12 diciembre, 2010

3er domingo de Adviento

3er domingo de Adviento, 12 de diciembre de 2010
Lect.: Is 36: 1 – 6 a. 10; Sant 5: 7 – 10; Mt 11: 2 – 11
1. Posiblemente la escena que describe Mt hoy refleje una situación muy particular de finales del siglo I: el enfrentamiento entre los discípulos de Jesús y los de Juan el Bautista. Sabemos que incluso hasta nuestros días han llegado algunos grupos religiosos, —vinculados a la tradición llamada “Mandeísmo”— que consideran la preeminencia de Juan el Bautista sobre Jesús. Pero lo que nos interesa a nosotros como cristianos que tratamos de vivir este adviento 2010 como preparación a la Navidad, es la intención del mensaje de Mt que va más allá de ese suceso histórico. Desde ese punto de vista lo que resulta central es la inquietud de aquellos primeros cristianos que se preguntaban cómo identificar al Mesías o, dicho de otra forma, cuáles eran los signos que les permitía aceptar a Jesús como el Mesías, enviado de Dios. Para nosotros, veintiún siglos después, esa inquietud amplía la pregunta: ¿cuáles son los signos que pueden identificar no solo a Jesús como el Cristo enviado de Dios, sino a nosotros como comunidad de ese Jesús, de ese Cristo?
2. La respuesta que Mt pone en labios de Jesús no admite dudas sobre el tipo de signos de identificación: “los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia”. Si en algún sentido se refiere a prácticas concretas realizadas por Jesús, en su sentido más profundo, que evoca las profecías de Isaías, apunta a una práctica de vida que en su conjunto podría resumirse con una frase: Curar los efectos del sufrimiento humano de toda índole; llevar a todos y a todas a la posibilidad de humanizarse plenamente, devivir la plenitud de vida que refleja la imagen de Dios grabada en cada uno. Esta manera de identificar a Jesús y a los que pretendemos seguirle confiere un perfil muy claro a toda iglesia, a toda comunidad que pretenda ser la comunidad verdadera de Jesús. Hay un comentarista del evangelio que hace una observación interesante a propósito del texto evangélico de este domingo: para captar mejor lo que Mt presenta como perfil de Jesús y de sus seguidores, notemos que no pone entre los signos identificadores ninguno de los signos habitualmente considerados como “signos religiosos”: tener grandes templos en honor al Altísimo, contar con sacerdotes y ministros religiosos reconocidos social y políticamente, tener grandes números de vocaciones y seguidores, y otros parecidos.
3. Hay una frase en el mismo texto de Mt que quizás este evangelista no pronunció con mayor intención, pero que hoy nos resulta interpeladora: “¿Eres tú el que ha de venir o hemos de esperar a otro?” . Digámoslo de esta forma: es interpeladora para nosotros porque nos hace preguntarnos si el Jesús al que queremos seguir es ese consagrado a curar los efectos del sufrimiento humano que impiden vivir la plenitud de vida, o si, por el contrario, buscamos un Jesús que se pierda en ritos y ceremonias que nos tranquilicen, si priorizamos el culto por encima del amor compasivo y la misericordia, o, peor aún, si buscamos una iglesia con poder político y social como otra empresa pública.
4. No llegamos de la noche a la mañana a esa transformación personal y comunitaria orientada a asumir ese perfil de Jesús. Se exige un trabajo constante y una paciencia, dice Santiago en la 2ª lectura, como la del labrador que trabaja la tierra. El fruto final será un nuevo nacimiento como el que celebraremos en esta Navidad. Pero confiamos en que la buena disposición y apertura al celebrar esta eucaristía, contribuyan al menos a mantener la dirección correcta en nuestra vida espiritual.Ω

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