05 diciembre, 2010

2º domingo de adviento

2º domingo de Adviento, 5 dic. 10
Lect.: Is 11: 1 – 10; Rom 15: 4 – 9; Mt 3: 1 – 12



1. ¿Qué es tomarse la vida en serio? Hay muchas respuestas para esta pregunta, dependiendo de punto de vista, formación, cultura y tradición de cada uno. A Pablo de Tarso, que lo leemos casi todos los domingos, por mucho tiempo le pareció que tomarse la vida en serio, desde su perspectiva de creyente en Dios, era cumplir la Ley al pie de la letra. Y así vivió mucho tiempo. Hasta que cayó en la cuenta que eso no era el camino adecuado. Él tuvo un momento de transformación, de cambio radical en su manera de ver y vivir las cosas. A eso el evangelio lo llama un momento de conversión. Si tomarse la vida en serio hubiese sido cumplir la ley, los mandamientos, la moral, Pablo ya lo hacía y no hubiera necesitado un momento de conversión. La conversión o el cambio radical Jesús lo presenta como un paso o un proceso necesario para descubrir lo que él llama el Reino de Dios y vivir en esa realidad. El anuncio de Jesús va mucho más allá del mismo Juan el Bautista. Para éste pareciera que todavía se trataba simplemente de cambiar de vida moral para alcanzar algo que todavía no había llegado. Para Jesús en cambio, el Reino, es decir, el encuentro con Dios, ya esta cerca, está en medio de nosotros y de lo que se trata es de cambiar de visión, de formas de experiencia, para descubrirse uno mismo dentro de ese Reino, uno mismo sumergido en Dios. Esto es la conversión que necesitamos. Este descubrimiento es lo máximo en el evangelio: por eso Jesús lo compara con el hallazgo de la perla de gran valor, o del tesoro enterrado en el campo.
2. ¿Por qué este descubrimiento es tan trascendental para la vida de cada uno de nosotros? Podemos decir, de una manera sencilla y directa, que solo con ese descubrimiento alcanzamos a descubrir plenamente lo que somos, ese ser humano pleno del que siempre decimos que es imagen y semejanza de Dios. Uno puede ser profesionalmente muy bueno, puede ser un gran técnico, una excelente maestra, odontóloga, economista… Uno puede ser además un gran cumplidor de las leyes, puede tener alta condición moral. Y para todo eso no hace falta ser cristiano, ni siquiera creyente. La buena nueva de Jesús valora todas esas realizaciones humanas pero nos invita a descubrirnos en nuestra dimensión más profunda, en aquella en la que entramos en comunión íntima con nuestro Padre Dios y con cada uno de nuestros hermanos. A menudo hemos dicho que para quienes alcanzan a vivir en este nivel de comunión, como dice Pablo, nada los separará del amor de Dios: ni el hambre, ni la incomprensión y conflictos, ni la enfermedad, ni la muerte. Esto no son logros de nuestra excelencia profesional, ni moral, ni de nuestra educación, ni de nuestro entrenamiento. Es el fruto normal, “natural” por así decirlo, de llegar a descubrir experiencialmente en nosotros mismos, de ese ámbito, de ese espacio en el que nos hacemos partícipes de la vida divina.
3. Por supuesto que, además, este descubrimiento es trascendental para nuestro mundo, para nuestra vida moral, social y profesional. Por decirlo un poco con las palabras de Isaías, este descubrimiento, esta vivencia, nos da un espíritu de ciencia y discernimiento, de consejo y valor, de piedad y reverencia por Dios y por todas las criaturas de Dios. Que son las cualidades que hacen posible esa convivencia del lobo con el cordero, del novillo con el león… es decir, una sociedad que sin dejar de ser humana anteponga los valores de paz y justicia en las relaciones, en la política, en la economía.
4. Este tipo de conversión o transformación es tan radical que Jesús se lo comparó a Nicodemo, con un nuevo nacimiento. Es el nacimiento que queremos celebrar y alcanzar en esta navidad próxima.Ω

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