21 septiembre, 2009

25o domingo de tiempo ordinario

25º domingo t.o., 21 septiembre 2009
Lect: Sab 2:17- 20; Sant 3:16 – 4:3; Mc 9: 29 - 36


1. Puede resultar curiosa la escena que acaba de relatarnos Mc. Jesús está hablando de los desafíos que le esperan por delante, de los sufrimientos a los que va a enfrentarse como consecuencia de su misión. Y los discípulos que ni quieren enfrentarse con esa perspectiva y, más bien, están discutiendo entre ellos sobre quién va a ser el más importante en el reino. Todo un contraste. De algún modo es una situación muy comprensible porque refiere a dos actitudes muy humanas: por una parte, el temor al sufrimiento y al fracaso. Por otra, la necesidad de sentirnos seguros, que los demás nos den reconocimiento y valoración a uno, a nuestra identidad propia Los dos sentimientos son naturales pero se nos hacen problema a la hora de decidir qué es lo que nos hace seguros e importantes; qué es lo que me va a permitir encarar el futuro con más tranquilidad y paz, y qué es lo que va a hacer posible que los demás me valoren.
2. El relato de Mc no cuenta muchos detalles. Uno puede adivinar que los discípulos confunden “ser valorado” con “ser importante” y entienden “tener importancia” con ser objeto de alabanza por parte de los demás, y ocupar puestos que permitan que los demás los admiren y reverencien. Pobres pescadores y campesinos como eran, de repente vieron en el acompañamiento a Jesús la oportunidad para destacar y ocupar lugares destacados en una sociedad en la que ellos hasta ese momento no habían contado para nada. Uno no puede reírse mucho de la ingenuidad de los discípulos, porque en el fondo, su ilusión coincide con la ilusión engañosa que nos afecta a todos —incluyendo a la Iglesia como Iglesia— cuando tratamos de resolver ese desafío de sentirnos personas valiosas y lograr que los demás nos lo reconozcan. La mayoría de nosotros caemos en la trampa de pensar que ese desafío se resuelve de dos maneras muy ligadas entre sí. Por una parte, apropiándonos de cosas exteriores, llenándonos de chunches, dinero, ropa, aparatos, propiedades. En una palabra, nos creemos más importantes cuanto más poder económico logremos tener. Por otra, relacionamos la valoración propia a la capacidad de tener autoridad sobre otros, de poder mandar y ser obedecido. Es decir, nos creemos más importantes cuando podemos tener un poder de dominio sobre los demás. Y eso se da en diferentes ámbitos, en el familiar, en el eclesiástico, en el social, en el político.
3. En todo el evangelio Jesús muestra con su vida que la valoración propia, la realización plena de uno mismo no depende de todos esos añadidos materiales, económicos o de dominio, de prestigio, de éxito supuesto. Más bien todo eso lo que hace es apantallarnos, impedir el descubrimiento de nosotros mismos, de nuestro verdadero valor, de lo que cada uno es como persona única. ¿Por qué? Precisamente porque cada uno de nosotros, salido de la mano de Dios, es único. No es un clon. No necesita para ser valioso, acumular nada más, ni copiar a nadie más, ni dominar a nadie más. En este sentido, descubrirse y ser uno mismo conlleva, socialmente hablando, renunciar a los mecanismos de dominación y explotación de los otros, aunque quede a los ojos de la cultura dominante, a la altura del esclavo de todos. Pero, a nivel profundo, descubrir y vivir lo que uno es, es descubrir la imagen y presencia de Dios en uno mismo, y ser capaz de descubrirla en los demás. Nada nos da más valor que esto, independientemente de lo que digan las costumbres sociales establecidas. En cambio, como lo recuerda Santiago en la 2ª lectura, la codicia genera inestabilidad, se asocia con la envidia y rompe la paz. Estos son los resultados de poner la propia importancia, el propio valor, ligado al poder económico y político. Lo que dice Jesús hoy a sus discípulos, permite traducir la propia vida en el servicio a los demás, contribuyendo a la plena realización propia y de los demás con los que formamos una sola realidad en Cristo.Ω

No hay comentarios.:

Publicar un comentario