18 abril, 2014

Jueves Santo, la Cena del Señor.

Lect.:   Ex 12,1-8.11-14;   I Cor 11,23-26;    Jn 13,1-15
  1. La tendencia a creernos en posesión de la única verdad, a ser los únicos que tienen razón, a sentirnos más capacitados que los demás para entender cómo hay que pensar y vivir, parece ser una de las más extendidas debilidades de la humanidad, una debilidad que genera conflictos, rivalidades y peleas abiertas y, peor aún, da lugar a la subestima e incluso al desprecio de los que no piensan o viven  como nosotros. Es una debilidad que encontramos en las relaciones entre países, y dentro de los países, entre partidos políticos, entre organizaciones entre clases sociales, entre aficiones de diversos equipos deportivos y hasta entre vecinos y dentro de las mismas familias. Pero el colmo de los colmos es que esta tendencia se encuentre también en los grupos religiosos, en las iglesias y, contradictoriamente, en iglesias que se dicen cristianas.
  2. La celebración de hoy, Jueves Santo, es el momento de cobrar conciencia clara de cómo esa pretensión de superioridad doctrinal o ideológica, esas inclinaciones a la discriminación de otros, por motivos religiosos, sexuales, raciales o de cualquier tipo, contradicen de manera frontal lo que Jesús enseñó y practicó. En el momento culminante de su vida y de la conciencia de su misión, en la cena de despedida de sus discípulos, Jesús les deja como herencia lo que era más esencial, lo que resumía aquello que había caracterizado todas sus relaciones, todas sus prácticas y que era su convicción más profunda. No es suficiente decir que nos referimos al mandamiento del amor, no es suficiente porque nos arriesgamos a empequeñecer, a reducir lo que en la vida de Jesús significó esa actitud humana del amor.
  3. Los dos gestos simbólicos que nos transmiten hoy las lecturas de Juan y Pablo nos permiten profundizarla y entenderla mejor. Por un lado, el lavatorio de los pies de sus discípulos resalta lo que hace un año llamábamos la "espiritualidad del delantal", el servicio y el cuidado de los demás como marca de la vida cotidiana cuando pretende ser cristiana. Y, por otro,  la fracción del pan y el compartir el vino, como expresión de lo que para Jesús fue siempre el sentido de la vida humana, partirse y repartirse para dar a todos y a todas vida en abundancia.
  4. Pero, por si acaso estos dos gestos simbólicos no fueran suficientemente claros, otros textos han recogido la manera como las primeras comunidades los interpretaron y los tradujeron en sus expresiones de fe y vida.  Es suficiente con recordar la 1a carta de Juan, donde el autor nos dice que sólo de alguien que ama puede decirse verdaderamente que «ha nacido de Dios»; que uno no puede conocer a Dios si no conoce el amor.  Es decir, que la presencia del amor es la manifestación fundamental de Dios. Que si amamos, lo hacemos con el amor que Dios nos ha dado y que procede de su propio ser. Es decir, que no debemos caer en el error de dividir lo humano de lo divino, porque es en el flujo del amor humano donde el amor de Dios da vida a toda la creación. Podemos descubrir así, con la ayuda de esos símbolos y esos textos, que toda la vida de Jesús nos. mostró que el reino de Dios, el encuentro con Dios tiene lugar cuando cada uno nosotros, cualquier ser humano en el amor se trasciende a sí mismo, a las propias restricciones de sus necesidades de supervivencia, para convertirse en fuente de vida para los demás. Este modo de vida elimina todo complejo de superioridad, o tendencia de discriminación, porque no es propiedad de ninguna iglesia, o institución, sino el don mayor que da el Espíritu de Dios a cada ser humano.Ω

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