16 agosto, 2015

20º domingo t.o.


Lect.: Prov 9,1-6; Ef 5,15-20; Jn 6,51-58

  1. La repetición rutinaria de palabras y de ritos, es decir, la repetición mecánica, por costumbre, sin pensar en el significado de lo que decimos o hacemos, puede dar al traste con muchas cosas importantes en nuestra vida, tanto en la vida familiar, como en nuestras relaciones, o en nuestras prácticas religiosas. Algo así puede estarnos pasando con este extraordinario discurso del pan de vida, del cap. 6 de Juan que estamos meditando estos cinco domingos, pero que hemos leído muchas veces y automáticamente tendemos a relacionarlo con la eucaristía. A los primeros discípulos les resultó chocante y no dudaron en murmurar diciendo que Jesús usaba un lenguaje duro, que no se podía escuchar. Esta reacción de aquellos discípulos nos debería plantear un primer cuestionamiento sobre nuestra lectura de este discurso de Jesús. ¿Por qué a nosotros ya no nos escandaliza? ¿por qué ya no nos resulta duro, chocante? Quizás sea, precisamente, porque la rutina de muchos años, acaso décadas o siglos, nos ha hecho perder el sentido original y lo hayamos convertido en un conjunto de frases piadosas desprovistas de la fuerza que le puso el evangelista Juan tratando de entender el mensaje de Jesús. 
  2. Hoy hace una semana empezamos a recordar que la expresión "comer y beber”, o "participar en el banquete del Reino" era una metáfora utilizada  desde el A.T. para expresar con lenguaje simbólico, sapiencial, nuestra participación en los dones de Dios, en la liberación que nos ofrece y en definitiva, en la vida misma de Dios. Las palabras comer y beber nos dan simbólicamente la idea de hacer nuestros los nutrientes de los alimentos, de asimilarlos y de convertirlos en nuestra propia persona, en nuestra propia vida. Son innumerables los pasajes del A.T. en que invita a beber del agua y comer del pan de vida que son la sabiduría de Dios, la vida de Dios. Es un llamado continuo a asimilar la palabra de Dios, a hacerla nuestra, a dejar que sea la propia vida de Dios la que sea el centro y la fuente de nuestra propia vida.  
  3. Así se entiende lo que escandalizaba a aquellos primeros discípulos provenientes del judaísmo: que Jesús se presente como ese pan de vida, que debemos asimilar para hacerlo centro de nuestra vida, porque el Padre está en él, él en el Padre y nos invita a morar todos en él para tener también la vida divina en nosotros. A veces hemos entendido que aquellos discípulos judíos se escandalizaban porque interpretaban que se trataba materialmente de comer su carne y beber su sangre. Pero esto era impensable en la mentalidad de la época. Ellos tienen claro que cuando Jesús habla de comer su “carne y su sangre” se refiere a asimilar su persona entera —así expresaban los judíos lo que nosotros diríamos “cuerpo y alma” para entender la persona integralmente—. Asimilarlo a él era asimilar una manera nueva entender su relación con Dios. Aceptar a Jesús como pan de vida quería decir aceptar que de la misma manera como él se relacionaba con el Padre, porque él estaba en el Padre y el Padre en él, todos los que asimilaran o se identificaran con Jesús, con su manera de vivir la vida humana, también estarían con su vida morando en Dios, aunque estuvieran aún viviendo en nuestra condición terrenal. Estas palabras les resultaban duras, porque estaban acostumbrados a pensar en un Dios distante, en un nivel lejano y superior. Revolucionaba su vida religiosa.
  4. Este discurso del pan de vida no se limita, pues, a pensar en la celebración de la eucaristía, como a veces hemos pensado. Es mucho más profundo, como acabamos de decir. Es una nueva propuesta de vida espiritual, en la que se entiende que aceptar a Jesús omo pan de vida quiere decir aceptar que ya existe una unidad íntima entre la persona de cada uno de nosotros, el modo de vida de Jesús y la realidad divina. Dentro de esta perspectiva podemos celebrar la eucaristía como el momento semanal en que aceptamos esa manera nueva de vivir la vida espiritual, y proclamamos nuestra decisión libre de hacer  de nuestra propia persona “pan de vida para vida del mundo” identificándonos en esto con Jesús, que nos enraíza así con la misma divinidad.Ω

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