27 marzo, 2016

Jueves Santo

Lect.. Éx 12:1-8, 11-14; I Cor 11:23-26; Jn 13:1-15
  1. Puede que algunos nos preguntemos si todavía tienen sentido las celebraciones de la Semana Santa, —si son algo más que folclore, o una ocasión para gozar de unos días de vacaciones. Pero sí, son algo más. El sentido de estas celebraciones lo encontramos, en síntesis, en dos acciones simbólicas realizadas por Jesús el Jueves Santo y que la Iglesia las repite para que las asimilemos, para que las hagamos nuestras, para que marquen la memoria de nuestro corazón. Esas dos acciones simbólicas son el lavatorio de pies y el partir y repartir el pan y el vino, la comida, con quienes comparte Jesús la mesa. Desde ahí se entienden el resto de los momentos de esta última semana de la vida de Jesús. Desde ahí se entiende, en particular el acontecimiento de la muerte en la cruz. Y ambas acciones las realiza Jesús con la misma intención: la de que podamos conocer y asimilar cuál es la razón de su vida y de la nuestra, cuál es el tipo de sociedad humana que él quiere construir, y en qué consiste lo esencial de lo que llamamos religión y de la vivencia del evangelio. Tanto el lavado de los pies como el partir y repartir el pan y el vino nos dicen que la razón de vida de Jesús fue gastar la vida hasta el final creando vida en abundancia y plenitud para todos con la fuerza del amor y del servicio. Ese fue el sentido, la gran pasión que animó a Jesús siempre, durante toda su existencia y hasta la muerte; fue también la gran pasión de Monseñor Romero, cuyo 36º aniversario de martirio conmemoramos hoy, y es lo que él espera que sea la gran pasión que nos mueva a quienes queremos ser sus discípulos.
  2. No es tarea fácil, sobre todo, por dos obstáculos que encontramos a diario. En primer lugar, porque vivimos en una sociedad, en la que las prácticas políticas, económicas y sociales se levantan sobre una creencia que nos rodea y bombardea por todo lado; la creencia de que el la sociedad es normal que haya señores poderosos y súbditos débiles; una minoría de ricos famosos por un lado y pobres con menos de lo necesario, en gran mayoría, por el otro; destacados maestros y mayorías ignorantes. En ese tipo de sociedad, como lo es la nuestra, con semejantes desigualdades, es difícil y casi imposible poner atención y menos aceptar las palabras de Jesús que acabamos de escuchar: “¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis "el Maestro" y "el Señor", y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros.” ¿Quién de los que se consideran señores y maestros en nuestras sociedades actuarían así, incluyendo aquellos que se dicen cristianos? ¿Cuántos líderes políticos? ¿cuántos conductores de las finanzas internacionales y nacionales? ¿cuántos empresarios e incluso padres de familia?
  3. El segundo obstáculo que nos topamos para compartir la gran pasión que animaba a Jesús es que hemos ritualizado, banalizado, rutinizado el gran gesto eucarístico que Jesús quería que hiciéramos en su memoria —y el lavatorio, su equivalente si acaso lo recordamos una vez al año. Hemos así perdido el significado original de este medio entregado por Jesús para renovar continuamente nuestra capacidad de entrega al servicio del amor. Hemos reducido el signo eucarístico al cumplimiento de una norma eclesiástica, o a la práctica de una devoción particular. Se ha transformado en un rito que se realiza, incluso varias veces al día aunque sea con escasos “asistentes”, que se incluye como parte de una inauguración o clausura de un evento,  como la "actividad" que llena “por default” un programa de aniversario, de un curso o de festejo institucional.
  4. De ahí que nos queda, en este Jueves Santo, plantearnos una doble tarea como Iglesia: recuperar la vitalidad de la Eucaristía como participación en la vida de servicio de Jesús y hacer de ella una fuente para la transformación fraterna de la sociedad de dominación en que vivimos.Ω

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