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32º domingo t.o.

Lect.: Sab 6: 12 - 16;  I Tes 4,13-18; Mt 25,1-13

  1. En relación a lo que venimos reflexionando hace tiempo, en esta misa,  no decimos nada nuevo cuando afirmamos que los evangelios enseñan que el encuentro con Dios lo tenemos cada uno de nosotros a lo largo de nuestra vida, en cada momento, en cada situación. No nos resulta nuevo decir aquí que no estamos pensando en aguardar a un momento final de nuestra historia para estar en la presencia de lo divino. El encuentro con Cristo, como expresión de lo que Dios es y lo que Dios habla, es algo para lo cual tenemos que estar preparados diariamente. No porque podamos morir en cualquier momento, sino más bien porque estamos vivos y esa vida está permeada de la divinidad. Y lo que resta es ser capaces, tener la sabiduría de descubrirlo y  vivirlo en nuestra experiencia humana. Para eso puede resultar una ayuda esta alegoría de Mateo de las diez doncellas que acompañaban a la novia  esperando que llegue el novio para iniciar la fiesta de bodas. Mateo nos dice que estar preparados para ese momento es tener la lámpara cargada con aceite.  Es decir, la luz de la lámpara con aceite es  la sabiduría, ese nivel de conciencia, que nos permite  descubrir el momento y la situación en que nos vamos a topar con el novio. 
  2. Parece algo sencillo, pero los humanos nos enredamos fácilmente con las cosas sencillas. A menudo pensamos que para encontrarnos con Dios hace falta multiplicar los rituales, las liturgias, las devociones. Pero esto no nos lo dice la sabiduría. Otras veces creemos que multiplicar acciones con logros que llamamos exitosos es lo que va a darnos plenitud de vida, pero tampoco eso nos lo dice la sabiduría. Menos aún, pensar que por acumular chunches, por tener más y más cosas a lo largo de los años, vamos a construir una vida que valga la pena. El domingo pasado, conmemorando los difuntos, decíamos que los frutos de sus vidas prolongan su presencia en nosotros, que somos lo que ellos nos dieron y que nosotros podemos y debemos seguir compartiendo. Pero decíamos también que esos frutos de nuestros muertos, no eran herencias materiales, sino   algo mejor y lo máximo que podían entregarnos, el legado de su ser auténtico, de sus cualidades, de sus valores y, sobre todo, del propio desprendimiento de esas cualidades y valores, para entregarlas a los demás, para heredárnoslas a nosotros.
  3. La sabiduría del evangelio es la que nos permite, entonces, tener luz para distinguir en qué cosas, situaciones, actitudes nos encontramos con Dios y cómo nos lo encontramos. Es la sabiduría la que nos permite descubrir nuestra vida humana permeada de la divinidad. Lo que equivale a experimentar a Dios de manera mucho más profunda que cuando lo vemos  tan solo como a un ser superior y lejano, como creador del mundo. E incluso una forma más profunda que ver a Dios como alguien que simplemente nos acompaña en la vida. La sabiduría del evangelio nos permite experimentar la fuerza de lo divino hablándonos y conformándonos progresivamente con lo que Él quiso que llegáramos a ser, en una unidad estrecha entre lo divino y lo humano. Lo hemos visto y oído realizado en Jesús de Nazaret y vamos descubriendo cómo dejar que se realice en nosotros. Esa sabiduría, esa lámpara con aceite, está a nuestro alcance, no tenemos más que desearla. La primera lectura hoy nos decía que esa sabiduría la ven fácilmente los que la aman, y la encuentran los que la buscan; y que ella misma se da a conocer a los que la desean. Y que quien madruga por ella no se cansa porque la encuentra sentada a la puerta y que nos sale al paso en cada pensamiento. Esa es nuestra confianza.Ω

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