15 noviembre, 2009

33o domingo tiempo ordinario

33º domingo t.o., 15 nov. 09
Lect.: Dan 12: 1 – 3; Hebr 10: 11 – 14. 18; Mc 13: 24 – 32


1. Uds. saben que cada año se dedica estos domingos últimos del año eclesiástico, antes de empezar la preparación de la navidad, a hablar del final de los tiempos y del juicio final. Pienso que en parte estos énfasis son una salida cómoda a un problema serio que nos presentan estos textos del evangelio porque son de los textos más complicados del NT. Lo son porque mezclan muchos temas, cosas dichas por Jesús con comentarios de las primeras comunidades. Y porque utilizan lenguajes, estilos y preocupaciones muy de aquella época. Así presentan entremezclados textos referentes a la destrucción de Jerusalén por los romanos, a la restauración del reino de Israel, al final de los tiempos, a la resurrección de los muertos, al juicio final, y a la predicción de grandes catástrofes naturales e históricas por las que los discípulos tendrán que atravesar. En vez de meterlo todo en “el mismo saco” habría que reexaminar por separado cada uno de estos temas. Y siempre haciendo el esfuerzo de “limpiarlo” del lenguaje y visión de la época (p. ej. lo de la caída de estrellas…).
2. Debemos preguntarnos, ¿qué era lo esencial para Jesús detrás de todas estas formas de expresión. ? Primero, empezando por lo que no es esencial: no es hablar de un solo acontecimiento espectacular (juicio, destrucción final, resurrección de muertos). Eso no era un tema dominante a lo largo de la predicación de Jesús. Además aquí se encarga de recordarle a los discípulos que no piensen en un acontecimiento, de los que tienen fecha y hora. ¿De qué se trata entonces lo esencial? Creo que podemos afirmar que lo central es hablar de lo que los evangelistas llaman la venida del hijo del hombre y la transformación de toda la realidad que se debe producir con esa venida. Se trata de acontecimiento permanente, que tiene dos dimensiones, una de construcción y otra de destrucción, y ante la cual el evangelio nos pide vigilancia, discernimiento. Este tema sigue siendo mensaje válido para todas las generaciones y también para nosotros, si lo vemos desde las inquietudes fundamentales de nuestro tiempo, no de la época de la ocupación de Israel por los romanos. En aquel momento a aquellas comunidades les preocupaba la destrucción de su país, o el castigo que vendría con el final cósmico de todos los tiempos. Hoy en cambio, para nuestra mentalidad moderna, nuestras preocupaciones van por los finales y destrucciones que está causando la irresponsabilidad de los seres humanos. Nuestra primera preocupación así, es por los signos negativos que están planteando grandes amenazas a nuestra vida y la del planeta: el cambio climático, la crisis del hambre, la crisis energética y la financiera. Todas estas crisis aparecen ligadas a una economía irracional cegada por la tendencia a la acumulación egoísta que utiliza los medios de un comercio injusto entre los países, del uso irracional de formas de energía y que pasa incluso por las formas primitivas de ganar poder y posesión: las guerras y la ruptura de los procesos democráticos. Resuena entonces el llamado evangélico a la vigilancia, a leer los signos de lo que está pasando. Pero los signos no son solo negativos. También la higuera muestra ramas tiernas en las que aparecen nuevos brotes. Son los signos de esa venida, esa presencia del hijo del hombre como realización plena de nuestra vida, como transformación personal y como forma de reorganizar esta sociedad y esta economía.
3. El llamado a pensar en el final de los tiempos hoy no se debe ver entonces en términos de una destrucción cósmica que llegará a nuestro sol y al sistema planetario en millones de años, ni como gran final de película, de un mundo nuevo que cae del cielo, al final de los tiempos. Más bien como un final que nos reta cada día a cada uno de nosotros, a enfrentar en cada acontecimiento lo signos de destrucción, haciendo real a nivel personal y comunitario la venida del Hijo del Hombre, del ser humano pleno. A abrirnos para que se realice en nosotros nuestra dimensión más humana —que es la más divina— esos signos positivos de la presencia del Hijo del Hombre, cada vez que enfrentamos los otros signos negativos que urge cambiar en esta sociedad en que vivimos.Ω

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