15 noviembre, 2015

33º domingo t.o.

Lect.:   Dan 12, 1-3; Hebr 10, 11-14. 18; Mc 13, 24-32

  1. No se si la mayor parte de los que comparten esta reflexión dan seguimiento a las noticias internacionales. Quienes lo hacen estarán, sin duda, impactados y conmovidos por los ataques terroristas que golpearon la capital francesa este pasado viernes y que causaron más de 120 muertos, civiles, que se encontraban iniciando su diversión de fin de semana, en salas de fiestas o en bares, al margen de todo conflicto. Fueron víctimas inocentes de siete ataques terroristas que los asesinaron a sangre fría, sin que mediara ninguna razón personal, sino, probablemente, razones de venganza por las implicaciones del gobierno francés en la guerra en Siria contra extremistas islámicos.
  2.    Nos hemos horrorizado quizás porque esta tragedia en París nos suena más cercana que otras tragedias bélicas también con víctimas civiles, pero que vemos más distantes: Bagdad, Beirut, Afganistán, Nigeria, Palestina… Sin embargo, si seguimos las noticias internacionales (aunque hay que reconocer que los medios de prensa costarricenses son escasos en estas informaciones) nos daremos cuenta de que en  este momento, el planeta está inundado de sangre y destrucción de vidas humanas en, al menos, 13 países en los que tienen lugares guerras en gran escala, que superan cada una los 10.000 muertos al año, y más de otros veinte países afectados por los llamados “guerras o conflictos de menor escala”, porque contabilizan cifras menores. Y, sin duda, nos sorprenderá saber que vecinos más cercanos, como Colombia, en los años que lleva de conflicto alcanza más de 220.000 víctimas y México, sobrepasa las 350.000 en la llamada guerra del narcotráfico. En este último país, los desaparecidos suman cifras increíbles, entre los que todavía recordamos a los 43 estudiantes normalistas  que perdieron la vida hace más de un año, sin poder esclarecerse aun las circunstancias. Esta situación es la que el Papa Francisco llama “3ª guerra mundial por etapas”. París nos ayuda a cobrar conciencia de esta situación mundial.
  3. ¿Qué pensaría el evangelista Marcos si pudiera presenciar todo esto? En todo el capítulo 13 de su libro, del que acabamos de leer solo unos versículos, nos habla de guerras y de rumores de guerras, y de grandes angustias. Utiliza incluso símbolos de destrucción cósmica, como que “el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, y los astros se tambalearán.” Quiere hacernos pensar en situaciones críticas para la humanidad, sin duda, pero en el pequeño escenario en que le tocaba vivir, el fin del mundo estaba representado, en parte, apenas por la destrucción del Templo y de Jerusalén a manos de los romanos. Para los judíos entonces, eso equivalía al final de todas las cosas, pero ni comparación con lo que vivimos hoy día.
  4. Lo importante del mensaje no está en darnos una visión pesimista, de destrucción y de muerte. Más bien, detrás de todo ello está el deseo de alimentar nuestra esperanza, de hacernos ver que el Hijo del Hombre está presente incluso junto a los sufrimientos de los seres humanos, y que esta presencia de Jesús debe ser continua fuente de fortaleza para enfrentar y superar la cultura de muerte que brota en todas partes.
  5. La llamada de Mc, a estar alertas, tiene un doble sentido. A países como el nuestro, por una parte, es una llamada a estar vigilantes para eliminar los brotes de violencia, a todo nivel, (no solo en la inseguridad callejera, sino en las relaciones familiares y laborales…) en los que pueden incubarse conflictos mayores. Y estar alertas, vigilantes, al mismo tiempo, con los ojos de la fe abiertos para descubrir en qué comportamientos y situaciones la presencia del Hijo del Hombre hace crecer hoy el reino de Dios entre nosotros. Son estos comportamientos y situaciones los que estamos llamados a cultivar.Ω

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