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3er domingo de Adviento


Lect.: Sofonias  Flp   Lc3: 10 - 18

  1. Juan el Bautista tiene que haber sido un tipo impresionante. Rudo, poco educado, un campesino simple, hijo de un sacerdote rural,  pero de una personalidad y de una honestidad que dejaba huella. De no ser así, el propio Jesús no hubiera formado parte de su grupo. Y, como comentábamos el domingo pasado, Jesús inicia su misión bajo la influencia del Bautista. En el Jordán Jesús recibe, con el bautismo, el impulso a su misión.  Y veintiún siglos después todavía existen grupos religiosos que se confiesan seguidores del Bautista. Son los llamados "mandeanos", de los que un cierto número se localiza en Australia y, hasta hace pocos años, se encontraban también en Irán, hasta que el régimen que domina ese país empezó a perseguirlos.
  2. Dos rasgos pueden destacarse en Juan, que lo hacía atractivo. Por una parte, un estilo de vida por completo austero, ascético. Y, por otro, el llamado a vivir con equidad, compartiendo lo que se tiene, llevando una vida inspirada en valores de equidad y justicia.  Precisamente por vivir como vivía, su predicación era creíble. 
  3. Llama entonces la atención y tiene que ponernos a pensar que, con esas características, Juan se vea subordinado y menor que el que venía después de él, Jesús de Nazaret. ¿Por qué? Lo dice muy claramente: porque ese que venía después que él se movía a un nivel más radical y profundo que el nivel en que se movía Juan.  Él bautizaba "con agua", decía. pero Jesús bautizaría con Espíritu y fuego. ¿Qué quiere decir con estos símbolos?  ¿A qué se refiere? ¿cómo debemos interpretarlo? Se trata, simplemente, de la diferencia entre el nivel moral y el nivel de vida espiritual. No nos sorprendamos. Quizás muchos de nosotros, por mucho tiempo hemos confundido moral con religión y religión con espiritualidad. Son tres planos importantes de la vida humana, pero son distintos. El Bautista se movía en el plano de la moral, es decir, ese plano en el cual los seres humanos nos movemos guiados por la conciencia y la razón, para deducir de manera racional, en las encrucijadas que nos presenta la vida, cuáles son las decisiones que debemos tomar para realizar acciones valiosas.  Pero la espiritualidad va más allá de esto. No es un mero juego racional. La vida espiritual es la vida que vivimos, no por decisiones científicas, ni técnicas, ni morales aunque éstas sean muy importantes. Es la vida que bulle, que surge desde dentro de nosotros, de la misma fuente divina que nos alienta y en la que estamos sumergidos. 
  4. Por eso dice Juan que Jesús bautizaría en Espíritu. Quiere decir que nos sumergiría en la vida del Espíritu de Dios, para que le misma fuerza divina desde dentro de nosotros nos transforme. Por eso los maestros espirituales dicen que la vida espiritual no se enseña, ni se aprende. Solo se cultiva. La moral o ética sí se aprende, se estudia, se transmite. Pero la vida espiritual, la vida del Espíritu de Dios que va más allá del razonamiento moral, que lleva a la entrega total de nuestra propia vida de forma gratuita, como gratuitamente la hemos recibido, esa ya está dentro de nosotros, desde el principio, solo tenemos que dejarla fluir. Tenemos que cultivarla. Es como la semilla pequeña sembrada, que ya tiene en sí todas las potencialidades de la planta, del árbol. Solo hay que cultivarla para que por su propia fuerza crezca dentro de cada uno de nosotros. Esa capacidad de cultivo es lo que imploramos esta tarde en esta eucaristía.Ω

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