que no importa que unos trepen y otros queden abajo, a menudo solo sirviendo de escalera para que los otros trepen; si en lo que creo es en una sociedad donde tiene que haber ganadores y perdedores, entonces se comprende que lo me importe es ver qué voy a obtener de las personas que me rodean, especialmente de los que son líderes, de los que son grandes, sean políticos, obispos o lo que sean. En nuestra sociedad occidental moderna se ha acentuado mucho ese falso ideal de vida y mucha gente construye toda su actividad profesional, su familia y hasta las actividades de Iglesia, con esa aspiración: la de ser importante, la de estar lo más arriba que se pueda, la de tener siempre más y la de destacar a base de dominar a otros. (Digo se ha acentuado, porque como Mc lo muestra ya existía entonces esa manera de vivir).
3. Lo que Jesús quiere que sus discípulos entiendan es que ese no es el tipo de sociedad, de convivencia que él impulsa. Que lo que él llama el Reino de Dios es, por el contrario, una vivencia intensa de la presencia de Dios que hace que marquemos nuestras relaciones humanas y con la naturaleza con esos rasgos del Dios y Padre de Jesús: la gratuidad, la generosidad, el amor, la fraternidad. Entonces, si nos dejamos atrapar por este ideal de vida, si coincidimos con Jesús en que este Reino de Dios es el tipo de sociedad que queremos porque nos parece más valiosa, más plena, entonces cobra sentido lo que Mc pone en boca de Jesús hoy: lo que a uno lo hace adecuado para ese tipo de sociedad es la actitud de servicio fraterno, de compartir lo que somos y lo que tenemos, la entrega a quienes sabemos que nos están unidos como hermanos en el sentido más profundo de la palabra, para que todos tengamos vida plena.Ω

27 septiembre, 2009

26o domingo tiempo ordinario

26º domingo t.o., 27 sep. 09
Lect.: Núm 11: 25 – 29; Sant 5:1 – 6; Mc 9: 37 – 42; 44. 46 – 47

1. Cuando yo era pequeño, en nuestra educación religiosa se reflejaba una visión militante de una iglesia poseedora de la verdad doctrinal que no solo no aceptaba a los que no compartieran nuestras creencias, sino que además pensaba que había que atacarlos. Recuerdo en esta línea un fraile profesor nuestro, muy combativo contra los protestantes, que aprovechaba hasta las procesiones cuando pasaban cerca de templos evangélicos para vocear mensajes agresivos contra los hermanos separados. Fundó incluso una revista mensual que se dedicaba exclusivamente a impugnar los errores de los cristianos no católicos. Escuché también, compartiendo una vez un almuerzo con el P. Chacón, en la Iglesia de Fátima, a alguien que contaba de la primera fundación de un templo evangélico en Heredia, y de cómo los chiquillos de la parroquia, se sentían animados por lo que habían aprendido y se lanzaban a tirar piedras para quebrar las ventanas y las tejas de aquella nueva iglesia que los catequistas y curas sentían como competencia y como peligro de desviación. Las anécdotas pueden multiplicarse en los propios recuerdos de Uds, estoy seguro. Pero lo hemos visto incluso en la reciente discusión sobre la reforma de la Constitución Política, que hay quienes temen que todo se venga abajo si se quita a la religión católica como oficial, o si se prescinde del nombre de Dios como obligatorio en los juramentos para asumir un cargo. Nuestra Iglesia, nosotros los creyentes católicos, tenemos hoy en día cada vez más el reto de aprender a vivir en una sociedad que es cada vez más plural, donde no todos son creyentes en Dios, donde los que lo son tienen formas diversas de expresar su fe y que incluso dentro de la fe católica esencial hay diversidad en las maneras de interpretar y explicar sus varios contenidos.
2. Los primeros discípulos no la tuvieron tan difícil como nosotros, pero tampoco les resultó muy fácil enfrentar, como nos los narra Mc en el texto de hoy, la variedad de formas que muy rápidamente se produjeron de seguir a Jesús, de entender su práctica, de usar su nombre, y de entender lo que significa pertenecer al movimiento engendrado por el anuncio de la Buena Nueva. Tal como lo pone Mc pareciera que aquellos primeros discípulos sentían como si ellos fueran los únicos con derecho a hablar y a actuar en nombre de Jesús. Es ilustrativo observar su reacción ante aquel hombre que se encontraron que expulsaba los demonios en nombre de Jesús. Ni siquiera se paran a pensar en los resultados de los exorcismos que esa persona realizaba. No parece que su prioridad sea la salud y la liberación de los curados. Más bien parece que lo que les interesa es la prioridad de su grupo, de que el otro “no es de los nuestros”, algo así como si lo más importante fuera el prestigio de su grupo —lo que más tarde será la iglesia— y como si este grupo tuviera patente, propiedad intelectual exclusiva sobre el nombre y la práctica de Jesús.
3. Los discípulos de verdad que tardaron, y tardamos nosotros, en entender, asimilar y vivir el espíritu de Jesús. Toda la actuación de Jesús no tiene más prioridad que vivir y anunciar el reino de Dios entendido como el descubrimiento en nuestra vida de una presencia de la divinidad que sana, libera, transforma y da plenitud a nuestra vida. En todo momento Jesús muestra su enorme sensibilidad ante el dolor humano, sobre todo el injustamente causado por los poderosos, como lo expresa hoy la lectura de Santiago sobre los ricos injustos; vivir la presencia de Dios llevaba a Jesús a cuidar de los pobres, de los humildes, de los mal vistos, de quienes no eran valorados por la sociedad y la religión de entonces. Seguir a Jesús es un llamado para nosotros a asimilar este espíritu y esta práctica suya. Si el inició un movimiento, un grupo que luego creció como iglesia no es para gozar de privilegios, ni para ser una institución más que compita por poder, sino para trabajar por traer más dignidad, alegría, justicia y paz a la humanidad, junto con todos los que hacen lo mismo, aunque “no sean de los nuestros”. Ojalá podamos ponerlo en práctica.Ω

21 septiembre, 2009

25o domingo de tiempo ordinario

25º domingo t.o., 21 septiembre 2009
Lect: Sab 2:17- 20; Sant 3:16 – 4:3; Mc 9: 29 - 36


1. Puede resultar curiosa la escena que acaba de relatarnos Mc. Jesús está hablando de los desafíos que le esperan por delante, de los sufrimientos a los que va a enfrentarse como consecuencia de su misión. Y los discípulos que ni quieren enfrentarse con esa perspectiva y, más bien, están discutiendo entre ellos sobre quién va a ser el más importante en el reino. Todo un contraste. De algún modo es una situación muy comprensible porque refiere a dos actitudes muy humanas: por una parte, el temor al sufrimiento y al fracaso. Por otra, la necesidad de sentirnos seguros, que los demás nos den reconocimiento y valoración a uno, a nuestra identidad propia Los dos sentimientos son naturales pero se nos hacen problema a la hora de decidir qué es lo que nos hace seguros e importantes; qué es lo que me va a permitir encarar el futuro con más tranquilidad y paz, y qué es lo que va a hacer posible que los demás me valoren.
2. El relato de Mc no cuenta muchos detalles. Uno puede adivinar que los discípulos confunden “ser valorado” con “ser importante” y entienden “tener importancia” con ser objeto de alabanza por parte de los demás, y ocupar puestos que permitan que los demás los admiren y reverencien. Pobres pescadores y campesinos como eran, de repente vieron en el acompañamiento a Jesús la oportunidad para destacar y ocupar lugares destacados en una sociedad en la que ellos hasta ese momento no habían contado para nada. Uno no puede reírse mucho de la ingenuidad de los discípulos, porque en el fondo, su ilusión coincide con la ilusión engañosa que nos afecta a todos —incluyendo a la Iglesia como Iglesia— cuando tratamos de resolver ese desafío de sentirnos personas valiosas y lograr que los demás nos lo reconozcan. La mayoría de nosotros caemos en la trampa de pensar que ese desafío se resuelve de dos maneras muy ligadas entre sí. Por una parte, apropiándonos de cosas exteriores, llenándonos de chunches, dinero, ropa, aparatos, propiedades. En una palabra, nos creemos más importantes cuanto más poder económico logremos tener. Por otra, relacionamos la valoración propia a la capacidad de tener autoridad sobre otros, de poder mandar y ser obedecido. Es decir, nos creemos más importantes cuando podemos tener un poder de dominio sobre los demás. Y eso se da en diferentes ámbitos, en el familiar, en el eclesiástico, en el social, en el político.
3. En todo el evangelio Jesús muestra con su vida que la valoración propia, la realización plena de uno mismo no depende de todos esos añadidos materiales, económicos o de dominio, de prestigio, de éxito supuesto. Más bien todo eso lo que hace es apantallarnos, impedir el descubrimiento de nosotros mismos, de nuestro verdadero valor, de lo que cada uno es como persona única. ¿Por qué? Precisamente porque cada uno de nosotros, salido de la mano de Dios, es único. No es un clon. No necesita para ser valioso, acumular nada más, ni copiar a nadie más, ni dominar a nadie más. En este sentido, descubrirse y ser uno mismo conlleva, socialmente hablando, renunciar a los mecanismos de dominación y explotación de los otros, aunque quede a los ojos de la cultura dominante, a la altura del esclavo de todos. Pero, a nivel profundo, descubrir y vivir lo que uno es, es descubrir la imagen y presencia de Dios en uno mismo, y ser capaz de descubrirla en los demás. Nada nos da más valor que esto, independientemente de lo que digan las costumbres sociales establecidas. En cambio, como lo recuerda Santiago en la 2ª lectura, la codicia genera inestabilidad, se asocia con la envidia y rompe la paz. Estos son los resultados de poner la propia importancia, el propio valor, ligado al poder económico y político. Lo que dice Jesús hoy a sus discípulos, permite traducir la propia vida en el servicio a los demás, contribuyendo a la plena realización propia y de los demás con los que formamos una sola realidad en Cristo.Ω

26 julio, 2009

17o domingo tiempo ordinario

17º domingo t.o., 26 jul. 09
Lect.: 2 Reg 4: 42 – 44; Ef 4: 1- 6; Jn 6: 1 – 15

1. Si alguien, no creyente y ajeno por completo a lo religioso, nos preguntara con buena voluntad qué venimos a hacer aquí cada domingo, quizás la respuesta más breve y exacta sería decirle: venimos a celebrar la eucaristía. Respuesta correcta pero, ¿la entendemos? ¿entendemos lo que conlleva? Ese supuesto no creyente podría insistir en que aclaremos. Diríamos entonces celebrar la eucaristía es celebrar la acción de gracias. Esta breve explicación ya permitiría conversar con cualquiera y hacerle ver por qué la eucaristía desempeña un papel central en nuestra vida cristiana. Los cristianos construimos nuestra vida sobre la acción de gracias. Dar gracias de manera profunda y convencida, como deberíamos hacerlo aquí cada domingo, es hacer de este momento el del reconocimiento serio de que toda nuestra vida, todo nuestro ser, lo que decimos y lo que hacemos y, con mucho más razón, todo lo que tenemos no es más que un puro don, un completo regalo del amor generoso y compasivo de Dios.
2. Renovar esta convicción cada domingo de manera honesta y sincera, nos tiene que transformar personalmente, en nuestro modo de ser y en nuestro modo de relacionarnos con los demás. El texto evangélico de esta tarde, —que pertenece al cap. 6 de Jn que se va a meditar durante cuatro domingos—, nos plantea una narración en la cual Jesús y sus discípulos constatan: primero, una necesidad ocasional de alimentos en la multitud que lo sigue; segundo, la limitación de recursos con que cuentan y tercero, lo más importante, cómo a partir de la acción de gracias de Jesús son capaces de compartir lo que tienen, multiplicarlo y ayudar a que todos queden satisfechos. Este milagro, como todos los que se narran de Jesús, es un signo de la llegada del reino de Dios. Significa lo que sucede en cada uno de nosotros cuando nos abrimos a ese reino, a esa presencia de Dios en nosotros, significa vivir a diario con la conciencia de acción de gracias, con el convencimiento de la gratuidad de la vida y los bienes de este mundo. Vivirse uno a sí mismo como un don del amor de Dios conlleva cultivar de manera permanente la actitud de compartir lo que somos y tenemos con todos los demás, en especial con quienes han sido excluidos hasta del disfrute de los bienes básicos para la vida, por culpa de la ambición, de la insaciable búsqueda de ganancias por parte de los económicamente más poderosos. En su reciente encíclica el Papa nos recuerda (n.34) que la gratuidad está en nuestra vida de muchas maneras, pero que si pasa desapercibida esto es debido a una visión de la existencia que antepone a todo la productividad y la utilidad. Vivir, en cambio conscientes de que estamos hechos como un don y para el don, esto nos abre y desarrolla nuestra dimensión trascendente. Podríamos decir, nos asemeja plenamente a Dios.
3. Esta narración de Jn no pretende decir que tenemos que aprender a hacer milagros para resolver el problema de la pobreza, el hambre y la iniquidad. Ni siquiera que vamos a poder lograrlo con políticas y técnicas adecuadas. Pero nos revela cuál es el sentido y por tanto la meta de nuestra vida y en qué dirección y con qué actitud debemos construir nuestra vida diaria. Esto es lo que aprendemos cuando captamos el sentido de celebrar esta tarde la eucaristía, la acción de gracias.Ω

19 julio, 2009

16o domingo tiempo ordinario

16º domingo t.o., 19 jul. 09

Lect.: Jer 23: 1 – 6; Ef 2: 13 – 18; Mc 6: 30 – 34


1. La escena que narra Mc es tan cotidiana que puede pasar inadvertida. Podría quedar como una mera introducción a la multiplicación de los panes, del próximo domingo. Sin embargo, nos abre un maravilloso panorama sobre lo que es para Jesús la vida religiosa, la vida espiritual y, en definitiva, la vida humana. La escena es de lo más corriente: los discípulos regresan de una de sus primeras correrías apostólicas, contentos de lo que hicieron, abrumados de las exigencias de la gente que no les deja tiempo ni para comer. Y con gran comprensión los invita a tomarse un rato aparte, para descansar. Pero él mismo no puede dar el ejemplo, porque al desembarcar lo rodea una gran muchedumbre y entonces, dice Mc, Jesús siente por ellos una gran compasión, porque los ve como ovejas sin pastor. ¿Cómo puede ver Jesús así a la gente? Tendríamos que extrañarnos de esta afirmación sabiendo que aquel pueblo judío era muy religioso, que giraba su vida en torno al Templo, que escuchaba la Escritura en sus sinagogas, que contaba con maestros de la Ley y con centenares de sacerdotes. Entonces, ¿por qué se atreve a decir Jesús que andan como ovejas sin pastor?

2. De manera constante, ya los profetas habían criticado duramente a la religión de Israel por haberse convertido en una institución que vivía para sí misma, para los intereses económicos y políticos de sus poderosos sacerdotes y por haberse olvidado de priorizar las necesidades del pueblo. En la misma lectura 1ª de hoy Jer en nombre de Dios lanza esa queja y amenaza por los pastores que dispersan y dejan perecer a las ovejas del pueblo. Otros textos proféticos son todavía más fuertes y radicales: Ez (c.34) advierte contra los pastores que en vez de cuidar al rebaño, lo explotan comiéndose su cuajada, vistiéndose con su lana. Y Zaca denuncia a los que en vez de preocuparse por los problemas del pueblo les cuentan cuentos y falsos sueños para mantenerlos consolados. Es a este tipo de religión a la que Jesús también critica y se opone y por la cual considera que quienes viven en esas prácticas religiosas son como ovejas sin pastor.

3. Por eso cuando Mc nos dice que Jesús miró a aquella gente con compasión, no está diciendo que tuvo un gesto de lástima, algo emocional ante una situación pasajera. Más allá de eso está diciéndonos que la verdadera religión, la verdadera espiritualidad que él mismo vive, es la espiritualidad de la compasión, la que ha hecho girar toda la vida propia en torno al convencimiento profundo de que hay que ser compasivos como nuestro Padre del cielo es compasivo (Lc 6:36). En esto consiste participar de la misma vida, de los mismos sentimientos de Dios. En muchas parábolas Jesús insistirá en lo esencial que es la compasión para definir la vida humana constructiva, fecunda, fraterna. Recordemos la del hijo pródigo, la del fariseo y publicano, la de la oveja perdida y, en particular, la del buen samaritano. En todas se destaca la figura del padre amoroso y compasivo que no anda verificando en primer lugar nuestras cualidades ni nuestra ortodoxia doctrinal, sino que por encima de todo se identifica plenamente con nuestra debilidad y desamparo. En todas ellas se subraya que cualquiera de nosotros como ser humano existimos solamente gracias a la compasión de Dios y de nuestros semejantes y que por eso, la actitud más coherente que debería brotarnos es la de ser también compasivos con los demás. Esta es la verdadera religión, la espiritualidad profunda.

4. A la luz de esta buena noticia, permítanme referirme a un problema humano que nos tiene afligidos a todos en Centroamérica la tragedia del golpe de estado en Honduras. Uno puede discutir del problema desde el punto de vista legal, político o histórico. Pueden sacarse argumentos para criticar a unos o a otros. Pero lo que nos corresponde en primer lugar como cristianos es mirar con profunda compasión al pueblo hondureño. Ver su sufrimiento como uno de los pueblos más sufridos de A. L., donde la pobreza extrema alcanza el 36%, la total el 58% y esa pobreza tiene lugar en medio de una grandísima concentración de riqueza en manos de unos pocos, lo que hace de Honduras uno de los países más inequitativos de la región. ¿Qué sentido tiene apegarse a hablar solo de legalidad en un país con estos índices, donde el analfabetismo supera el 20%, la mortalidad infantil el 23 por mil, y la desnutrición y el SIDA se extienden rápidamente? (Para no hablar del crimen, corrupción policial, violaciones de DDHH y del narco). La compasión evangélica nos debe llevar a identificarnos con ese pueblo, a ser solidarios con ellos en la construcción de una sociedad más justa y fraterna. Eso es parte de la religión verdadera.Ω

12 julio, 2009

15o domingo tiempo ordinario

15º domingo t.o., 12 jul. 09
Lect.: Amós 7: 12 – 15; Ef 1: 3 – 14; Mc 6: 7 – 13


1. Cuando leo este texto de Mc me resulta imposible no preguntarme en qué grado estoy viviendo conforme a este envío de Jesús. Y en segundo lugar me resulta imposible no preguntarme si a Uds. y a otros muchos católicos que leerán este evangelio no les chocarán las instrucciones de Jesús a sus enviados o, al revés, si no les chocará a Uds. ver en los sucesores de los enviados un estilo de vida que parece ajustarse muy poco a estas instrucciones del Señor. Recordémoslas rápidamente: al enviar Jesús a los doce no los envía a gobernar ninguna institución, ni a tener autoridad sobre personas, —tampoco él lo hizo nunca— sino sobre los “espíritus inmundos”, es decir, los envía con poder para enfrentarse y expulsar a las fuerzas malignas que deshumanizan a las personas, las que causan pobreza, enfermedad y dolor a los seres humanos. Los envía además a vivir conforme a un estilo de vida muy simple. Por una parte, con bastón y sandalias (al menos en Mc), dando la idea de su carácter peregrino, de caminante que no están amarrados a nada cuando se trata de servir al Reino de Dios. Por otra parte, las recomendaciones de que no lleven ni pan, ni alforja, ni dinero suelto, ni túnica de repuesto, hablan claramente de no vivir aferrados a los bienes materiales, no dejarse vencer por el miedo a la inseguridad de la supervivencia. Al mismo tiempo, con una gran confianza, no solo en la providencia sino en un Dios que se manifiesta providente en la solidaridad y en la hospitalidad de quienes van a recibir en sus casas a los enviados. ¿Por qué me cuestionan estas instrucciones de Jesús? Por supuesto no porque caiga yo en una lectura fundamentalista, literalista de la Biblia que me haga creer que debo imitar el modo de vestir humilde de la Palestina pobre de hace 21 siglos. Lo que me cuestiona es si yo estoy traduciendo en términos culturales de nuestros días lo esencial del encargo que les hizo a los apóstoles. ¿En qué consiste éste?
2. Como dijimos antes, Jesús no monta una enorme organización, con una dirigencia portadora de un poder que él tampoco utilizó ni se atribuyó. Lo que busca es un grupo sencillo de colaboradores que sean capaces de compartir su experiencia personal del reino de Dios y que puedan invitar a toda la gente, con sus palabras y sus acciones, a entusiasmarse ellos también a compartir comunitariamente esa experiencia del reino de Dios. Es normal que busque colaboradores, para ampliar el alcance de su acción personal y para darle continuidad después de que él no esté. Pero el perfil, el modo de vida de esos colaboradores debe ser coherente con la misión a la que han sido llamados. Si la misión de anunciar el reino de Dios es de liberar a todos los que padecen de los mecanismos que encadenan y oprimen y producen sufrimiento, de todo eso que él llama “espíritus inmundos”, los colaboradores deben de tener en primer lugar esa experiencia viva del Dios que libera y deben de vivir y presentarse de tal manera que esa experiencia se haga transparente, que no se confunda lo esencial de lo que predican al contaminarse con las tentaciones del poder económico y político de sociedades donde esos poderes están en manos y al servicio de pocos.
3. A lo largo de veintiún siglos es tristemente normal que a quienes queremos ser seguidores de Jesús se nos peguen comportamientos, estructuras y modos de vida ajenos por completo al espíritu evangélico. No me refiero principalmente a las debilidades humanas cotidianas de vicios, de desórdenes en el uso del sexo, o de falta de control en nuestro temperamento en el trato con los demás. Vencer estas y otras debilidades también es importante. Pero más importante que eso es despojarnos de esas otras distorsiones del poder político y económico que se nos han pegado a nuestras Iglesias, y que distorsionan el espíritu evangélico que nos subraya hoy Mc. Distorsiones que a veces llegan hasta construir un perfil eclesiástico idéntico al de los poderes de este mundo como cuando en el pasado se vio a Obispos como príncipes, al Papa como autoridad paralela o superior al rey, y a los presbíteros comos si fuéramos una personalidad destacada en cada pueblo o parroquia.
4. Confiemos en que estas eucaristías nos remuevan interiormente y nos empujen a buscar en pequeña escala formas comunitarias, —de grupo juvenil o de adultos— en las que podamos alimentar no la rutina religiosa, sino la experiencia del Dios vivo, y el compromiso de servicio liberador con los oprimidos por las fuerzas del mal.Ω

05 julio, 2009

14o domingo tiempo ordinario

14º domingo t.o., 5 jul. 09
Lect.: Ez 2; 2 – 5; 2 Cor 12; 7 – 10; Mc 6: 1 – 6


1. Desde pequeños, en nuestras familias y en la catequesis, aprendimos que Jesús era Dios y hombre verdadero, … el fundador de la única religión verdadera, un gran maestro que enseñó toda la fe católica,… que nos dejó unos mandamientos y una moral —sobre todo sexual, matrimonial, familiar— la cual es preciso seguir rigurosamente para salvarse… que es el gran sacerdote de nuestra religión,… Esto y mucho más nos dicen muchos de los catecismos que utilizamos en épocas de nuestra infancia. Lamentablemente muchos de esos catecismos son elaboraciones teológicas, intelectuales, que solo tienen como propósito darnos algunas referencias conceptuales para cuando necesitemos aclarar aspectos de nuestras creencias. En ese sentido tienen su utilidad. Pero tienen una gran limitación: esos catecismos no están orientados a facilitarnos el encuentro personal con Jesús, ni a alimentar nuestra vida espiritual conectándonos vivencialmente con él. Por eso, no es de extrañar que cuando nos topamos con un texto como este de hoy de Mc, se nos produzca un “corto circuito” porque al acercarnos a ese Jesús del evangelio como que su figura no encaja con la que nos dieron los catecismos.
2. No solo Mc, sino también Lc y Mt nos narran este episodio de la sinagoga de Nazaret y los tres coinciden en reflejar la incredulidad y el rechazo que sentían ante él muchos de los parientes, vecinos y coterráneos de Jesús. Si él hubiera sido todo eso que aprendimos —gran Maestro, sacerdote, juez moral, …— tendrían que haber estado ciegos los que lo rodeaban para no respetarlo profundamente. Pero no fue así, al punto de que el mismo Mc en un capítulo anterior (3: 20) dice que en una ocasión al menos sus parientes fueron a llevárselo con ellos porque pensaban que estaba loco. Jesús tenía que chocar. Cuando predicaba, cuando curaba, cuando llamaba a seguirle, mucha gente tenía que sentirse sorprendida porque Jesús era, sencillamente, un obrero de la construcción. No pertenecía a ninguna de las escuelas de rabinos estudiosos de la Biblia. Tampoco era de ninguna familia sacerdotal, ni era funcionario del templo, ni se dedicaba a realizar ritos sagrados, ni estaba ligado a los líderes judíos ni era un líder autoritario, ni era especialista como los escribas en discusiones sobre la Ley. Ni siquiera andaba como Juan el Bautista, fustigando a los pecadores y ofreciendo un bautismo de arrepentimiento. Además vivía de una manera extraña para la época. Abandonó su casa, su familia, en una época en que aún más que hoy eso podía considerarse una falta de respeto. Tampoco se casó ni fundó otra familia y andaba rodeado de un grupo de gente sencilla, mal vestidos y mal presentados, seguido por un grupo de mujeres, algunas de mala fama. ¿Cómo no iba a chocar este Jesús? ¿cómo sus parientes no iban a llamarle loco?
3. Toparnos de nuevo con este texto de Mc de hoy nos sirve de llamado para acercarnos a Jesús de otra manera, con los ojos limpios y sin prejucios de quienes sí se sintieron profundamente atraídos por él: los pobres, los excluidos, los que no estaban cegados por posesiones, por ambiciones, por afanes de prestigio. Ellos fueron los que descubrieron que las enseñanzas de Jesús eran maravillosas no porque él fuera un analista estudiado que enseñaba doctrinas muy complicadas, sino porque reflejaba y compartía la experiencia profunda de Dios que él vivía de manera muy auténtica. Esos pobres y sencillos, esos enfermos y marginados, experimentaron además a Jesús como alguien de quien brotaba la salud, la plenitud de vida, y que era capaz de hacer brotar de cada uno esa fuerza poderosa, transformadora, que él llamaba la fe, y que quizás no sabían que tenían hasta no encontrarse con él. Quizás, ojalá, también para nosotros sea esta eucaristía, estas lecturas la ocasión para reencontrarnos con un Jesús que reflejó todo esto para los sencillos de su época y que les acercó no a un Dios castigador, autoritario ni amenazante sino a ese padre de todos, compasivo y misericordioso.Ω

28 junio, 2009

13er domingo tiempo ordinario

13er domingo t.o., 28 jun. 09
Lect. Sap 1: 13 – 15. 2: 23 – 25; 2 Cor 8: 7 – 9. 13 – 15; Mc 5: 21 – 43


1. Ante el misterio de la divinidad los seres humanos nos hemos sentido desconcertados y hemos pasado por etapas muy diversas en el intento por comprenderlo. Hubo épocas primitivas en que se le veía como un espíritu terrible, que amenazaba con su furia al ser humano, con el que había que mantenerse en buenos términos cumpliendo sus mandatos y rindiéndole sacrificios. Por entonces también Israel lo veía como un dios ligado solamente a su pueblo, capaz de destruir a todos sus enemigos, de arrasar con ejércitos y pueblos extranjeros. Claro que en medio de esas representaciones tan imperfectas de vez en cuando surgían voces de personas más espirituales que intuían que no podía encerrarse a Dios en esas concepciones tan limitadas y contradictorias que lo asimilaban al ser humano preso de todas sus pasiones de ira, envidia, rivalidad. Una de esas voces disonantes es la del libro de Sabiduría que leímos hoy que proclama: “Dios no hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes.” Incluso en otro texto más antiguo (Ex 15: 26), Dios se presentaba diciendo “Yo soy Yavé, el que te sana”. Son ya pequeños anticipos de la revelación que hará Jesús, de un Dios que “es Dios de vivos y no de muertos”, que aparece ligado a su misión de “traer vida y vida en abundancia”.
2. Esta nueva etapa en la manera como la humanidad trata de representarse a Dios, Jesús la expresa con sus palabras pero sobre todo, continuamente, con sus hechos. En todas sus acciones resplandece la prioridad de la vida como preocupación e interés suyo, que son la prioridad de su Padre. Y de una manera particular por su acercamiento a todos los que sufren, de la pobreza, de la enfermedad, de la muerte. Los dos relatos entrecruzados que nos narra hoy Mc, el de la mujer que padecía incontenibles flujos de sangre y el de la hija moribunda del jefe de la sinagoga, son un ejemplo doble de ese apasionado anhelo de Jesús de que todos tuvieran vida y vida en abundancia. Dar la salud a los enfermos y moribundos era especialmente un signo poderoso de lo que quería decir que el reino de Dios ya había llegado a ellos. Aquellos enfermos, en aquella sociedad, no solo sufrían su mal físico, sino la marginación social y religiosa y la imposibilidad económica de pagar por los médicos profesionales que solo servían en las grandes ciudades y no en las insignificantes aldeas de Galilea, o incluso de acceder a los curadores populares de la región. Pensemos en esa pobre mujer, con serios problemas ginecológicos que la excluían del disfrute de su intimidad y del amor conyugal, y la apartaban como impura de las prácticas religiosas. Jesús le devuelve la salud orgánica y la integración en la vida familiar y social.
3. Jesús no hace gestos mágicos, ni pronuncia palabras esotéricas comos los curanderos y magos de la época. No recurre tampoco a las prácticas de los médicos profesionales. Lo suyo es distinto. Como dice un autor reciente “lo decisivo es el encuentro con Jesús. La terapia que él pone en marcha es su propia persona: su amor apasionado por la vida, su acogida entrañable a cada enfermo o enferma, su fuerza para regenerar a la persona desde sus raíces, su capacidad de contagiar su fe en la bondad de Dios. Su poder para despertar energías desconocidas en el ser humano creaba las condiciones que hacían posible la recuperación de la salud” (Pagola). Esto queda claro en el relato de Mc al decir que cuando la mujer lo tocó “salió una fuerza de él”, y que es la fe que se despierta en la mujer la que le ha curado. O, como se lo dice al padre de la niña, “No temas, basta que tengas fe”.
4. A lo largo de los siglos, como humanos que somos, los miembros de la Iglesia hemos vuelto a cometer errores, como en los tiempos primitivos, presentando un Dios de destrucción y no de vida, que lleva a los herejes a la hoguera, que promueve guerras de religión, o que amarga la existencia de las personas amarrándolas a complejas legalismos, o aterrorizándolas con castigos eternos. Las curaciones que Jesús realiza son un recordatorio de la prioridad que debe tener para cada uno de nosotros sus discípulos, el servicio a la vida. Son un indicador de la dirección que debe seguir la acción de la Iglesia. Ojalá está eucaristía nos permita asimilar mejor lo que quiere decir esta cercanía del reino del Dios.Ω

21 junio, 2009

12o domingo tiempo ordinario

12º domingo t.o., 21 jun. 09
Lect.: Job 38: 1. 8 – 11; 2ª Cor 5: 14 – 17; Mc 4: 35 – 40


1. Aunque han pasado 2000 años desde la época de Jesús, hay imágenes poderosas que siguen siendo significativas hoy día. El océano, por ejemplo. Su fuerza, su profundidad, sus tormentas, sus peligros. En aquella época, —y eso que se trataba de un mar pequeñito—, el de Tiberíades, esas grandes aguas, sobre todo con oleaje, embravecidas, representaban las fuerzas del mal, fuerzas que parecen ser superiores a la acción humana. Han pasado 2000 años y, a pesar de ello, un accidente como el del avión de Air France en medio del océano atlántico, nos vuelve a revivir la fuerza de ese símbolo primitivo, representando poderes que percibimos con temor como superiores a nuestras fuerzas. No ya pensando en demonios y espíritus malignos, sino en las tendencias dañinas que conducen a los humanos a la guerra, al mantenimiento de sociedades injustamente desiguales como la nuestra, y de millones en la pobreza y el hambre, a la indiferencia por la situación de sufrimiento de los demás.
2. Desde el inicio del evangelio de Mc, se presenta a Jesús enfrentándose a las fuerzas destructivas de la vida: la parálisis que afecta a aquel lisiado de Cafarnaum, el espíritu inmundo que torturaba a aquel pobre poseído en la sinagoga de esa misma ciudad, la fiebre que afecta a la suegra de Pedro, las enfermedades que doblegaban a numerosos enfermos. Y ahora la tormenta que amenaza la barca es como un símbolo que resume todas esas fuerzas del mal que rodean y penetran nuestro mundo real y que seguimos sintiendo. Y Mc nos insiste en tres cosas: que Jesús se enfrenta al mal y al sufrimiento injusto donde más afecta a la gente sencilla que le rodeaba; que cada vez que se enfrenta al mal Jesús se le impone con autoridad; y que en esta actuación de Jesús consiste precisamente la buena nueva, el evangelio, la noticia de que el reino, el poder de Dios está en medio de ellos.
3. Lo primero que deberíamos destacar es este hecho aparentemente tan sencillo y obvio: que Jesús no es indiferente al sufrimiento de quienes le rodean. Está tan convencido de que Dios, es padre amoroso suyo y de todos, y de que el dedo de Dios opera por su mano, de que la presencia de la divinidad está en él, que no puede menos que traducir esa presencia en el enfrentamiento y la superación de todas las fuerzas destructivas que le rodean. Incluso de esas fuerzas representadas por las furias del mar, que parecen superar nuestras fuerzas. Ese enfrentamiento confiado a toda fuerza destructiva y esa actuación poderosa son verdaderamente la buena noticia de la presencia de Dios entre nosotros.
4. Pero hay algo interesante que no podemos perder de vista: la gente al verlo actuar se sorprende, se quedan pasmados, y se preguntan “quién es este”. No es solo ante la tormenta calmada, también ante el primer exorcismo y en otros momentos cuando lo ven actuar, la gente se impacta y no puede menos de preguntarse quién puede hacer cosas semejantes. Esto es importante pero, más llamativo todavía, es que Jesús, en vez de presentarse como excepcional, más bien replique a sus discípulos: ¿por qué son tan cobardes?, ¿es que acaso no tienen fe todavía? Es otra forma de decirles: no se pregunten quién soy yo, sino quiénes son Uds., cuál es la fuerza que Uds. también tienen. Recordemos que en otra ocasión ya les dijo metafóricamente que con solo un poco de fe podrían arrojar una montaña al mar.
5. El texto de Mc, entonces, es, por una parte, una invitación y un recordatorio de que vivir el evangelio es vivir esa tarea confiada de que tenemos la fuerza de Dios para enfrentar las fuerzas destructivas que nos rodean, en la sociedad, en la economía, en la política, por más que parezcan a menudo superiores, invencibles, imposibles de ser eliminadas. Además, es el recordatorio de que cada uno de nosotros debe ser capaz de redescubrir no solo quién es Jesús, sino quién es cada uno de nosotros, portadores de esas mismas fuerzas que provienen del espíritu de Jesús.Ω

14 junio, 2009

Fiesta del Corpus Christi

Fiesta del Corpus Christi, 14 jun. 09
Lect.: Éx 24: 3-8; Hebr 9: 11-15; Mc 14: 12- 16. 22-26

1. Llama la atención que en las tres lecturas que acabamos de escuchar, destaque la palabra “alianza”. Moisés rocía al pueblo con sangre de vacas sacrificadas diciendo “esta es la sangre de la alianza que hace el Señor”; el autor de Hebreos habla de Cristo que “se ha ofrecido como sacrificio sin mancha” y “por eso es mediador de una alianza nueva”; y Mc cuenta que en la última cena de celebración de la Pascua, Jesús toma la copa de vino, se la da a beber a los discípulos y luego les dice “esta es mi sangre, sangre de la alianza”. Pegamos aquí con tradiciones antiquísimas de la historia de la humanidad. Por un lado, la idea de que Dios estableciera un alianza con los seres humanos evoca el temor de los pueblos antiguos de sentirse separados de la protección de los dioses, fuera del mundo de lo sagrado, expuestos a los peligros del mundo profano. La alianza, en el caso de la tradición judía, es la iniciativa que toma Yavé para saltar esa brecha; al realizar un sacrificio de un animal se significa que éste se reserva por completo para Dios, se sustrae del mundo profano, se vuelve sagrado, y su sangre rociada sobre el pueblo, vuelve a introducirlo en el espacio sagrado, de Dios. La fiesta de la pascua es como un caso particular de esta tan antigua tradición religiosa. Es una celebración muy anterior al pueblo judío y, por supuesto, al cristianismo. Al empezar la primavera, los pueblos pastoriles, cuando veían reproducirse sus ganados, invocaban la protección de sus dioses sacrificando un cordero recién nacido. Más adelante, ya pueblos sedentarios dedicados también a la agricultura, recogen la tradición de esa celebración pascual para pedir la bendición sobre las cosechas en esta misma fecha de primavera. Y será, en ese marco, que el pueblo de Israel asuma la tradicional cena de pascua dándole otro sentido, el de ser símbolo de la liberación de Egipto, donde la sangre del cordero que van a comer recuerda la marca de sangre sobre el dintel de las puertas que les preservaba de las plagas y les colocaba bajo la protección de Dios que establece con ellos una alianza, un compromiso.
2. Cuando uno hace un recorrido histórico, incluso así de breve, puede preguntarse qué tiene que ver esto con nosotros, en el siglo XXI. Es imposible, puede sonar anacrónico celebrar la eucaristía pensando en aquellas culturas antiguas donde nace la idea de la alianza y la de la pascua. Pero es el autor de la carta a los hebreos hoy, —aun y con lenguaje de otra época también—, quien nos da la pista para entender cómo Jesús transforma estas viejas tradiciones y nos invita a una celebración realmente distinta de la cena pascual que nos lleva al encuentro del Dios vivo. “Hebreos” se coloca en la antigua interpretación de la idea de alianza y presenta a Jesús como aquel que elimina la brecha entre Dios y los seres humanos, viviendo una vida que se vuelve sagrada al entregarse por completo, sin restricción alguna, al servicio de Dios. Vivir esta vida de Jesús es dar culto al Dios vivo, en espíritu y en verdad como decía Jn.
3. No podemos seguir celebrando la eucaristía como si fuéramos parte de aquellos pueblos antiguos que se sentían distanciados de sus dioses y que tenían que ofrecerles sacrificios; ni siquiera como en siglos pasados como si la eucaristía fuera una obligación de culto, de veneración externa, “la misa”, que nos impone la institución católica. La cena pascual, la celebración eucarística para nosotros es el momento de apropiarnos personalmente el espíritu de Jesús en esos últimos momentos en que estaba dando su vida hasta el final; es el momento de la identificación plena con el modo de vida de Jesús, de revivir, recordar, en el sentido de hacer presente de nuevo esa “memoria suya”, con nuestra vida de entrega; es saltar la brecha entre lo profano y lo sagrado, para salir y hacer de toda nuestra vida humana un lugar de encuentro con el Dios de Jesús: un Dios compasivo, misericordioso, que cuida de los más débiles, de los necesitados y excluidos.Ω

07 junio, 2009

Fiesta de la Santísima Trinidad

Fiesta de la Santísima Trinidad, 7 jun. 09
Lect.: Dt 4: 32 – 34. 39 – 40; Rom 8: 14 – 17; Mt 28: 16 – 20


1. Uno de los más grandes teólogos de la Iglesia, Tomás de Aquino, decía siempre que de Dios sabemos más lo que no es que lo que es. No debería sorprendernos. Dios es inefable, inaccesible. Es decir, que no se puede expresar, ni accederlo, como si se tratara de un objeto material, como de otro ser o lugar del universo. Si pudiéramos expresarlo o representarlo así, ya Dios no sería Dios, sería otra criatura. A pesar de que deberíamos estar conscientes de esto, en la historia del cristianismo, por no decir de toda la humanidad, ha habido a lo largo de los siglos montones de intentos por representarse a Dios, por expresarlo en fórmulas teológicas, varias de ellas dogmáticas; o en representaciones populares, como cuando pensamos en los cuadros de la Trinidad, o de la divinidad de Jesús, o del Espíritu Santo. Muchas de ellas son antropomórficas, es decir, que tratan de pensar en Dios (en su justicia, su poder, su amor, su relación con nosotros) usando rasgos humanos, porque era la forma más fácil de imaginarlo. Bastantes de estas representaciones, teológicas o populares, funcionaron en culturas y momentos distintos de la historia, en la medida en que eran acordes con el nivel educativo o el estilo propio de una cultura. Pero de todas esas representaciones muchas nos resultan hoy chocantes, a algunos más que a otros. Pensar, por ejemplo en un Dios juez, castigador, celoso que envía su hijo a la muerte, o que considera al ser humano como su rival, es algo que a algunas personas en la actualidad choca muchísimo y, en general son expresiones que resultan inadecuadas para nuestra realización humana hoy día.
2. Igual que todas las generaciones anteriores a nosotros hoy estamos retados a pensar y a hablar de Dios de una manera distinta, significativa, relevante para nuestra vida, de manera que realmente facilite nuestro encuentro con Él. No se trata tanto de buscar nuevas expresiones dogmáticas, o de fórmulas antiguas recicladas. Se trata más bien de contar con expresiones más adecuadas a nuestro nivel cultural, a nuestra sensibilidad de vida y que sean más coherentes con eso que llamamos la “realidad divina”. Es decir, siguiendo el pensamiento de santo Tomás, estamos retados al menos a no aplicar a Dios lo que no es. Como por ejemplo, cuando hablamos del amor de pareja, o de los hijos o de amistad, sabemos que es inadecuado reducir el amor a conceptos, a teorías; para comprenderlo solo se puede partir de la experiencia vital, de la realización humana que nos hace alcanzar.
3. Algo así es tratándose de esa realidad divina que llamamos Dios. El ejemplo nos lo da Jesús: él no se dedica a hacer cursos y lecciones de teología, para nada. Más que hablar directamente de Dios, aunque lo hace en ocasiones —como cuando lo muestra como padre, misericordioso, compasivo, amoroso,—, lo que Jesús hace es comunicar con su propia vida su experiencia de Dios. Todo lo que nos enseña en parábolas usando la frase Reino de Dios, es una manera de hablar en indirecto de lo que era para él esta experiencia de su vida en Dios. Con la perla, el banquete, el tesoro, el grano de mostaza, y muchas otras imágenes se está refiriendo a su experiencia de una dimensión profunda de comunión, oculta, en su propia vida, y en la nos invita a entrar en nuestra propia vida. Toda aquella gente sencilla que lo escuchó percibió que esto era realmente una manera novedosa y maravillosa de redescubrir a Dios.
4. Es a repetir este descubrimiento a lo que manda a los apóstoles en el texto de Mt de hoy. Los envía a invitar a todos los pueblos a que descubran no tanto la fórmula trinitaria, que era un medio de acercarse a lo que está detrás, sino a descubrir esta realidad profunda divina de nuestra vida, sin la cual no seríamos nada lo que somos.Ω

31 mayo, 2009

Fiesta de Pentecostés

Fiesta de Pentecostés, 31 may. 09
Lect.: Hech 2: 1 – 11; 1 Cor 12: 3b – 7. 12 – 13; Jn 20: 19 – 23


1. Lo decíamos el domingo pasado. La experiencia que vivieron los primeros discípulos tras la muerte de Jesús debió de ser algo tan extraordinario y de tanta riqueza que tuvieron que recurrir a diversos grandes símbolos o imágenes para expresarla. Un solo símbolo era insuficiente. Utilizaron entonces, al menos tres grandes palabras: resurrección, ascensión y envío del Espíritu Santo. Las tres son expresiones un poco diversas de una única realidad, que enfatizan uno u otro aspecto de ésta. La idea de la resurrección expresa la convicción de que la vida de Jesús fue de tal manera aprobada por el Padre que éste hizo que venciera a toda limitación humana, incluso y especialmente a la muerte. La palabra “ascensión”, por su parte, al hablar de exaltación de Jesús, enfatiza el poder, el dominio que le ha dado el Padre. Creer en la ascensión es confesar que su forma de vida en este mundo es más fuerte y valiosa que las que conducen a la muerte. Y al hablar de la “venida del Espíritu Santo” están diciendo que esa misma vida del resucitado la experimentan derramada en sus corazones.
2. Para tratar de compartir un poco más lo que aquellos discípulos estaban experimentando conviene recordar cómo su mentalidad estaba marcada por las esperanzas del A.T. Dos grandes profecías —leídas anoche en la vigilia de esta fiesta— dibujan esa gran esperanza y aspiración. Ez 37: 1 – 14 y Joel 2: 28 – 32. En la 1ª el Señor lleva al profeta ante un campo inmenso de huesos secos y le pide que conjure al Espíritu de Dios. En una escena impresionante, terrorífica casi en términos televisivos, cuando el profeta lo hace el Espíritu vuelve a armar y hace revivir aquellos huesos, se convierten de nuevo en seres vivientes y se ponen en pie. Y el Señor reafirma su promesa: voy a infundir en Uds. mi espíritu y vivirán. En la 2ª profecía Joel usa otras imágenes, las del mismo don universal de profecía y la posibilidad de que todos hagan prodigios. Pero para anunciar lo mismo: que el Espíritu de Dios será derramado sobre todos sin excepción, hijos e hijas, ancianos y jóvenes. Es, sin duda, en estos dos textos esperanzadores que están pensando los primeros discípulos, Pedro en su discurso de Pentecostés y Juan cuando dice que Jesús sopla el Espíritu en sus discípulos. Estos textos nos ayudan a entender que los discípulos ven que en la Pascua de Jesús se cumple el anuncio de Ezequiel y Joel. No es solo un acontecimiento de Jesús sino que es algo maravilloso que se produce en ellos como una nueva creación, como un salir del sepulcro, como una transformación de un montón de huesos secos en nuevos seres vivientes que pueden ponerse en pie. Es el comienzo del reino de Dios. El propio Jn 7: 37 había puesto en boca de Jesús el anuncio de este extraordinario acontecimiento: el que crea en mí, de su seno correrán ríos de agua viva, refiriéndose al Espíritu que recibirían quienes creyeran en él.
3. Podríamos escuchar estos textos con escepticismo, porque mirando a nuestro alrededor nos parece que nada ha cambiado, que el mundo sigue igual desde aquellos tiempos. ¿es entonces pura imaginación de los discípulos? ¿realmente se ha derramado el Espíritu de Dios en nuestros corazones?¿Dónde sucede esto? ¿Donde está ese reino de Dios inaugurado por Jesús? Creo que lo que los primeros discípulos nos quieren decir es que ese reino, esa nueva creación, esa vida que vence la muerte estaba en primer lugar en Jesús. En su vida entera: no tanto en lo que dijo o enseñó, ni siquiera tanto lo que hizo, sino como lo hizo revelan lo que es un ser humano que vive plenamente la vida divina que le alienta, que habita en él. En él se cumple y se manifiesta lo que también cada uno de nosotros somos. También cada uno de nosotros tenemos en nosotros el Espíritu de Dios, nuestra vida es la misma vida de Dios. La celebración de esta fiesta de Pentecostés, de toda la Pascua es una fuerte llamada de atención para volver a descubrir lo que somos y lo que estamos llamados a desarrollar en plenitud. A los primeros discípulos les costó tiempo entender que ese reino era el Jesús a cuyo lado vivían. Intuían que ahí había una forma diferente de vivir lo humano. Pero solo después del Calvario fueron comprendiendo mejor que ahí estaba presente la vida de Dios. Y les costó un poco más entender que esa vida de Jesús era la misma que había sido dada a cada uno de ellos. No es extraño que también nos lleve tiempo a nosotros entender este extraordinario misterio de nuestra vida. Apenas cabe disponernos, siendo pacientes con nosotros mismos, para que el mismo Espíritu nos lo revele.Ω

24 mayo, 2009

Fiesta de la Ascensión

Fiesta de la Ascensión, 24 de mayo 2009
Lect.: Hech 1: 1 - 11; Ef 1: 17 - 23 Mc 16: 15 – 20


1. Lo que pasó en el Calvario y, sobre todo, lo que pasó las semanas siguientes debió de ser de tal impacto para los primeros discípulos que tuvieron que recurrir a discursos distintos, complementarios, para tratar de expresar toda la riqueza de lo que estaban experimentando. Lo esencial de todo fue, probablemente, que sin entender cómo ni por qué, estaban experimentando que quien había muerto en la cruz estaba vivo. Lo que había sucedido en los momentos terribles de la pasión y la muerte de Jesús, inicialmente los había demolido, había roto sus esperanzas y, sin embargo, empezaron a sentir como una experiencia que se producía en ellos, pero que no era de ellos, que Jesús no había fracasado en el calvario, que aquella vida que habían acompañado por casi tres años, valía la pena, era el tipo de vida que Dios quería para sus hijos. Y que ese Jesús seguía en ellos como el viviente, como el crucificado resucitado. Tan rica y profunda fue esa experiencia para los discípulos que tuvieron que recurrir a explicaciones diversas para expresarlo, así como a relatos sencillos e ingenuos de religiosidad popular. Por eso es que los discípulos hablan de “resurrección”, de “ascensión” y de “venida del Espíritu Santo” pero más que para hablar de tres acontecimientos distintos, como si se tratara de tres hechos con fechas distintas en el calendario, para referirse a tres aspectos distintos de un solo acontecimiento: estaban empezando a cobrar conciencia de que vivían la vida nueva en Cristo. Cuando a esto lo llaman “resurrección” enfatizan un aspecto, que si el Viviente está en ellos es porque Dios lo ha resucitado, no lo ha dejado perecer con la muerte; cuando hablan de “ascensión” , lo que quieren expresar es que además ese viviente ha sido glorificado, exaltado, se le ha dado poder a la diestra del Padre. Su forma de vida en este mundo es más fuerte y valiosa que las que conducen a la muerte Y cuando hablan de “venida del Espíritu Santo” están diciendo que esa misma vida del resucitado la experimentan derramada en sus corazones.
2. No es nada fácil tratar de reconstruir lo que fue esa fe de los primeros discípulos y que constituye lo esencial de nuestra propia fe hoy día. Pero pensando en esta fiesta que llamamos de la Ascensión, podemos decir que a lo que nos invitan los textos es a reavivar nuestra esperanza reavivando nuestra fe en que esa vida de Jesús valió la pena y que, cuando decimos que Jesús está a la diestra del padre, estamos diciendo que esa forma de vida de Jesús es poderosa, es transformadora, es realizadora de las mejores virtudes humanas. Tiene la fuerza de Dios que se abre camino en medio de las dificultades de este mundo.
3. Tampoco es fácil vivir de forma constante con esta esperanza viva. Pareciera que lo que nos rodea lo contradice. No tanto por las limitaciones naturales de este planeta que nos afectan. Sino sobre todo por los males, las injusticias, la violencia que los seres humanos causamos sobre otros seres humanos y sobre la vida en la tierra. Por ejemplo, cuando en momentos de crisis económica quienes más tienen y más cómodamente viven y se defienden de la crisis, parecen insensibles a los sufrimientos de los más pobres. ¿Cómo creer entonces que la forma de vida de Jesús fue glorificada, que Dios la exaltó y le dio poder sobre el mal? Creo que nuestra fe en el contenido de la Ascensión nos empuja a experimentar en nuestra misma práctica diaria, en nuestros compromisos por la justicia y la fraternidad, ese poder de la vida de Jesús sobre las formas de vida egoísta y faltas de solidaridad. Más que teorizar preguntándonos si es posible y si vale la pena asumir esta vida del resucitado, a lo que se nos invita es a “echarnos al agua” y a experimentarla en la práctica.Ω

17 mayo, 2009

6º domingo de Pascua, 17 may. 09
Lect.: Hech 10: 25 – 26. 34 – 35; 1 Jn 4: 7 – 10; Jn15: 9 – 17


1. Hace un tiempo, en una encuesta sobre donación de órganos, realizado en otro país, le preguntaban a algunos que habían donado dentro de su propia familia, cuánto tiempo les había tomado decidirse, y con qué criterios lo habían hecho. Algunos de los entrevistados se sorprendieron de la pregunta. No entendían por qué les preguntaban eso. Sencillamente se habían dado cuenta de la extrema necesidad del hijo, hermana, madre y sin más reflexión, se habían ofrecido para donar su riñón o el órgano que fuera. Ninguna razón o criterio los había guiado. Simplemente sentían, sabían que tenían que hacerlo. No como obligación, sino como una llamada que les brotaba de dentro. Hay un caso conocido por los periódicos también de hace unos años, de una persona negra que se lanzó a los rieles del metro de NY para salvar a un niño que había caído, que ni siquiera conocía, y logró sacarlo y logró protegerlo con su cuerpo al paso del tren. Cuando luego el alcalde la ciudad quiso condecorarlo como héroe, el hombre dijo que no había hecho nada heroico sino, tan solo, lo que sintió que tenía que hacer en ese momento. No cabe duda de que, en ejemplos como estos nos encontramos frente a una manera profunda de entender el amor humano, que sobrepasa todos los otros niveles conocidos. No es que en otros niveles el amor no sea amor. Si yo comparto un poco de alimento con un pobre, si ayudo a una víctima de la crisis a conseguir trabajo, o a una víctima del terremoto a reconstruir su casa también ahí hay amor. Como lo hay también en la educación que dan los papás a sus hijos, o en el salario compartido en la familia para cubrir las necesidades de todos sus miembros. También hay amor en las relaciones de los novios, en la necesidad de la compañía o de las caricias de la pareja. Son niveles de eso que llamamos amor. Niveles a menudo imperfectos, incluso interesados, mezclados con sentimientos de posesión del otro, o con la necesidad propia de llenar vacíos y soledad. En cambio en los otros ejemplos que dábamos, parece que se apunta ya a un nivel profundo y muy perfecto de amor. ¿En qué consiste ese nivel de amor?
2. Por una parte es algo que brota de dentro, que no tenés que justificar o racionalizar por razones de conveniencia o interés propio, menos aún por pensar en que vas a ganar algo con esa tu acción amorosa. Y jamás se te ocurriría cobrar después por lo que has hecho. Surge más bien como una exigencia de identificación con la persona a la que estás dando amor. En aquel familiar necesitado de un órgano o en aquel niño que va a atropellar el tren descubrís a alguien con quien estás profundamente identificado, del que sos parte vos mismo. Te identificás en su necesidad, en su enfermedad, en su pobreza. Él o ella son criaturas afectadas como vos de limitaciones y peligros. Y lo entendés porque vos también lo estás. No estás por encima de ella, no sos superior. Te identificás además en su condición, en su cualidad humana. Esa persona, como vos mismo, es fruto del amor creador gratuito de Dios. Todo lo que hay en vos, como en esa otra persona, son fruto de la misma gracia de Dios, son parte de una misma realidad, de una misma vida divina y por eso resulta normal, espontáneo compartir lo que se es y lo que se tiene con esa otra persona. Es el nivel más profundo de amor.
3. Todos tenemos la posibilidad de alcanzar ese nivel y no para casos extraordinarios, sino para vivir todas las situaciones de nuestra vida. Cuando llegamos a ese nivel es cuando podemos decir que habitamos en Cristo y Cristo habita en nosotros. El domingo pasado nos decía Jn que estamos unidos a Cristo como una planta, como una mata de uva, en la cual circula una misma vida por el tronco y por las ramas, como la savia de esa planta. Hoy nos dice en qué consiste esa savia: es el amor con que Dios nos amó al crearnos, porque Dios es amor y la vida que nos dio es lo que él es. La invitación que nos hace Jn es a descubrir, alcanzar y vivir ese nivel profundo del amor que hace posible que digamos con toda realidad que habitamos en Cristo y Cristo en nosotros. Que somos prácticamente como un solo ser, como un solo cuerpo decía Pablo. No se logra en un día alcanzar este nivel de conciencia y de acción. Pero al menos sabemos ahora a qué exigencias profundas debemos ser fieles, en que dirección apuntar nuestro camino y cuál es el tipo de espiritualidad que estamos llamados a construir.Ω

10 mayo, 2009

5o domingo de Pascua

5º domingo de Pascua, reflexión anterior retomada el 10 may. 09
Lect.: Hech 9: 26 - 31; 1 Jn 3: 18 - 24; Jn 15: 1 - 8


1. La fuerza de la rutina, en buena parte, en los discursos, en los sermones, en las prácticas religiosas, es la causante de que muchas palabras del evangelio pierdan su novedad, y muchos de sus mensajes se distorsionen en meras repeticiones de frases hechas, cajoneras, sin mayor fuerza que la que pueden tener los pensamientos de calendario o incluso, las recomendaciones de los horóscopos. Así pasa, por ejemplo, con una palabra y un mensaje que nos trae el texto de Jn de hoy. La palabra es “permanecer” o “morar”. Y el mensaje, en su primera parte, es “permanezcan, o pongan su morada, en mí y yo en ustedes”. En su segunda parte: el que permanece o tiene su morada en mí, ese creará fruto abundante, se creará lo que pida y será creado como discípulo.
2. Si pudiéramos hacer el esfuerzo de despojarnos de la carga de la rutina, en primer lugar, escucharíamos estas palabras con susto. ¿Cómo es eso de “poner la morada” dentro de Jesús? ¿Cómo puede alguien entrar dentro de otra persona y a partir de ahí producir algo ambos? Suena raro. Sólo la unión matrimonial, de forma transitoria e imperfecta lo logra. Uds. me dirán: “Por favor, Ud. mismo lo ha dicho otras veces, hay que leer los símbolos y las metáforas del evangelio y no tomarlas al pie de la letra”. Cierto. No debemos tomar esta comparación al pie de la letra, pero hay que tomarla muy en serio, porque ahí nos está hablando del misterio de nuestra verdadera identidad, —humana y cristiana— que se define por una relación que supera nuestra comprensión y que sin embargo estamos sumergidos en ella cada uno de nosotros, Cristo y Dios mismo. Cierto, entonces, que no se puede interpretar de forma literal, físicamente. Pero si el mensaje usa estas metáforas es porque trata de motivarnos a entender que nuestra vida es algo que va mucho más allá de lo que parece. Cuando la vivimos a fondo, nos descubrimos siendo como una misma planta, una misma viña con Cristo, que a su vez, es una misma cosa con Dios, por lo que tenemos su misma savia, su misma vida, sus mismos frutos que Él produce por medio nuestro. El contraste entre vivir la vida vegetativa, superficialmente, y vivirla a este nivel, es tan grande que el texto original de Jn utiliza el verbo “engendrar” o “crear” para referirse a lo que se produce en nosotros y lo que nosotros podemos producir. Somos creados como discípulos, es decir, como criaturas nuevas, que diría san Pablo, y podemos crear cosas realmente nuevas, que es lo que da gloria a Dios.
3. La semana pasada meditábamos sobre nuestra identidad personal y decíamos que se realiza de una manera paradójica: solo llegamos a ser verdaderamente lo que somos cuando nos sumergimos en nuestro nivel más profundo. Aunque cuando alcanzamos ese nivel lo que nos sucede es que nos sumergimos en esa realidad de autodonación, de amor-que-se-da, que es Dios y esto nos conduce a asumir como Jesús una vida que es exitosa en la medida en que da la vida. Es la paradoja de perder el propio yo, egoísta, hallando una nueva identidad que se abre a los demás. El mismo Jn, en otro momento (12:24), había comparado esta transformación con la propia muerte, porque equivale a renunciar a lo que uno cree que uno es, al propio yo y al propio interés. Pero, en realidad, el miedo a esa renuncia es un error. Y dice Jn ahí mismo que quien se resiste a esta transformación, a esa “muerte” “se queda solo”, mientras que quien la atraviesa, “da mucho fruto”.
4. Lo que consideramos nuestra identidad, nuestro yo, —entendido a nivel superficial— es, en realidad, el resultado de inclinaciones fáciles, cómodas, “light”, egoístas estimuladas por influencias ajenas de la publicidad, de los intereses comerciales, políticos de otros. Y ese yo sobrevive incluso cuando pertenecemos a una iglesia y practicamos una religión adaptada a ese mismo nivel superficial. Vamos a pedir en esta eucaristía la fuerza para perder el miedo a la muerte de ese yo, y para recrear nuestra identidad por la savia del mismo Espíritu de Cristo.Ω

4o domingo de Pascua

4º domingo de Pascua,
Lect: Hech 4: 8 - 12; 1 Jn 3: 1 - 2; Jn 10: 11 - 18
(aunque este domingo no me correspondió predicar,
incluyo una reflexión previa sobre los textos correspondientes).


1. Es lo más normal del mundo que la muerte —la de los demás y la propia— nos provoque miedo. De allí que nos causen horror la guerra, las masacres, la violencia asesina, la muerte de los seres queridos. Aunque es curioso: la muerte que inspira miedo, ejerce también una extraña fascinación, a veces morbosa, que se muestra también en el gusto por el género de cine terror, por los programas de TV transmitiendo bombardeos y ataques de guerra, y hasta en la afición por las páginas de sucesos en la prensa sensacionalista. Quizás este miedo y esta fascinación son dos formas de expresión de una misma actitud de incertidumbre ante el final de nuestra existencia: si tiene un más allá o un después. Sea como sea, ese temor a la muerte a menudo nos paraliza, nos impide realizar cosas que deseamos, que creemos valiosas pero que implican riesgos de perder la vida o de disminuir su disfrute. Por ej., trabajar por proyectos comunales, dedicar parte del tiempo a ayudar a otros, renunciar a ganancias mayores por consideración a intereses de los demás. De allí que, en el fondo, construir el proyecto de la propia existencia de forma egocéntrica, pensando sólo en acumular, —plata, propiedades, posiciones…—, puede ser sólo manifestación del temor a la muerte.
2. Por todo esto es normal que, entre la herencia que Jesús resucitado deja a todos los seres humanos, está también el camino para superar el miedo a la muerte. Hay, sobre todo, dos ideas en este texto del evangelio de hoy, que nos muestran cómo Jesús incorporó la muerte a la vida.
2.1. La primera, es la insistencia en que Jesús viene sólo a dar vida. Esa es su prioridad. Bajo la figura del pastor que se arriesga por las ovejas del rebaño, está la convicción de que a lo que Dios le importa es la vida de los seres humanos, no su sufrimiento, no su aniquilación (vs ideas distorsionadas que presentan un dios insatisfecho que destruye su obra). En el verso anterior al texto de hoy Jn pone en boca de Jesús la frase que define su misión: “he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”.
2.2. Una segunda idea, sin embargo, profundiza en el sentido de nuestra existencia humana. Dios prioriza la vida, pero esta es fruto del amor y el amor es don de sí a los demás. Jesús no llega a la cruz por una afición morbosa al sacrificio, ni porque el Padre, como los dioses paganos, necesiten sangre de víctimas para satisfacer su justicia. Ni por el interés de obtener luego, a cambio, la recompensa de una vida mejor. “Nadie me quita la vida, —dice—, la entrego por decisión propia”. La muerte en la cruz es el último gesto de una vida de entrega libre, realizada como el hijo que se ha identificado plenamente con el Padre que es amor, autodonación creadora.
3. Por supuesto que suena paradójico. •Por una parte, Jesús afirma que quiere que vivamos plenamente; •por otra, nos dice que esto lo logramos cuando llegamos a experimentar a Dios, como lo más profundo de nuestro ser, cuando llegamos a conocerlo vivencialmente, no por “estar matriculados” formalmente en una iglesia. •Pero cuando alcanzamos ese nivel nos sumergimos en esa realidad de autodonación, de amor-que-se-da, que es Dios y esto nos conduce a asumir como Jesús una vida que es exitosa en la medida en que da la vida; es decir, que dando vida se adquiere la plenitud del propio ser.
4. Es un planteamiento que se nos ofrece para aceptarlo libremente. De hecho, lo ofrece a todos los seres humanos. Cuando se refiere a “ovejas que no son de este redil”, está diciendo con claridad que él no pretende atraer a todos a la religión del Templo judío, ni que está pretendiendo construir otro templo competitivo del judío. A lo que está invitando es a que todos los hombres y mujeres, hagan este camino de profundización espiritual para poder vivir de manera plenamente humana y así constituir un solo rebaño, una sola comunidad humana de hermanos, de hijos.Ω