04 marzo, 2007

HOMILÍA DEL 2o domingo de cuaresma 07

2º domingo de Cuaresma, 4 marzo 4, 2007
Lect.: Gén 15: 5 – 12. 17 – 18; Flp 3: 17. 4: 1; Lc 9: 28b – 3


1. Hay cosas que parecen no tener sentido. Por ejemplo, si uno tiene años trabajando en una empresa, un comercio, una industria, un colegio,… si las cosas van normalmente, no parece razonable empezar a preguntarse qué es esa empresa, a qué se dedica, si vale la pena. O cuando uno está casado largo tiempo, crisis aparte, no es razonable de la noche a la mañana empezar a preguntarse, “quién es esta señora o señor”, “a qué se dedica”, “cuáles son sus rasgos”. Sin embargo, esto que parecería tan raro en esas situaciones, ¿por qué sucede en referencia a Jesús, al Cristo? Lc nos pone hoy el relato conocido como la “transfiguración”, en el contexto del cap 9 en el que Jesús había llamado a los Doce, luego multiplica el pan, y luego él mismo los provoca a preguntarse quién es él, según el parecer de la gente y según ellos. En la transfiguración Lc anuncia la respuesta a la pregunta de la identidad de Jesús, al oír la voz que dice “éste es mi hijo amado”.Tendría que sonarnos raro. Si ya lo habían seguido, y si habían presenciado algunos de sus signos, ¿cómo podrían no saber quién era? ¿A qué viene eso de aclararles ahora a quién siguen, con quién se han apuntado? Es más, hablemos de nosotros mismos: si llevamos los adultos décadas de ser cristianos, seguidores de Jesús, y lo llamamos “el Cristo”, ¿por qué la liturgia vuelve a provocarnos para que nos preguntemos quién es él y nos vuelve a dar una respuesta que parece complicada por lo simbólica con este relato?
2. Vamos a intentar dar pistas para respondernos, a partir del mismo texto de Lc que acabamos de oír. La primera pista es la manera como está formulada la respuesta. No es respuesta de catecismo, ni de una pretenciosa teología que da respuestas bien hechitas, precisas y acabadas. Es una respuesta dada con un lenguaje simbólico. Cuando la voz de la nube dice “este es mi hijo, el elegido, escúchenle” se está refiriendo a una visión extraña que podemos resumir así: un Jesús que se pone a orar y de repente su cara cambia de aspecto, sus vestiduras se tornan brillantes, y que se pone a hablar con Moisés y Elías, sobre su partida que debía cumplirse en Jerusalén. Uno esperaría otro tipo de respuesta, porque esta parece dejarnos más confundidos. Por una parte, es un Jesús humano, que tiene necesidad de orar, por otra, de repente su aspecto no es normal, por otra parece hablando con antiguos profetas pero, en fin, hablando de algo tan material y angustioso como lo era lo que le esperaba en Jerusalén. Evidentemente, se trata de un cuadro maravilloso pintado por Lc para que tratemos de captar una realidad profunda, difícil, que es la realidad de Jesús, la de Dios y la de nosotros mismos, y que no se puede explicar como quien explica una clase de geografía, o de ciencias. La intención de Lc es sornaguearnos, golpearnos y dejarnos pensando, más abiertos a seguir preguntándonos sobre lo que significa ser hijos elegidos de Dios, como una realidad que nunca terminaremos de entender y que no se puede reducir a unas explicaciones de catecismo. Apenas si nos da otras pistas para seguir pensando: con los símbolos que usa nos mezcla la realidad ordinaria con la realidad de lo divino, lo material y humano, con la existencia de lo que llama el Cristo, el nivel de la vida diaria con otro nivel más profundo de nuestra propia existencia que compara con un nivel luminoso, y la práctica de la oración como espacio y momento en el que podemos saltar a un conocimiento de la realidad de manera más profunda que la tenemos habitualmente.
3. Sí, Lc da una respuesta a la pregunta sobre la identidad de Cristo, que es sobre nuestra propia identidad. Pero más que dejarnos satisfechos como si ya el tema fuera un capítulo terminado, nos da motivos para no parar nunca en preguntarnos qué significa ser el Cristo, el hijo elegido de Dios, qué significó para Jesús, que significa para nosotros. Y nos da motivos para seguir preguntándonos, por cuáles caminos, con qué formas de conocimiento ir madurando más en las respuestas. Hasta ahí llegó Lc y hoy por hoy tampoco nosotros podemos llegar más lejos. Lo que queda, en esta misma eucaristía es abrir nuestro corazón para que al experimentar la presencia de Jesús en este momento, crezcamos en esta sabiduría.Ω

4 comentarios:

  1. Bueno, anoche tuve el gran gusto de escuchar tu homilía. Cien veces escuché esa lectura y recién anoche entendí de qué se trataba. Deben haber ayudado un poco Amando, Eckart y los demás seres de luz que nos circundan en este grupo tan afortunado al que pertenecemos.
    Andaba con un resfrío fatal, por lo cual no me acerqué a contagiarte! Saludos y buen viaje!

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  2. Jorge Arturo habla en su homilía de lenguaje simbólico... Acabo de tener una experiencia visual muy ilustrativa al respecto. Ayer me mostraron la propuesta de portada para mi próximo libro ¿Verdad o símbolo?: un jardín zen de arena con dos pequeñas rocas bajado de internet, precioso, pero con un rostro humano en una de las piedras que al diseñador de turno se le ocurrió añadir. El efecto visual, y más que visual, no podía ser más contradictorio: el jardín zen (símbolo, y un símbolo muy impactante) negando el rostro en la piedra (representación), y esto negando aquello. La experiencia no podía ser más chocante: el jardín zen con toda su fuerza sugeridora, precisamente en su negación de toda representación, a no ser la de la permanencia de lo impermanente (los surcos cambiables en la arena), banalizado si no negado por una representación. Imposible no sentir que, definitivamente, hay cosas que el símbolo expresa mejor que el signo, que es más sugeridor, más rico e, incluso, más preciso.

    Por otra parte, estoy releyendo el Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz. Maravilla ver como este místico tenía muy claros tres niveles: a)la experiencia espiritual en sí, que no se puede decir, b) la poesía o "dichos de amor en inteligencia mística" (lenguaje simbólico)en que se intenta expresar la experiencia sin poder lograrlo, sin poder llegar a decir lo que es, y c) los comentarios, que tampoco pueden decir con palabras (comentario, doctrina, etc.), lo que "tampoco por palabras se pudo ello decir", o sea lo que se expresó poéticamente, esto es, simbólicamente. La transfiguración es un buen ejemplo de ello, también en ella se dan los tres niveles: lo que fue y es la experiencia en sí, su expresión simbólica, tan magistral, como la leemos ahora en los evangelios, y el comentario homilético, teológico, etc., que del cuadro nosotros hacemos. Tres niveles en los que la significación o contenido cada vez va a menos.

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  3. Jorge Arturo habla en su homilía de lenguaje simbólico... Acabo de tener una experiencia visual muy ilustrativa al respecto. Ayer me mostraron la propuesta de portada para mi próximo libro ¿Verdad o símbolo?: un jardín zen de arena con dos pequeñas rocas bajado de internet, precioso, pero con un rostro humano en una de las piedras que al diseñador de turno se le ocurrió añadir. El efecto visual, y más que visual, no podía ser más contradictorio: el jardín zen (símbolo, y un símbolo muy impactante) negando el rostro en la piedra (representación), y esto negando aquello. La experiencia no podía ser más chocante: el jardín zen con toda su fuerza sugeridora, precisamente en su negación de toda representación, a no ser la de la permanencia de lo impermanente (los surcos cambiables en la arena), banalizado si no negado por una representación. Imposible no sentir que, definitivamente, hay cosas que el símbolo expresa mejor que el signo, que es más sugeridor, más rico e, incluso, más preciso.

    Por otra parte, estoy releyendo el Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz. Maravilla ver como este místico tenía muy claros tres niveles: a)la experiencia espiritual en sí, que no se puede decir, b) la poesía o "dichos de amor en inteligencia mística" (lenguaje simbólico)en que se intenta expresar la experiencia sin poder lograrlo, sin poder llegar a decir lo que es, y c) los comentarios, que tampoco pueden decir con palabras (comentario, doctrina, etc.), lo que "tampoco por palabras se pudo ello decir", o sea lo que se expresó poéticamente, esto es, simbólicamente. La transfiguración es un buen ejemplo de ello, también en ella se dan los tres niveles: lo que fue y es la experiencia en sí, su expresión simbólica, tan magistral, como la leemos ahora en los evangelios, y el comentario homilético, teológico, etc., que del cuadro nosotros hacemos. Tres niveles en los que la significación o contenido cada vez va a menos.

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  4. Para ser más completo habría que decir que, así las cosas, el comentario e interpretación de un textgo como el de la transfiguración tiene que ser él mismo una inducción a la lectura simbólica del texto, cosa que hace Jorge Arturo, induciendo a un tipo de lectura que lleva a entenderlo de otra manera,como le pasó a Deya y nos pasa a nosotros cuando lo vemos así, sin por otra parte llegar a entenderlo, porque no es cuestión de entender, como tampoco es cuestión de entender el jardín zen y para ello, por ejemplo, ponerle un rostro humano. No es así como se entiende lo que es un jardín zen.

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