17 mayo, 2009

6º domingo de Pascua, 17 may. 09
Lect.: Hech 10: 25 – 26. 34 – 35; 1 Jn 4: 7 – 10; Jn15: 9 – 17


1. Hace un tiempo, en una encuesta sobre donación de órganos, realizado en otro país, le preguntaban a algunos que habían donado dentro de su propia familia, cuánto tiempo les había tomado decidirse, y con qué criterios lo habían hecho. Algunos de los entrevistados se sorprendieron de la pregunta. No entendían por qué les preguntaban eso. Sencillamente se habían dado cuenta de la extrema necesidad del hijo, hermana, madre y sin más reflexión, se habían ofrecido para donar su riñón o el órgano que fuera. Ninguna razón o criterio los había guiado. Simplemente sentían, sabían que tenían que hacerlo. No como obligación, sino como una llamada que les brotaba de dentro. Hay un caso conocido por los periódicos también de hace unos años, de una persona negra que se lanzó a los rieles del metro de NY para salvar a un niño que había caído, que ni siquiera conocía, y logró sacarlo y logró protegerlo con su cuerpo al paso del tren. Cuando luego el alcalde la ciudad quiso condecorarlo como héroe, el hombre dijo que no había hecho nada heroico sino, tan solo, lo que sintió que tenía que hacer en ese momento. No cabe duda de que, en ejemplos como estos nos encontramos frente a una manera profunda de entender el amor humano, que sobrepasa todos los otros niveles conocidos. No es que en otros niveles el amor no sea amor. Si yo comparto un poco de alimento con un pobre, si ayudo a una víctima de la crisis a conseguir trabajo, o a una víctima del terremoto a reconstruir su casa también ahí hay amor. Como lo hay también en la educación que dan los papás a sus hijos, o en el salario compartido en la familia para cubrir las necesidades de todos sus miembros. También hay amor en las relaciones de los novios, en la necesidad de la compañía o de las caricias de la pareja. Son niveles de eso que llamamos amor. Niveles a menudo imperfectos, incluso interesados, mezclados con sentimientos de posesión del otro, o con la necesidad propia de llenar vacíos y soledad. En cambio en los otros ejemplos que dábamos, parece que se apunta ya a un nivel profundo y muy perfecto de amor. ¿En qué consiste ese nivel de amor?
2. Por una parte es algo que brota de dentro, que no tenés que justificar o racionalizar por razones de conveniencia o interés propio, menos aún por pensar en que vas a ganar algo con esa tu acción amorosa. Y jamás se te ocurriría cobrar después por lo que has hecho. Surge más bien como una exigencia de identificación con la persona a la que estás dando amor. En aquel familiar necesitado de un órgano o en aquel niño que va a atropellar el tren descubrís a alguien con quien estás profundamente identificado, del que sos parte vos mismo. Te identificás en su necesidad, en su enfermedad, en su pobreza. Él o ella son criaturas afectadas como vos de limitaciones y peligros. Y lo entendés porque vos también lo estás. No estás por encima de ella, no sos superior. Te identificás además en su condición, en su cualidad humana. Esa persona, como vos mismo, es fruto del amor creador gratuito de Dios. Todo lo que hay en vos, como en esa otra persona, son fruto de la misma gracia de Dios, son parte de una misma realidad, de una misma vida divina y por eso resulta normal, espontáneo compartir lo que se es y lo que se tiene con esa otra persona. Es el nivel más profundo de amor.
3. Todos tenemos la posibilidad de alcanzar ese nivel y no para casos extraordinarios, sino para vivir todas las situaciones de nuestra vida. Cuando llegamos a ese nivel es cuando podemos decir que habitamos en Cristo y Cristo habita en nosotros. El domingo pasado nos decía Jn que estamos unidos a Cristo como una planta, como una mata de uva, en la cual circula una misma vida por el tronco y por las ramas, como la savia de esa planta. Hoy nos dice en qué consiste esa savia: es el amor con que Dios nos amó al crearnos, porque Dios es amor y la vida que nos dio es lo que él es. La invitación que nos hace Jn es a descubrir, alcanzar y vivir ese nivel profundo del amor que hace posible que digamos con toda realidad que habitamos en Cristo y Cristo en nosotros. Que somos prácticamente como un solo ser, como un solo cuerpo decía Pablo. No se logra en un día alcanzar este nivel de conciencia y de acción. Pero al menos sabemos ahora a qué exigencias profundas debemos ser fieles, en que dirección apuntar nuestro camino y cuál es el tipo de espiritualidad que estamos llamados a construir.Ω

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